UTRERA
Utrera es una ciudad de la provincia de Sevilla dentro de la comunidad de Andalucía y se trata del décimo término municipal más extenso de la comunidad autónoma. Perteneciente a la comarca agrícola de La Campiña, cuenta con una población de casi 52.000 habitantes y está integrado en la comarca de Bajo Guadalquivir, situándose a 31 kilómetros de la capital sevillana. Constituye cabeza comarcal y bajo su administración se encuentran las pedanías de Guadalema de los Quintero, el pantano Torre del Águila, La Cañada, Trajano, Pinzón, las estaciones de Don Rodrigo y las Alcantarillas, y otros poblados que deben su origen al Instituto Nacional de Colonización.
El relieve del municipio está caracterizado por la transición entre las campiñas surorientales de la provincia y el Bajo Guadalquivir. Al ser una zona transicional y debido al extenso territorio que abarca, cuenta con paisajes variados. Los llanos interiores representan la mayor parte del norte del municipio, teniendo continuidad con la llanura de Alcalá de Guadaíra. Por la zona oriental el paisaje es similar, propio de la campiña. Al sur del municipio van surgiendo los cerros y lomas del norte de las sierras meridionales, entre los que se asienta el embalse de la Torre del Águila, que recoge las aguas de los arroyos que hacia él descienden. Finalmente, por el oeste, aparecen las del paisaje marismeño propio del Bajo Guadalquivir. El arroyo Calzas Anchas atraviesa la ciudad de este a oeste, pasando por el centro, aunque discurre soterrado a su paso por la ciudad. La altitud oscila entre los 222 metros al sureste (Las Gamonosas) y los 4 metros en la zona occidental marismeña.
El centro histórico está declarado Bien de Interés Cultural en calidad de Conjunto Histórico-Artístico desde 2002. La ciudad es considerada una de las cunas históricas del flamenco, y un lugar de referencia en el origen del toro bravo, existiendo en su término municipal varias ganaderías famosas. También es destacable su cría equina, que aporta yeguadas de reconocido prestigio.
No existen fuentes fiables que determinen exactamente los orígenes de la ciudad. Dentro del término municipal de Utrera, se han encontrado numerosos restos arqueológicos: ídolos, hachas, puntas de flecha, cerámicas, así como diversos utensilios de piedra que reflejan la presencia del hombre desde tiempos prehistóricos. Es destacable el hallazgo de monumentos funerarios de la cultura megalítica, que tuvo lugar entre el Neolítico y el Eneolítico, extendiéndose hasta la Edad del Bronce y la Edad del Hierro.
En el lugar conocido como La Piedra Hincada, a unos ocho kilómetros al este del núcleo urbano, se halla un gran monolito toscamente labrado, que probablemente sea un vestigio de la existencia de algún tipo de cultura megalítica. Es especialmente llamativo el yacimiento encontrado en la zona llamada Cruz del Gato, también conocida como Las Arcas de Troya, situada a unos mil quinientos metros del casco urbano en dirección noroeste. En 1949, se hallaron en dicho lugar una serie de losas de sílice, y con anterioridad habían aparecido algunas hachas pulimentadas. En 1950, una serie de excavaciones realizadas de manera más exhaustiva dejaron al descubierto un dolmen, o sepulcro de corredor, del que se conservaba una cámara circular de 2,70 metros de diámetro, así como un corredor que habría tenido entre 3,50 y 4,00 metros de longitud. De esta construcción se mantenía intacta una de las paredes de losas, mientras que los restos de la otra no superaba los 2,15 metros de largo. A unos cuarenta metros en dirección oeste se encontró otro dolmen de mayor tamaño. Más tarde, ambos fueron retirados de su lugar original. El primero fue completamente destruido, y el otro fue donado por el propietario al colegio Salesiano de Utrera y reconstruido en los jardines de este.
Posteriormente se realizaron una serie de excavaciones como consecuencia de la explotación de una cantera de cal. En el transcurso de éstas, se fue desvelando la existencia de una necrópolis neolítica en la zona perteneciente a un grupo humano de un tamaño significativo. Se han hallado numerosos restos humanos, además de utensilios, entre los que destacan numerosos cuchillos de sílex, raederas, hachas, restos de vasijas y un plato perfectamente conservado. Toda la cerámica encontrada en esta zona es de barro oscuro con partículas de mica brillante, y no está torneada ni presenta decoración alguna.
Hay vestigios de un intenso comercio en la zona durante el período prerromano. Los hallazgos más significativos son de origen fenicio, tartésico y turdetano. De la época romana datan los primeros datos escritos sobre la existencia de poblaciones importantes en la zona.
El Puente de Alcantarilla es una de las construcciones más destacables que se conservan de esta época. Se trata de un puente de dos ojos, por el que, según la inscripción que figuraba en el mismo, discurría la Vía Augusta que enlazaba la Bética con el norte de la península. Cercanos al puente, se alzaban dos baluartes defensivos, uno de los cuales ha sido recientemente restaurado. Está declarado Bien de Interés Cultural y Monumento Histórico-Artístico desde 1931.
Dentro del actual término municipal de Utrera, existieron diferentes asentamientos: Siarum, en la zona de la Cañada, que conserva la toponimia de la época; Salpensa en el Cerro del Alcázar —cerca de la carretera de El Coronil; Alice, cerca del cortijo de Torre Alocaz; y Leptis, una fortaleza reconocida y renombrada en los tiempos de la Guerra del César.
Dentro del casco urbano se han hallado dos necrópolis romanas. La primera, en el Olivar Alto, está datada entre los siglos III y II a. C. y también cuenta con enterramientos íberos y turdetanos. La otra se halla cerca de la carretera de Los Palacios y Villafranca y cronológicamente se sitúa entre los siglos III y IV de la era cristiana. Observando estos vestigios y teniendo en cuenta que los enterramientos dentro de las poblaciones romanas estaban prohibidos por la Lex duodecim tabularum —Ley de las XII Tablas—, se confirma que el actual casco urbano de Utrera sería en época romana un campo de cultivo, rico en trigo, vid y olivos. Los pocos y discontinuos restos de construcciones encontradas debieron corresponder a casas de campo o a industrias que necesitaran del agua para su funcionamiento. Esta hipótesis está reforzada por la proximidad de estos restos al curso de agua actualmente conocido como Calzas Anchas. Esta distribución no debe ser considerada extraña, ya que en época romana esta zona era una región muy rica y estaba plagada de haciendas. La población de Hispania rozaba por entonces los seis millones de habitantes, y se concentraba especialmente en la Bética.
De estos usos agrícolas se deduce el posible origen del topónimo Utrera, proveniente de utraria, lugar o industria de odres para contener aceites y vinos. Otros autores lo derivan de Vulturaria (‘buitrera’) a través de *Ultraira, o bien de Lateraria ('fábrica de ladrillos'), teniendo en cuenta la forma Latrayrah con que aparece escrito en árabe en la primera documentación conocida del topónimo.
Se han encontrado restos de sepulturas visigóticas de la época paleocristiana, como demuestran las lápidas y terracotas, los anagramas de Cristo presentes en los enterramientos, así como los símbolos del Antiguo Testamento y las leyendas alusivas a la escatología cristiana.
No existen muchos datos en torno a la Utrera islámica, pero la vaga presencia de la población en los libros de repartimiento de Sevilla denota que no existió una presencia árabe importante. Hay que señalar que los restos arqueológicos indican que existía una mezquita en el lugar donde actualmente se levanta la Iglesia de Santa María de la Mesa.
Sí es posible deducir la presencia islámica en la zona de la toponimia árabe de los poblados del término municipal: Facialcázar (ciudad romana de Salpensa); Alcantarilla, del árabe Al-qantar (puente), probablemente un punto defensivo de cierta importancia para proteger el tráfico, fundamentalmente ganadero, por la Vía Augusta; y Alhorín, que hoy en día es un cortijo que aún conserva su nombre árabe.
Los primeros datos de Utrera con rigor histórico se encuentran a partir de la Reconquista cristiana. En 1253 Alfonso X lleva a cabo el repartimiento de las tierras conquistadas en la provincia de Sevilla. Durante la época árabe, hay vestigios de que Utrera podría ser una simple alquería con su torre de protección. En el período cristiano, los repobladores de la zona llevaron a cabo una serie de obras públicas entre las que se encuentra la transformación de la torre del puesto avanzado en castillo. Entre estos habitantes se encontraban una importante comunidad judía y un grupo importante de colonos que acabaron afincándose en la población, por el carácter fronterizo de esta.
A lo largo de los siglos XIII, XIV y XV, la ciudad toma un papel destacado como punto militar estratégico en la defensa de la frontera entre el territorio musulmán y el cristiano. A principios de la década de los 1470, la fortaleza de Utrera, que dependía del cabildo municipal de Sevilla, pasó a ser controlada por un aristócrata, el mariscal Fernán Arias de Saavedra. Durante la Guerra de Sucesión Castellana este noble apoyó a Isabel y Fernando frente a Juana pero en 1477, cuando los reyes ordenaron que los nobles reintegrasen todos los castillos sevillanos a la Corona, Fernán Arias se negó a obedecer. El 9 de noviembre de 1477 las tropas isabelinas, unos 2600 hombres capitaneados por Gutierre de Cárdenas, pusieron cerco al castillo, que estaba defendido por entre 40 y 50 escuderos. Finalmente lo tomaron al asalto el 29 de marzo de 1478. Los vencidos sufrieron una dura represión: dos tercios fueron degollados. El mariscal fue declarado traidor y sus bienes confiscados pero el 30 de septiembre de 1478 la reina se vio obligada a otorgarle el perdón ante las protestas de la alta nobleza andaluza.

El siglo XVI marcó un período de gran prosperidad para el pueblo de Utrera, y así lo denotan las numerosas obras públicas acometidas en esa época. Se construyeron conventos, hospitales, iglesias y casas palacio, se urbanizaron plazas y calles y se realizaron infraestructuras de saneamiento y abastecimiento de agua. El reinado de Felipe II marcó el punto álgido de la bonanza económica de la localidad. En 1570, Utrera era la primera población del reino de Sevilla después de la capital.
En 1649, la peste bubónica afectó con virulencia a la población de la ciudad. Esta epidemia y los problemas generalizados derivados de la política de los austrias menores marcaron el fin del auge económico vivido por Utrera durante el siglo anterior.
A lo largo del reinado de Carlos III, entre 1759 y 1788, se puso un especial interés en la repoblación de la comarca y se llevaron a cabo importantes trabajos para mejorar las infraestructuras del pueblo. Durante la Guerra de la Independencia, las tropas francesas ocuparon Utrera. Este hecho causó gran perjuicio tanto a la población como a su arquitectura, dejando a la villa en una difícil situación.
Con el mandato del alcalde Clemente de la Cuadra, se llevaron a cabo grandes obras públicas, como el adoquinado y alcantarillado de las principales vías de la población, construcción de casas para obreros, del mercado, la cárcel, el cementerio y la casa consistorial. Así mismo, se hicieron casas de beneficencia y se mejoró el alumbrado de las calles. Por aquel entonces Utrera experimentó una nueva mejoría que se consagró con la obtención del título de ciudad en 1877, durante el reinado de Alfonso XII.
La vida política y social de la población también fue reflejo de los movimientos acontecidos en este campo durante el siglo XIX. Tuvieron lugar, al igual que en el resto del territorio nacional, la fuerte oposición entre conservadores y progresistas, el caciquismo, las elecciones amañadas, los periódicos de sátira política y las protestas y huelgas.
Durante el Cantón de Sevilla (1873), un grupo de Voluntarios de Sevilla, comandados por un tal Carreró, se dirige a socorrer a los cantonalistas de Jerez contra la represión militar unionista. Se detienen en Utrera, que en esos momentos andaba a punto de erigirse en cantón independiente en mitad de la fiebre revolucionaria que invade la baja Andalucía. Utrera envió a representantes del ayuntamiento a Sevilla a defender que la localidad tuviera una Junta Revolucionaria independiente e se instó a los Voluntarios de Sevilla a retirarse a la estación de trenes. En Utrera existe tensión por si les son reclamadas contribuciones para la guerra. Carreró pide refuerzos militares a Sevilla por si se produce un enfrentamiento armado y Utrera arma a unos 800 vecinos que serían los encargados de acompañar a los cañones sevillanos a la salida del pueblo, tanto si iban a Jerez como si volvían a Sevilla y como muestra de buena voluntad se mantuvo la reunión entre representantes cantonales de Sevilla y los de Utrera. Sin embargo, en la celebración de la reunión, junto con los representantes cantonales entran los voluntarios y un vecino les insta a marcharse si eran "intransigentes" y los voluntarios gritan vivas a la república federal y social, lo que provoca un tiroteo donde mueren 400 hombres de ambos bandos. Gran parte de los cantonalistas sevillanos acaban en prisión, de dónde son finalmente liberados por las gestiones de los líderes Mingorance y Ponce, que se ven obligados a acudir desde Sevilla con refuerzos y con el diputado por Utrera, Diego Sedas, como mediador. Cada uno de esos prisioneros resultaba indispensable para defender Sevilla de un ataque inminente del gobierno central y antirrevolucionario.
La Guerra Civil sembró la ciudad de sufrimiento y hambruna. La posguerra estuvo marcada por fuertes tensiones sociales. En gran medida, estas tensiones fueron fruto de las características propias de la economía utrerana, eminentemente agrícola y con pocas posibilidades de industrialización a corto plazo.
La historia de Utrera durante el resto del siglo XX no está marcada por hechos especialmente trascendentes. Es destacable la gran inundación de 1962, causada por el desbordamiento del Arroyo Calzas Anchas. También son acontecimientos reseñables la consolidación de Utrera como primer productor de algodón a nivel nacional en 1963 y la Coronación canónica de la patrona, la Virgen de Consolación, en mayo de 1964. En 2018 se crea el nuevo municipio de El Palmar de Troya a partir de territorio que pertenecía al municipio de Utrera.



Utrera es una de las ciudades más importantes de la provincia, por su riqueza, por su pasado y por su patrimonio. Situada a 24 km de la capital, desde antes de entrar en ella sorprende la prestancia de su caserío; y al entrar sorprenden sus casas señoriales, sus iglesias y sus conventos que lo han hecho ser que su centro histórico de la ciudad esté declarado Bien de Interés Cultural, en calidad de Conjunto Histórico-Artístico. Utrera es un destino perfecto para una pequeña escapada. Las calles de Utrera ofrecen al visitante historia, arte y cultura ya que es una de los municipios más longevos de la provincia sevillana. Posee una gran riqueza monumental repartido por toda la localidad donde se pueden ver el paso del tiempo, el patrimonio histórico que tiene es variado y ofrece diversidad a todo aquél que la visita ya que hay ruinas medievales, iglesias góticas y palacios nobiliarios, hasta las haciendas y cortijos propios de la comarca. Utrera aúna dos características especiales que la hace diferente en el ámbito cultural, es rica en espacios materiales pues goza de un gran patrimonio monumental, pero al mismo tiempo se pueden disfrutar los elementos inmateriales de la cultura del flamenco o el volteo de las campanas.
Entre los monumentos más destacados se pueden citar el Castillo, la Parroquia de Santiago el Mayor, la Parroquia de Santa María de la Mesa, el Santuario de la Consolación, el Convento de la Purísima Concepción, la Casa de Arias Saavedra, la Casa Riarola o El Niño Perdido.
En su término municipal se encuentra la Reserva Natural del Complejo Endorréico de Utrera, formado por las lagunas de Alcaparrosa, de Arjona y de Zarracatín, y de gran importancia por su vegetación palustre y por su avifauna.
Sobran razones para visitar Utrera y hay que ir con tiempo. Su centro histórico monumental compuesto por iglesias, conventos, palacios y plazas arboladas destaca entre las ciudades de la región. En los barrios de Santiago y Santa María, el visitante descubrirá auténticas joyas de la arquitectura, los sabores del campo y el sonido del flamenco. Merece la pena disfrutar del contacto con Utrera y sus gentes paseando por su conjunto histórico, con calles blancas, muy luminosas y andaluzas.
El núcleo urbano de Utrera está situado en plena Campiña sevillana, en un frondoso valle, entre dos cerros que dominan las inmediaciones y está rodeado de importantes tierras de alto valor agrícola. Su perfil es predominantemente horizontal, con una inapreciable diferencia topográfica, a excepción del Castillo, de origen medieval, y su entorno que se sitúan en un altozano, con edificación adosada por el exterior al desnivel natural.
Estructuralmente en su crecimiento ha influido la topografía del relieve ya que éste se produce principalmente por el Norte que muestra una morfología llana mientras que por el Sur se paraliza por la existencia de desniveles. El asentamiento de expansión se produce adaptándose al volumen y forma del casco, situándose las edificaciones linealmente al final de cada salida de la muralla con lo que se ha conservado la red de comunicaciones lógica ya existente. Las manzanas son cerradas, típicamente medievales, en las que las fachadas eran exteriores y en el centro quedaban vacíos, que han llegado hasta nuestros dias. Se pueden distinguir dos grandes zonas, separadas por el antiguo cauce del Arroyo de Calzas Anchas, hoy principal eje de actividad. La tipología dominante en el casco consolidado es la de Casa-patio con dos plantas (con algún caso de tres y cuatro plantas). En las periferias la tipología es esencialmente popular, por lo que aunque mantienen la altura de planta, en cambio han intervenido en sus fachadas exteriores con recubrimiento de cemento bruñido, zócalos de pinturas llamativas etc.. Los arrabales tienen una imagen degradada que contrasta con las edificaciones nuevas que surgen, tanto residenciales como industriales, que con su altura y proporciones forman un maremagnum constructivo que ahogan a las edificaciones más antiguas.

