ANTEQUERA (Malaga)

 



ANTEQUERA


Antequera es una ciudad de la provincia de Malaga situada en el principal cruce de caminos de Andalucia, ha sido, y lo es en la actualidad, el paso obligado de los viajeros de todos los tiempos. Por su estratégica situación se le ha llamado "el corazón de Andalucía". El municipio de Antequera, caracterizado por su gran extensión física (810,39 Km2), es el municipio más grande de Málaga y uno de los mayores de España (quinto en extensión). 
Aunque muy cercana al mar, es una ciudad de interior: la sierra de El Torcal, le aparta de cualquier inclinación marítima, teniendo un clima templado pero con tendencia a la continentalidad, con fríos inviernos y calurosos veranos.
Antequera cuenta con una población de unos 42.400 habitantes distribuida en diversos núcleos: la ciudad de Antequera con una población cercana a los treinta mil habitantes y el resto repartido por los anejos de Bobadilla Pueblo, Cartaojal, Los Llanos de Antequera, Cañadas de Pareja, Vva. de Cauche, La Joya, Los Nogales, Puerto del Barco y la Higuera y la E.L.A. Bobadilla Estación.
Como decíamos anteriormente, Antequera ciudad de interior, refleja el carácter del antequerano en una vida doméstica e íntima, incluso gastando parte de sus bienes en acondicionar, cuidar y decorar su casa, por ello, algunas de estas viviendas nos sorprenden con interiores de gran belleza. Antequera es la ciudad de los ocultos patios tras la cancela del zaguán, de conventos inaccesibles, iglesias cerradas y palacios particulares, en cuyos interiores guardan un riquísimo patrimonio artístico, el cual es desconocido y al que difícilmente se puede acceder.



Antequera está situada entre dos de las grandes unidades del relieve andaluz: las Cordilleras Subbéticas y el Surco Intrabético. Las Cordilleras Subbéticas están presentes de forma discontinua en las sierras que salpican la Vega de Antequera, depresión de la cadena de hoyas que conforman el Surco Intrabético.​
Debido a la gran extensión del territorio municipal, presenta un carácter físico heterogéneo, en el que se diferencian tres unidades territoriales principales: la llanura de la Depresión de Antequera, los montes y las sierras, y las zonas de campiña, generalmente situadas entre las dos anteriores. La mayor parte del territorio se extiende sobre la llanura de la depresión, área fértil donde se concentran los cultivos de regadío y se asientan la mayoría de los centros urbanos municipales, incluyendo al núcleo central.
El conjunto de sierras penibéticas que conforma la Cordillera Antequerana, de litología caliza, constituye una gran barrera entre la depresión y el litoral de la provincia. Esta cadena montañosa se caracteriza por la ausencia de masas forestales y aprovechamientos agrícolas, debido a su carácter rocoso y topografía abrupta. Están ocupadas por matorral y monte bajo y un reducido número de cortijos y pequeños núcleos rurales.​
Las zonas de campiña se localizan entre los bordes de la vega y los montes, así como en la vertiente sur de la Cordillera Antequerana. Son espacios de topografía suave, con pequeñas lomas y ocupados por cultivos de secano, sobre todo olivar y cereales, y algunos asentamientos urbanos.

Su nombre tiene origen en Anticaria, la antigua denominación romana, luego Antaquira en árabe, aunque varios yacimientos repartidos por el término municipal atestiguan que la zona estuvo habitada desde hace más de 6000 años. De su pasado conserva un extenso patrimonio arqueológico y arquitectónico, destacando el conjunto de dólmenes de Menga, Viera y El Romeral,​ así como numerosas iglesias, conventos y palacetes de distintas épocas y estilos. De su entorno físico destaca el paraje natural de El Torcal, famoso por las caprichosas formas de sus rocas calizas, que conforman uno de los paisajes kársticos más importantes de Europa.​
Este espacio natural, junto con los dólmenes Menga, Viera, El Romeral y la Peña de los Enamorados, conforman el llamado Sitio de los Dólmenes de Antequera, declarado en julio de 2016 Patrimonio Mundial de la UNESCO.​



La fundación de Antequera va ligada a la aparición del municipio romano de Anticaria. Los restos de civilizaciones anteriores se hallan en la arqueología prehistórica y se manifiestan en poblados cuya datación oscila entre 2000 y 2500 años a. C., aunque otras opiniones los datan en unos 4000 años.​ Los principales testigos de esta época son los dólmenes de Menga, Viera, El Romeral y la necrópolis de Alcaide, los tres primeros próximos a la ciudad y la última cercana a Villanueva de Algaidas, considerados el mejor conjunto dolménico de España y cuyo principal exponente es el dolmen de Menga, verdadero hito del megalitismo en la península ibérica.
El vacío de datos entre los grandes complejos de la prehistoria y el legado romano no es indicativo para ignorar posibles asentamientos de íberos, tartesios, fenicios y cartagineses, los primeros de presencia hipotética, pero no desdeñable, sin embargo, la de los cartagineses queda patente en barros y sepulcros hallados en Cerro León, escenario de una batalla entre Asdrúbal y las legiones romanas.​ En la época romana, el pueblo asimiló rápidamente la cultura romana y la lengua latina. En virtud de los romanos, la ciudad siguió siendo un importante centro comercial, sobre todo conocida por su producción de aceite de oliva.​ Del legado romano permanecen los baños romanos excavados, situados en la parte suroeste de la ciudad, y la escultura del Efebo de Antequera, datado del siglo I d.C.



Los germanos destruyeron junto con Anticaria, Singilia, Nescania, Osqua y Aratispi, dejándolas arrasadas, aunque en el caso de Singilia todos los hallazgos testimonian que continuó ocupada en época musulmana hasta el siglo XII, así como su importancia en época alto-imperial.​ Lo mismo sucede con Anticaria, en la cual entraron las tropas árabes mandadas por Abd al-Aziz ibn Musa, tras el tratado que celebró en Orihuela con el monarca godo Todmir o Teodomiro. Durante la dominación árabe se la conoció como Medina Antakira y se fortificó con una alcazaba y una muralla defensiva. Desde mediados del siglo XIII, tras la caída de Sevilla y Jaén, es cuando Antakira empieza a adquirir importancia como centro de operaciones militares, debido a su cercanía a la frontera entre cristianos y musulmanes. La importancia que en Castilla se atribuía a la conquista de la ciudad se evidencia por el hecho de que asumiera personalmente su realización el propio regente Fernando, que gobernaba en nombre de su sobrino Juan II y que ha pasado a la historia con el sobrenombre de "el de Antequera".​
Después de varios intentos infructuosos, el asalto final de los castellanos comenzó el 20 de abril de 1410 y no terminó hasta el 22 de septiembre, cuando los andalusíes negociaron la entrega de la ciudad a cambio de caballerías para su retirada a Archidona. Después de la conquista, fue declarada ciudad por una real cédula de 9 de noviembre de 1441. Durante toda la conquista castellana fue centro neurálgico y fronterizo de choque, punto de partida para conquistas posteriores, como las campañas de Álora y Casarabonela, y sobre todo plataforma de expediciones contra el Reino nazarí de Granada. En 1466, el rey Enrique IV concede el título de "muy noble" a la ciudad de Antequera por los heroicos servicios prestados por sus moradores.


A partir de la conquista de Granada en 1492 la ciudad comienza a transformarse y a extenderse fuera de las murallas, aumentando su población al calor de sus fértiles tierras y a la ausencia de enemigos. Bajo el dominio castellano, la ciudad siguió siendo un importante centro comercial debido a su ubicación, su floreciente agricultura y a la labor de sus artesanos, que contribuyen en el crecimiento cultural de la ciudad. Pero va a ser durante los siglos XVI y XVII cuando la ciudad experimenta un mayor crecimiento demográfico, llegando a ser una de las ciudades comerciales más importantes de Andalucía, debido principalmente a su ubicación como encrucijada de algunas las principales rutas comerciales.​ En estos siglos fallecieron Pedro Espinosa, Cristobalina Fernández de Alarcón y Luis Martín de Plaza, poetas destacados de la llamada escuela antequerana.
En el año 1500, los Reyes Católicos conceden licencia a la ciudad para que esta cediera 700 varas de terreno en las que poder labrar un monasterio bajo la advocación de San Zoilo, por los Frailes de la Observancia de San Francisco. Además, los mismos reyes fundaron la Real Colegiata de Santa María La Mayor, que desde ese momento se convirtió en el referente cultural antequerano.​ En 1573 aparece la primera imprenta, siendo Antequera la séptima ciudad andaluza en tenerla después de Sevilla (1472), Granada (1496), Osuna (1549), Baeza (1550), Córdoba (1556) y Jerez (1564), a pesar de que no contaba con universidad, aunque sí contaba con una cátedra de gramática adscrita a la Colegiata.​
En el siglo XVIII es cuando la ciudad alcanza su mejor momento. La ciudad se transforma y numerosas congregaciones religiosas se asientan en la ciudad y construyen numerosas casas, capillas e iglesias, hasta convertir a Antequera en una auténtica ciudad conventual. La nobleza también realiza encargos de nuevos palacios y surge entonces una importante actividad artística destinada a nutrir, no solo los numerosos conventos y palacios antequeranos, sino también los de poblaciones vecinas y de otras provincias.​ En esta época, Antequera fue una de las ciudades andaluzas con mayor actividad manufacturera, especialmente en lo relacionado con la industria textil, basada sobre todo en la lana, y en menor medida en la seda y el lino. Hacia 1755 la ciudad contaba con 87 fabricantes textiles que disponían de 147 telares. Por su importancia, en 1765 se le concede el título de “Real” a la Fábrica de Lanas, Paños y Bayetas. La mayor parte de las fábricas se concentraba en la ribera del Río de la Villa, que proveía de energía a las instalaciones.




El siglo XIX se caracterizará por la pérdida de población debido a las epidemias, y la entrada en escena de una incipiente burguesía que buscará en el sector textil y lanero, alternativas a la agricultura y a los oficios en decadencia.​ En 1810 la ciudad volvió a ser tomada, esta vez por las tropas francesas, que fueron expulsadas dos años más tarde. El desembarco de la era industrial en la ciudad hace que sus productos puedan ser comercializados en toda España, siendo muy famosas y valoradas las mantas antequeranas. Pero poco después, a partir de la inauguración del primer ferrocarril Barcelona-Mataró, Antequera irá perdiendo mercando en favor del textil catalán, hasta desaparecer por completo. En 1883, se aprobó en Antequera la constitución andaluza y desde ese momento tomó el nombre de Constitución de Antequera. De 1892 data la Azucarera San José, la industria más importante de Antequera de su tiempo.​
En los inicios del siglo XX se creó el periódico El Sol de Antequera, decano de la prensa malagueña. Las posteriores guerras y otros factores de este siglo no favorecieron en nada el desarrollo de la ciudad, y provocó que la ciudad volviera a recurrir de nuevo a una agricultura cada vez menos competitiva. Tras la guerra civil española, la localidad sufre un gran declive económico y social provocando una intensa emigración.​
Con la llegada de la democracia y la descentralización del Estado, el consenso social en favor de la autonomía para-Andalucía se materializó en el llamado Pacto de Antequera el 4 de diciembre de 1978.​ La ciudad fue propuesta para encabezar la capitalidad de la comunidad autónoma,​ pero no prosperó y finalmente Sevilla fue la elegida.



La ciudad malagueña de Antequera, situada en el principal cruce de caminos de Andalucía y conocida por ello como "el corazón" de la comunidad autónoma, ha sido y es paso obligado para los viajeros de todos los tiempos. Su magnífico conjunto monumental es fruto de su pasado histórico, y se plasma en más de medio centenar de edificios de la arquitectura religiosa y civil, fechados entre la Edad del Bronce y el siglo XVIII.
Resulta muy difícil describir en unas pocas líneas los muchos siglos de historia que contemplan dólmenes, colegiatas, iglesias, conventos, palacios, arcos, puertas, alcazaba, capillas, ermitas, casas señoriales, palacetes y hasta la propia trama urbana.
Pero Antequera no es sólo sus atractivos monumentales, sino también los naturales, con parajes tan espléndidos como la fértil Vega o El Torcal, sorprendente paisaje kárstico que nos traslada millones de años atrás en la historia del planeta.
El campo antequerano condiciona también la gastronomía local, con la especialmente famosa porra antequerana como plato estrella. Los molletes son inevitables en el desayuno. Y los mantecados, el angelorum y el bienmesabe forman un conjunto de inigualables dulces salidos de los tornos de los conventos.
Antequera tiene muchos atractivos, por eso mismo hemos armado este reportaje para que no dejes de visitar y conocer la historia de todos los lugares y puntos de interés para que no te pierdas ninguna de sus maravillas.


Comenzamos nuestro recorrido por esta maravillosa localidad malagueña en la calle Infante Don Fernando donde casi al final de la misma y antes de llegar a la Plaza de San Sebastian, nos encontramos con el primero de los muchos edificios religiosos que alberga Antequera como es la iglesia de San Agustin. La calle es una de las arterias principales de la ciudad, de trazado rectilíneo une la Avenida de Andalucia con la plaza anteriormente citada. Debe su nombre al Infante Don Fernando que, en el año 1410, entró al mando de sus tropas, conquistando la ciudad y convirtiéndola en una importante plaza fronteriza desde la que acosar al reino de Granada. 



La iglesia de San Agustín se construyó en su estructura general entre los años 1550 y 1566, dirigiendo las obras el arquitecto Diego de Vergara.
La disposición de su fachada en el exterior es muy singular. La portada ofrece una composición manierista, destacando un volado balcón que concede cierto aire civil al edificio. La torre, embutida entre dos contrafuertes, presenta dos momentos constructivos: tres cuerpos bajos ejecutados entre 1675 y 1676 y el resto que corresponde al siglo XVIII.
Muy diversas han sido las reparaciones y cambios que ha sufrido este templo, entre ellas destacaremos las del año 1668, momento en el que se cambia la armadura mudejar de la nave por la bóveda de medio cañón con lunetos que vemos ahora.
La capilla mayor fue remodelada dentro del estilo manierista. A ella se accede mediante un gran arco triunfal de medio punto. Tiene planta rectangular y cubierta con bóveda gótica, todo el espacio se encuentra cubierto con decoración de yeserías y con lienzos embutidos con la vida de San Agustín. Ello conforma por tanto una unidad espacial muy equilibrada, con programas ornamentales en estuco, con derroche de enormes racimos de frutas, escudos, mascarones, cabezas emplumadas...
En la nave central se sitúan los retablos de Santa Rita, Santa Bárbara y la Capilla del Santo Entierro, así como en el lado del evangelio se abren unas capillas que son interesantes en cuanto a sus cubiertas y a los elementos arquitectónicos que les dan acceso. En su interior guardan retablitos de distintas facturas, al igual que lienzos de pequeño formato.
Esta iglesia es, actualmente, la sede canónica de la cofradía de Jesús a su entrada en Jerusalén y María Santísima de Consolación y Esperanza, conocida entre los antequeranos como La Pollinica. Esta cofradía se fundó en la ciudad el año de 1949, teniendo su primera salida procesional al siguiente año, pero solo con el trono de la imagen de Jesús sobre la borriquilla delante de una palmera.




Al final de la calle llegamos a uno de los puntos de interés más importantes de la ciudad como es la Plaza de San Sebastian, donde vamos a contemplar y visitar varios de los monumentos que la componen. Se crea en 1508 como consecuencia de una real cédula de Doña Juana la Loca. Ofrece actualmente uno de los conjuntos urbanísticos más bellos de la ciudad. En ella se ubican edificios tan interesantes como el Arco del Nazareno, la casa de los Bouderé, o la insigne Iglesia Colegial de San Sebastián. Otro elemento importante es la fuente renacentista que centra la plaza, labrada por el granadino Baltasar de Godros en 1545 para la Plaza Alta, siendo después trasladada al Coso de San Francisco, y, finalmente, al lugar donde hoy podemos verla. En ella además podrás visitar el kilómetro cero de Andalucía o sentarte junto a dos de los personajes más ilustres de la historia de Antequera, el poeta José Antonio Muñoz Rojas y el pintor José María Fernández. Antequera simboliza su centro geográfico, con un hito que marca el centro de las comunicaciones andaluzas, columna color rojo Torcal en la que hay una inscripción que versa sobre la centralidad de Antequera a lo largo de la historia, como demuestra el paso por ella de la «Via Domiciana Augusta» por la que «Anticaria» (nombre de Antequera en la época romana) era el paso obligado para las provincias de Hispania.
La citada plaza se convirtió desde el siglo XVII en el centro neurálgico de la ciudad; desde ese punto se desarrollaron las vias principales de expansión de la ciudad baja, siguiendo los caminos de Sevilla, Cordoba, Granada y Malaga. Es un lugar de encuentro y cita para muchos antequeranos, pero sus reducidas dimensiones la privaron de convertirse en Plaza Mayor. Se configura como un espacio muy abierto, puesto que en ella desembocan hasta cinco calles. Hoy en día la plaza es una mezcla de estilos arquitectónicos, un punto conn un gran valor patrimonial, que ha sufrido numerosas remodelaciones.




La Casa de los Bouderé fue construida por el arquitecto Daniel Rubio. Esta casa, de estilo eclecticista francés, muestra a la plaza de San Sebastián sus balcones, con bonitas rejas de fundición. Data del siglo XX, de marcado carácter señorial-burgués decimonónico, con elementos de estilo modernista que marcan el estatus social de sus ocupantes al introducir elementos foráneos como símbolo de modernidad y diferenciación. Presenta una bella balconada y rejerías rematadas en un mirador de esquina sobre el espacio principal al que se abre. Planta baja austera con reminiscencias renacentistas.


Desde la plaza dando entrada a la calle Nueva encontramos un arco monumental consagrado a la imagen de Jesús Nazareno. La estructura está rematada por una hornacina donde se aloja el lienzo de la venerada imagen, seis faroles y un balcón volado. La construcción original se remonta a 1671, siendo demolido en 1959 por el riesgo de derrumbe y reinaugurado en 1963. Su reconstrucción se debe al arquitecto Francisco Pons-Sorolla y Arnau, nieto del pintor Joaquín Sorolla.
Una leyenda popular acompaña la historia de esta singular construcción, la cual fue recogida por la poetisa antequerana Victorina Sáenz de Tejada en un romance titulado «El Nazareno de la calle Nueva».
Existía en la ciudad un caballero llamado Luis de Zayas, conocido por la vida alocada que había seguido en su juventud, aunque abandonó sus malas costumbres casándose. Asistiendo una mañana a la iglesia de la Encarnación quedó prendado de una joven que tomaba el hábito de religiosa. Desde entonces no pensó en otra cosa que no fuera conseguir los favores de la novicia.
Algun mes después, obtenido el cariño de la muchacha, en una noche tormentosa se lanzó al interior del jardín donde esperaba hallar a su amada. Al no verla allí, se aventuró al interior del convento, encontrándola dormida en su celda. Tras despertar a la joven, ambos salieron al pasillo, cayendo ella de rodillas totalmente arrepentida ante una imagen de María. El hidalgo abandonó allí mismo a la joven corriendo presuroso a la calle, cayendo desvanecido al llegar a la entrada de la calle Nueva.
Al amanecer fue encontrado por algunas personas que lo acompañaron a su casa, confesándose ante su mujer, a la que contó que había visto la imagen de Jesús con la cruz sobre sus hombros al llegar a la esquina de la calle. Como muestra de su arrepentimiento, quiso expiar su culpa con la fundación de un arco sobre el que colocaría, alumbrada perpetuamente por seis luces, la imagen de Jesús Nazareno.



Finalmente, en la plaza podemos contemplar y visitar la iglesia colegial de San Sebastian. Aunque primitivamente fue concebida como simple parroquia de estilo renacentista, la Iglesia Colegial de San Sebastián es el resultado de numerosas reformas y añadidos a lo largo de los siglos. Su construcción comienza en 1540 encargándose en 1548 el arquitecto Diego de Vergara de revisar los trabajos y trazar las armas reales de la portada principal.
De su fachada, lo más destacable, es la bella portada renacentista de tres cuerpos, siendo el segundo de ellos más plateresco. Algo distanciada del buque de la iglesia y recordando los modelos del mudéjar aragonés, se encuentra la esbelta torre de San Sebastián (datada entre 1701 y 1706), elemento bastante singular del barroco andaluz de compleja estructuración arquitectónica de cuerpos de ladrillo y decoración basada en aplicaciones a base de golpes de barro cocido. Está rematada por un chapitel con veleta que representa al "Angelote" en cuyo pecho se guarda una reliquia de Santa Eufemia.




La disposición original del interior de San Sebastián era de tres naves separadas por pilares de planta cruciforme y medias columnas jónicas adosadas. Sobre estos pilares descansaban arcos de medio punto cubriéndose las naves con armaduras de madera, hoy ocultas por bóvedas de yeso. En 1690 una terrible explosión destruye la capilla mayor por lo que el crucero, cúpula y cabecera plana corresponden ya al siglo dieciocho dentro de un estilo neoclasicista.
En el centro de la nave se alza el coro con interesante sillería tallada en madera procedente del desamortizado convento de San Agustín, y dos órganos de estilo barroco que realizó Bernardo de Asencio en 1735. El tabernáculo del presbítero traído desde la Colegiata es traza de Mohedano de 1609.
Muy destacable resulta el retablo de Santa María de la Esperanza, de arquitectura manierista, que ocupa la nave del Evangelio. Obra del escultor antequerano Bernardo Simón de Pineda puede considerarse como uno de los más bellos de Antequera. En él se encuentran piezas tan interesantes como Santa María de la Esperanza, escultura gótica de comienzos del siglo quince que según una antigua tradición fue traída por el Infante Don Fernando "el de Antequera" al conquistar la ciudad en 1410.
En la capilla del testero de la nave de la Epístola se encuentra el retablo de la Virgen de la Antigua, imagen renacentista de las más bellas de España atribuida a Jerónimo Hernández.
Otros retablos destacables son el de San Blas, con escultura de Carvajal; el de San Pedro con dos bustos de Ecce Homo y Dolorosa, el primero de Mena y el segundo de Diego Márquez.
Junto a la puerta de la sacristía se encuentra el sepulcro de Rodrigo de Narváez, primer alcaide de la ciudad, traído solemnemente desde Santa María en 1850.
En el capítulo de las pinturas destaca La Virgen con el Niño; San Francisco y el hermano León atribuido a Alonso Cano; la paciencia de Job o la transfiguración de Cristo en el Monte Tabos de Antonio Mohedano.
Frente a la puerta principal se encuentra un aparatoso retablo neogótico de finales del diecinueve cuyas hornacinas ocupan imágenes del escultor Andrés de Carvajal siendo su obra cumbre la del Cristo del Mayor Dolor (1771).








Una vez visitada la colegiata, desde la plaza continuamos nuestro caminar por la empinada Cuesta de la Paz, de gran tradición durante la semana santa antequerana, hasta que llegamos a la Plazuela de Santiago donde se ubica la iglesia del Ex-convento de Santo Domingo y una preciosa fuente de piedra roja del Torcal de estilo barroco de un sólo caño que derrama a un pequeño pilar abrevadero de forma rectangular. Edificio del primer cuarto del siglo diecisiete en el que instalaron su convento los Dominicos gracias a una donación de doña Inés Fernández de Córdoba.
El exterior, actualmente muy reformado, destaca por su portada manierista y por lo muy pintoresco de su emplazamiento, en zona en cuesta y con una barroca citarilla levantada por Martín de Bogas en 1.766. La portada principal tiene pilastras almohadilladas, siendo igualmente almohadillado el dovelaje a monta caballo del arco de medio punto; el segundo cuerpo se compone de una hornacina rematada en frontón partido y guarnecida de bella ornamentación del vocabulario manierista, que alberga una imagen en piedra de la Inmaculada, antigua titular del templo. La portada de la capilla del Dulce Nombre, en ladrillo, es almohadillada y adintelada; se dispone perpendicularmente al frente de la fachada de la iglesia. La otra portadita, la de la nave de la Epístola, es obra de fines de siglo XVIII; tiene arco de medio punto flanqueado de pilastras toscanas cajeadas sobre plintos y ventana enrejada en el ático con ornamentación rococó, todo ello en mármoles granadinos. Las espadañas son dos -una mayor que otra- y carecen de interés; ambas presentan un sólo vano.
Su interior es el resultado de múltiples transformaciones y añadidos. La armadura mudéjar que cubre la nave central es un ejemplo bastante singular pues presenta una vistosa policromía en blanco, azul y rojo. La nave central tiene un artesonado mudéjar policromado y la capilla mayor, cubierta con bóveda de media naranja, alberga un retablo del siglo dieciocho en el que predomina como elemento de soporte y decoración el estípite. En el camarín central de estilo barroco, rehecho en 1980, está la imagen de la Virgen de la Paz, bella Dolorosa realizada por el antequerano Miguel Márquez García en 1815. Hoy día se procesiona el Viernes Santo suscitando gran devoción entre los antequeranos.
En la Capilla Mayor también se encuentran dos enormes retablos de estilo neoclásico donde se sitúan la imagen del Niño Perdido y la antigua imagen de Jesús Nazareno, del siglo dieciséis, titular de la Pontificia y Real Archicofradía del Dulce nombre de Jesús y Nuestra Señora de la Paz. Debemos destacar la capilla de Nuestra Señora del Rosario, imagen de masiva devoción en Antequera durante los siglos diecisiete al diecinueve con un riquísimo patrimonio artístico. El capítulo pictórico es bastante amplio sobresaliendo obras como La Epidemia, La Alegoría de los Sentidos, o la Transformación de Santa Teresa. Entre los enseres procesionales destaca el palio de la Virgen de la Paz, cuya magnífica peana fue tallada en 1682.