El tipo de casa histórica utrerana presenta como característica la humildad de sus materiales, mampostería de argamasa, ladrillos, teja árabe y cal, y la uniformidad de sus fachadas. El casco antiguo de Utrera presenta un estilo característico marcado por la sobriedad de estas construcciones. Aún se conserva un conjunto importante de casas del siglo XVIII, como las que ocupan el flanco norte de la plaza del Altozano, así como algunas pocas que datan de los siglos XVI y XVII. Aparte de estas antiguas viviendas, existen varias casas solariegas de especial importancia por su valor histórico y arquitectónico, entre las que destacan la de Román Meléndez, en la calle homónima, la Casa Surga, en la calle María auxiliadora, la Casa Palacio de Los Marqueses de Tous, en la calle Rodrigo Caro, la Casa Palacio de los Cuadra, en la plaza Enrique de la Cuadra y la Casa Riarola, en la calle Virgen de Consolación.




Si quieres conocer la riqueza monumental de Utrera te invitamos a que nos sigas en nuestro recorrido por esta preciosa ciudad de la campiña sevillana que no te dejara indiferente si no que te sorprendera a cada paso que des por sus calles y plazas que esconden lugares de gran belleza.
Comenzamos nuestro viaje en la Plaza de Santa Ana la cual esta presidida por una fuente de piedra caliza. La ciudad de Utrera se extiende por la campiña sevillana con un plano urbano irregular que se asemeja a una forma poligonal tipo estrella debido a la disposición de sus principales ejes y avenidas que se prolongan por las carreteras que la comunican con otros municipios. La plaza forma parte de ese radial de calles que da inicio al casco historico de la ciudad. Desde la plaza podemos contemplar la silueta del castillo y la torre de la iglesia de Santiago.

Desde la plaza nos dirigimos por la calle Fuente Vieja que nos lleva hacia una de las plazas con mas encanto y tradicion de Utrera como es la Plaza de la Constitucion. Unida por un callejón con la animada Plaza del Altozano (centro neurálgico de Utrera), la Plaza de la Constitución es otra de las plazas dignas de recorrer en nuestro paseo por el casco histórico de la ciudad. Se trata de una amplia plaza de forma triangular y alargada rodeada de naranjos que tiene en uno de sus extremos unos bonitos jardines y una fuente ornamental. En esta plaza se emplaza la antigua biblioteca "Catalina de Perea", así como dos esculturas de bronce: la Niña del Aro, y la dedicada al cantaor flamenco Enrique Morente.
Por su excelente ubicación dentro de la trama urbana, se trata de un espacio muy transitado que aloja en los bajos de sus edificios distintos y variados establecimientos de hostelería. La plaza está delimitada por edificaciones que en su mayoría son de tres plantas de altura y que en general guardan un aspecto relativamente homogéneo y de corte tradicional.
Desde la plaza ascendemos por la calle Ruiz Gijon que nos lleva hacia la calle Ponce de Leon donde vamos a visitar y contemplar varios de los monumentos que comprenden el patrimonio monumental de Utrera. El primero de ellos es la monumental iglesia de Santiago.
La parroquia de Santiago el Mayor es la más antigua de Utrera; así lo atestigua su fábrica, de gran pureza gótica. Vinculada al castillo, jugó, junto con este, un papel rector en la morfogénesis de la primitiva ciudad, constituyendo el primer y más importante hito religioso del reducido conjunto urbano medieval. Según las crónicas, la primitiva iglesia de Santiago fue saqueada en la segunda mitad del siglo XIV por una razzia de Mohamed V de Granada. Tras años de abandono se retoman las obras de reconstrucción, que culminan con su imponente portada, ejemplo del barroquismo gótico del estilo Reyes Católicos en Andalucía occidental. Santiago con su sencillez e imponente construcción se postula como una magnífica obra artística, la iglesia guarda muchos secretos entre sus muros que requieren de un tranquilo paseo y análisis.
La Iglesia de Santiago, primitiva parroquia de la localidad, es un templo gótico que comenzó a construirse a finales del siglo xv, concretamente en el año 1490; si bien, y como es frecuente en este tipo de edificios, su etapa constructiva se alargó en el tiempo, por lo que fácilmente puede apreciarse en él el paso de los distintos estilos arquitectónicos vigentes durante sus distintas etapas de ejecución. También se encuentra la capilla de San Juan del Arco. Así, la importante portada situada a los pies y denominada Del Perdón, se levanta sobre el año 1525. Posteriormente, algo más adelante, ya en la última década del siglo xvi se finalizó su crucero, la cabecera y la sacristía, realizados hacia 1596 por Lorenzo de Aredo; y aún algo más tarde, en 1610 su cabecera o Capilla Mayor. En el año 1760 la iglesia es objeto de una importante reforma de su exterior, según consta en algunos azulejos situados en la fachada de la actual Capilla del Sagrario.
De esa fecha deben ser también la portada de la nave del Evangelio, que presenta pilastras, frontón triangular y escudo, y la de la nave de la Epístola, con pilastras cajeadas y remate decorado con un sol, situada junto a una composición de pilastras pareadas y cajeadas que centran una hornacina integrada en un templete; todo ello de estilo neoclásico y atribuido al arquitecto diocesano José Echamorro.
La portada del Perdón, situada a los pies, es de estilo gótico Reyes Católicos. Consta de un gran arco carpanel, muy abocinado, con numerosos elementos decorativos de crestería. En la clave del arco aparece un escudo nobiliario, en tanto que en el tímpano aún puede verse un relieve (ya muy desgastado) de Santiago combatiendo a los mahometanos.
La torre, de tres cuerpos de altura, tiene estructura de torre-fachada, con el cuerpo inferior formado por la portada del templo, el cuerpo medio, de igual sección, con arcos de medio punto alojando campanas, y un cuerpo superior en el que se sitúa la campana más antigua de Utrera, fechada en 1483, sufragada por el cabildo municipal y conocida como "San Fernando". En los muros laterales sobresalen diversas capillas coronadas por bóvedas barrocas cubiertas por azulejos azules y blancos, así como la cúpula de la Capilla Mayor, coronada por una gran veleta que representa a Santiago Matamoros.
Por tanto, podemos resumir que el estilo edificio es gótico-mudéjar en sus inicios, con elementos renacentistas y, finalmente, barrocos y neogóticos, según la fecha de cada intervención.




Una vez accedemos al interior del templo, comprobamos que la traza es rectangular, típica de salón, y de gran tamaño. La altura de sus tres naves es también notable, presentando los habituales elementos góticos: pilares con nervios, sobre los que se que se sitúan los arcos ojivales en los que se apoyan las bóvedas de crucería. Por cierto, que tanto la forma como las proporciones del conjunto recuerdan enormemente, aunque a menor escala, las de la Catedral de la capital. La bóveda del crucero es semiesférica, con tambor dotado de ventanas y linterna. Se apoya sobre pechinas que descansan sobre los cuatro arcos torales que delimitan el espacio. Fue ejecutada por Lorenzo de Oviedo en 1.596. El coro se encuentra, exento, a los pies de la nave principal, estando situado sobre él un órgano de buen tamaño y factura, de estilo neoclásico, fechado a mediados del XVIII.




Si nos situamos de espaldas a la Puerta del Perdón tendremos a nuestra izquierda los pies de la nave del Evangelio, lugar por el que comenzaremos la visita. La primera parada es la Capilla Bautismal. A su lado se sitúan formando ángulo recto los altares de Nuestro Padre Jesús Redentor Cautivo y Nuestra Señora de las Lágrimas. La talla de Nuestro Padre Jesús Redentor Cautivo es obra moderna de José Paz Vélez, de 1.958. Sustituyó a la primitiva imagen, de autor anónimo, que pasó a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Cautivo, en el Coronil y, posteriormente hasta la actualidad, al convento de las Reverendas Madres Carmelitas de Utrera. La imagen actual de Nuestra Señora de las Lágrimas se debe al imaginero sevillano Luis Álvarez Duarte, en 1.973. Sustituyó una talla anterior, de José Paz Vélez, de 1.958 que, a su vez, reemplazó a la Dolorosa primitiva, Nuestra Señora de los Dolores, que se venera hoy día a los pies del Santísimo Cristo de Santiago.
La Capilla de San Antonio de Padua es nuestra siguiente parada. Constituye la Capilla Sacramental del templo. El retablo que la preside es de 1.760, de estilo barroco tardío, ya con detalles rococó, ensamblado por Manuel García de Santiago. En él vemos la imagen del santo titular y los bustos de de San Sebastián y San Roque, la Virgen de la Merced, y una escultura del Triunfo del Corazón de Jesús. Cierra esta capilla una magnífica reja bellamente decorada.
La siguiente parada corresponde a la Capilla de la Virgen del Rosario, imagen del siglo XVII acompañada de tallas que representan a Santo Domingo de Guzmán, San Agustín, San Francisco de Asís y Santa Clara.
La Capilla de los Mártires, conocida popularmente como de los Gitanos, ocupa el último lugar en el muro del Evangelio. Vemos en su interior una talla de gran mérito de Andrés de Ocampo, el Cristo de la Buena Muerte, del siglo XVII, restaurado en 2.002 por el profesor Miñarro. Está escoltado por Nuestra Señora de la Esperanza, obra moderna de 1.971, salida de la gubia de Luis Álvarez Duarte, y por el beato Ceferino Giménez, el Pelé, el primer beato gitano de la iglesia Católica. Sobre la entrada de la capilla podemos observar una pintura de, como suele ser habitual, un gigantesco San Cristóbal.
En la cabecera de la nave está colocado el retablo de la Virgen del Socorro, de estilo neogótico, gemelo del que se sitúa en el mismo lugar de la nave de la Epístola, que visitaremos más adelante. La Virgen se acomoda en el centro, estando acompañada por la Virgen de Fátima ante ella, San Fernando a su derecha y San Agustín en el lado contrario. Una pequeña talla del Niño Jesús de estilo montañesino ocupa el tabernáculo.





Ya hemos llegado ante el Retablo Mayor, de claro estilo neogótico. Consta de banco y dos cuerpos divididos en tres calles. La calle central está ocupada por una talla de bulto redondo que nos muestra a Santiago peregrino, en tanto que sobre él aparece un relieve del santo representado blandiendo la espada durante la batalla de Clavijo. En los lados se acomodan pinturas realizadas en 1.927 por Gustavo Gallardo, copias de los paneles del tríptico que realizó Frans Francken, el Viejo (siglo XVI) para el Hospital de las Bubas, que actualmente se expone en el Museo de Bellas Artes de Sevilla: los cuatro Evangelistas, el Ecce Homo, el Descendimiento, la Crucifixión y el camino del Calvario.
En la cabecera de la nave de la Epístola se encuentra el retablo de Santa María Magdalena, penitente, gemelo del visto anteriormente de la Virgen del Socorro. La acompañan San Antonio con el Niño y San José, con un relieve de la Virgen auxiliando a las Ánimas del Purgatorio en el tabernáculo y numerosas pequeñas imágenes sobre el altar: San Pancracio, Virgen de Pilar, San Judas Tadeo, Corazón de Jesús y San Isidoro,
Pasamos ante la puerta de la Sacristía, situada en la mismísima esquina de la nave y, en el comienzo de esta, llegamos ante la Capilla de Santa Ana. Un arco de medio punto que aún conserva pinturas de aspecto mudéjar, cerrado con una artística reja de forja, nos permite acceder a su interior, ocupado por un retablo barroco con forma de arcosolio. En la hornacina vemos a Santa Ana instruyendo a la Virgen Niña, acompañada de San José y San Joaquín, con San Miguel Arcángel en el remate. Figuras y retablo son del siglo XVIII.
Avanzamos por el muro de la Epístola hasta la Capilla del Cristo de Santiago, dotada (como el resto de las capillas del templo) de una bonita reja barroca, enmarcada por restos de pinturas seguramente del mismo período. Igual decoración muestran las paredes laterales y la bóveda de media naranja sobre pechinas, dotada de linterna, que cubre la sala.
Un retablo neoclásico con un único cuerpo protegido por vidrios alberga imágenes de la Virgen de los Dolores y San Juan Bautista, situadas a los lados del Santísimo Cristo de Santiago, interesantísima talla de madera de nogal policromada, anónima de estilo gótico tardío y fechada en la primera mitad del siglo XV. El Patrón de la ciudad desde 1.675 se representa ya muerto, fijado mediante tres clavos a una cruz de caoba de ocho lados que sustituyó a la primitiva arbórea (que se conserva y que pienso que se debería restituir a su lugar) tras la restauración llevada a cabo por Francisco Berlanga en 1.990.
La Capilla de San José es de estilo neoclásico con abundancia de mármoles de diferentes colores combinados para buscar la mejor armonía. Pares de columnas con fustes estriados y capiteles de orden corintio articulan el único cuerpo del retablo, en el que tan solamente luce el conjunto de San José llevando de la mano al Niño Jesús. Tanto las tallas como el retablo están fechados en el siglo XVIII.
El último tramo de esta nave está ocupado por un arcosolio apuntado que enmarca una puerta, a modo de alfiz, con el fondo y el intradós decorados con pinturas. También observamos dos esculturas de pequeño tamaño que parecen representar a los santos hermanos Leandro e Isidoro.
En los muros de la iglesia, según referencias, aparecen una serie de lienzos con escenas de la vida de la Virgen, la Adoración de los pastores, los Desposorios y San José con el Niño, todas ellas del siglo XVIII. Desafortunadamente, la poca luz hace que, excepto el San Cristóbal antes comentado situado sobre la puerta de la Capilla de los Gitanos, sea imposible apreciar detalle alguno.
En la Sacristía se sitúan un bufete de piedra (Andrés Zabala, 1.764), cuatro blandones de plata (Gargallo y García, 1.785), un ostensóreo de finales del XVIII, un copón de 1.745, un cáliz de oro de 1.785 y un arca eucarística barroca.
En estancias interiores se guardan las insignias de la Inquisición que provienen del antiguo convento de Santo Domingo, hoy transformado en mercado de abastos.