Desde la plaza continuamos por la calle Pasillas donde al final de la misma vamos a contemplar el edificio del Palacio del Marqués de las Escalonias, uno de los ejemplares más representativos de la arquitectura civil de Antequera y es considerada uno de los edificios mejor conservados con la tipología de antigua casa palaciega antequerana de principios del siglo XVII.
La casa fue construida por la uno de los linajes de mayor raigambre de la nobleza antequerana, afincada en esta ciudad desde la conquista en 1410, a la que el 31 de agosto de 1680 el rey Carlos II concedió el marquesado de las Escalonias, produciéndose desde entonces un estrecho vínculo entre esta familia y Antequera.
El palacio, por su emplazamiento en la calle Pasillas, una de las arterias principales de la ciudad, es un indicador interesante del urbanismo de la Edad Moderna en Antequera, ya que se trata de una de las arterias principales, espacio por el que la nobleza muestra una clara predilección al ubicarse en la parte baja de la ciudad y en llano. Pero además el inmueble revela su carácter emblemático como símbolo urbano jerarquizante del nuevo posicionamiento de la familia, convirtiéndose en seña de la identidad arquitectónica y urbanística de la ciudad, siendo ejemplo de los nuevos cambios que se produjeron en el sector frente a la aristocracia local.
La casa-palacio de la Marquesa de Las Escalonias muestra en el exterior el gusto por el manierismo y por la influencia de la tratadística italiana, siendo su fachada principal deudora de un modelo previamente ensayado en la Real Chancillería de Granada, la típica «fachada armazón», considerándose un magnífico exponente de dicha estética aunque el uso de los materiales tradicionales, como el ladrillo y la mampostería, el diseño de sus alzados interiores, la planta, la composición de su fachada lateral o la fachada posterior, entroncan con la constructiva local de tradición mudéjar, plasmando con acierto las permanencias artísticas locales con la innovación, lo que hace que este palacio se constituya en un modelo de referencia para otros proyectos posteriores en la ciudad, asentando las bases de los rasgos definitorios del barroco antequerano.
La casa-palacio de la Marquesa de Las Escalonias ocupa una parcela de trazado irregular en el punto de encuentro entre la calle Pasillas y la calle Cuesta Álvaro de Oviedo. La fachada principal se articula en dos plantas dividida en cinco calles verticales rematada en un cuerpo de ático o sobrado. La singular articulación de los vanos efectuada para guarnecer ventanas y balcones, la composición de los dos cuerpos, el primero con pilastras toscanas almohadilladas resaltadas y el segundo con un balcón de pilastras cajeadas coronado por un entablamento con grandes triglifos volados, rematado con un frontón triangular denticulado, le confiere una mayor entidad a la calle central, donde se inscribe la portada, enfatizando la verticalidad del edificio y configurando lo que posiblemente sea la muestra más antigua de «fachada armazón», tan característica de la arquitectura antequerana de los siglos XVII y XVIII.
El edificio es de planta irregular casi triangular y consta de tres alturas. La planta baja se estructura a partir de un amplio zaguán rectangular cubierto por un interesante artesonado en cuyo lateral se abre la escalera de acceso a las habitaciones principales. A través de una cancela neorrenacentista se desemboca a un patio rectangular y descentrado, que presenta una única ala de galerías en la cara suroeste, en la crujía que se corresponde con la fachada principal. Este espacio es de tres plantas superpuestas articuladas mediante dos niveles de galerías abiertas a manera de «loggia» con arcos de medio punto sobre columnas toscanas de mármol muy estilizadas en los dos primeros pisos y de estructura adintelada en el último. En esta crujía es donde se ubican las habitaciones principales dispuestas a lo largo de un estrecho y largo corredor que abre al patio a través de la galería cerrada mediante ventanales de maderas con celosías. A la planta que se desarrolla mayoritariamente como ático se accede por una escalera de caracol que comunica con la zona de servicio.
Directamente desde el patio se accede a un jardín, reconstruido a comienzos del siglo XX según el estilo romántico, con plantas trepadoras, setos, arriates geométricos, macizos de cipreses y otros arbustos, cuyo perímetro en el lado sur-suroeste se encuentra cerrado por una tapia almenada. La irregularidad del terreno obliga a franquear este recinto mediante estrechas escaleras dispuestas en ángulo que conducen a un pasillo perimetral a modo de barbacana. En esta zona se ubican dependencias para servicios, lavadero, etc.…, y en un nivel superior una estancia para residencia de huéspedes.




Una vez visitado el palacio ascendemos por la calle Alvaro de Oviedo hasta llegar a otro de los rincones mágicos que esconde Antequera como es la Plaza del Portichuelo, desde donde se ven parajes espectaculares con las montañas de fondo. Un punto clave dentro de esta ciudad que no debes dejar pasar. Una plazoleta empedrada situada en la zona más alta de la ciudad y en donde podemos contemplar y visitar la Capilla Tribuna de la Virgen del Socorro y la iglesia de Santa Maria de Jesus.




La capilla conocida popularmente como Capilla del Portichuelo fue construida en 1715 (posiblemente aprovechando otra anterior), está dedicada, junto a otras repartidas por toda la ciudad, a difundir la devoción a la Virgen del Socorro, imagen de dolorosa que se venera en la cercana Iglesia de Santa María de Jesús. Su función específica también se ha relacionado con las posas americanas, en el sentido de servir de parada ritual durante el desarrollo de la Semana Santa.
Arquitectónicamente es de una gran originalidad, presentando dos plantas de galerías abiertas y un ático cerrado a manera de cubo coronado por un tejadillo a cuatro aguas. En su fábrica se combina la piedra y el ladrillo vitolado mezclado con las superficies caleadas de blanco.
El aspecto actual de monumento, que sufrió diversas restauraciones a lo largo de este siglo, se debe a la intervención llevada a cabo en 1963 por Francisco Pons Sorolla. Este mismo arquitecto urbanizó todo el ámbito de la Plaza del Portichuelo, siguiendo los criterios utilizados en la época para la remodelación de cascos históricos.




La iglesia de Santa Maria de Jesus es un templo del siglo diecisiete resultado de numerosas reformas. Durante la invasión francesa se destruyó gran parte, salvándose solamente la Capilla del Socorro. Decidida la reconstrucción general, se optó por cambiar la orientación del templo y la referida capilla pasó a ser Capilla Mayor. Esta presenta planta hexagonal y se cubre con bóveda de media naranja, rasgada en grandes lunetos en los plementos. Está decorada pomposamente con penachos, hojarascas y angelitos que rodean símbolos marianos.
El retablo mayor, dentro de su barroquismo, es de gran sencillez compositiva. Obra del antequerano Antonio Rivera (hijo), contiene la pieza más bella de todo el templo, un camarín del siglo dieciocho articulados en dos cuerpos y ornamentado ricamente con yeserías. Sobre un templete barroco, la popular Virgen del Socorro lo preside. Esta Dolorosa de vestir, de principios del siglo diecisiete, se procesiona el Viernes Santo siendo una de las imágenes que más clamor popular provoca y que se encierra, junto a los demás pasos de su cofradía, con gran expectación según la costumbre popular antequerana de "Correr la Vega".
Los retablos colaterales de esta capilla, dedicados a la Cruz de Jerusalén y a Nuestro Padre Jesús Nazareno, son de magnífica traza y ejecución y posiblemente, del mismo autor que el anterior. En él podemos contemplar una interesante escultura anónima de Jesús Nazareno del siglo dieciocho.
La Real e Ilustre Archicofradía de la Santa Cruz en Jerusalén y Nuestra Señora del Socorro es propietaria y conservadora de todo el edificio desde la Desamortización. Conserva buena parte del antiguo y riquísimo patrimonio de los enseres procesionales, la mayoría guardados en el Museo Municipal donde poseen una sala propia.




Desde la plaza descendemos por la Cuesta Real donde al final de la misma nos encontramos con la parroquia de San Juan Bautista. Edificio de 1584 y traza manierista, destaca en su interior por la imagen del Cristo de la Salud y de las Aguas del siglo diecisiete, que es sin duda la imagen más venerada en la ciudad. Este templo parroquial se levanta a finales del siglo dieciséis, uno de los momentos de mayor actividad constructiva de la ciudad.
De aspecto exterior muy simple, el interior resulta por el contrario verdaderamente solemne. Su planta, de tipo basilical, quiere imitar el esquema de iglesia columnaria de Santa María la Mayor. Queda dividida en tres naves por grandes columnas de orden toscano sobre las que se apoyan una danza de tres arcos de medio punto a cada lado. La nave principal se cubre con armadura de madera.
En la capilla mayor, podemos admirar un bello retablo de estilo manierista realizado en 1646 por Toribio Sánchez Calvo. Presenta dos cuerpos y un ático divididos en tres calles mediante pilastras jónicas y dóricas resultando una traza muy sencilla y elegante que enmarca una serie de composiciones pictóricas.
En los retablos laterales destacan por su enorme tamaño, dos conjuntos del pintor Antonio Mohedano que representan la Adoración de los Pastores y la Inmaculada rodeada de santos.
También destacaremos la imagen del Cristo de la Salud y las Aguas, crucificado de comienzos del siglo diecisiete, veneradísimo en la ciudad y que se procesiona acompañado por un incalculable gentío que porta velas encendidas.




Unos metros más abajo y ya en el inicio de la calle Henchidero se ubica el edificio del Complejo Educacional "El Henchidero" que en su momento fue un conjunto de antiguas fábricas textiles. La existencia de la industria textil en Antequera está documentada desde finales del siglo XV, decantándose con el tiempo por las manufacturas laneras, aunque con reductos dedicados a la seda y el lino.
A mediados del siglo XVIII, el total de personas empleadas en este sector representaba el 10% del artesanado textil de Andalucía. Y hacia 1830 las manufacturas laneras antequeranas representaban más del 60% del subsector textil andaluz.
En la actualidad solo queda el recuerdo de una época gloriosa, aunque difícil, y alrededor de una veintena de edificios condenados a la desaparición. La exposición permanente ‘La industria textil antequerana’, pretende dar a conocer la actividad industrial del sector en Antequera y una reseña de las principales fábricas de Málaga y provincia. En ella se da a conocer la maquinaria, herramientas, materiales, fotografías y otros documentos gráficos, a través de los cuales se explica el proceso de obtención de diversos tejidos o la elaboración de varios productos.






Desde este lugar ascendemos por una escalinata hacia la calle Niña de Antequera donde lo primero que vamos a contemplar es la Ermita de la Virgen de la Espera y la Puerta de Malaga. Declarada Monumento Nacional, constituye la expresión más característica del arte musulmán en la ciudad. Data del siglo dieciocho y se le conoce también por Ermita de la Virgen de Espera.
Perteneciente al conjunto amurallado de la Medina islámica, la Puerta de Málaga es del tipo de pasadizo en recodo. Recuerda, a pesar de sus menores dimensiones, la de la Justicia de la Alhambra Granadina. En su frente principal tiene un arco de herradura de ladrillo con alfiz rehundido, creando el típico nicho de compartimentación espacial, tan característico de la arquitectura nazarí. Entre el referido arco y el paño en el que se abre la puerta propiamente dicha, queda un espacio abierto al cielo por el que se arrojaban proyectiles en los momentos de asedio.
La organización interior de la torre, que fue muy trastocada cuando se convirtió en ermita, ha sido recuperada tras la restauración efectuada en 1986; además, se ha descubierto y consolidado el arco de la cara posterior, que durante años estuvo prácticamente enterrado. Sin embargo, y por respeto a la larga tradición mariana del monumento, se ha mantenido el retablito y lienzo de la Virgen de Espera, curiosa pintura de corte manierista en la que teniendo como fondo las murallas de la ciudad se quiere representar libremente a la imagen gótica de la Virgen de la Esperanza de la Colegiata de San Sebastián.






Continuamos por la calle hasta que llegamos a un precioso mirador denominado Niña de Antequera construido a principios del presente siglo. Desde este amplio mirador, construido, a dos niveles, el visitante podrá divisar el río de la Villa, que abastece de agua a la localidad, así como la Iglesia del Carmen, el monumento nacional de la Peña de los Enamorados y la mencionada Puerta de Málaga. 



Al final de la calle Niña de Antequera giramos a la derecha por la calle Bajada del Rio donde vamos a contemplar la torre Torcida y la Puerta del Agua, que en realidad es un portillo junto a otra Torre albarrana. La Torre Torcida, desembarazada en nuestros días de las edificaciones que la ocultaban, era también una torre albarrana cilíndrica a la que le falta el arco de comunicación con la muralla y construida en época nazarí. El postigo del Agua se sitúa en el lado sureste de la villa. Se trata de una puerta simple con un vano de acceso rematado por un arco de medio punto. Está construida en mampostería enripiada con refuerzo de sillarejo en las esquinas, aunque en su origen estaba construida en sillería. El mampuesto, obra moderna, se ha introducido de manera poco cautelosa, tal y como se observa de la dispar modulación de sus piezas y de la tendencia de crear hiladas bastante irregulares.





Volvemos sobre nuestros pasos hasta llegar a la Plaza del Carmen y girar a la derecha hasta que llegamos a una pequeña plazuela donde vamos a contemplar y visitar la iglesia del Carmen y algunos miradores que la rodean como el de Pepe Toro. Casi colgada en un escarpe, como vigilando desde su altura el río de la Villa, se yergue el magnífico templo exconventual de los Carmelitas Calzados, que hoy sirve de sede a la antigua parroquia de Santa María la Mayor. Las obras de este templo y del desaparecido convento parece ser que comenzaron en los años finales del siglo XVI.
El exterior de la iglesia del Carmen, en la zona correspondiente a los pies y al lateral izquierdo, ofrece en la actualidad un aspecto bastante descompuesto. Ello se debe a la demolición, en el siglo XIX, de la casa conventual. Encontramos una sencilla fachada, cuyo elemento más significativo es su portada manierista. Esta se compone de un arco de medio punto, jalonado de dos medias columnas toscanas sobre plintos, coronándose todo el frontón curvo y partido, que aparece centrado con un escudo del Carmelo. A mano derecha de esta portada se sitúa una pequeña espadaña, de un solo hueco, único resto del campanario tras la demolición, en 1883, de la llamada torre del Gallo.




El conjunto de la planta de esta iglesia sigue, con algunas variantes, el modelo de iglesia morisca granadina, de una sola nave, capilla mayor espacialmente muy definida y capillas laterales totalmente independientes entre sí. Además, en el siglo XVIII, se añadió, a los pies de la iglesia, la nave de la Cofradía de la Soledad, concebida como una capilla más.
El importante artesonado mudéjar que cubre todo el espacio de la nave, terminado en 1614, es de tipo rectangular y sin tirantes de madera, lo que permite, lógicamente, una mayor visibilidad. Su decoración de lazo, está totalmente decorada por un enjambre de lacerías, que sólo se ven interrumpidas por tres piñas de mocárabes.
La capilla mayor, se configura en su espacio interior como un gran prisma rectangular coronado de media esfera. Pero lo que acentúa la majestuosidad de esta capilla mayor son sus tres enormes retablos, muy particularmente el central o mayor, construido en los años anteriores a 1747. Este presenta unas proporciones dilatadísimas y se considera, por su belleza y significación, como uno de los más interesantes ejemplos de la retablística barroca andaluza del siglo XVIII. Su complicada articulación de estípites, cornisas, hornacinas, cortinajes simulados…, todo ello trazado con quebradísimos perfiles mixtilíneos, que se curvan e inflexionan en un juego interminable, nos produce un primer impacto de ofuscación.







Esta enorme máquina se concibió como un himno carmelitano, en el que los santos y santas relacionados con la orden se ven acompañados de toda una corte de ángeles adolescentes y pequeños, que ya tocan instrumentos musicales, ya sostienen cartelas o guirnaldas, o simplemente, juntan las manos en gráciles actitudes, que parecen tocar palmas.
Resulta sorprendente pensar que todo este inmenso artilugio barroco no es sino el marco que sirve de embocadura al camarín central, en el que se guarda la imagen de la Virgen del Carmen. En relación al camarín no debemos olvidar su interés como espacio arquitéctonico bien articulado. Su planta mixtilínea y muy barroca, contrasta, en cierta medida, con la sobriedad de su decoración de yeserías y su limpieza de líneas. Los dos retablos colaterales de esta capilla mayor, a pesar de estar terminados en su dorado y policromía, creemos que son algo más modernos que el mayor. El de San Elías, en el lado del Evangelio, resulta particularmente aparatoso por la complejidad del ático. El retablo y el camarín del lado de la Epístola es el más plenamente rococó de los tres, presentando también unas proporciones más armónicas.
En el arco toral de la capilla mayor está situado el púlpito de madera dorada y policromada. Esta pieza, que es obra firmada de Miguel Márquez García, se hizo en 1799 y en su barroquismo de líneas y espíritu armoniza perfectamente con los retablos descritos.
A la nave central se abren seis capillas independientes, que presentan en su interior piezas de gran valor. La capilla o nave de la Soledad, situada a los pies de la iglesia, se debió levantar en el primer tercio del siglo XVIII, momento al que pertenecen las rizadas yeserías de la cupulita.
La capilla tiene planta rectangular y se cubre con bóvedas de medio cañón rebajado y divide en cuatro tramos mediante arcos fajones. El retablo principal, ocupa en su hornacina central, a manera de reducidísimo camarín, la imagen de la Virgen de la Soledad.
Ocupando una moderna hornacina, situada en el arco de acceso a la capilla, se expone con cierto sentido museístico la primitiva imagen de la Virgen del Socorro, realizada a finales del siglo XV y regalada por los Reyes Católicos a la iglesia-mezquita de San Salvador. Técnicamente está realizada en pasta de cartón y montada sobre una estructura de madera, conservando la policromía primitiva en parte.







Una vez visitada la iglesia, hacemos una parada en la plazoleta para contemplar, desde los varios miradores que hay, unas maravillosas vistas de la ciudad donde poder comprobar la gran cantidad de monumentos de arquitectura religiosa que alberga asi como la distribucion de su casco urbano.



Volvemos sobre nuestro pasos hacia la plaza del Carmen para continuar nuestro recorrido por la ciudad, pero antes hacemos una parada para contemplar el edificio de las Casas Principales del Conde de la Camorra o tambien conocida como Casa de las Torres. De una lectura formal y en detalle de la construcción original de la casa-palacio del conde de la Camorra se deducía con claridad que era obra de mediados del siglo XVI. Un edificio que participaba, a un mismo tiempo, del modelo de alcázar urbano castellano tardomedieval y de otros ejemplos constructivos de la tradición granadino-nazarí. Los volúmenes de este palacio respondían a un concepto arquitectónico esencialmente prismático, huyendo de todo decorativismo o añadido ornamental en su aspecto exterior. Su panel de fachada, encuadrado por las dos torres de los extremos, respondía a lo que se ha dado en llamar estilo desornamentado, presentando un aspecto compacto y cerrado, casi de arquitectura defensiva, salvo los altos miradores del cuerpo superior abiertos en sus cuatro caras cada uno. Estas torres, que fueron cabeza de serie de otras muchas en Antequera incluso de época barroca, presentaban el esquema de prismas rectangulares, cubiertos con tejadillos a cuatro aguas. Abrían en cada uno de sus frentes un hueco con dos arcos, de ligerísima herradura, apoyados sobre columna central de orden toscano y capiteles-péndola a ambos lados. Otro detalle de clara tradición mudéjar eran los alfices rehundidos en los que quedaban enmarcados los referidos arcos. Por casualidades de la vida, o de la orientación frente a los agentes atmosféricos, habían llegado hasta el siglo XX, aunque algo deteriorados, dos pretiles o antepechos de la cara posterior de la torre de la izquierda, fabricados en un estuco de gran dureza y desarrollando una tracería gótico-mudéjar de dibujo muy reiterativo. Un diseño muy parecido a los pretiles que vemos en algunos palacios sevillanos de la primera mitad del siglo XVI, como la torre-mirador de la Casa de los Pinelo o el patio de honor de la Casa de Pilato, solo que en estos casos están labrados en piedra y calados sus dibujos.
La fachada actual del edificio es una reconstruccion realizada a principios de los 90 del siglo pasado sobre el antiguo edificio que existió en este solar hasta el año 1979.



Llegamos a la Plaza del Carmen donde vamos a contemplar el Torreon de Asalto que recibe este nombre porque durante el asedio de la ciudad en 1410, el entonces Infante don Fernando, consiguió por esta zona, abrir una brecha en las defensas, para que sus tropas entraran en el recinto amurallado y poder tras cinco meses de asedio vencer definitivamente la resistencia de la ciudad, el Postigo de la Estrella una torre autónoma, unida a la cerca mediante un arco de medio punto, junto a la cual se abrió una brecha o postigo, después de la conquista, para poder ingresar al recinto, el sabor arábigo andaluz de este rincón resulta evocador de otras épocas, y restos de la antigua muralla urbana de Antequera.
La Muralla urbana de la ciudad de Antequera data de la época almohade, construida por tanto en torno a las últimas décadas del siglo XII y primeras del siglo XIII. Los almohades levantaron todo un nuevo recinto amurallado completo, que es el que hoy todavía podemos contemplar en algunos de sus tramos.
Estas murallas fueron construidas con tapial, y aún en algunos tramos se puede apreciar hoy el ancho de las tablas que utilizaron como encofrado. El aspecto de la ciudad musulmana (la antigua Madinat Antaqira) era el de una ciudad de tamaño medio, con un recinto intramuros de unos 65.000 metros cuadrados, con unas murallas blanqueadas que se disponían en dos recintos.
Sería posteriormente, ya en el siglo XIV, cuando los musulmanes nazaríes realizaron un programa de revestimiento de estas murallas a base de mampostería, aportándoles de la imagen pétrea que presentan en la actualidad.
Son varios los tramos urbanos que se conservan de aquellas murallas; y entre ellos destaca el amplio lienzo de muro almenado que puede contemplarse en la plaza del Carmen, con distintos elementos defensivos a diferentes niveles.
En uno de los extremos de esta zona amurallada se levanta hoy un grupo escultórico que se ha venido a denominar: Homenaje a los antiqiries, y que fue inaugurado el día 24 de septiembre del año 2010; una obra realizada por el escultor mairenero Jesús Gavira Alba. El día 24 de septiembre de 1410 los musulmanes nazaríes que aún estaban resguardados y atrincherados en el interior de la Alcazaba antequerana, finalmente decidieron capitular y abandonando la ciudad se marcharon hacia Granada, donde fundarían el barrio de la Antequeruela.
El grupo escultórico Homenaje a los antiqiries representa a una de aquellas familias musulmanas que tuvieron que salir de Antequera en aquellas circunstancias. El conjunto está compuesto por un matrimonio y dos hijos; uno de ellos aún un bebé en brazos de la madre.
En un primer plano algo más avanzado camina el hombre, tocado de turbante y llevando en su mano derecha la llave de su casa abandonada. Con la mano izquierda, que acerca a su frente, trata de divisar el camino que le lleva en dirección a la Peña de los Enamorados y hacia su ciudad de destino, Granada. A su lado queda la esposa con aire apesadumbrado, con actitud de arropar a sus dos hijos con su cuerpo.








Desde la plaza continuamos por la calle Rio para a mitad de esta girar a la izquierda y acceder por unas escalinatas hacia la calle Colegio donde vamos a contemplar otro lienzo de la muralla y disfrutar de unas maravillosas vistas de la ciudad desde el Mirador de las Almenillas. Este espacio, que da la espalda al Arco de los Gigantes, se abre al vacío a una de las panorámicas más impresionantes de la ciudad. En ella se puede apreciar el impresionante número de iglesias, torres, espadañas, campanarios y palacios que se han levantado durante cuatro siglos. Además, podemos observar una de las vistas más impresionantes de la Peña de los Enamorados y también ver el desarrollo industrial y urbanístico que está teniendo la ciudad.










Como hemos referido anteriormente, a las espaldas del mirador se situa el Arco de los Gigantes que es la entrada al conjunto monumental de la Alcazaba y la Real Colegiata de Santa Maria la Mayor. El arco es una construcción realizada por iniciativa municipal en 1585 dentro de los planteamientos del humanismo, al objeto de sustituir un acceso en recodo de la cerca musulmana queriendo evocar con su gran vano de medio punto los arcos de triunfo del mundo clásico.
El Arco de los Gigantes se abre en un muro de más de dos metros de grosor realizado en mampostería, en el que se sitúan inscripciones latinas relativas tanto a la propia Anticaria como a otras ciudades romanas que existieron en sus inmediaciones (Singilia Barba, Nescania, Osqua, etc.) y cuatro grandes lápidas en las que se desarrolla una dedicatoria al rey Felipe II.
El vano, en forma de medio punto, está compuesto por dovelas alargadas de piedra arenisca cuya clave se resalta situando en ella un relieve con un jarrón de azucenas. Éste, con el castillo y el león de la cornisa superior conforman el escudo de la ciudad, que se ofrece a la vista en la cara externa, abierta a la plaza Alta o de la Feria.
Sobre la cornisa se conservan los restos de una escultura romana de Hércules, que dio otro de los nombres con que se designó a la Puerta, además del de Arco de los Gigantes, alusivo a las estatuas de gran tamaño que en ella hubo.
El conjunto ha tenido con el paso del tiempo varias reestructuraciones, retirándosele y reponiéndose luego alguno de los elementos adosados en el momento de su construcción.




Cruzamos el arco para acceder al conjunto monumental y nos dirigimos hacia la Plaza de Santa Maria, la cual en su centro podemos contemplar una escultura dedicada a Pedro Espinosa, y que esta presidida por la imponente silueta de la Real Colegiata de Santa Maria la Mayor. La estatua fue modelada en bronce por José Manuel Patricio Toro en 1998, artista local al que pertenecen otras obras maestras como el monumento a los Enamorados, por ejemplo. Pedro Espinosa es un poeta antequerano del Barroco. En una placa cercana, en las paredes de la Alcazaba, se hace mención a la escuela poética del Siglo de Oro.