Enfrente de la iglesia de Santiago nos encontramos con el edificio del Convento de la Purisima Concepcion de Madres Carmelitas. El convento fue fundado en 1577 por Francisco Álvarez de Bohórquez y su esposa Catalina de Coria. La primera profesión tuvo lugar el siguiente año, inaugurándose el convento en 1580.
Es el único convento de clausura de la Utrera del siglo XVI que continúa habitado desde su fundación. El edificio conventual es de menores dimensiones al original, ya que en el siglo XIX sufrió una profunda rehabilitación financiada por los marqueses de San Marcial. No obstante, hoy día, conserva su huerta y corral, así como el claustro, la sala capitular y el refectorio, además cuenta con locutorios, hospedería y torno. A través de dicho torno podrán adquirir exquisitos dulces conventuales. Actualmente, el convento de las madres carmelitas representa en Utrera un espacio de solidaridad, oración e interculturalidad. Religiosas procedentes de misiones africanas manifiestan en los cantos religiosos su aportación intercultural al fusionar tradicionales armonías conventuales con los ritmos de la música africana.
La iglesia es mudéjar, de una sola nave, cubierta por artesonado de madera con lacería mudéjar en toda su extensión. A los pies de la nave posee un coro alto cerrado por dicho artesonado, mientras que el coro bajo de planta rectangular está cubierto con bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones con yeserías. Tras el retablo mayor está la sacristía y sobre ella la vivienda del sacristán, cubierta por techo raso. Las dos portadas exteriores, con arcos de medio punto, pilastras, frontón triangular y remates en pirámide, están restauradas, pero su composición responde a la que tenían en la época fundacional.
Adosado a la iglesia de Santiago se encuentra el edificio del Hospital de la Santa Resurreccion, una de las instituciones benéficas más antiguas de Europa.
Durante su corta juventud, don Juan Ponce de León abrigó la aspiración de fundar un hospital en su ciudad natal para atender gratuitamente a los desamparados de la comarca. Nieto del conde de Arcos y del marqués de Cádiz, don Juan había nacido en Utrera en 1480, quedando huérfano de padre con tres años, al morir don Lope Ponce de León en la batalla de la Axarquía (Málaga), durante los primeros años de la guerra de la conquista de Granada.
Aunque el hospital comenzó a construirse en la vivienda familiar en vida de don Juan, su temprana muerte en 1505 movió a su madre, doña Catalina de Perea y Barrios, a convertir en realidad la última voluntad de su único hijo. Tras un largo proceso, y gracias a su gran perseverancia, doña Catalina pudo ver confirmado el empeño de su hijo tras la bula papal que León X concedió al hospital y su fundación en 1514.
A su muerte en 1522, doña Catalina deja un extenso y detallado testamento, donde fija los fines benéficos de la institución, la provee de bienes y propiedades para su sostenimiento y nombra a los primeros patronos, estableciendo también el procedimiento para la sucesión.
Por falta de descendencia directa, designó a los siguientes sobrinos como las cabezas de tres líneas que debían continuar de forma perpetua: Juan de Perea, hijo de su hermano don Pedro de Perea e Iñigo y Juan López de Carrizosa y Perea, naturales de Jerez, e hijos de su hermana doña María de Perea. Siguiendo las disposiciones testamentarias de doña Catalina, las tres líneas de patronos continúan hoy en día.
Durante más de 400 años el servicio hospitalario fue la única función que tuvieron los edificios de la Fundación. Durante el siglo pasado acrecentó sus actividades con: una maternidad (1944) en la que nacieron más de 13.200 utreranos; el colegio de La Milagrosa, que desde 1954 escolarizó a unos 7.500 niños; y, hasta hace pocos años, una residencia para ancianos, actualmente se asisten a más de 1500 personas al año gracias a las ayudas directas e indirectas por parte de la Fundación.
Doña Catalina instituyó una Hermandad con la obligación para sus hermanos de ayuda y atención en el antiguo hospital. Esta Hermandad ha llegado hasta nuestros días, siendo sus componentes acreditadas personas relevantes en la ciudad de Utrera, que llevan con orgullo su pertenencia a esta antiquísima institución.
Constituido como fundación desde el año 1996 e inscrito en el Registro de Fundaciones de Andalucía, el Hospital de la Santa Resurrección de Utrera mantiene hoy en día la estructura y el espíritu establecido por su fundadora en 1522. Dirigida y gestionada por su Patronato, la fundación está asesorada por la hermandad para el desarrollo local de la obra social. Fiel a su principio fundacional, la beneficencia, sigue siendo el fin principal de la Fundación del Hospital de la Santa Resurrección de Utrera, sin abandonar los otros fines fundacionales como son la obra cultural y la conservación del patrimonio



A la edificación inicial se le realizaron posteriormente grandes reformas, aunque la columnata de mármol blanco con arcos de medio punto del patio central y los pilares de ladrillo de sección poligonal datan de la época inicial. En la actualidad, el conjunto presenta dos zonas bien diferenciadas: La residencia de tercera edad y espacios de servicio de la casa y la zona visitable, noble e histórica, en la que destacan sus patios, decorados con azulejería mediante la técnica de cuerda seca, con motivos mudéjares y renacentistas; la capilla hospitalaria; la sala de juntas y la sala de enfermos.
Al margen de su preciosa iglesia hay que destacar entre sus dependencias interiores sus patios. El acceso al patio principal presenta una doble galería, siendo la más antigua la primera, con pilar de tipo mudéjar del siglo XVI. De este espacio abierto destaca la magnífica carpintería de sus puertas, así como el cancel que da acceso al comedor, realizado en el siglo XVIII y ornamentado con cuarterones, rocallas, y escudos jesuitas, hoy desaparecidos.
La iglesia, construida en el siglo XVII, es de una sola nave, con bóveda de cañón, falsos lunetos y arcos fajones. La bóveda que hay sobre el presbiterio es de media naranja, levantada sobre pechinas. La iglesia formó parte del Hospital de la Santa Resurrección hasta la remodelación de éste para funciones de residencia. Aún conserva una entrada lateral desde el primer patio del Hospital, aunque la entrada principal está en la calle Ponce de León.
En el Retablo Mayor, de finales del siglo XVII, destacan las imágenes de la Virgen de la Salud, San Pedro y San Pablo, así como el relieve que representa la Resurrección de Jesucristo. También se pueden admirar otros retablos barrocos, tallas del siglo XVI, enseres sacros de diferentes épocas y los sepulcros gótico-renacentistas de don Lope Ponce de León y su hijo don Juan Ponce de León.


La Sacristia es la Sala Fundacional y el Archivo Histórico del Hospital de la Santa Resurrección de Utrera donde se conserva el patrimonio documental más relevante de esta institución desde su fundación en el siglo XV. En ellos se encuentra depositada la historia notarial de esta Casa en forma de escrituras, bulas papales, títulos y actas de patronato así como los libros de cuentas y registros de enfermos anotados día a día por escribanos, médicos y administradores. La Bula Fundacional de León X datada en 1514 es uno de los documentos más significativos del hospital, sin olvidar el Testamento de doña Catalina que recoge las bases para su correcto funcionamiento y permanencia en el tiempo.
La Enfermería es el auténtico centro neurálgico de la Casa. Su espacio y composición se ajustan a los requerimientos necesarios para asegurar la salubridad, higiene e intimidad del paciente. El avance imparable de las epidemias obligaría a ampliar las instalaciones sanitarias del edificio, levantándose la nueva enfermería en la que ahora nos encontramos en el siglo XVIII. Presiden esta sala la excelente talla del Crucificado de la Disciplina y el retablo de Santa Bárbara, testimonio de la función cristiana que se cumplía con el moribundo en este hospital, que comprendía desde la Eucaristía a la imposición de los santos óleos.
El Refectorio sirvió desde su origen como aposento de los distintos trabajadores del hospital, sobre todo de aquellos especialistas que se dedicaban a la faceta sanitaria, dada su proximidad con la enfermería. Durante la evolución del hospital son muchos los usos que ha ido adquiriendo este espacio, desde laboratorio a refectorio. Tras la musealización del recinto emprendida por la fundación en el año 2022, este ámbito se ha transformado en una galería pictórica donde están presentes los retratos de muchos de los patronos de las tres líneas sucesorias que han mantenido vivo ese compromiso con el “necesitado” desde hace más de cinco siglos.



Una vez visitado el edificio del hospital nos dirigimos hacia el otro extremo de la calle Ponce de Leon donde vamos a visitar el Castillo o tambien llamado alcazaba de Utrera. Situado estratégicamente sobre un cerro natural rodeado por un cinturón de muralla, era la principal garantía para la defensa de la villa. La historia del Castillo es amplia y resulta sumamente interesante, construido por el Consejo de Sevilla sobre los restos de una antigua torre árabe, aparece citado en 1246 por Alfonso X el Sabio. En 1368 fue destruido por Mohamed V de Granada y posteriormente reconstruido a finales del siglo XIV. Desde finales del siglo XV el edificio, perdido su carácter defensivo, entra en el mas puro abandono hasta prácticamente nuestros días, en el que ha sido recuperado para uso publico.
Tras la Conquista de Sevilla en 1248 se establece un dispositivo de defensa en torno a la capital. Utrera dentro la denominada Banda Morisca (zona sudeste) se convierte en la gran plaza de retaguardia para el control de la frontera con los musulmanes de Granada. Desde ella se cerraba el camino de acceso a Sevilla con una línea de torres de las que aun se conservan en el Término: La Torre del Águila, Bollo, Troya, Lopera, Ventosilla, Alcantarilla y Alocaz. La propia población se convierte en una fuerte villa dotada de castillo y sólidas murallas de las que conocemos la existencia de dos recintos, uno antiguo y reducido, anterior al siglo XIV, y otro posterior, cuya cerca abarcaba una superficie de unas 18 hectáreas, reforzada con 38 torreones, el propio Castillo y varias puertas (al Norte, la Puerta de Sevilla; al Oeste, La Puerta de Jerez; al Sur, la Puerta de la Villa- la única hoy existente y posteriormente, se construyo al Este la Puerta de San Juan). El Castillo de Utrera de origen árabe data del S.XIII, sufriendo sucesivas devastaciones hasta su total abandono. Tras un intento de reconstrucción en 1915 se recupera definitivamente para la ciudad a partir de las obras comenzadas en 1981 que culminan con la inauguración de este recinto el 30 de Julio de 1986, por el Presidente de la Junta de Andalucía D. José Rodríguez de la Borbolla, siendo Alcalde de Utrera D. José Dorado Alé.


El castillo aparecía unido al recinto amurallado de la ciudad como espolón avanzado de su sistema defensivo. El esquema de este castillo es propio del siglo XIV, momento en el que se ejecutan buen número de ellos tanto en la Banda Morisca como en la Banda Gallega.
Ofrece una planta rectangular ajustada en orientación noreste-suroeste a la superficie de la colina. Presenta torres cuadradas de menor tamaño en las esquinas orientadas al interior del recinto amurallado y de planta rectangular y mayor anchura en aquellos lados (noroeste y suroeste) que se ajustan al escarpe de la colina. Tanto las torres exteriores como las cortinas están realizadas en tapial macizo. La diferencia de diseño de las torres puede ser debida a la función que las externas seguramente cumplían como estribos de la estructura habiendo colapsado totalmente alguna de ellas.
En su frente noreste, muy escarpado, se encuentra el acceso en vano de medio punto defendido por la Torre del Homenaje, imponente edificación de planta cuadrada, construida con esquinas amplias en sillares de piedra alcoriza y paños centrales en tapial. Presenta dos plantas cubiertas con bóvedas, de ocho paños la inferior sobre trompas y vaída la superior con amplias ventanas centrales en medio punto dotadas de ladroneras soportadas por tres ménsulas lobuladas parcialmente perdidas, conservándose algunos restos de las garitas. La terraza superior también dispone de ladroneras en sus esquinas con ménsulas lobuladas en sentido diagonal que presumen la existencia de garitas esquinadas superiores con cerramiento de merlones entre ellas, elementos desaparecidos en la actualidad.



Despues de visitar el castillo nos dirigimos desde la calle Ponce de Leon hacia otra de los lugares con mas solera que hay en la ciudad como es la Plaza del Altozano, una amplia plaza que preside el centro de esta localidad sevillana. Situada en el corazón de su casco histórico, esta plaza representa el papel de una verdadera Plaza Mayor. Constituye el principal centro de relación para la población y también su espacio urbano más representativo.
Físicamente, se configura como una gran plaza cuya planta es de forma aproximadamente rectangular. Presenta en sus cuatro frentes una serie de edificios de cierto carácter tradicional en tres o cuatro plantas de altura, que aun siendo muy distintos entre sí dan un cierto aspecto de homogeneidad.
Bordeada de arbolado y de bancos y restringido al paso del tráfico rodado, la plaza invita al paseo tranquilo y también a la charla y la contemplación sentado en alguna de las múltiples terrazas que se extienden hacia el centro, especialmente en sus dos frentes más alargados.
Entre sus edificios de tipo religioso destacan algunos como la iglesia de San Francisco, que presenta su lateral derecho a la plaza y, algo más retrasada, su espadaña. También son visibles las cúpulas de la cercana iglesia de Santiago, que asoman por encima de las casas del frente menor.
Entre los de tipo civil y residencial aún conserva fachadas del siglo XVII y XVIII y que aparecen por la plaza repartidos a lo largo de sus frentes. Son reconocibles especialmente por sus alargados miradores o balconadas, constituidos por hileras de huecos acabados en arcos de medio punto.


En el año 1.645, miembros de la Orden de San Ignacio de Loyola, financiados por los duques de Arcos, compraron en una zona extramuros de la ciudad antigua (actual Altozano) un grupo de casas a las hermanas Isabel y Juana de Sotomayor. Anteriormente, los jesuitas se habían asentado en la calle Matamoros, en el Hospital de Santa Ana y en el Hospital de la Misericordia. Ahora se situarían definitivamente (o eso creían) en un lugar adecuado para la importancia de la Orden. Ese mismo año se inician las obras, cuya primera construcción fue el colegio de San José (hoy C.E.I.P. Rodrigo Caro). No se conoce el nombre del arquitecto que dirigió los trabajos, aunque es de suponer que fuese jesuita, como era habitual. La gran epidemia de peste de 1.649, que se llevó por delante la mitad de la población, provocó retrasos que alargaron la finalización de la obra hasta marzo de 1.652. Poco más de un siglo permanecieron los siervos de San Ignacio en Utrera hasta que la Pragmática Sanción de 1.767 dictada por Carlos III provocaba la expulsión de la Compañía de todos los territorios de la Corona española y la incautación de sus propiedades. El templo quedó abandonado durante treinta años, al cabo de los cuales, los frailes franciscanos abandonaron su antiguo convento, situado en el actual emplazamiento del cementerio municipal, y tomaron posesión de las instalaciones. También les sería enajenado en el marco de la desamortización de Mendizábal el año 1.835, permaneciendo cerrada hasta que, a comienzo del siglo XX se hizo cargo de ella la Hermandad de la Vera Cruz.
Se trata de un edificio de ladrillo y mampostería, de una sola nave con cinco tramos, cubierta con bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones. El antepresbiterio se cubre mediante cúpula semiesférica simple, sin tambor y sin linterna, que se apoya sobre pechinas. El coro, en alto, está situado a los pies de la nave.
A los pies del templo se ubica la portada principal, que se abre a la antes llamada calle San Francisco, hoy Clemente de la Cuadra. Sobre ella se sitúa la mayor de las dos espadañas del templo, de tres vanos, en tanto que la otra, con uno solo, la vemos sobre la cabecera.
Dicha portada principal, de estilo ya más manierista que barroco, muestra un vano adintelado, con pilastras sencillas a los lados, en las que se apoya un entablamento. Sobre él, una cornisa sostenida por canecillos soporta un frontón curvo partido que enmarca el escudo real, típico en las construcciones de la Orden.
En la portada lateral, por la que se accede usualmente al templo, vemos un arco muy rebajado, flanqueado por pilastras que soportan un frontón sin base. Dos retablos cerámicos sobre el muro, Jesús atado a la columna y Nuestra Señora de los Dolores y Soledad, titulares de la Hermandad de la Vera Cruz, completan la visión de la fachada.