La colegiata fue fundada por iniciativa del obispo Diego Ramírez de Villaescusa, al cargo por entonces la diócesis de Málaga; quien, considerando el numeroso vecindario que había alcanzado la ciudad obtiene del Papa Julio II en 1503 la oportuna bula para erigir en Colegiata la antigua Iglesia de Santa María de la Esperanza. Once años más tarde, el mismo obispo dispone la construcción de una nueva fábrica colegial, que denominó de Santa María la Mayor.
Obra del arquitecto Pedro del Campo, se considera la primera iglesia columnaria levantada en Andalucía, y una de las primeras de España. Su construcción se realiza entre los años 1514 a 1550 y constituye, por tanto un primer intento de arquitectura renacentista, en un momento en el que todavía estaba vigente en España el gusto por el gótico, al que sin duda hacen referencia los repetidos pináculos de la fachada.
Hacia 1535 trabaja también Pedro López, por entonces maestro mayor de la Catedral de Málaga, en esta interesantísima iglesia de planta basilical de tres naves, con una fachada que responde en su composición a la estructura de su planta interior: tres cuerpos verticales cerrados con arcos triunfales, con puertas de acceso desiguales de medio punto que se rematan por nichos avenerados. Y también interviene en la construcción de la iglesia el arquitecto Diego de Vergara, quien se ocuparía de las trazas de su Capilla Mayor. Es sin duda el edificio renacentista más importante de la ciudad. El templo fue levantado para albergar la antigua colegiata y duraron las obras desde el año 1515 hasta el año 1550.




Su impresionante fachada se articuló siguiendo un esquema del arco triunfal pero reinterpretado a través de modelos catedralicios medievales. Recordemos en este sentido distintos ejemplares de la Toscana, particularmente la catedral de Orvieto. Son de gran singularidad los pináculos estriados que recuerdan el gótico veneciano. La torre, situada a la derecha de la fachada, es una construcción tardía del siglo XVII que no sintoniza con el estilo de la obra original, aún más la espadaña superior.
El interior, hoy prácticamente vacío de retablos y demás elementos ornamentales, aparece como un bello salón columnario. Se trata de una planta basilical en la que las tres naves quedan separadas por imponentes columnas de orden jónico sobre las que se desarrolla una danza de cinco arcos de medio punto decorados con perlas al estilo gótico de los Reyes Católicos. La nave central presenta mayor altura que las laterales siendo casi el doble de ancha que éstas. Las naves se cubren con armaduras de madera de estilo mudéjar, siendo reconstrucción moderna la del lateral de la Epístola. La capilla mayor, a la que dan luz unas elegantísimas ventanas del tipo florentino, se cubre con una bóveda de nervaduras de estilo gótico múdejar. La sacristía, a la que se accede a través de una bella portada de corte italianizante, se cubre con un artesonado moderno inspirado en modelos serlianos. Las capillas de la nave de la Epístola se cubren con bóvedas de medio cañón acasetonadas, salvo la antigua de Canónigos que presenta una compleja estructura de progenie siloesca. Es de gran originalidad la cantoría de seises rehecha en nuestros días y que se ubica en el primer tramo de la nave de la Epístola inmediato a la capilla mayor. En la nave del Evangelio destaca la antigua Capilla de Ánimas, cubierta con bóveda de cuarto de esfera ya dentro de un neoclasicismo propio de finales del siglo XVII.












Una vez visitada la colegiata salimos de nuevo a la plaza para contemplar desde esta los restos de las Termas Romanas. Las termas se asientan sobre la ladera este del cerro de la Alcazaba, siendo descubiertas a finales de los años 80 del siglo XX, excavándose entonces y a principios de los 90, cuando se dejaron a la vista una parte de las mismas, por lo que estamos a la espera de que éstas se reanuden, así como de la musealización de lo que ya es visible.
Se trata de un edificio posiblemente destinado al uso público, con una cronología que va desde el siglo I d.C. al V, siendo remodelado a principios del siglo III. Para la construcción de las termas hubo de aterrazarse el terreno, aprovechándose el cauce de un cercano río. Este yacimiento, así como otros vecinos, véase la villa romana de la Estación, o los hallazgos en el convento de Santa Catalina de Siena, corroboran arqueológicamente la tesis de que la actual Antequera se asienta sobre la romana Anticaria.
Los restos encontrados nos hablan de unas termas ricamente decoradas con mármoles, estucos, mosaicos y estatuas. Un testigo de aquel esplendor lo representa un magnífico mosaico polícromo de 4,65 x 6,5 metros, posiblemente de época severiana (finales del siglo II, principios del III), conservándose el emblema o motivo central con una representación del dios Oceanus, muy habitual en este tipo de instalaciones, rodeado de motivos geométricos.
Como ya se ha comentado, todo el conjunto se articuló mediante terrazas adaptadas al inclinado terreno. Los materiales utilizados para los muros fueron sillares de arenisca, pero también mampostería y ladrillo, éste último usado en el pavimento como el opus spicatum de una de las estancias.
La primeras excavaciones de finales de los 80 del siglo XX sacaron a la luz tres piscinas, pertenecientes al frigidarium, y recubiertas con opus signinum en toda su superficie. Junto a ellas se conserva una natatio y una canalización de unos 11 metros, igualmente de opus signinum. Al norte de estas iniciales instalaciones fueron excavados a principio de los noventa los espacios de agua caliente o caldarium y templada o tepidarium, además de los colectores y las letrinas. Los vestuarios o apoditerium se situarían al este. En estas instalaciones también se han descubierto restos de mosaicos.




Volvemos de nuevo hacia la zona del arco para desde ahi dirigirnos ascendiendo por unas escalinata hacia el interior de la Alcazaba, para ello cruzamos la puerta constituida por un arco de medio punto. Sus orígenes pueden datar de época romana, aunque se menciona por primera vez en los escritos del siglo XI de Semuel ibn Nagrella, poeta judío de Badis, tercer rey de la taifa de Granada.​ Coinciden esta fecha con la dominación almohade cuando se construyeron dos anillos de murallas que siguen actualmente en pie. Estas murallas evitaron la conquista por parte del monarca de la corona castellana Pedro I en 1361, siendo denominada como "ciudad fuerte". Tras este hecho, se reforzaron las defensas y se construyó una barbacana, se reedificaron puertas y se construyó una coracha.​
La ciudad y su alcazaba finalmente caen en manos cristianas durante la Toma de Antequera que duró cinco meses en 1410, en el que fue considerado posteriormente como "el mayor triunfo del cristiano entre la batalla del Salado y la conquista de Granada". El regente Fernando de Trastámara, quien gobernaba Castilla en ese momento, pronunció la célebre frase "Salga el Sol por Antequera y sea lo que Dios quiera"; desde su éxito fue conocido como Fernando de Antequera.​ En 1429 se celebraron las Cortes de Aragón en la fortaleza con Alfonso V como monarca.




Sobre antiguas construcciones de lo que fue la Anticaria romana y visigoda se asentaron los musulmanes a mediados del siglo VIII. Durante estos primeros momentos el enclave antequerano era un hisn o fortaleza-refugio (en manos de tropas sirias y beréberes) y tuvo poca relevancia hasta la caída y desmantelamiento de las ciudades próximas que apoyaron la revuelta de Omar Ibn Hafsún, a finales del siglo IX y principios del X d.C.
Será con la proclamación del Califato cuando Antequera se convertiría en una fortaleza estatal, un núcleo de pacificación, que concentró a los habitantes de las poblaciones rebeldes. En Antequera se construyó un primer recinto defensivo que discurría por la corona del cerro calizo.
Durante el periodo de los Reinos Taifas, Antequera fue sometida por el reino hammudi de Málaga, pero pronto Granada ocupó esta taifa y la población pasó entonces al dominio de los ziríes granadinos.
La debilidad de los reinos de taifas provocó que, en primer lugar los almorávides y posteriormente los almohades, a quien los reyes andalusíes habían pedido anteriormente ayuda contra los cristianos, decidieran tomar las riendas del poder en al-Andalus. La investigación arqueológica nos revela un momento de expansión de Madinat Antaqira, de hecho es cuando se levantan los dos anillos de murallas que hoy podemos contemplar y que protegían una madina de unos 62.000 m2.
Los nuevos tramos de las murallas y las nuevas torres se construyen mediante tapial y el exterior se revoca con enlucido muy fino de cal. El estuche de piedra se añadió en la centuria siguiente.
Durante el siglo XIII, bajo el dominio de los Nazaríes de Granada, el avance de las tropas cristianas impuso cambios en la ordenación y defensas de la ciudad, que en estos momentos conoció su etapa más esplendorosa bajo el dominio musulmán, acompañado de un incremento importante de población. Estas murallas frenaron el intento de Pedro I de conquistar la ciudad en 1361 (la cita López de Ayala como “Villa muy fuerte”). Este hecho obligó a reforzar de nuevo el recinto murado de la madina. Las principales obras de refuerzo de la cerca fueron el revestimiento de forro de mampuesto en toda la muralla, la construcción de la barbacana (a modo de antemuro o parapeto exterior), la edificación de una coracha (prolongación de la muralla hacia el río de la Villa) y la reedificación de la “Puerta de Málaga” que pertenece al programa de puertas de Justicia emprendido por Muhammad V (segunda mitad del siglo XIV).
Queda claro que la fortaleza antequerana, con sus reconstrucciones y ampliaciones era realmente fuerte y difícil de conquistar, de manera que la toma de Antequera en 1410, tras cinco meses de asedio, tuvo especial resonancia entre los castellanos llegando a considerarse “el más honroso triunfo que las armas cristianas lograron desde la batalla del Salado hasta la rendición de Granada”. Y ello no sólo por la importancia de la villa conquistada y su valor estratégico, sino también por la heroica resistencia de sus habitantes y los malogrados esfuerzos militares y diplomáticos que los granadinos hicieron para levantar el cerco.




Accedemos al interior de la alcazaba ascendiendo por unas escalinatas y unos jardines hasta que llegamos al primer punto de interes como es los resto de la Puerta Cristiana que fue añadida por los cristianos a principios del XVI, reduciendo la superficie de la Alcazaba. Junto a su muralla delimita los nuevos espacios del poder civil y militar (residencia del alcaide) y del religioso (Parroquia de San Salvador), y los separa de la población que queda protegida por el primer anillo de murallas.




Al final llegamos a la Plaza de Armas del recinto ubicada en la zona central siendo distribuidor de los diversos espacios de la fortaleza y originariamente acuartelamiento de tropas. Se sitúa al pie de las torres del Homenaje y Blanca. En una esquina junto al acceso a la Torre del Homenaje se situan las Mazmorras, una prision excavada en la roca del subsuelo con una profundidad de 6 metros por 3 de ancho.



Junto a la plaza de armas podemos contemplar los restos de lo que fue la mezquita aljama y un aljibe de origen nazari. El Aljibe es una construcción de planta rectangular para el almacenamiento de agua de 6,20 x 4,10 m. La presencia de pilastras en los lados mayores y de pilares centrales nos permite suponer la existencia de arcos fajones como refuerzo al soporte de la cubierta, posiblemente resuelta a través de doble bóveda de medio cañón. La Mezquita aljama de “Medina Antaqira”, fue un edificio de planta rectangular orientada hacia el sureste, tal y como debería corresponder a la construcción de una mezquita, ubicándose la torre o alminar en su vértice norte. Tras la toma de la ciudad, el 1 de octubre de 1410 fue bendecida y consagrada en templo cristiano. 



La Torre del Homenaje, de las Cinco Esquinas o de Papabellotas es una gran mole edificada en el siglo XV sólo superada en el mundo andalusí por la Calahorra de Gibraltar siendo la parte más importante del recinto. A esta torre de planta angular se accede a su interior por una puerta jalonada de dos grandes fustes de columna lisos y un dintel. En su interior existen varias estancias de planta rectangular y cubiertas con bóvedas esquifadas. Sobre la torre del homenaje de la Alcazaba se alza la torre del reloj de la ciudad. De planta cuadrangular, el campanario se abre a las cuatro caras mediante grandes ventanales sostenidos por semicolumnas de orden dórico, flanqueados por dos pilastras cajeadas y cerrados en la parte baja con una balaustrada. La torre se remata con un pronunciado chapitel, flanqueado en las cuatro esquinas por sendos pináculos rematados con bolas. La torre antequerana se corona con un templete-campanario construido en 1582 para colocar la campana y el reloj de la ciudad. Desde el momento de su construcción es conocido como el Reloj de Papabellotas, por haber tenido que vender la ciudad un alcornocal de propios para sufragar los gastos ocasionados. La torre del reloj cuenta con una gran campana horaria, fundida por un autor anónimo en 1583.





Es coetánea a la Puerta de Málaga, y fue levantada con la intención de reforzar el ángulo suroeste del conjunto defensivo. Para ello se forró completamente una torre de mucho menor tamaño cuyo testigo aún es visible desde el interior de la alcazaba. Es probable que la singular planta en ele que presenta esta torre venga derivada de la necesidad de adaptarse a esa obra anterior. Esa construcción primitiva está levantada en mampostería careada, sin paralelo evidente en el resto de la fortificación, y utiliza un mortero calizo de buena calidad que crea gruesas llagas y tendeles. Es difícil precisar la cronología de esta primera torre, de modo que cualquier suposición entra en el terreno de las hipótesis, si bien no sería extraño que fuera un raro testigo de las defensas prealmohades. La torre conservada hoy día, de casi 18 metros de altura hasta el nivel del terrado, presenta un único nivel útil con acceso desde el adarve. La entrada se resuelve a través de un hueco adintelado con material de acarreo preislámico, protegido por una buhedera. En su interior, y tras atravesar un largo corredor, se entra en un espacio central que en su día se cubriría con un forjado de madera, actualmente desaparecido. Las dos salas principales se abren a esta zona, y se cubren con bóvedas de espejo, muy usuales en las construcciones bajomedievales andalusíes. La otra habitación, comunicada directamente con el pasillo de entrada, se cierra con bóveda de medio cañón.
Es a partir del nivel del adarve de la muralla aledaña cuando encontramos innumerables refacciones y apaños posteriores en el volumen de la Torre del Homenaje, ejecutados con mampostería y ladrillo. La ejecución de la gran torre nazarí que hemos descrito, hubo de llevar asociada la actuación simultánea en el frente occidental de la alcazaba, ya que allí volvemos a encontrar similares fábricas de sillarejo. En definitiva, la primera gran actuación granadina no sólo tuvo por objeto reforzar determinadas partes de las defensas tanto de la medina como de la alcazaba, sino también implantar un sello de estado mediante una serie de obras poderosas y dotadas de un claro mensaje de poder.






La torre Blanca, unida a la anterior por un lienzo de murallas reforzado por dos contrafuertes, sorprende por la perfecta ejecución de su fábrica de sillería. Tiene dos plantas sobre la altura del adarve y sus diferentes estancias se cubren con distintos tipos de bóveda de ladrillo. El interior se ilumina con troneras y ventanas en arco de herradura. Se encuentra dentro de lo que llamamos anillo de medina construido en el siglo XIV para dar cobijo a los musulmanes expulsados por la conquista castellana.
Es de menor porte que la del Homenaje y mucho más esbelta. De planta rectangular y casi 20 m. de altura, posee una base maciza hasta el nivel del adarve de la muralla, desde donde se alzan dos niveles útiles muy compartimentados. La planta inferior, comunicada directamente con el paso de ronda de la muralla, posee una utilidad claramente militar; en ella se organizan tres estancias abovedadas alrededor de un pequeño espacio central de distribución. En sus muros se abren aspilleras de tiro con acusados deriva y derrame. La comunicación con el nivel superior se realiza a través de una empinada escalera embutida en el muro septentrional. Este nivel lo ocupa en su conjunto una vivienda con patio central, que sirve como distribuidor para las restantes salas. De ellas, será la que mira a mediodía la de carácter más noble, distinción que queda señalada, además, por los grandes vanos arcuados de cantería que se abren en sus muros. Desde un punto de vista constructivo, no cabe duda que se trata de una obra singular, al aparecer un refinamiento edificatorio que no veíamos en otros puntos de las defensas antequeranas. En efecto, la cara exterior de los muros principales de la torre se ejecutó con sillarejos tallados ex profeso con especial cuidado. Hasta el nivel de las aspilleras de la planta inferior se labraron muy aplastados y alargados, predominando las piezas colocadas a soga. A partir de la citada línea de referencia, las piezas ganaron en altura pero se hicieron más cortas, circunstancia que derivó, además, en un predominio de los elementos colocados a tizón. En cualquier caso, es difícil concluir un carácter diacrónico para ambas fábricas, pudiendo responder estos cambios métricos más a una práctica coyuntural de los canteros de turno, que a un verdadero cambio cronológico.




Si en el exterior de los muros perimetrales existe un orden y estereotomía de los sillarejos ciertamente especial, la hoja interior de estas estructuras cambia sustancialmente su formalización. Nos encontramos ante la típica construcción formada por dos hojas externas independientes, cuyo núcleo se resuelve con algún tipo de calicanto o relleno de material menos cuidado. En nuestro caso, la cara interna fue ejecutada mediante sillarejo, pero al contrario que en el exterior, con abundantes piezas de ladrillo y lajas recalzando las piezas pétreas, según una solución que ya habíamos visto en algunas estructuras de la Torre del Homenaje. El ladrillo aparece también como material complementario, pero con un indudable protagonismo a la hora de definir elementos constructivos concretos. Nos referimos a su empleo principal para la ejecución de bóvedas y arcos, tal y como sucede también en distintas partes de la Puerta de Málaga. Otras técnicas edilicias identificadas son las mamposterías formando cajones y dispuestas en verdugadas de ladrillo, en este caso, en algunas de las estructuras que delimitan la vivienda de la planta superior.
A partir de las características constructivas reseñadas es difícil ajustar con precisión la cronologia de la Torre Blanca, que parece obra erigida en un único impulso. El sillarejo empleado en su perímetro exterior no tiene parangón con lo visto en el resto de las fortificaciones de Antequera. Por el contrario, el sillarejo recalzado de las hojas interiores posee más cercanía con el visto en la Torre del Homenaje. Por último, el empleo del ladrillo en arcos y bóvedas, además, variadas como es nuestro caso (espejo, baídas, cañón), nos remite a prácticas muy habituales en la construcción bajomedieval, al igual que sucede con la aparición de mamposterías encajonadas entre verdugadas de ladrillo.
Este carácter tardío que apuntan los aparejos, posee un refrendo en el análisis morfológico comparativo de esta gran torre, que entronca con la tradición de las grandes calahorras nazaríes ya relatada. Al contrario que ocurre con la vecina del Homenaje, en la Torre Blanca el espacio está mejor organizado, lo que lleva asociado una mayor especialización del mismo. Existe un primer nivel marcadamente militar que da paso a una planta alta donde se construye una vivienda dotada de patio central. Esta estructura tan especial y reglada nos remite de forma directa, pero a otra escala, a la Torre del Homenaje de la alcazaba de la Alhambra. Esta obra hormigonada nazarí posee seis niveles, todos ellos muy divididos, siendo el superior el correspondiente a una vivienda con patio central. Se trata nuestra torre, por tanto, de un modelo a escala de este ejemplo señero.






Junto al lienzo de muralla que unia a la torre blanca se encontraba la Torre del Quiebro que fue demolida en 1510 por orden del Alcaide de la fortaleza .Ha sido reedificada tras los trabajos de investigación arqueológicos y unia la muralla sur con la muralla de Levante que era el cierre oriental del recinto defensivo de la Alcazaba. Corresponde a época almohade su fábrica de tapial, siendo forrada de mampostería de piedra en época nazarí. Tambien en este mismo lugar podemos contemplar unas Tumbas romanas del siglo I d.c. que era destinada a albergar las cenizas de los difuntos.





Finalmente podemos contemplar la zona de las barbacanas que se construyen en época nazarí (1232-1410) a la vez que se realzan y se forran las torres con mampostería para adaptarse a la nueva maquinaria de asedio. Las barbacanas de Antequera se configuran como un muro de más de 700 metros, que se antepone a la línea defensiva de la muralla en los puntos más débiles para su defensa. La barbacana rodeaba gran parte del recinto amurallado consistente en un muro continuo de meñor tamaño y altura que la muralla principal a la cual antecedia. Fue levantada en tapial y revestida en mamposteria en una segunda fase constructiva. 
Una barbacana es una estructura defensiva medieval que servía como soporte al muro de contorno o cualquier torre o fortificación, adelantada y aislada, situada sobre una puerta, poterna o puente que era utilizada con propósitos defensivos. Las barbacanas estaban por lo general situadas fuera de la línea principal de defensa y conectadas a los muros de la ciudad por un camino fortificado.
Tal fortificación era a menudo solo un terraplén adosado al muro junto a la zona más vulnerable de un castillo o de una plaza fuerte. Este sistema defensivo se difundió ya en el alto medievo prácticamente en toda Europa también por su relativa simplicidad de construcción.




Una vez visitada la alcazaba volvemos de nuevo hacia el Arco del Gigante para desde este seguir nuestro recorrido por la calle Rastro donde vamos a contemplar la Fuente del Toro que contrasta con estos otros dos monumentos por su estilo y cromatismo. La datación queda establecida hacia mediados del siglo XIX, así pues se trata de un monumento encuadrable en los historicismos arquitectónicos propios de ese siglo, donde se puede identificar tanto la inspiración en el Manierismo para el caso del frontis, como lo escurialense para el remate del mismo.
Lo más trabajado del conjunto es el mencionado frontis. A este le acompaña una gran pileta rectangular, todo en piedra de hasta tres tonalidades, y enmarcándolos por detrás un muro blanco terminado mediante pretil formado por cuatro suaves curvas cóncavas, en las que en el extremo de cada una se sitúa una copa.
Como hemos mencionado, destaca la plasticidad del frontis. Compuesto por dos grandes pilastras fajadas, capitel toscano, dintel y cornisa, donde alternan dos tonalidades de piedra: oscura y clara, que nos recuerdan a la ya estudiada portada palaciega de Campillos, y que pudiera haber servido de inspiración a esta de Antequera. En el centro se dispone una gran placa, con un sol central en bajorrelieve desplegando numerosos haces de luz, y una placa con el lema: "QUE NOS SALGA EL SOL POR ANTEQUERA", aludiendo a la reconquista de Antequera por Fernando de Aragón.
Debajo de esta gran placa se sitúan otras tres de menor tamaño, formando un rectángulo, con piedra de color rojizo. La del centro, el doble de ancha que las laterales, se adorna con un bajorrelieve de bucráneo, o cabeza de buey, de cuyos cuernos cuelga una gruesa cinta. Las placas laterales se decoran con sendos florones. Ambos motivos son de origen romano, y vueltos a utilizar posteriormente en el Renacimiento, cuyo significado podemos entender como símbolo del sacrificio.
Por encima de la cornisa se ubica una placa central entre aletones y remate con frontón triangular de inspiración escurialense, donde se disponen figuras en relieve que se encuentran muy deterioradas, en la que aparece una figura central masculina con el pecho al descubierto, que es coronada por otra femenina a su derecha. Aquella extiende su brazo derecho hacia una tercera situada a la izquierda y que a su vez hace lo propio con su brazo izquierdo hacia la figura central, en aparente actitud cordial. Puede que la figura central sea una representación de Zeus coronado, y la de la izquierda Leto, de cuya unión nació Apolo, que entre otros atributos se le consideraba dios del Sol y por tanto de la vida. Vemos, pues, una clara intencionalidad formal, al utilizar estilos arquitectónicos históricos y con prestigio dentro del arte español, así como una simbología relacionada con el sacrificio, cuya virtuosa consecuencia es la victoria, la vida y la paz.


Desde este punto giramos ala derecha para descender las escalinatas de la Cuesta de San Judas que nos llevara hacia la calle Najera donde vamos a continuar nuestro caminar por Antequera. La cuesta Cumple la función de unir las dos Antequeras, facilitando su paso, la de arriba y la de abajo, la villa amurallada y el creciente caserío de los barrios y calles que se extienden hacia la zona Norte. Desde su primer escalón, mirando al frente, sobrecoge mirar el rectilíneo perfil de la fortaleza musulmana rematada por las crestas puntiagudas de los cipreses, y a sus pies las cumplidas espaldas blancas de las primeras casas del Rastro.
Así, según el Callejero Histórico de Antequera de Juan Manuel Moreno, hubo allá por 1766 una figura que tuvo una vida entrañable en esta Cuesta y se convirtió en personaje de referencia en ella: El clérigo de Menores Salvador Ruiz de Clara tan afecto a la vida y milagros del apóstol Judas Tadeo que da nombre a este enclave. Entre sus gestiones y trabajos destacados encontramos la construcción en este mismo sitio una Ermita-Capilla dedicada al Apóstol, instrumento material para propagar su devoción entre el vecindario.
Numerosos fueron las personalidades distinguidas que habitaron en este lugar. Los Padilla, Regidores de la Ciudad y Caballeros de la Orden de Calatrava, tuvieron su residencia en la Cuesta. Además, los señores Condes de Mollina, Don Francisco Chacón Enríquez y Doña María Manrique, también vivieron en las mismas dependencias. No solo ellos, sino también arquitectos como Nicolás Mexías, autor de la torre mirador del Palacio de Nájera o Canónigos como Joseph Morales o la actriz Kiti Mánver, pasaron sus días en este lugar tan característico.




A mitad de la calle Najera nos encontramos con otro de los rincones monumentales de la ciudad como es la Plaza del Coso Viejo donde vamos a visitar el Palacio de Najera, el Convento de la Encarnacion y el Convento de Santa Catalina de Siena. La plaza fue también conocida antiguamente como Plaza de las Verduras, por instalarse en ella el mercado al aire libre. La plaza ha sido reformada recientemente y ahora se puede contemplar, en el centro de la misma, una escultura ecuestre del Infante Don Fernando y, al fondo, una fuente representativa de los cuatro elementos: agua, fuego, aire y tierra.
El Coso Viejo nació en el siglo XVI como una necesidad de ampliación de la Plaza de San Sebastián. Su primera imagen fue una amplia plaza, aunque más tarde también alcanzó un carácter monumental debido a la construcción del Convento de Santa Catalina y el Palacio de Nájera, que conviven junto al Coso. 
Su primer uso fue como lugar de encuentro. Allí pasaban el tiempo distinguidos e hidalgos, aunque esta concepción cambiaría a beneficio de la burguesía y el comercio. Se comenzaron a instalar ‘puestos’ dedicados a la venta de productos de alimentación. Así, pasó a convertirse durante el siglo XIX en una especie de mercado al aire libre con diferentes tiendas de berzas, frutas, botica, pescaderías y carnicerías, conociéndose popularmente, además de por Coso Viejo, como Plaza de las Verduras y Plaza de Abastos.
Antes, en el siglo XVIII, se dio el primer gran cambio de fisionomía del Coso Viejo, pasando a ser una Plaza majestuosa, con elementos muy modernos y diferenciales de otros espacios similares.
Fue a las puertas del siglo XX cuando el Coso Viejo volvió a ser remodelado. El alcalde Francisco Guerrero Muñoz dedicó muchos esfuerzos a su cambio de imagen cuando su situación era crítica por el abandono. Por este motivo luego sería llamado Plaza de Guerrero Muñoz, aunque la gente sigue a día de hoy con el tradicional Coso Viejo al referirse a dicha Plaza.
Fue objeto de una reforma extraordinaria, renaciendo como plaza pública recreativa para los antequeranos, llena de detalles en forma de palmeras, diversa y variada arboleda y bancos de ladrillo para el descanso de los ciudadanos. A su alrededor, eran testigos de esta Plaza la calle Nájera y sus casas de la época, la calle Encarnación, también llamada en esos tiempos como calle de los Roperos Viejos, el Palacio de Nájera y el Convento de las Catalinas.