Entramos en la iglesia por esta puerta lateral y comprobamos que a nuestra izquierda se encuentra, sobre la entrada principal, el coro. En el interior de un arcosolio vemos un arca de madera con un crucifico adosado sobre ella; encima, un cuadro con la representación de la Virgen de los Remedios, acompañada de un mitrado y un oferente de rodillas. Seguimos y llegamos ante una pequeña hornacina avenerada que cobija la figura del Corazón de Jesús, de aspecto moderno y discreto interés artístico. A continuación nos situamos ante el retablo de San Diego de Alcalá, fechado a comienzos del siglo XVIII, con discutible combinación de colores rojo y dorado. Otra hornacina, igualmente avenerada, en la zona del antepresbiterio, está ocupada por la figura de San Agustín, con libro en su mano izquierda (le falta la maqueta de iglesia) y con la derecha vacía.
La bóveda que ocuparía el crucero si la planta fuese de cruz latina, es de media naranja, con pinturas del círculo de Juan Espinal que representan a San Francisco Javier en la Apoteosis de la Compañía, fechadas en la década 1.770-1.780, apoyada sobre pechinas en las que aparecen los cuatro Arcángeles: San Miguel, San Gabriel, San Rafael y el Ángel de la Guarda. Desgraciadamente, el estado de las mismas es muy delicado, habiéndose perdido de forma definitiva algunas zonas y camino de ello el resto.
El barroco Retablo Mayor nos muestra a dos ángeles sosteniendo un manto colgado de la corona real, a modo de dosel, en cuyo interior se cobija el retablo. Consta de banco, sotobanco y dos cuerpos de tres calles cada uno, separadas por estípites. Todo el conjunto está decorado con adornos vegetales y volutas.
El camarín está ocupado por la Virgen de los Dolores, una de las principales devociones utreranas. De autor y época desconocidos, fue remodelada por Castillo Lastrucci y más tarde restaurada por Sebastián Santos. A la izquierda de la Virgen vemos una imagen de San Francisco de las Cinco Llagas, con crucifijo en mano derecha y rosario en la izquierda. A la derecha, San Antonio de Padua, muy representado en las iglesias sevillanas. El cuerpo superior está presido por un San José con el Niño, con relieves de medallones policromados a los lados. Según me indica Enrique Ruiz, al que agradezco la aclaración, se tratarían de San Joaquín y Santa Santa Ana por un lado, y Santa Inés con el cordero y Santa Isabel por otro.
El retablo de Jesús atado a la columna ocupa el muro del Evangelio a la altura del antepresbiterio. Es de muy similar traza e igual época que el frontero de San Diego, con imagen atribuida a Pedro Roldán, encontrada oculta tras un tabique en 1.649.
La última parada en nuestro recorrido tiene lugar ante una imagen muy moderna, del año 2.004, esculpida por el moronense Manuel Martín Nieto. Se trata del Santísimo Cristo Yacente, que se nos muestra en el interior de una sencilla urna de madera, aunque procesiona en otra mucho más espectacular de madera noble, carey y plata. Llama la atención el modelado tan natural de cuerpo y el diseño del paño de pureza, muy original.
Desde la plaza nos dirigimos para continuar nuestro viaje por la calle Sevilla, llamada asi porque era el antiguo camino que llevaba a la capital, donde vamos a contemplar algunas de la muchas casas solariegas que posee la ciudad y el edificio del Teatro Enrique de la Cuadra. Casas que van desde el siglo XVI al siglo XVIII donde destacan las rejas que dan acceso a los patios centrales o sus pintorescos balcones.
Una de esas casas nos la encontramos en la cercana calle Roman Melendez tradicionalmente conocida como Cazorla emparedada por las edificaciones colindantes que pueden provocar que pasemos por su puerta casi sin darnos cuenta, se encuentra una de las mejores muestras existentes en Utrera de la arquitectura civil del siglo XVIII. Se trata del inmueble conocido como «Casa de los Román Meléndez», un lugar que sirve para conectar directamente con la vida de una de las personalidades más curiosas que ha dado Utrera.
Una inscripción en la parte superior de la puerta de entrada indica que la construcción fue edificada en el año 1730, y como señala el investigador utrerano Antonio Cabrera, «casi al 100% podemos estar seguros que la casa la construyó Pedro Román Meléndez». Este utrerano ha pasado a la historia de la localidad principalmente por ser el creador de la obra literaria «Epílogo de Utrera», pero este libro no es más que una de las muchas cosas que hizo en su vida.
Quizás lo más interesante se encuentre por tanto en la fachada de la casa, donde podemos encontrar en la parte superior del balcón que se encuentra encima de la puerta principal, el escudo de armas de la familia Román Meléndez. Algo que podemos comprobar gracias a que es el mismo que se encuentra en la capilla de Santa Ana en la parroquia de Santiago, donde están enterrados algunos miembros de la familia.
Justo en el dintel de la puerta encontramos otro bello escudo, donde sobresale una cruz y una inscripción latina, que muchos han interpretado como un símbolo de la Inquisición. La inscripción en latín es una cita del Gálatas, que viene a decir lo siguiente: «no me libre de gloriarme sino en la cruz». «Es un lema de una persona muy religiosa como Pedro Román Meléndez, el emblema de este utrerano que fue extraordinariamente culto, donde se puede comprobar la influencia que tuvieron en su formación los jesuitas», explica Cabrera. Por tanto, es en la propia fachada donde todavía hoy, después del paso de casi tres siglos, donde podemos rastrear los elementos más importantes de esta vivienda.
El personaje que da nombre a esta casa nació en el año 1675 y murió a la edad de 88 años en 1764, después de una prolífica vida que se desarrolló principalmente en Sevilla. Después de realizar una incursión en la carrera militar y estudiar Derecho, entra en contacto con la vida eclesiástica, donde tuvo una destacada trayectoria, ya que fue canónigo en la Catedral de Sevilla, juez, vicario general y mano derecha de tres arzobispos distintos. Una persona muy culta que desempeñó por tanto importantes cargos y que erigió la capilla de Santa Ana en la iglesia de Santiago, donde incluso legó importantes elementos como un copón de oro.
En 1730 ve la luz su obra «Epílogo de Utrera, sus grandezas y hazañas gloriosas de sus hijos», una obra de corte histórico en la que trata de realizar una radiografía minuciosa de su localidad, siguiendo muy de cerca las enseñanzas dejadas por Rodrigo Caro. Curiosamente el mismo año en el que ve la luz esta obra literaria, es el momento en el que se construyó la «Casa de los Román Meléndez».
Seguimos paseando por la calle Sevilla y nos encontramos junto al edificio del teatro otra casa solariega de estilo barroco levantada en el siglo XVIII y que como muchas otras son símbolo de la aristocracia y de las primeras etapas de la burguesía utrerana.
El teatro fue construido en 1887 por Enrique de la Cuadra. De ahí, su denominación actual. El Ayuntamiento
de Utrera adquirió el inmueble en junio de 1985, acogiéndose al Programa de Rehabilitación de Teatros Públicos de las Consejerías de Obras Públicas y de Cultura de la Junta de Andalucía, siendo el arquitecto encargado de la remodelación Juan Ruesga Navarro. Culminadas las obras en 1993, el teatro abrió sus puertas al público presentando uno de los escenarios más amplios de Andalucía.
Se trata de un teatro a la italiana con una equilibrada distribución en la sala y el escenario que, junto al resto de las instalaciones, conforma un espacio vivo de actividad artística, lúdica y cultural. El interior del teatro alberga el legado de los hermanos Álvarez Quintero, fondo museológico compuesto por biblioteca y enseres personales de los famosos comediógrafos utreranos.
Además de una programación propia, este espacio está adherido a diferentes circuitos: Circuito Andaluz de Teatro y Danza, Circuito Andaluz de Música, Programa Abecedaria y Circuito Provincial de las Artes escénicas y Musicales.



Giramos a la derecha para continuar por la calle Alvarez Quintero hasta llegar a otro de los rincones con encanto que posee la ciudad como es la Plaza de Gibaxa. En dicha calle nos topamos con el edificio de la Biblioteca de Utrera la cual se encuentra situada en la Antigua Casa Palacio de los Condes de la Maza, un edificio del siglo XIX. El origen de dicha casa se remonta cuando Santos Sainz de la Maza y Ezquerra retorna a España como indiano montañés en México. Debido a la riqueza que obtuvo y a la gran amistad con otro indiano singular y cántabro como él, don Clemente de la Cuadra y Gibaxa, se instala en Utrera y compra la casa ubicada en la calle del Arroyo en 1867, habitándola en 1868. Tras múltiples usos, entre los que figuró el de sede de la Falange en la época franquista, Registro de la Propiedad o de los Juzgados, el Ayuntamiento de Utrera la adquirió a comienzos de este siglo XXI para que fuese la nueva sede bibliotecaria local.
Con la rehabilitación integral de ese edificio señorial del siglo XIX, se pretendió la preservación del rico patrimonio local y al mismo tiempo ofrecer una biblioteca más moderna con respecto a la ubicación anterior, con mejoras tecnológicas en el acceso a la información, así como mayores espacios que permitieran un mejor desarrollo de actividades bibliotecarias. A partir de su establecimiento allí, la biblioteca se denominó "Biblioteca Pública Municipal de Utrera".

En la concurrida plaza de Gibaxa de estructura rectangular nos encontramos con el edificio del Ayuntamiento, antiguo Palacio de Vistahermosa, asi como el edificio de Correos, antaño casa natal de los hermanos Álvarez Quintero, creadores del teatro costumbrista andaluz para deleite de literatos y amantes de las letras. La Plaza de Gibaxa es el corazón del centro histórico de Utrera. Esta plaza pintoresca está rodeada de edificios tradicionales, terrazas de cafés y bares donde puedes relajarte y absorber la atmósfera local. Es un lugar ideal para mezclarte con los lugareños, saborear la gastronomía andaluza y disfrutar del bullicio de la vida cotidiana.
El edificio donde actualmente se ubican las dependencias municipales es uno de los mejores ejemplos de casas palacios que proliferaron en la localidad a lo largo del siglo XVIII.
A finales del siglo XVII, la que luego sería casa palacio de los condes de Vistahermosa ya era la mansión de un rico aristócrata. En el siglo XVIII ya aparece como propietario del palacio Pedro Luis Ulloa-Celis, conde de Vistahermosa. Un importante criador de reses bravas que realizó grandes obras al caserón, entre ellas la majestuosa portada.
María Luisa Ulloa, hermana y heredera del III conde de Vistahermosa, vendió el edificio al aristócrata Simón Gibaxa en 1841. Tras el fallecimiento de este en 1860, la propiedad la heredó Enrique de la Cuadra, quien la adapta a las nuevas necesidades y gustos de la burguesía adinerada de la época. Mezcla elementos vanguardistas, como el hierro y el cristal, con otros más historicistas y románticos, como el mármol, azulejo y madera, magistralmente utilizados en las decoraciones de sus imponentes salones: el pompeyano, el de los espejos o árabe, el chinesco o el renacentista alemán.
Durante estos años la mansión se va convirtiendo en un bello palacio que será el escenario de una intensa vida social, de grandes celebraciones, reuniones y fiestas, a las que acudían los personajes más relevantes. El edificio fue creciendo, se construyó la llamada casa de verano, se proyectó el hermoso jardín y a su alrededor se distribuyen las espectaculares estancias.
Desde la plaza continuamos por la calle Don Clemente de la Cuadra donde podemos seguir contemplando varias casas solariegas hasta que de nuevo llegamos a la plaza del Altozano. Las casas solariegas son una parte de la arquitectura tradicional de Andalucía vinculada a los títulos de honor, la nobleza y el poder económico. Estas casas señoriales eran el lugar de residencia de las familias nobles y su lujoso diseño es un reflejo de la influencia que ejercían en la zona.
Las estancias se organizan en torno a los característicos patios interiores de este tipo de construcciones, uno de estilo andalusí y otro con árboles frutales. Es un edificio de dos plantas provisto de balcón monumental y portada entre pilastras que por su singularidad tiene la catalogación de histórica.




Desde la plaza continuamos por la calle Virgen de Consolacion hasta que al final de la misma llegamos a la Avenida de San Juan Bosco. Durante nuestro caminar contemplamos mas casas señoriales como la Casa palacio de los Riarola.
En la avenida San Juan Bosco vamos a contemplar varios edificios historicos de la ciudad como la Casa Surga, la Capilla de San Bartolome, la iglesia del Carmen y el Colegio de Salesianos.
La Casa Surga esta situada en la nueva zona de expansión de la ciudad durante el siglo XVIII y está formada por la casa principal o señorío y la casa de labor. Fue construida en 1783 por Francisco Fernández de Abauza, siguiendo los cánones del estilo barroco sevillano.
La casa principal o señorío está estructurada sobre un gran patio central porticado, con arcos de medio punto sobre columnas, en torno al cual se ubican las dependencias principales en la planta baja. A través de una escalera de importante trazado, situada en el ángulo de dicho patio, se accede a la planta alta. En la fachada principal destacan la portada en piedra martelilla labrada y el sobrado con 13 arcos de medio punto, a modo de mirador que ocupa todo el edificio.
La casa principal está conectada a través de las habitaciones traseras con un segundo patio, de mayor amplitud, que hacía las funciones de patio de labor. Alrededor de éste se situaban las dependencias del servicio que albergaban a los trabajadores, la maquinaria y los productos del campo, con una puerta conectada con el camino que salía del pueblo en dirección a las tierras propiedad del hacendado.
La Capilla de San Bartolome, conocida popularmente como la capilla de Jesús de Nazareno, formó parte del convento dominico de San Bartolomé, erigido a expensas de Bartolomé López de Marchena, que en 1542 ordenó su fundación y se destinó al cuidado y fortalecimiento del cuerpo y del espíritu. La capilla debió de construirse en el siglo XVII y sufrió importantes reformas en la segunda mitad del siglo XVIII.
Se trata de un templo de pequeñas dimensiones compuesto por una única nave que se cubre a través de una bóveda de cañón con lunetos entre arcos fajones, que incluye otra bóveda dentro de la anterior y con forma de media luna sobre el presbiterio.
Sobre este último espacio se encuentra el retablo mayor de la capilla, que se muestra presidido por una talla de Jesús Nazareno realizada por el célebre escultor Marcos Cabrera en el año 1597, y donde se veneran además las imágenes de distintos santos como San Juan, San Lucas, San Mateo, San Pedro y el propio San Bartolomé, titular de la capilla.
Aunque la capilla se enmarca dentro del estilo barroco habitual de la época, su aspecto exterior es extremadamente sencillo, pues presenta solo una pequeña fachada (la de los pies del templo), cuya superficie la ocupa prácticamente toda la portada, muy austera, que muestra un amplio hueco de acceso acabado superiormente en un arco muy rebajado. El hueco se presenta flanqueado entre dos sobrias pilastras que soportan un frontón recto partido para alojar en el centro un retablo cerámico con la imagen de Jesús Nazareno, rematando la composición otro frontón recto, esta vez completo.

La Capilla de Ntra. Sra. del Carmen forma parte del Colegio Salesiano, el más antiguo de la congregación en España, datado de 1881. Por su aspecto exterior no parece una capilla, dada la riqueza ornamental de su fachada y su altura. Además, se adorna con dos torrecillas laterales. Es de estilo historicista, mezclando la esencia de diversos estilos. Predomina el barroco sobre formas de influencia clasicista, siempre con un aspecto general muy estilizado, sobre todo en las torres, y jugando con la clásica bicromía del barroco andaluz. Las espadañas, en forma de torrecitas laterales, fueron diseñadas por Aníbal González, creador del estilo regionalista y arquitecto de la Exposición Universal de Sevilla. En el centro de la fachada destaca el escudo de la Congregación.
La capilla es de nave de cruz latina cubierta con bóvedas de cañón, lunetos y arcos fajones, que apean sobre una cornisa que recorre la iglesia. Mención especial merece la imagen de María Auxiliadora, pues es la más antigua de la península ibérica. Fue enviada a Utrera por San Juan Bosco (fundador de los Salesianos en 1885). También hay que destacar su magnífica decoración pictórica, obra de la transición del siglo XVII al XVIII, momento cumbre de la pintura muralista sevillana.
Llegamos a la Glorieta Pio XII en la cual podemos contemplar un monumento a San Juan Bosco. La glorieta se ha convertido en la principal entrada de acceso al centro urbano. Se ubica en el lado oeste de la Villa y precede a edificios tan emblemáticos como el antiguo Mercado de Abastos. Frente a ella se halla el Colegio Salesiano, el más antiguo de la congregación en España construido en 1881.
San Juan Bosco, fundador de la Congregación Salesiana, está fuertemente enraizado en la vida social de Utrera, hasta el punto de que el estadio de fútbol lleva su nombre. Por este motivo, su talla fue elegida para decorar la glorieta que da acceso al centro urbano.
Rodeado de unos jardines se alza un conjunto cuya tipología responde a la forma de esculpir de Martín Lagares, autor de otras obras salesianas como la cabeza de San Juan Bosco que preside el patio central del Colegio Salesiano. Este monumento pretende reflejar la labor de enseñanza y de guía espiritual que desarrolla con la juventud esta obra cristiana.
El monumento de Don Bosco es una obra en bronce, copia de la talla del fundador de los salesianos que se venera en la capilla del Carmen obra de Castillo Lastrucci, y que, en 1981, con motivo del centenario vino a sustituir a una anterior en piedra y que representaba a San Juan Bosco sentado y que en la actualidad se encuentra en la Plazoleta de la barriada de los Salesianos.

Desde la glorieta nos dirigimos hacia la calle Las Mujeres donde en el inicio de la misma se ubica el edificio de la Antigua Alhondiga donde destaca su torre molino, una construcción de claro estilo neoclásico de la segunda mitad del siglo XVIII y forma parte de un edificio del cual han desaparecido casi todas sus estructuras interiores y otra de las casas solariegas de la ciudad. Una Alhóndiga era una casa pública destinada para la compra y venta del trigo. En algunos pueblos sirve también para el depósito y para la compra y venta de otros granos, comestibles o mercaderías que no devengan impuestos o arbitrios de ninguna clase mientras no se vendan.
El centro histórico de Utrera está plagado de numerosas torres de molino, que en otros tiempos fueron utilizadas para obtener de la aceituna ese precioso oro líquido que es el aceite. Muchas han desaparecido, otras no se conservan en las mejores condiciones, pero afortunadamente todavía hoy en el siglo XXI es posible impregnarse de la singularidad propia de la arquitectura de estas construcciones en muchos rincones de Utrera.
Las torres de molino son construcciones que datan de los siglos XVII o XVIII. Casi todas las que quedan en pie se localizan en las calles que componen el corazón de la villa y constituyen una forma de construcción muy singular, casi exclusivo de la localidad. Algunas de estas torres están incluso rematadas con espadañas, lo cual las hace más atractivas desde el punto de vista visual.

Al final de la calle Las Mujeres giramos a la izquierda para adentrarnos en la juderia utrerana a traves del Arco del Niño Perdido. Se encuentra en pleno corazón del casco histórico de Utrera, en su tiempo también fue utilizado como una pequeña puerta para atravesar las murallas, apenas se compone de una calle, pero cumple perfectamente los requisitos para ser un rincón con historia de Utrera, se trata del callejón del Niño Perdido.
Su curiosa puerta de entrada, donde se encuentra una cruz y una concha (quizás una de las señales del Camino de Santiago) y sus paredes encaladas, repletas de macetas con flores, nos trasladan directamente a otra época y nos indican que nos movemos en un lugar que ha tenido mucho que decir en los diferentes periodos de Utrera. En la actualidad, sigue siendo un punto importante en el casco histórico de Utrera, aunque ha perdido su importancia dentro de la vida de la ciudad.
Si se pasea por allí, con los sentidos bien entrenados, se puede llegar a tocar la historia con las manos. Su estructura, angosta y retorcida, nos indica que estamos entrando directamente en la antigua judería de Utrera. De esta forma guarda claros parecidos con los barrios que los judíos ocuparon en toda Europa al comienzo de la Edad Media,
En cuanto al Niño Perdido, es más lo que desconocemos que lo que conocemos de este rincón tan peculiar y con tanto encanto. Lo que sí es seguro es que esta pequeña calle la ocuparon los judíos en su tiempo, ya que incluso se han encontrado restos de lo que fue una antigua sinagoga, que se convertía en el centro de reunión de la comunidad judía.
El Niño Perdido en Utrera dejó de ser el centro de la actividad comercial de la villa para convertirse en un hospital. Una de las hipótesis que barajan los diferentes historiadores es que poco después terminó convirtiéndose en una casa de expósitos, que era el lugar a donde iban a parar los niños abandonados. Es en este momento por tanto cuando el lugar adquiere el nombre que va a llegar hasta nuestros días, el Niño Perdido. Los estudios arqueológicos de la zona también han indicado que este callejón fue también utilizado en su día como cementerio. En la actualidad la zona se encuentra ocupada por viviendas particulares y locales de restauración.
Como hemos podido comprobar, es difícil que en una extensión tan pequeña como es el Niño Perdido de Utrera, se concentren tantos siglos de historia y tantos datos relevantes para la personalidad de la localidad. Es por tanto un rincón sin el cual Utrera no sería la misma. Y por último, no dejen de mirar el azulejo del Niño Perdido, otro secreto se esconde tras él.



Continuamos por la calle Plaza hasta que llegamos a otro de los rincones con encanto de la ciudad como es la Plaza Enrique de la Cuadra (que también se conoce como Plaza del Bacalao y que fue anteriormente la Plaza Mayor de Utrera) la cual esta presidida por el monumento a Sor Angela de la Cruz, un viejo proyecto, con el que se le quería rendir homenaje a las Hermanas de la Cruz, y reconocer la labor que dicha orden religiosa viene desarrollando con las familias más pobres de la ciudad desde el año 1.877, fecha en la que Sor Ángela, se desplazó a Utrera acompañada de un pequeño grupo de monjas para fundar, tras la de Sevilla, la segunda comunidad religiosa. La estatua de Sor Ángela, de tamaño natural, ha sido realizada en bronce por Ricardo Rivera, escultor moronense afincado en San José de la Rinconada, y representa a la religiosa caminando con su bolsa y rosario. La escultura tiene 280 kilos de peso y ha sido ubicada en un pedestal de mármol, en una zona ajardinada, en el vértice más cerrado de Enrique de la Cuadra.
La plaza debe su nombre a uno de los personajes mas ilustres de la ciudad que en cierta manera llevó a Utrera al siglo XX con ilusiones renovadas y con un enfoque completamente distinto, se trata de Enrique de la Cuadra, el hombre que, junto a su padre Clemente, puede considerarse como el creador de la Utrera moderna.
De la Cuadra, nacido en el año 1842, fue uno de los hombres más ricos de la historia de Utrera, pero sigue siendo recordado en la actualidad porque utilizó parte de su capital y de su mentalidad ilustrada para cambiar y mejorar la ciudad en la que vivía. Enrique de la Cuadra adoquinó calles y las dotó de alcantarillado, restauró templos como la iglesia de Santiago o el convento de las Madres Carmelitas, construyó el primer teatro de Utrera, que hoy en día sigue siendo el principal recinto cultural de la localidad, abrió nuevas avenidas para conectar de una manera digna el centro de la ciudad con la estación de tren y aplicó adelantos técnicos a la entonces arcaica producción de aceite que se llevaba a cabo en los campos utreranos. Su interés por la cultura le llevó también a propiciar el surgimiento de periódicos locales y a encargar la recopilación de la entonces fragmentada obra de uno de los intelectuales más curiosos que ha dado la historia utrerana: el Abate Marchena.


La plaza es de estructura irregular en la que confluyen varias calles y en cuyo centro nos encontramos con un pequeño jardin de forma triangular. La plaza antaño fue el corazon de la Utrera Medieval que albergaba la prisión de la localidad y en ella podemos contemplar antiguos edificios como el del Cabildo construido en el siglo XVI o la historica casa de Doña Martina o las de los propietarios de los numeros 4y 5 de dicha plaza que eran colindantes al antiguo bar Limones, asi como la casa natal de Enrique de la Cuadra. En la cercana calle Doña Catalina de Perea quedan los restos del desaparecido Convento de las clarisas de Santa María de Gracia, fundado en el siglo XVI, en cuyo obrador nació el Mostachón.


Desde la plaza ascendemos por la calle Canonigo Parra que nos lleva a otra de las plazas con encanto de la ciudad como es la Plaza Porche Santa Maria donde se ubica uno de los edificios mas imponentes como es la iglesia de Santa Maria de la Mesa. Situada en la zona alta de la ciudad, el Porche de Santa María es una bonita y amplia plaza del casco histórico de Utrera. Esta plaza ajardinada está presidida por la imponente arquitectura de la Iglesia de Santa María de la Mesa, cuya esbelta torre define el perfil de Utrera en el horizonte. Frente a la iglesia se emplaza la Peña Flamenca, donde pueden disfrutarse de algún espectáculo de flamenco. Al otro lado de la plaza se encuentra la estatua dedicada al poeta y arqueólogo Rodrigo Caro, otro de los personajes ilustres de la ciudad. La importancia de Caro es fundamental, ya que representó como casi ningún otro autor, las características propias del siglo de oro español. Cultivó muchos géneros literarios, como el verso y la prosa, mientras que fue un apasionado de la arqueología, convirtiendo su casa en una especie de pequeño museo. La estatua que hoy se erige en este lugar emblemático de la localidad, fue realizada por Salvador García a finales de la década de los 80.



La iglesia de Santa María de la Mesa, es parte de un templo medieval que se reformó en el año 1401 y luego también en el siglo XVI, perteneciendo a esta segunda fase la portada de los pies y el crucero. Se trata de un templo de grandes dimensiones construido en ladrillo, cantería y mampostería, con cinco naves, la central de mayor altura, con seis tramos y crucero. Sus apoyos lo forman una serie de pilares rectangulares y ochavados sobre los que descansan los arcos apuntados que separan las naves, que se cubren con bóvedas de crucería sexpartitas. El crucero a su vez se cubre con una cúpula sobre pechinas, mientras que la capilla mayor y los brazos del crucero lo hacen con bóvedas de cañón.
La construcción original es gótica, del siglo XV. Diego López Bueno levantó la cabecera y el crucero entre 1603 y 1625. La portada de los pies, que sirve de arranque a la torre, es obra fechable hacia 1550. Por sus elementos arquitectónicos puede considerarse tanto en traza como en construcción, obra del arquitecto Martín de Gaínza, quien la concibió como un gran arco de triunfo. La torre, que se levanta sobre la portada, presentan cuatro cuerpos decrecientes; los dos primeros se fechan en el tercer cuarto del siglo XVI y se atribuyen a Hernán Ruiz II. Los cuerpos superiores son obra barroca en la que colaboraran Pedro de San Martín, Pedro de Silva, Ambrosio de Figueroa y Tomás Botani, quienes la realizaron entre 1756 y 1774. De finales de este mismo siglo es la portada lateral de la iglesia, que se considera obra de José Echamorro. Presenta los rasgos propios del neoclasicismo. Francisco Villany hizo las gradas y columnas de jaspe en 1785.

A los pies de la iglesia se abre la monumental Puerta del Perdón, una torre-fachada levantada hacia el año 1550 y cuya autoría se atribuye a Martín de Gainza, artista de origen vizcaíno que en 1529 es nombrado aparejador en las obras de la Catedral de Sevilla, y que desde entonces y hasta su muerte en 1556 realiza distintos e interesantes trabajos en tierras del arzobispado sevillano, como ésta que nos ocupa.
La solución sin continuidad entre portada y campanario que caracteriza a las torres-fachadas era una fórmula que ya había sido empleada en algunos templos medievales. La aportación personal de Gaínza para estos elementos consiste en actualizarlas mediante un lenguaje nuevo renacentista, que en algunos casos como este, presenta resultados de gran espectacularidad.
La portada parte de un esquema compositivo de arco de triunfo de orden gigante, con dos grandes columnas abalaustradas sobre pedestales sobre las que asienta un entablamento de orden jónico con decoración de perlas, más un friso y una cornisa, todo ello rematado con un frontón recto decorado con candeleros.
Centrando la portada queda el arco central de medio punto con tondos con cabezas clásicas en las enjutas. En los laterales del arco y en su intradós, profundamente abocinado, se dispone una rica y ordenada decoración a base de cuadrícula de casetones con rosetones y cabezas de querubes. Y ya sobre el dintel de la entrada, y en el tímpano sobre la puerta de acceso, se presenta un relieve de la Asunción de la Virgen acompañado de inscripciones y emblemas concepcionistas. En su conjunto se configura como una monumental portada que se complementa con la clavería de la puerta y las bisagras, realizadas en bronce y de la misma cronología que el resto, y que constituye una de las más bellas y menos conocidas piezas de la arquitectura del quinientos en la Baja Andalucía.
Por encima de esta portada se sitúa la torre, formando un solo bloque y superponiendo sus cuatro cuerpos escalonados sobre la entrada. Los dos primeros fueron realizados por el célebre arquitecto cordobés Hernán Ruiz El Joven, en el tercer cuarto del mismo siglo XVI, muy sobrios, sólo horadados por dos óculos y rematado por pirámides de corte manierista, y otros que asemejan jarros de azucenas en piedra y forja inspirados en los de la Giralda de Sevilla, cuyo diseño es de este mismo autor.
Tras el terremoto de Lisboa (1755) la torre resulta gravemente dañada y se acomete en ella una reforma considerable a la vez que se le dota de mayor altura, construyéndose dos nuevos cuerpos de factura barroca y escalonados siguiendo el diseño del arquitecto local Miguel Ruiz, luego alterado durante su realización en un largo proceso constructivo que se prolonga hasta el año 1777.
En los muros de las naves laterales se abren a finales del siglo xviii o principios del xix dos nuevas portadas de factura neoclásica, denominadas Puerta del Sol y Puerta de la Sombra respectivamente, obras del arquitecto José Echamorro. La correspondiente a la nave del evangelio, bien proporcionada y planteada en un cuerpo de altura más ático, presenta un hueco acabado en medio punto flanqueado por columnas pareadas de fuste liso.
Estructuralmente, la parroquia presenta una planta de cinco naves divididas por pilares, más capillas abiertas en sus lados. La nave central se remata a los pies con un órgano y amplio con coro con 61 asientos y facistol en el centro. Otras dependencias interesantes son la capilla del sagrario, la capilla sacramental y la sacristía. En la sacristía destacan la mesa de mármol y el Cristo de los Quebrados, crucificado del siglo XVI y, sobre todo, en el despacho rectoral, una pintura sobre la tabla de la Virgen con el Niño de Bernardino Luini (1480-1532), uno de los principales discípulos de Leonardo da Vinci.
La calle central del altar mayor, dedicado a la Asunción de la Virgen, representa tres escenas de la subida a los cielos de Santa María. Es obra de Francisco Ballesteros y Martín Moreno hacia 1660. En la cripta sepulcral, que se encuentra bajo la nave de la iglesia, yacen enterrados personajes relevantes de la historia local. Se trata de un templo de grandes dimensiones, construido en ladrillo, cantería y mampostería, con cinco naves, la central de mayor altura, con seis tramos y crucero. Los arcos son apuntados, se apoyan sobre pilares poligonales y sostienen las bóvedas de crucería sexpartitas. El crucero a su vez se cubre con una cúpula de media naranja sobre pechinas, mientras que la Capilla Mayor y los brazos del transepto lo hacen con bóvedas de cañón.