El Convento de Santa Catalina de Siena pertenece a la orden de las religiosas Dominicas y se fundó con los legados de Don Francisco Padilla y Alarcón, ilustre eclesiástico antequerano autor de numerosas obras en latín y castellano. La primitiva iglesia fue sustituida en 1735 por la actual, que es obra del alarife Andrés Burgueño. Tiene planta de típica iglesia conventual, tan repetida en España y América; presentando una sola nave, capilla mayor y coro bajo a los pies. En el exterior es de una gran sencillez, destacando diversos elementos de la fachada, como son la torrecilla de la esquina, la rítmica serie de celosías altas y la portada de ingreso al templo, muy simple de composición y que parece inspirada en la que Melchor de Aguirre realizara para la Iglesia de San Juan de Dios. Su decoración interior de yeserías es de barroquismo recargado, con profusa decoración de angelitos y formas vegetales, y se debe a Antonio Rivera. De las piezas que decoran la iglesia ninguna presenta mucho interés artístico, aunque contribuyen a crear un conjunto agradable y sencillo. En el retablo mayor destaca la Virgen del Rosario, obra probablemente de Diego Márquez y Vega. En los aspectos pictóricos destacan una Anunciación del siglo XVI, la reproducción de dos imágenes de gran devoción, el Dulce Nombre de Jesús del convento de Santo Domingo de Antequera y la Virgen de las Angustias de Granada.





El Palacio de Najera se encuentra situado en la intersección entre la calle Nájera y el Coso Viejo, siendo su fachada uno de los elementos más destacables de dicha plaza. El Palacio tiene su origen en las primeras décadas del siglo XVIII, cuando fue construido (aprovechando una fachada anterior) como mansión solariega para Don Alfonso de Eslava y Trujillo. Sería su hijo, Don Francisco de Eslava y Almazón, quien completaría las obras y añadiría la torre-mirador.
La fachada principal del Palacio de Nájera y todos sus accesos están abiertos a la Plaza del Coso Viejo. Realizada íntegramente en ladrillo, destaca la torre-mirador, realizada por el maestro alarife Nicolás Mejías. La parte baja de la fachada, más antigua, corresponde a las plantas baja y principal y data de comienzos del siglo XVIII. La parte superior, correspondiente con el cuerpo del ático, es coetánea a la torre.
En su interior, a través del zaguán, se accede al patio claustral. Se trata un espacio de una elegante sobriedad barroca, ejemplo paradigmático de los palaciales antequeranos: columnas toscanas de caliza roja de El Torcal de Antequera con danzas de arcos de ladrillo y un segundo cuerpo más compacto con huecos balcones guarnecidos de sencilla decoración latericia. La caja de escalera, con tramos de ida y vuelta separados por meseta de doble nivel, se cubre con bóveda de media naranja decorada con abigarrado derroche de yeserías barrocas, atribuidas al maestro Antonio Ribera.
Se trata de una edificación correspondiente al típico esquema de torre civil antequerano, que proliferó en la ciudad desde el siglo XVI y que tiene su cabeza de serie en el Palacio del Conde de la Camorra, reconstruido en nuestros días. Sorprende la valentía del vuelo de sus cornisas así como la maestría demostrada en la técnica del ladrillo cortado.







El palacio es la sede del Museo de la Ciudad de Antequera desde 1972, tras una exhaustiva rehabilitación. El museo recoge obras y vestigios de todos los periodos históricos, desde la prehistoria a nuestros días, testigos de la importancia de la ciudad de Antequera a lo largo de los siglos.
En 1908 se inaugura en Antequera el Museo Arqueológico Municipal a instancias del arqueólogo D. Rodrigo Amador de los Ríos. Su instalación primera se hizo en uno de los corredores bajos del Palacio Municipal, donde a lo largo de más de cincuenta años se fue reuniendo una importante colección de piezas de valor histórico, la mayoría de ellas de época romana.
En 1966 se funda el Museo Municipal de Antequera, cuya nueva nueva instalación se hizo en el Palacio Nájera, que tuvo que ser rehabilitado a tal efecto y cuyas obras se prolongaron hasta comienzos de los años setenta del pasado siglo. Finalmente fue inaugurado oficialmente el 15 de marzo de 1972 por los entonces Príncipes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía.
Su creación estuvo impulsada por un grupo de ciudadanos a raíz del descubrimiento del Efebo de Antequera, una escultura romana de reconocimiento internacional. El Efebo de Antequera fue reclamado por el Museo Nacional de Arqueología de Madrid, pero los vecinos y vecinas de Antequera se movilizaron con éxito a favor del patrimonio local. El Museo Municipal nace de la evolución del anterior museo arqueológico y de la necesidad de conservar y divulgar tanto el Efebo y los muchos otros tesoros y obras de la zona de Antequera.
En 2010 se realiza una nueva rehabilitación y mejora en las instalaciones del museo, y se decide cambiar el nombre al actual de Museo de la Ciudad de Antequera (MVCA). Tras las últimas obras, el museo queda adaptado a las necesidades de todos los públicos gracias a la eliminación de las barreras arquitectónicas y de sus completas instalaciones, que incluyen consigna, punto de información y venta de billetes, servicios sanitarios, tienda, etc.
Además, el MVCA dispone de los recursos e instalaciones necesarias para la realización de las tareas de administración, mantenimiento y difusión que requiere un museo de esta envergadura: oficinas administrativas, salón de actos y proyecciones, salas para exposiciones temporales, talleres de restauración… todo ello además de veinte salas de exposición permanente con un recorrido lineal-cronológico desde la prehistoria hasta nuestros días.




Las colecciones con las que cuenta, se inician con la Sección de arqueología ubicada en la planta baja, con importante material encontrado en Singilia Barba, Nescania y Iluro y que en su mayoría formaron parte del Arco de los Gigantes. En la antesala del Efebo, encontramos materiales prehistóricos y romanos entre los que sobresale un bronce personificación de Antiocheia sobre el Orontes y el busto en mármol blanco de Druso el Mayor.
La siguiente sala, está presidida por la obra emblemática del museo: El Efebo de Antequera, bronce romano del siglo I considerado por entendidos como "la pieza antigua más hermosa salida de suelo peninsular".
La visita continua en la primera planta con la Sección de Bellas Artes. La galería alta es ocupada por dos series pictóricas sobre La Vida de Jesús y sobre la Vida de la Virgen, completándose su decoración con otras obras entre las que destacan el busto-relicario de Santa Eufemia y una Inmaculada del taller de Pedro de Mena.
La Sala del Facistol, llamada así por albergar en su centro un atril de bello diseño que sostiene dos magníficos libros corales de 1570, cuenta entre otras con obras de Pedro Atanasio Bocanegra e importantes piezas de orfebrería.
En la Sala de las Tacas, además de lienzos de autores como Antonio Mohedano Gutiérrez o Pedro Bocanegra, se encuentran las hornacinas que le dan nombre. En ellas, se exponen espléndidas piezas de orfebrería de los siglos XVI, XVII y XVIII.
En la sala colindante se expone la segunda obra emblemática del museo: el magnífico San Francisco de Asís (1663) del granadino Pedro de Mena y Medrano, en madera policromada y tamaño natural.
Significativas son también la Sala de la Virgen del Socorro y la Sala de la Virgen del Rosario que albergan importantes depósitos de las cofradías antequeranas. En la sala de abajo, encontramos unas diecisiete obras del pintor contemporáneo antequerano Cristóbal Toral. En el sótano, se sitúan dos salas de uso múltiple con objetos de tecnología tradicional y popular.










Enfrente de la plaza, en la calle Encarnacion haciendo esquina con la calle Los tintes podemos contemplar y visitar el Convento de la Encarnacion. Por real cédula de los Reyes Católicos (2 de noviembre de 1513, Segovia) se conceden a María Ruiz la Rubiana varias fanegas para la construcción de un monasterio. Tuvo problemas y acudió personalmente a Roma, junto con su hija Lucía de Álvarez, las cuales, gracias a la mediación de Magdalena de Médicis, hermana del Papa, obtuvieron una bula de León X de 7 de junio de 1517, para edificar en el cerro de la cruz un santuario en memoria del monte calvario bajo la regla de Santa Catalina. En 1520 se produjo la llegada de dos monjas carmelitas calzadas, venidas del convento de los Remedios de Écija a las que se unieron
En 1536 solicitan al obispo de Málaga, Cesar Diario licencia para instalarse en el centro de la ciudad, por las dificultades de la lejanía, adquiriendo el solar pegado a la capilla de las Ánimas de la iglesia parroquial de San Sebastián. Por la comodidad adquirida, aumenta el número de monjas, ampliándose las instalaciones a partir de la segunda mitad del siglo XVI.
En 1580 se plantea la reforma de la iglesia, que durará 17 años, proveyéndose de los ingresos de la venta del patronato de la capilla mayor de la iglesia a María de Segura, viuda de Fernando de Gálvez (Oidor de la Real Chancillería de Granada). Las obras las dirige Francisco Gutiérrez Garrido, participando Lorenzo de Medina (Coro 1584) y los carpinteros Diego Vaquerizo y Juan Rivas.
Se trata, por tanto, de uno de los conventos de monjas más antiguos de la ciudad y pertenece a la orden de las Carmelitas Calzadas.
De todo el conjunto monacal destaca la iglesia y fachada de la calle Tintes, donde se encuentra la puerta reglar. El buque de este templo es claro ejemplo de iglesia morisca granadina del siglo XVI, de una sola nave y capilla mayor con prebisterio sobre escalinata alta, cubriéndose los dos espacios con armaduras mudéjares realizadas en 1580. El exterior resulta de una enorme originalidad ya que sobre la fachada de los pies, coincidiendo con el espacio del coro alto, se eleva sobre el tejado un cuerpo de dos plantas de miradores con celosías, adosado a la espadaña barroca.
La portada de acceso al templo, que fue de una gran elaboración arquitectónica según referencias escritas, solo conserva a su primitiva disposición los relieves manieristas de las enjutas que representan a la Virgen y a San Gabriel Arcángel, uno a cada lado del arco. La puerta reglar presenta un interesantísimo diseño manierista de comienzos del siglo XVII, destacando en su hornacina la hierática escultura en mármol blanco policromado de San Elías, fundador mítico de la orden del Carmelo.





Desde la plaza continuamos por la calle Najera donde al final de la misma nos encontramos con el edifico del Antiguo Posito sede del actual Archivo Historico Municipal. 
El Pósito Municipal era el almacén de trigo con el que el ayuntamiento de la Ciudad intentaba asegurar el aprovisionamiento normal del grano a toda la población. El edificio podemos fecharlo hacia el siglo XVII, si bien a lo largo del tiempo sufrió numerosas transformaciones y añadidos. La pieza más antigua es la gran nave o buque principal del conjunto, que conforma el volumen mayor, ubicado en la esquina de la calle de Nájera y cuesta de Barbacanas. Se trata de una pieza muy compacta, sin apenas huecos, y coronada por una cubierta de teja árabe, dispuesta en fortísima pendiente. Como elemento singular destaca la portada de arenisca, con arco rebajado sobre el que se asientan los tres elementos del escudo de Antequera. En el lateral de calle Nájera, alcanza gran protagonismo el zócalo formado de varias hiladas de fuerte sillería en caliza roja de El Torcal. La llamada Casa del Mayordomo, ubicada en el extremo de la izquierda de cuesta de Barbacanas, presenta una estructura de fachada latericia que se puede fechar en el primer tercio del siglo XVIII. En el interior se han llevado a cabo importantes transformaciones, partiendo de la avanzada ruina de algunos de sus elementos. El espacio de mayor interés arquitectónico es la llamada Panera, que levantó el alarife mayor de la ciudad, Martin de Bogas, en el año 1773. Se trata de una gran sala de planta rectangular, cubierta con bóveda de medio cañón dividido en ocho tramos mediante sencillos arcos fajones que apoyan sobre pilastras. Otro elemento de gran singularidad e interés histórico es la caja fuerte o arca, realizada en 1770, de grandes sillares de caliza roja y con doble puerta, metálica y de madera respectivamente. Se sitúa en el centro de la Casa del Mayordomo y sirve de único soporte central de la nueva estructura del piso de la planta alta, realizada ésta en madera laminada.