Cercana a la plaza y en la calle Rodrigo Caro nos encontramos con el edificio de la Casa de la Cultura de Utrera, antigua casa palacio de los marqueses de Tous, del siglo XVIII. La historia reciente del edificio comienza el 24 de mayo de 1984, fecha en que es adquirida por el Ayuntamiento. Las obras de restauración y adaptación arrancaron en la primavera de 1988 y concluyeron el 17 de junio de 1990.
La casa palacio de los marqueses de Tous es un edificio alargado de tres plantas realizado en ladrillo. En su interior, el palacio se distribuye alrededor de tres patios, dos de ellos barrocos. Estos presentan galerías de arcos de medio punto, decorados con molduras en resalte, sostenidos por columnas. En el tercer patio, los arcos de la galería inferior se hallan enmarcados por alfiz, solución muy utilizada hasta mediados del siglo XVI.
Al exterior, la fachada se articula mediante grandes pilastras y presenta en su planta superior una galería de pequeñas ventanas acabadas en medio punto. El elemento principal es una portada en dos cuerpos de altura realizada en piedra tallada donde destacan las dos gruesas columnas sobre alto pedestal y fuste estriado del primer cuerpo que soportan un balcón central. En el segundo cuerpo de esta portada aparece el hueco principal del balcón. La portada se puede fechar hacia 1725.
Desde 1990, esta casa palacio es la sede de la Casa de la Cultura de Utrera, espacio abierto a la ciudadanía, donde se promueven actividades de carácter sociocultural. Es un lugar de reunión, esparcimiento e información, concebido como un equipamiento cultural de proximidad donde se llevan a cabo actividades de formación, exhibición y producción de lenguajes creativos.
Adosada a la Casa de la Cultura nos encontramos con otro edificio en el cual destaca su portada que fue antaño del antiguo Convento de Santo Domingo. Esta casa es una construcción de mediados del siglo XX, pero tal y como afirma Eduardo González de la Peña en su libro "Grandes Casas de Utrera", no es una nueva construcción moderna que desentona con un entorno histórico, sino que está en total consonancia con el resto de construcciones de la zona.
La casa está situada sobre lo que habían sido las huertas de la Casa del Marqués de Tous, actualmente Casa de la Cultura, y sobre lo que había sido el Colegio del presbítero Bonifacio Obispo Román. De este modo la casa futura iba a ocupar una extensión importante entre las calles Rodrigo Caro y Antón Quebrado.
Las obras se inician en 1942 bajo el patrocinio de Consolación Fantoni de los Ríos, Condesa de Jimena de Líbar, siendo el arquitecto Juan Talavera, importante arquitecto sevillano del siglo XX, cuyo estilo se enmarca dentro del Regionalismo Andaluz.
Las obras son continuadas por su hijo Juan Guardiola Fantoni, siendo quien adquirió la portada del Convento de Santo Domingo para su colocación en la entrada de la casa, pero su muerte hizo que fueran continuada las obras en 1947 por su viuda Concepción de Soto Ybarra, quien coloca la portada y termina las obras.
Desde la plaza continuamos nuestro paseo por Utrera callejeando por sus estrechas y enrevesadas calles hasta que llegamos a la calle San Fernando. En nuestro caminar nos encontramos en la calle Sor Angela de la Cruz con el edificio del convento de las Hermanas de la Cruz que fue la primera casa filial que fundo Sor Angela en Utrera.
La casa perteneció a Don Francisco Ximénez y López de Valderrama y a su esposa Doña Beatriz Pajarero. El 7 de diciembre de 1716, el sacerdote Don Francisco Jiménez Pajarero y Verdugo, Comisario del Santo Oficio, decidió en su testamento fundar un mayorazgo con los bienes de su propiedad, entre los que se incluía la casa. En 1756 la casa fue ampliada por Don José Jiménez Pajarero y Arias de Saavedra, sobrino nieto del anteriormente mencionado. Convirtió en habitaciones varias dependencias y graneros que rodeaban la casa de campo. La cochera fue convertida en una gran sala. En 1853, a la muerte del nieto de este último, Don José Jiménez Pajarero y Ferreras Villamisar, y de su esposa, tanto la casa como los otros bienes pertenecientes al mayorazgo cayeron en manos de su hijo mayor, Don Francisco Jiménez Pajarero, Marqués de Carrión de los Céspedes y de Villafranca del Pítamo, aunque en calidad de bienes libres a raíz de las leyes desamortizadoras de 1837 que autorizaban a sus dueños a venderlos o cederlos. Al no haber tenido descendencia, en su testamento de 28 de junio de 1854 dejaba como heredero universal de todos sus bienes a su protegido Don Juan Vicente Giráldez y Fernández Soler, a quien no le unía ningún tipo de parentesco. Una de las hermanas de Don Francisco, Doña Consolación, intentó por todos los medios comprar la casa y otros bienes que durante tanto tiempo habían pertenecido a su familia. Don Vicente se negó a vender la casa aunque posteriormente terminaría vendiéndola, en 1880, al Marqués de Casa Ulloa, quien la destinó a Convento de Hermanas de la Cruz. Conserva portada dieciochesca con dintel de piedra y tejaroz de mármol sobre el balcón central. El portaje está adornado con rocallas siguiendo una tipología características del siglo XVIII. El patio principal tiene dos galerías en ángulo, con arcos de medio punto que descansan en columnas toscanas. Consta de dos patios más, aunque estos se encuentran tan reformados que son irreconocibles. Las estancias situadas en la parte derecha del edificio, a la entrada, conservan vigas de pino de Flandes sobre modillones y suelo de ladrillos dispuestos en espiga. La capilla principal del convento, de la Congregación de siervos de María Santísima de los Dolores, está construida sobre ocho pilares cubiertos por una bóveda labrada de mampostería. Entre los pilares están formados siete altares y siete tribunas. Actualmente la casa está muy transformada a consecuencia de su adaptación como residencia conventual y de las múltiples obras sufridas: a raíz de la reforma principal, en 1971, la casa estuvo a punto de hundirse, siendo necesario edificar de nuevo la parte de la planta que da a la calle Tetuán.

En la calle San Fernando nos encontramos con la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores y el Arco de la Villa. La Iglesia es un edificio situado en la confluencia de las calles de San Fernando y Sor Ángela de la Cruz, al lado de la Puerta de la Villa. El 5 de abril de 1833 comenzó a construirse la capilla sobre unas casas donadas por las hermanas del Marqués de Ruchena, para albergar la imagen de una virgen donada a los Servitas por el presbítero de la Catedral de Sevilla en 1732. En 1743 se inicia la sacristía y el tejado, en 1747 se enfosca y enluce la capilla. Se dedicó el 1 de mayo de 1747 aunque el proceso constructivo aún no había terminado: el 29 de octubre de 1749 comienzan a construirse las torres. Posteriormente están datadas varias intervenciones más en 1760, 1764, 1919 y 1971, año en que se realizan las últimas obras de importancia (cambio de la antigua solería). Actualmente es el convento de la Hermanas de la Cruz. Edificio de ladrillo y tapial de una sola nave, con arcos de medio punto, cubierto por dos exedras unidas por bóveda de medio cañón con arcos fajones en los extremos. Presenta siete capillas, la mayor cubierta por una exedra rebajada sobre pechinas, y las seis restantes recorridas, en su parte superior, por una tribuna. A los pies de la nave, en una tribuna, se halla el coro, en alto. Sacristía a la izquierda del presbiterio cubierta por dos bóvedas de arista. Planta de falsa elipse resultante de la unión de una sección cuadrada y dos triángulos; constituye uno de los escasos ejemplos de la arquitectura barroca sevillana de planta movida. Esta planta elíptica dinámica contrasta con el exterior, totalmente recto, destacando uno de sus lados, el situado en la calle San Fernando, como fachada principal. Su alzado es sencillo, con cuatro pilastras dórico-toscanas interrumpidas por un baquetón corrido antes de llegar a un pseudocapitel. Sobre ellas una cornisa que, a su vez, da paso a la balaustrada de la azotea y a dos torres que flanquean la cúpula de falso tambor con nervios de tejas de color azul y blanco y un remate a modo de linterna. A los lados, dos pequeños remates: bolas de cerámica insertadas en ua vara metálica. Las torres que flanquean la fachada constan de dos cuerpos, arcos de medio punto y pilastras. En la torre que hace esquina entre las dos calles hay dos campanas de bronce; cabe mencionar la que da a la calle Sor Ángela, aunque algunos la fechan en el siglo XIX, guarda un gran parecido con la campana del reloj de la iglesia de Santiago el Mayor fechada en 1493. El interior de las capillas está ocupado por grandes lienzos de la primera mitad del siglo XVIII entre los que cabe destacar San Antonio de Padua firmado y fechado en 1599 por Francisco Pacheco. Los restantes cuadros son fundamentalmente del siglo XVIII.

La situación estratégica de la localidad de Utrera, ubicada en un auténtico cruce de caminos y la fertilidad de sus campos, han provocado que durante siglos haya sido un enclave atractivo para los diferentes pueblos que aquí se han instalado, y que han dejado algunos vestigios, que hoy con un poco de dedicación podemos rastrear y entrar en contacto con la magia de la historia. Nos encontramos hoy en una de las puertas históricas del recinto amurallado de Utrera, nos situamos justo en frente del conocido como Arco de la Villa.
Es con la llegada de la Edad Media, cuando las diferentes ciudades europeas comienzan a replegarse en torno a la construcción de una muralla y su respectivo Castillo. Esta edificación se consideraba como la más importante en el territorio, se solía edificar en una parte alta de la ciudad, para poder otear el horizonte, y en torno a él se organizaba la vida de la ciudad. Lo que se consideraba como el centro de la ciudad, quedaba dentro de un recinto amurallado, al que se podía acceder por alguna de las diferentes puertas.
Utrera disponía de un amplio recinto amurallado ideado como sistema de defensa ante los ataques del exterior. La situación de la población a medio camino entre diferentes reinos, la convertía en una ciudad estratégica en los siglos en los que cristianos y musulmanes, se disputaban el dominio de la región andaluza. La muralla disponía de numerosas puertas para entrar y salir de la ciudadela, muchas de ellas no han llegado hasta nuestros días, otras solo han quedado como pequeños restos arqueológicos, mientras que sin duda la que mejor se ha conservado es la del Arco de la Villa, que incluso en nuestros días marca el final de lo que es el casco histórico de Utrera y el comienzo de los barrios extramuros.
Más allá del Arco de la Villa se extendía lo que se conocía en otros tiempos como los arrabales, que eran los barrios donde se concentraban los ciudadanos con menos recursos económicos, algunas tabernas, burdeles e incluso huertas donde los campesinos cultivaban sus productos. En otros tiempos era una auténtica aventura adentrarse por este arrabal, que hoy en día ocupan barrios tranquilos como el Arenal o la calle La Fuente.
En la Plaza de la Constitución, la del Altozano o en la calle Álvarez Hazañas, quedan todavía algunos vestigios de esta muralla, pero en ninguno de estos enclaves se puede tocar la historia como ocurre en el Arco de la Villa. Situado al final de la calle San Fernando, el arco da acceso a la zona de la Fuente de Ocho Caños, otro enclave que en su día fue muy importante para la tradición ganadera de la ciudad.
El Arco de la Villa se mantiene en la actualidad en un buen estado de conservación, a pesar de que todos los días pasan por este enclave cientos de automóviles. En su estructura presenta vanos apuntados, y una capilla barroca en el piso alto. Son muchos los ejemplos que podemos encontrar en numerosas ciudades andaluzas, parecidos al Arco de la Villa y que nos ayudan a imaginar como se organizaban las ciudades en otros siglos, cuando las murallas tenían una importancia crucial en la estructura de las ciudades.
Un enclave el del Arco de la Villa, que a pesar del paso del tiempo no ha perdido ni un ápice de su encanto. La Iglesia de Los Dolores, de la Hermanas de la Cruz, con su característica verja, el trazado de la calle San Fernando, todo ello contribuye a crear un clima especial que hace único este rincón con historia de Utrera que ha sido inmortalizado tanto en fotografías como en pintura en infinidad de ocasiones.
Como hemos referido anteriormente, cruzamos el arco y nos adentramos en el arrabal utrerano donde vamos a contemplar monumentos como la Fuente de los 8 caños al final de la calle Resolana y la Capilla de la Santisima Trinidad al principio de la calle Cristo de los Afligidos.
La Fuente de la Alamedilla, también conocida como la de los Ocho Caños, se encuentra en la plaza de la Resolana, junto al parque del Cristo de los afligidos. Es una antigua fuente restaurada de planta octogonal y con una cubierta a modo de templete. La cubierta está adornada por paños de azulejos sevillanos, y se sostiene sobre ocho arcos de medio punto. Bajo cada arco posee un grifo que desagua en la pila que rodea toda la estructura.
Su función era la de aprovisionar de agua a los habitantes de la villa y abrevar al ganado. Sus aguas provienen de un manantial situado a poco más de 1 km. En la antigüedad, el conjunto presentaba tres elementos encadenados: la fuente, el abrevadero y los lavaderos. Se construyó en el siglo XIV y ha sido remodelada en varias ocasiones. En la actualidad, se encuentra muy transformada, pues ha perdido su lavadero y el abrevadero se encuentra semienterrado. Fue lugar de abastecimiento de la citada localidad.

La Capilla construida por la hermandad de la Trinidad en los comienzos del siglo XVIII (entre 1719 a 1723) con el fin primordial de dar culto público a sus titulares esta realizada con muros de ladrillo y mampostería, el interior consta de una sola nave y se cubre por diferentes tipos de cubiertas dependiendo del tramo. El primero de ellos, de pies a cabecera, lo ocupa el sotocoro con bóveda de arista. En el resto de la nave se impone el cañón con luneto mientras que la capilla mayor tiene una cúpula semiesférica sobre pechinas. La sacristía se encuentra tras este altar mayor.
En el exterior, su fachada se presenta compuesta por pilastras, entablamento partido, frontón recto y un tímpano que encierra el escudo trinitario. Sobre ella una espadaña de ladrillo, con una pequeña campana, que consta de dos cuerpos. En la ermita existen varios retablos, uno mayor y varios laterales. El primero tiene la fisonomía típica del último tercio del siglo XVII formado por un cuerpo ático con tres calles articuladas por columnas salomónicas. Los otros son de la primera mitad del siglo XVIII y, a excepción de uno que es de caja de crucifijo, tienen un solo cuerpo con hornacinas centrales y carente de banco. La nave se halla decorada en todo su recorrido por lienzos de media caña cuya cronología oscila entre el último tercio del siglo XVII y la totalidad del siglo XVIII.

Volvemos hacia el arco para continuar por la calle San Francisco donde vamos a contemplar y visitar el edificio del Palacio de San Fernando hoy convertido en un hotel. Se trata de uno de los palacios considerado desde siempre como de las más hermosas casas por sus amplias habitaciones, gran patio y admirable terraza construido en el siglo XVIII que conserva todo su encanto original. Esta casa señorial destaca por su patio central con su fuente y sus columnas y la multitud de tinajas antiguas que lo rodean. Toda la decoración es de corte clásico como era de imaginar a la que se suman multitud de objetos familiares, estatuas romanas, mobiliario de la época, piezas de anticuario como su magnifica lámpara.
Al final de la calle llegamos de nuevo a la plaza Enrique de la Cuadra para desde esta continuar por la calle Doña Catalina de Perea donde al final de la misma llegamos a la Plaza de la Virgen de la Cabeza donde se ubica el edificio del antiguo Cuartel de Caballeria.
Fue mandado construir por el cabildo, comenzando sus obras en 1577 durante el reinado de Felipe II como acredita la inscripción que hay en el dintel de su sobria puerta.
Es un edificio exento de planta cuadrada, que abarca por sí mismo una manzana. Mide aproximadamente 35 m por lado y está constituido por cuatro crujías alzadas en dos plantas que giran alrededor de un patio, también cuadrado de 18 por 18 m, que responde a la arquitectura típica castellana de corrala, con un cuerpo inferior a base de arquería de cinco vanos.
Estos arcos están hechos en mampostería y son de medio punto, con tres metros de luces. Por encima cuelga una cornisa que da paso a la galería alta con cubierta de madera, sostenida por pilares con zapata. Se cierra con una balconada en rejería de época posterior.
La decoración actual del patio está relacionada con el destino adjudicado hoy al edificio, casa cuartel. Esto se ve en los pilares donde, repetitivamente, aparece el escudo militar de la Benemérita y los colores de la bandera de España.
El exterior, dado el carácter exento del edificio, presenta cuatro fachadas, de las que están ocultas dos, debido a los añadidos posteriores. La portada utilizada actualmente como acceso principal del edificio está realizada en claro estilo renacentista y en su forma más purista, también conocido como estilo herreriano.
Presenta un sobrio recercado de piedra sobre un ancho hueco adintelado, que se remata con una cornisa sobre la que se alzan bolas y un ático, este último a base de pilastras toscanas sobre pedestales que enmarcan la inscripción ya citada y sobre la que aparece el escudo real de Felipe II.
Enfrente del antiguo cuartel se ubica la Plaza Ximenez Sandoval donde en el centro se erige una escultura que lleva por título Fernanda y Bernarda, realizado en bronce por Pedro Hurtado en 2005. Las hermanas Jiménez Peña fueron dos grandes figuras del flamenco de Utrera. El monumento está rodeado de una fuente y plantas y flores propias de la vegetación más característica de Andalucía.
Desde la plaza continuamos por la calle Fernanda y Bernanda que nos lleva finalmente a la plaza de Santa Ana que fue nuestro punto de inicio de esta maravillosa experiencia descubriendo la historia de Utrera a traves de sus calles, plazas, monumentos y sobre todo su gente.
Desde aqui cogemos nuestro vehiculo para dirigirnos al otro extremo de la ciudad donde vamos a visitar en el Parque de la Consolacion uno de los monumentos mas representativos de Utrera como es el Santuario de Nuestra Señora de Consolacion.
El parque de Consolación es el parque más emblemático de Utrera. Fue construido en 1955 en las afueras de la ciudad y desde entonces ha sido el lugar preferido por los utreranos para pasear, enseñar a sus hijos a andar o montar en bici.
Este gran parque urbano se encuentra junto al Paseo de Consolación y cuenta con numerosas zonas ajardinadas y de ocio como bares, la piscina municipal y la Ciudad de los Niños. En el Parque de Consolación también se encuentra un monumento emblemático dedicado a los Hermanos Álvarez Quintero.
Uno de los principales atractivos del parque siempre ha sido el pequeño zoológico de patos, pavos reales y aves al que a las familias les encantaba acudir para conocerlos y darles de comer. Pero en 2017 fue reemplazado por un nuevo espacio dedicado a los más pequeños: la Ciudad de los Niños.
La Ciudad de los Niños ha sido diseñada a partir de las ideas que aportaron los propios niños utreranos en un concurso escolar y por eso cuenta con todo lo que un niño soñaría que tuviera un parque: toboganes, casitas, un castillo, columpios, camas elásticas y hasta una tirolina. La ciudad de los niños también cuenta con una zona con columpios especialmente diseñados para niños con movilidad reducida. Desde su apertura, la Ciudad de Los Niños se ha convertido en un parque de referencia al que además de los utreranos acuden familias de toda Sevilla para que sus hijos puedan disfrutar de estas modernas instalaciones que además son totalmente gratis.
Finalmente, en los meses de verano se encuentra abierta la Piscina Municipal del Parque de Consolación para que cualquier persona pueda divertirse y pasar un refrescante y agradable día.
El convento de Nuestra Señora de Consolación fue fundado en el siglo XVI en Utrera y era de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula hasta su desamortizacion en el siglo XIX. La iglesia del convento es el santuario de Nuestra Señora de Consolación coronada.
Según una historia (posiblemente con elementos de leyenda) narrada en 1619 por el superior de los mínimos de este convento utrerano, Diego Guzmán, en 1490 una mujer, de nombre desconocido, decidió emparedarse en su casa de Sevilla con otras mujeres. En la epidemia de peste de 1507 murieron todas las mujeres menos ella, que decidió irse a vivir a casa de su hija en Utrera, Marina Ruiz. Esta mujer trajo a Utrera una imagen de la Virgen de Consolación y dispuso en su testamento que esta fuese llevada a un beaterío que había en una casa de la calle Vereda de Yepes, que posteriormente pasó a ser el monasterio de la Antigua.
En 1520 un hombre que había sido criado de esta mujer en Utrera, Antonio Barreda, se vistió con hábito de ermitaño y se fue a Roma para obtener una licencia para una ermita. Tras obtener la licencia otros varones se le unieron para vivir como ermitaños en ese lugar, que se encontraba a un cuarto de legua del núcleo de población. Antonio Barrera dejó de ser el superior de la ermita y falleció en 1554. El siguiente superior sustituyó entre 1552 y 1553, con licencia de un visitador del arzobispado, un cuadro de la Virgen María por una escultura de la misma que había sido donada por la madre de Marina Ruiz al beaterío de la Antigua. En esta ermita se celebraba una festividad en honor de la Virgen María el día de la Encarnación, el 25 de marzo.
En 1556 la Orden del Carmen decidió fundar un convento en Utrera y el arzobispado les concedió esta ermita, desconociéndose qué fue de los ermitaños. Hacia 1557 los carmelitas se trasladaron a otro lugar, dentro del pueblo, por encontrarse este templo muy lejos de la población. El convento del Carmen fue desamortizado en el siglo xix y en 1881 se instaló en ese lugar el Colegio Salesiano de Nuestra Señora del Carmen de Utrera. Fue fundado por seis salesianos enviados por san Juan Bosco y fue el primer colegio de esta orden en España.
Hacia 1557 la ermita quedó abandonada y una mujer de Utrera, Beatriz Álvarez, se llevó la imagen de la Virgen de Consolación a su casa para que estuviera bien cuidada y la tuvo 22 meses. Tras esto, el templo fue ocupado por otro ermitaño y Beatriz, tras comunicárselo a un vicario, entregó la imagen de nuevo al templo. Este ermitaño fue sucedido por otros hasta que, en 1560, llegó a la ermita un portugués llamado Antonio de Santa María, que había sido novicio lego de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula durante once meses en el convento de la Victoria de Écija, no llegando a ordenarse como fraile. Encontrándose este hombre a cargo del templo, empezaron a tener lugar una serie de milagros de la Virgen de Consolación. La ermita empezó a estar frecuentada por clérigos seculares, que oficiaban misas en la misma. Enterados los carmelitas de los milagros que estaban teniendo lugar le dijeron a Antonio de Santa María que se marchase para hacerse cargo ellos del templo, pero este se negó y finalmente siguió al cargo con los clérigos que le acompañaban.

El ermitaño Antonio de Santa María se puso en contacto con Pedro de Melgar, provincial de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula en Andalucía, para fundar un convento en este lugar. Para ello, solicitaron su apoyo al capitán Luis de Morales, devoto y feligrés de la ermita. También solicitaron al clérigo Francisco de la Cruz que hablase con María de la Cueva, viuda del IV conde de Ureña y camarera mayor de la reina Isabel de la Paz, para que la reina le solicitase al arzobispo de Sevilla la cesión de esta ermita a los mínimos. La reina escribió al arzobispo Fernando de Valdés y Salas para que entregase esta ermita a los mínimos. El arzobispo pidió información al provisor Juan de Ovando y Godoy sobre la ermita. Tras conocer el asunto, envió al provisor para que acordarse la fundación con esa orden. El convento se fundó en 1561.
Gonzalo Fernández de Córdoba y Fernández de Córdoba, III duque de Sessa, donó al convento un cofre de plata; Pedro Téllez-Girón y de la Cueva, I duque de Osuna, donó 100 fanegas de trigo y otros objetos; Alonso Pérez de Guzmán, VII duque de Medina Sidonia, donó al convento 20 barriles de atún todos los años; Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos, donó una estatua de plata de un hombre y una lámpara con una renta para que siempre pudiera estar encendida; Diego Fernández de Córdoba, I marqués de Comares, donó 200 fanegas de trigo. También hicieron donaciones los duques de Béjar y de Alcalá. En 1565 Alonso Luis Fernández de Lugo, adelantado mayor de Canarias, tuvo el patronazgo de la capilla mayor a cambio de una cantidad de ducados. Entre 1568 y 1578 la comunidad recibió muchas donaciones de Pedro de Arriarán, mercader vasco asentado en Sevilla, para la construcción y el adorno del convento y de su iglesia. El 1 de octubre de 1579 Rodrigo de Salinas, vecino de Sevilla, donó una nao de oro para que fuese lucida por la Virgen. El convento tuvo un noviciado y una cátedra de Artes (filosofía). El noviciado se cerró en 1750.
En el siglo XVII el patrón de la capilla mayor pasó a ser Gaspar de Guzmán, el conde-duque de Olivares. Gracias al conde-duque, el convento obtuvo el privilegio de Felipe IV de vender estampas con la Virgen de Consolación. También gracias al conde-duque, el convento obtuvo una prestamera (parte de los diezmos) de la villa de Novés, archidiócesis de Toledo. Esto se obtuvo gracias a una carta de Felipe IV al papa Urbano VIII en 1624 para otorgarle beneficios eclesiásticos al Colegio de Santa María de Jesús de Sevilla y al convento de Consolación de Utrera, lo que fue aprobado por el pontífice.
Entre 1808 y 1809, durante la Guerra de la Independencia Española, el general Castaños usó este convento como hospital. Un año después consta que el convento contaba con 14 frailes ordenados. En 1810 la localidad fue invadida por los franceses, que exclaustraron el convento. La Virgen de Consolación fue trasladada a la iglesia parroquial de Santa María de la Mesa. Los frailes regresaron al convento en 1813. La Virgen de Consolación y otras imágenes regresaron al convento.
En 1820 en el convento, que tenía capacidad para 80 religiosos, residían 5 sacerdotes y otros 7 religiosos profesos. El convento fue desamortizado en 1835. El convento fue usado en un primer momento como prisión para prófugos que habían huido de las reclutas militares. En 1837 la Junta de Enajenación de Edificios y Efectos de Conventos Suprimidos solicitó al cabildo de Utrera las campanas del convento, que fueron confiscadas.
En 1841 la Hermandad de Jesús Nazareno de Utrera, con otros vecinos de la localidad, solicitaron y obtuvieron la autorización del cabildo para volver a realizar la procesión en honor a la Virgen de Consolación. En 1842 constituyeron una hermandad para la conservación del santuario.
La Virgen de Consolación es la patrona de Utrera. La imagen es de autor anónimo del siglo XIV. Fue coronada canónicamente en 1964
El santuario es la iglesia del convento fundado en el siglo XVI. La mayor parte del templo fue realizada en el primer tercio del siglo XVII. Es de una sola nave, con un amplio crucero, muros de ladrillo enfoscado y soportes de pilares y una capilla mayor cuadrada, las cubiertas son artesonados de madera con decoración de lacerías mudéjares. A los pies de la iglesia se encuentra la portada principal. A cada lado de la portada hay una pareja de columnas y, en intercolumnio, hay estatuas de obispos realizadas en 1635 por Alonso Álvarez de Albarrán. En el frontispicio hay azulejos santos flanqueando a la Virgen de Consolación.
El interior está cubierto de techos de madera con lacerías mudéjares, posiblemente realizadas por Gregorio Tirado en 1578. El retablo mayor es del siglo XVIII y es atribuido a José de la Barreda. Tiene cuatro grandes columnas salomónicas. En el centro se encuentra la Virgen de Consolación. Tiene relieves de la Anunciación, la Visitación y santos de la Orden de San Francisco de Paula. En los laterales del presbiterio hay dos lienzos del siglo XVII que representan la Dormición de la Virgen y el Traslado del Cuerpo de la Virgen. En uno de los brazos del crucero hay un retablo con el Cristo del Perdón, en el centro, así como la Virgen, San Pedro, San Pablo, San Antonio de Padua y la Trinidad. En el otro de los brazos del crucero hay un retablo con San Francisco de Paula, en el centro, así como San Juan Bautista y los arcángeles San Miguel y San Rafael. En los muros de la nave hay lienzos del siglo XVII de un discípulo de Murillo y representan escenas de la vida de la Virgen.
A los pies del templo hay dos columnas de mármol blanco que sostienen un techo de madera con decoración mudéjar. En la parte superior se encuentra el coro, que tiene una reja de madera del segundo cuarto del siglo XVII y una sillería de 48 asientos realizada a principios del siglo XVIII. La torre cuadrada de dos cuerpos, situada en el lateral de la fachada principal, presenta una decoración sencilla, con campanario en el cuerpo superior, abierto en los cuatro frentes con arcos de medio punto y rematada con chapitel de azulejos.
En el centro de la sacristía hay una gran mesa de mármol rosa realizada por Juan Mariscal en 1745. La sacristía está decorada con pinturas murales del siglo XVIII. Alberga cuadros con el Apostolado de principios del siglo XVIII, un cuadro con la Adoración de los Pastores del siglo XVII y un cuadro con Jesús Camino del Calvario del siglo XVII firmado por un autor llamado Alexander.
El conjunto arquitectónico incluye diferentes edificaciones, entre ellas una antigua fábrica de jabones y un santuario adosado, escenario del ‘milagro de la lámpara de aceite’. Es considerado como un testimonio único de la historia de Utrera.
La singular propiedad es una característica joya de la arquitectura regional. Si bien recrea la fisionomía tan característica de los conventos y monasterios entre los siglos XIV y XVI, y lo hace con un evidente sello andaluz en referencia al estilo renacentista mudéjar que caracteriza el espacio.
Estas notas se observan en los colores presentes en la mayor parte del recinto. El blanco, típico del interior sevillano, y el dorado, habitual en los edificios señoriales de la capital andaluza, comparten protagonismo. Esto se observa con especial intensidad en el jardín/claustro central, con fuente incluida.
Edificación del siglo XVI de dos plantas de altura, con una estructura tradicional de monasterio con claustro doble, el de planta baja de configuración tradicional abierta y en la planta primera de configuración cerrada.
Con la visita al monasterio terminamos nuestra visita por esta maravillosa y monumental ciudad sevillana, pero aqui no termina la oferta de lugares que conocer dentro de su termino muicipal como la Torre de Lopera, las Salinas de Valcargado, el Embalse Torre del Aguila y sobre todo el Complejo Endorreico.
La Torre de Lopera se emplaza sobre una extensa meseta de amplia visibilidad al sur de la Serrezuela de Lopera. Desde la ubicación de la torre se observa Montellano al este, y la torre del Bollo, al noroeste. Durante los siglos XIII, XIV y XV, Utrera fue un lugar estratégico desde el punto de vista militar. Se encontraba en la frontera cristiana con la musulmana. De ahí que existan restos de torres defensivas, como la Torre Lopera. Formaba parte de la linea de fortificaciones llamada Banda Morisca junto con los castillos de Cote, Morón, Aguzaderas y de El Coronil y la torre del Bollo. Es famosa esta torre por la importante victoria que obtuvieron los cristianos ante el reino árabe de Granada en sus inmediaciones, en 1484. La propiedad de la torre fue motivo de disputa en el siglo XV entre el marqués de Cádiz y el almirante de Castilla, don Alonso Enríquez.
La fortaleza de Lopera fue descrita por Collantes de Terán (1953) como una torre aislada con recinto amurallado. De éste se conserva la torre y parte del recinto defensivo en la margen oeste. Los muros, en parte ya desaparecidos, rodeaban totalmente un torreón cuadrado, de dos plantas, con una puerta adintelada al Sur, poterna al Oeste y posible entrada al recinto al Este, construido en cantería. Desde esta torre partían dos lienzos de murallas que, enlazando con un sector de los muros exteriores, determinaban un pequeño patio y una entrada en ángulo recto. Se pueden observar restos de dos de los cuatro torreones que flanqueaban el recinto, a los lados de una puerta adintelada de un metro y veinte de anchura. La mayor parte de los restos conservados son obra cristiana del siglo XIV, en la que se aprecian diversas reformas de épocas posteriores. En el interior de este recinto se conservan los vestigios de una escalera que subiría al camino de ronda. Al sur, junto a un importante desnivel, se conservan algunos alineamientos de piedras, único testigo del cierre del recinto por este lado. Collantes de Terán propone que la fortificación se cerraría al este por dos torreones circulares, de los que no se aprecia ningún resto.
La torre conserva las dos plantas y presenta una buena fábrica de sillares bastante bien tratados. Al piso superior se accedería por una escalera situada a la derecha de la entrada, hoy desaparecida. También se hallan saeteras y una conducción que termina en el piso inferior, posiblemente para el almacenamiento de agua. Excepcionalmente se conservan en el interior algunos enfoscados originales. Los materiales medievales que se observan se mezclan junto a cerámicas protohistóricas, (procedentes del oppidum al que se denomina Lopera II). En sus proximidades existen vestigios de una necrópolis tardo-romana y visigoda con restos de inhumaciones.

Las Salinas de Valcargado se emplazan en llano, en el valle de los arroyos del Sarro, que discurre al norte, y el de las Salinas, que desagua en aquel junto a las salinas. Se trata de un amplio valle con sentido este-oeste por el que se dispone la Cañada Real del Prado del Gallego y algunos caminos carreteros, que enlazarían las zonas llanas de las marismas con Los Molares o el Cerro del Casar.
Se trata de un complejo industrial dedicado a la extracción de sal para la obtención de salmuera. Para ello dispone de dos pozos de donde se extrae agua salada. Uno de ellos presenta planta cuadrada y entibado de madera. El agua salada es almacenada en piletas (denominadas "playas") donde se enriquece con oxígeno. La sal se concentra en piletas de cubierta. Junto a las piletas se halla un edificio construido en mampostería y ladrillos, de planta rectangular, con una inscripción que hace referencia al año 1469 como edificación de las mismas. Justamente en esta fecha fue otorgada al Conde de Arcos. Al oeste de la misma y adosada a la edificación se halla una pequeña torre de dos plantas, posiblemente una torre defensiva de las salinas. En algunas fuentes se constata la existencia de un castillo junto a las salinas, aunque seguramente deben referirse a este pequeño torreón, que probablemente se comunicaría visualmente con la Torre de la Ventosilla, situada a unos 1600 metros al sudeste.
Con seguridad, se puede afirmar que las salinas se explotan durante el siglo XV. No obstante, la importancia de la sal desde épocas protohistóricas pudo impulsar el inicio de la extracción en Valcargado. De este modo, se ha vinculado el asentamiento de Salpensa (Cerro del Casar) con la explotación de las salinas, haciendo derivar el topónimo con la palabra sal, monosílabo que ya podría emplearse en las lenguas indoeuropeas.
Valcargado es historia viva de sal mantenida por salineros tradicionales de la campiña de Utrera. Pieza clave del suministro de sal a ciudades romanas como Salpensa y Siarum, la explotación de las aguas saladas de Valcargado llega a nuestros días en forma de salmuera natural y diferentes tipos y variedades de sal de máxima calidad como la flor y la sal virgen de manantial. Siglos de historia vivida hacen de la Salina de Valcargado un paisaje único de alto valor cultural y natural, fuente de vida y conocimiento del aprovechamiento antiguo de una sal nada común.

El embalse Torre del Águila se localiza al sureste de El Palmar de Troya, en un entorno de pequeñas lomas, con altitudes entre 144 y 51 m, y pendientes suaves. Cuenta con dos brazos principales. El brazo oeste recibe las aguas del arroyo de Santiago, mientras el brazo este se subdivide a su vez en dos, uno de los cuales es alimentado por los arroyos Guadainfantilla y Pilar del Coronil, y el otro por el arroyo Salado de Morón.
Aunque está inmerso en una zona agrícola, el embalse se encuentra rodeado por árboles, principalmente eucaliptos, y cuenta en sus orillas con algunas manchas de taraje y zonas de pastizal. A pesar de su origen artificial, el embalse tiene un gran interés desde el punto de vista paisajístico, al estar localizado en una zona muy antropizada y de gran monotonía como es la Campiña.
Además, por su cercanía a los humedales de Doñana, Brazo del Este y Complejo Endorreico de Utrera, el embalse Torre del Águila es lugar de paso y de invernada para un gran número de aves acuáticas, entre las que cabe destacar ánade real, pato cuchara, focha común, porrón común y malvasía. Este pantano es navegable, por lo que en verano resulta incómoda la pesca debido a la gran cantidad de motos acuáticas y embarcaciones que por allí transitan.
El Complejo Endorreico de Utrera es un humedal localizado en la franja de contacto entre las cordilleras Béticas y la depresión del Guadalquivir, formado por tres lagunas someras de carácter estacional: Zarracatín, Arjona y Alcaparrosa. Está en el sur de la provincia de Sevilla, en la zona de contacto entre la campiña de los municipios de Utrera y El Palmar de Troya y los terrenos de marismas.
El 28 de julio de 1989 la Junta de Andalucía declaró un área de 1161 ha como reserva natural por su «alto valor ecológico para la avifauna, por ser un punto clave para el mantenimiento, reproducción y descanso durante las migraciones de numerosas aves acuáticas. Son abundantes las anátidas y rálidos, especialmente la focha común, con presencias ocasionales de malvasía, flamenco y calamón.»
La morfología que presentan las lagunas es variable. Las de Alcaparrosa y Arjona presentan formas ovaladas, extremadamente alargada en esta última, mientras que la de Zarracatín tiene una planta bastante irregular, aproximándose más a la forma circular. En cuanto a sus características morfométricas, la de Zarracatín es con diferencia la de mayores dimensiones y la menos profunda, mientras que las otras dos son bastante similares.
El carácter endorreico de esta zona lagunar viene determinado por tres factores esenciales: una morfología plana que favorece la interrupción del drenaje de las aguas, la existencia de lechos de roca impermeables y un régimen climático con características de semiaridez local o regional. La génesis de las lagunas debe buscarse en el comportamiento de los materiales triásicos, cuyas condiciones de gran plasticidad favorecen la formación de pequeños diapiros que asoman a la superficie y donde son karstificados o disueltos en profundidad, originándose así las depresiones topográficas donde el agua se acumula.
La red fluvial está escasamente estructurada y mal jerarquizada, al tratarse de vertientes regularizadas, en las que existe un predominio de la escorrentía difusa o en manto. Actualmente, el proceso geomorfológico de mayor dinamismo en la zona lo constituye el arrastre, por la escorrentía superficial, del material de las vertientes que envuelven a las lagunas hacia las depresiones donde éstas se encuentran. Este hecho cobra especial intensidad en la vertiente norte de la laguna de Zarracatín y en la oriental de la de Arjona. Un claro indicador de esta dinámica coluvial lo encontramos en el pozo existente en las inmediaciones de la laguna de Arjona, en cuyo brocal se observan varios anillos construidos en diferentes fases, para que no se cegara por la paulatina elevación del nivel topográfico.
Originalmente el paisaje de este humedal estaba repleto de encinas (carrascas) acompañadas de acebuches, algarrobos y quejigos. Si bien, la sucesión histórica de distintas civilizaciones ha hecho desaparecer, prácticamente, toda la vegetación natural de estos terrenos para dedicarlos a la agricultura intensiva. De ahí que las lagunas aparezcan totalmente rodeadas de cultivos. Sólo quedan restos de vegetación natural próxima a la lámina de agua, destacando los tarajes, juncos, eneas y carrizos.
Por su localización, estas lagunas presentan un alto valor ecológico para la avifauna, por ser un punto clave para el mantenimiento, reproducción y descanso durante las migraciones de numerosas aves acuáticas. La fauna tiene una amplia representación en las anátidas, como pato real, pato cuchara o cerceta común, y la focha común. Ocasionalmente, puede observarse la malvasía en la Laguna de Arjona; el flamenco, que suele acudir a la Laguna de Zarracatín, y el calamón en la Laguna de Alcaparrosa.
Otras especies presentes son la rana, el sapo común y el sapillo pintojo entre los anfibios; mientras que los mamíferos vienen representados por roedores, conejo, liebre, comadreja y, en menor número, zorro, gineta y tejón.
Utrera, situada en la campiña sevillana, es una de las ciudades más importantes de la provincia, por su riqueza, por su pasado y por su patrimonio. Un paseo por sus calles y plazas nos transporta a siglos de historia reflejada en casas señoriales, iglesias y conventos que lo han hecho ser Conjunto Historico Artistico y una de las ciudades mas bellas y recomendables para visitar en la provincia de Sevilla.
Utrera ha sido siempre de tradición agrícola y ganadera. Sus yeguadas, de gran reconocimiento internacional, presentan ejemplares únicos. Aunque si algo la distingue de verdad es su esencia taurina. Aquí se origina la cría del toro de lidia y las primeras ganaderías de la tauromaquia. Por eso se la conoce como la Cuna del Toro Bravo.
Además, esta señera ciudad del bajo Guadalquivir es madre de grandes artistas del flamenco, de renombre y fama internacional. Enrique Montoya, las hermanas Fernanda y Bernarda o el inimitable Bambino, padre de la rumba moderna, nacieron y vivieron en Utrera, entre otros cantaores populares oriundos de esta tierra. Pasea por sus calles y respira el arte de su gente en cualquiera de sus añejas tabernas, solo así entenderás por qué Utrera es la Cuna Histórica del Flamenco.
Utrera pertenece a la ruta de Caminos de Pasión, una ruta cultural que combina historia, patrimonio artístico, tradiciones, gastronomía, artesanía y naturaleza. Uno de los diez municipios emblemáticos del interior de Andalucía.
GASTRONOMIA:
La gastronomía utrerana es muy variada, y comprende muchos de los platos tradicionales de la cocina andaluza, como el gazpacho, la caldereta y los potajes. Las legumbres, los productos de la huerta, el arroz, las carnes y el aceite de oliva constituyen la base de la cocina más representativa de La Campiña. Es frecuente encontrar guisos de carne entre sus platos típicos, como el característico guiso de cola de toro. Los encurtidos de aceituna de mesa son un aperitivo o entrante frecuente en sus bares o locales de restauración. La aceituna gordal es una variedad típica de la zona, y es muy apreciada por su tamaño y sabor.
Los platos caseros más frecuentes son el potaje andaluz, el puchero y la comida con pringá. La comida es un cocido de garbanzos, habichuelas blancas o ambas legumbres, guisadas con carne, tocino, morcilla y chorizo. La pringá consiste en la carne, tocino y embutidos resultantes de la cocción del cocido o "comida". Se sirve aparte, y se come aplastando todo con trozos de pan y ayudándose de éstos para llevarla a la boca. El término pringá también se usa para llamar a la carne y tocinos del puchero cuando se comen de esa forma.
El guiso de caracoles es un plato típico muy apreciado. Se preparan cocidos, con un condimento que mezcla varias especias. Su caldo verde oscuro, de sabor salado y picante, es una de sus principales características y normalmente se bebe después, directamente del vaso o taza donde se sirven los caracoles.
Ademas de su gastronomia, Utrera es famosa por sus dulces y reposteria y en especial por su conocido Mostachon, un bizcocho aplanado que se cocina sobre un papel de estraza en horno de leña. Las bizcotelas de origen árabe, las lenguas y palos de nata, los brazos de gitano y una amplia variedad de dulces y pasteles, constituyen la base de una larga tradición repostera que ha aportado a las confiterías utreranas reconocimiento en toda la región.
FIESTAS:
Feria de Consolacion: Se celebra con motivo de las fiestas patronales, en honor a la Virgen de Consolación. Está declarada de interés turístico, tiene lugar en torno al día 8 de septiembre y dura cuatro días. El día 8 el Santuario de Ntra. Señora de Consolación permanece abierto al público durante todo el día y la noche, y son frecuentes las peregrinaciones desde los pueblos cercanos. Se desarrolla en un amplio recinto ferial anexo al Parque de Consolación, y se configura de manera parecida a la más conocida Feria de Abril de Sevilla, con casetas organizadas por familias, grupos de amigos o asociaciones. Utrera es especialmente famosa por ser cuna de importantes artistas del flamenco y en la feria se producen frecuentes manifestaciones musicales de este género.
Semana Santa: La Semana Santa que se celebra en la localidad está declarada de interés turístico. Es una de sus fiestas más importantes con un legado artístico de gran importancia pues algunas de sus hermandades fueron fundadas en los siglos XVI y XVII, ésta se vive con fervor y gran devoción de sus habitantes junto a la Feria de Consolación. El año 2007 fue declarado Año Jubilar por el papa Benedicto XVI, con motivo del V Centenario de la llegada de la patrona a la ciudad.
Potaje Gitano: El potaje gitano de Utrera es el festival flamenco más antiguo de España. Se celebra el último sábado de junio. Su origen se remonta al 15 de mayo de 1957. Surgió durante la celebración de una comida de la Hermandad de los Gitanos de Utrera, que fue organizada a raíz de una propuesta de su mayordomo, Andrés Jiménez Ramírez. Para el acto, el dueño del Bar Onuba preparó un potaje de frijones con muchos ajos y se sirvió vino tinto como bebida, celebrándose el evento en la Caseta del Tiro al Plato, en los inicios del Paseo de Consolación. A ella asistieron unas sesenta personas, entre las que estaban Diego el del Gastor, El Perrate, El Cuchara, Gaspar de Utrera, Manuel de Angustias y José el de la Aurora, padre de Fernanda y Bernarda. Después de comer se inició una gran fiesta flamenca, que supuso el inicio de una larga tradición que ha consolidado el evento como uno de los más importantes del género. Además de por el aspecto artístico, el festival se caracteriza por estar dedicado a personajes importantes del flamenco y de la cultura en general. Entre estos homenajeados, se encuentran artistas como Pastora Imperio (1967), Lola Flores (1972), Gracia Montes (1976), Rocío Jurado (1979), Cristina Hoyos (2000), Alejandro Sanz (2004), Raphael (2006) o Joaquín Cortés (2007).
Otros eventos: Otras festividades importantes que se celebran a lo largo del año son la Cabalgata de los Reyes Magos, el 5 de enero; el Carnaval, a finales de febrero; la Romería de la Virgen de Fátima, que tiene lugar en torno al 13 de mayo; la Verbena de María Auxiliadora, en torno al 24 de mayo, que culmina con la procesión de la imagen de la virgen tallada por Francisco Buiza en 1967, copia de la que San Juan Bosco trajo a la localidad, que se encuentra en el retablo mayor en la capilla de Ntra. Sra. del Carmen; el Corpus Christi, que acontece en mayo o en junio y la Fiesta de San Juan, conocida popularmente como Los Juanes, en la que se celebra la llegada del solsticio de verano, durante la noche del 23 al 24 de junio. En la localidad tienen lugar dos ferias gastronómicas anuales: la Feria de la Tapa en marzo y la Feria del Dulce en febrero.
Preciosa la historia de Utrera horgulloso de se utrerano en nora buena a los señores o señoras ke alla
ResponderEliminargracias
EliminarMuy interesante y labrado documentos Enhorabuena.
ResponderEliminarMuchas gracias
Eliminar