Continuamos por la calle Barbacanas para al final de la misma llegar a otro de los puntos monumentales de la ciudad como es la Plaza de las Descalzas, una bonita y recoleta plaza, que además de su estetica, una bonita fuente y las sombra de los magnolios que invita descansar en algunos de sus bancos, podemos contemplar varios de los monumentos que alberga la ciudad como la iglesia de San Jose, el Palacio Marqueses Peña de los Enamorados y el Convento de la Victoria.
Confluencia del ir y venir de jóvenes escolares, paso imprescindible para recorrer una parte de Antequera, lugar de regocijo y apartado de la bruma. Por su entramado, la zona se divide en varias alturas, salvadas por algunos escalones que conducen a la zona central, en la que se ubica una coqueta fuente que distrae el sonido que el discurrir de los coches hace durante todo el día.
Frente a cuatro bancos de piedra a su alrededor, se encuentra la fuente, que es de tipología hexagonal, y desde la que discurren diferentes caminos: ir hacia calle Calzada o Encarnación, adentrarse en Carrera de Madre Carmen o coger la ruta de la Cuesta de los Rojas o Cuesta de Barbacanas.



El monasterio de las Carmelitas Descalzas de San José, Orden fundada por Santa Teresa de Jesús, se erigió en 1632 bajo el patronazgo de doña María de Rojas y Padilla, dama de la nobleza antequerana. El conjunto está formado por iglesia, tres patios claustrales, un claustrillo, una huerta y un pequeño cementerio.
En el exterior destaca la fachada manierista de la iglesia, otra más (actualmente cegada) en el muro de la Epístola y los muros que cierran el perímetro de su parcela. En cuanto a estos últimos, todos ellos siguen la tradición mudéjar con encadenados y verdugadas de ladrillos, y los consiguientes cajones en este caso enfoscados. En el muro situado a la izquierda de la fachada del templo se abren vanos de distinto tamaño e irregular disposición, lo que indica que pertenecen a la obra más antigua del convento.
El muro que cierra el lado de la Epístola del templo continúa la misma tradición mudéjar, en este caso con distribución regular de los ladrillos, decorando los cajones con motivos adamascados y gotas realizados mediante esgrafiado, con un resultado muy elegante que confiere a la pared un aspecto sedoso. A ello se une que el friso que rodea el perímetro de la iglesia se decora mediante una greca contínua de color rojo y blanco.
La fachada principal, situada a los pies del templo, es lo único que queda de la iglesia primera, ya que esta fue reconstruida entre 1707 y 1734, con planta de cruz latina, una sola nave, brazos de corto desarrollo, cabecera plana y coro. La nave se cubre con bóveda de medio cañón con arcos fajones y lunetos, y el crucero con cúpula gallonada y linterna. La sacristía, anexa al templo por el lado de la Epístola, es rectangular y cubierta igualmente con bóveda de medio cañón y cuartos de esfera en los extremos.



La portada principal se debe datar hacia el primer tercio del siglo XVII, siendo realizada en ladrillo, cuyo diseño general se corresponde con los "esquemas carmelitanos, ahora evolucionados", es decir, con disposición de un frente rectangular y vertical enmarcado entre pilastras de orden gigante planas, y rematado con frontón triangular con óculo. Entre estos elementos se desarrolla un conjunto decorativo centrado en una gran puerta con arco de medio punto entre pilastras cajeadas y fajeadas, sobre las que se sitúa un volado entablamento, y un segundo cuerpo con hornacina central entre pilastras y frontón partido donde se ubica una escultura de San José. A ambos lados frontones partidos y en cortina cobijan sendos escudos y vanos.
Destaca la decoración con figuras mitológicas de barro cocido que ocupan el cajeado de las pilastras, capiteles y ménsulas con forma de sirenas, tritones, pegasos y mascarones. Otra portada, con menores pretensiones decorativas y hoy cegada, se sitúa en el exterior del muro del lado de la Epístola hacia su mitad. Realizada también en ladrillo, consta de arco de medio punto con alfiz, entre pilastras estrechas y lisas, cornisa con ménsulas, y sobre ella una hornacina sobre zócalo, entre triples pilastras cajeadas y frontón partido, con remates de obelisco con bola y crucifijo central.
La planta de la iglesia es de cruz latina, de una sola nave y con los brazos del crucero poco profundos.
El retablo mayor, de tres calles y rematado en medio punto, utiliza profusamente el estípite como elemento articulador, repitiendo el programa de santos carmelitas que veremos en la iglesia del Carmen. Los demás retablos que decoran la iglesia deben ser de la misma época. Son muy interesantes las esculturas de los retablos colaterales del crucero, las de Santa Teresa Doctora de la Iglesia y San José, obra de comienzos del siglo XVIII, que sufrió un grave deterioro a consecuencia de una chispa, teniéndosele que sustituir la cabeza por Andrés de Carvajal. En un retablo de estilo rococó encontramos una bella imagen de la Virgen del Tránsito. En el aspecto escultórico destacar también los ángeles lampadarios del presbiterio, probablemente obra de Miguel Márquez.
Las pinturas que decoran este interior son de notable interés, destacando una magnífica tela de Pedro Atanasio Bocanegra, La Virgen con el Niño adorados por San Miguel, San Gabriel, San Ildefonso y Santa Catalina. Otros lienzos importantes son las Perspectivas arquitectónicas, y una bella Guadalupana del mejicano Antonio de Torres. En clausura cuenta el Convento con una importante colección de obras de arte entre las que podemos destacar una Virgen de Belén del siglo XVIII y un San José y una Inmaculada del escultor napolitano Nicolás Fumo.


El museo que alberga, llamado de las Descalzas, fue inaugurado en 1999. Posee una magnífica colección de obras de arte religiosas, afortunadamente conservadas por las monjas a lo largo de los siglos, al mismo nivel y complementaria a la del Museo de Antequera del Palacio de Nájera. La exposición comienza en el propio templo, continúa en el presbiterio para ascender a un piso superior con cuatro salas y una galería.
En el testero de la iglesia se sitúa un retablo barroco de Francisco Primo (siglo XVIII) con diversas esculturas, entre ellas la Cabeza del Patriarca obra del escultor Andrés de Carvajal. Se conservan igualmente retablos en los lados y frentes del crucero. Entre los lienzos destacan dos obras del granadino Pedro Atanasio Bocanegra, discípulo de Alonso Cano, y otro del mejicano Antonio de Torres. Junto al arco toral dos ángeles lampadarios de Miguel Márquez. La cercana sacristía se decora con un espejo velazqueño del siglo XVII y retratos de personajes de Indias.
En un nivel superior nos encontramos con cuatro salas, distribuidas de la siguiente manera:
La sala IV o Sala de la Tribuna, donde se expone un busto de Dolorosa de Pedro de Mena, un Arcángel San Miguel de la escuela napolitana atribuido a Giuseppe Sarno, Niños Jesús de Andrés de Carvajal, además de lienzos del taller de Antonio Mohedano de comienzos del siglo XVII. La sala V o Sala de Nicola Fumo, donde se conservan las esculturas de este escultor napolitano representando a la Inmaculada y San José de 1705. Asimismo cuelgan lienzos de Antonio de Torres, diversos objetos de platería, etc. La sala VI o del Nacimiento expone el Belén de las Descalzas, cuyas figuras son obra del escultor quiteño Manuel Chili Caspicara. Además, en la sala se conservan esculturas de Francisco Salzillo y Pedro Duque Cornejo, así como una colección de antiguos instrumentos musicales de percusión. La Sala VII o de Santa Teresa conserva un lienzo del italiano Luca Giordano que representa a Santa Teresa escritora, esculturas de Antonio del Castillo y Diego Márquez y Vega, además de otras piezas. En la galería se distribuyen una serie de urnas acristaladas sobre mesas, que guardan imágenes del Niño Jesús, de la Virgen y San José.



El Palacio de los Marqueses de la Peña de los Enamorados de finales del siglo dieciséis, construido bajo los cánones del mudéjar y el renacentismo es el actual Colegio de las Carmelitas.
En el aspecto histórico, este edificio es uno de los más significativos entre los de carácter civil de Antequera. En él residió durante siglos la familia de los Rojas, cuyo ascendente más lejano en esta ciudad fue don Martín de Rojas Manrique, que participó en la conquista junto al Infante Don Fernando.
El título de Marqués de la Peña de los Enamorados le fue concedido a su descendiente Don Jerónimo Francisco de Rojas a mediados del siglo dieciocho. La influencia de esta familia en la vida de la ciudad fue muy grande hasta el siglo diecinueve. Señalamos el detalle significativo de la estancia en este palacio de toda la familia real durante la visita de la reina Isabel II a Antequera en 1862.
En el aspecto arquitectónico, la fachada de ladrillo del edificio responde al modelo de alcázar urbano castellano, torreado en las esquinas, pero en él se combinan formas y volúmenes del mudéjar andaluz. Su construcción corresponde a la segunda mitad del siglo dieciséis, aunque su actual aspecto dista bastante del que ofreciera en principio debido a distintas reformas, siendo particularmente importantes las obras efectuadas entre 1947 y 1949 para convertirlo en Colegio e internado de los Padres Carmelitas.
Interiormente conserva muy poco de su disposición primitiva debido al incendio sufrido durante la guerra civil. El patio sólo tiene tres alas de columnadas que presentan cada una cinco arcos de ladrillo sobre columnas toscanas de caliza roja del Torcal. El segundo cuerpo se ve coronado por un petril de celosía de barro.


El Convento de la Victoria perteneció a los frailes Mínimos de San Francisco de Paula, que lo abandonaron tras la Desamortización, ocupando en la actualidad el conjunto la Congregación de Religiosas Terciarias, fundada por la antequerana Madre Carmen del Niño Jesús. El templo actual se realizó entre los años 1712 y 1718. La iglesia es interesantísima en su disposición de planta y alzado. Su fachada está realizada en piedra de sillería y se organiza en tres ejes divididos por un orden gigante de pilastras compuestas y coronado de un entablamento de fuerte clarooscuro. Sobre el ático se sobrepone a mediados del siglo XVIII una espadaña de ladrillo. La nota más característica de esta fachada es su volado balcón central y los laterales que le dan un aspecto de edificio civil. Muy curioso resulta también el pinjante que cuelga en el centro del doble arco de acceso a la iglesia. Su interior es muy interesante, presentando un modelo de planta central muy elaborado. La nave es un octógono de lados desiguales, conformando un espacio alargado y articulándose en una capilla mayor de planta hexagonal. La estructura espacial resulta relativamente compleja por lo que produce desconcierto en el espectador. La decoración de yeserías no alcanza la profusión ornamental de otros templos, estando particularmente cuidada la molduración del entablamento que recorre todo el interior. El camarín, de planta hexagonal, conserva sus primitivas yeserías de comienzos del siglo XVIII. La mayoría de los retablos de la nave son ensambladuras doradas, de la primera mitad del siglo XVIII. Dentro del capítulo pictórico, destaca un lienzo de la Alegoría de la Eucaristía, que se encuentra en la capilla lateral de la Epístola. Representa una custodia dorada, rodeada de cabezas de ángeles, elementos arquitectónicos, flores, espigas y un medallón; en su parte inferior aparece una última cena, que parece obra de escuela sevillana.



Desde la plaza continuamos nuestro caminar por la carrera de Madre Carmen del Niño Jesus hasta que al final de la misma llegamos a otro de los rincones con encanto como es la Plaza de Santiago. El típico conjunto de la Plazuela de Santiago supone un feliz logro de la arquitectura y el urbanismo barroco andaluz del siglo XVIII. Destacan como elementos arquitectónicos más significativos las iglesias de Santiago y la de Santa Eufemia, que muestran entre sí un curioso contraste de conceptos volumétricos: Santiago, frágil y quebradizo en su porche y espadaña, y Santa Eufemia, todo lo contrario, con su masa enorme y compacta. En el centro de la plaza podemos contemplar una fuente con mucho arraigo popular que hasta la llegada de agua corriente abastecía a sus vecinos. Tiene una base octogonal y una taza superior con cuatro caños desde donde los vecinos mediante unas cañas hacían bajar el agua hasta las cántaras. Se puede apreciar la reciente restauración por la distinta tonalidad del color de las piedras empleadas para la misma.


La iglesia de Santiago se erige como simple ermita en el año 1519, y desde 1822 hace las funciones de parroquia. El templo que ha llegado a nosotros debe ser de mediados del siglo XVIII, pudiendo ser obra del alarife Cristóbal García. Muy interesante es su exterior, en el que se fusionan la fachada-espadaña con una especie de capilla-tribuna, que recuerda los modelos de Indias. Hay que señalar también en esta fachada recuerdos mudéjares, como la propia estructura del porche camarín o la bóveda del pórtico bajo, con sus nervios trilobulados. El interior es muy sencillo, de una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón y capilla mayor con media naranja algo escarzana. En el retablo mayor se abre el camarín de la Virgen de la Salud, espacio rococó de blancas y rizadas yeserías realizado en el año 1765. La imagen de la Virgen es del siglo XVII y se ubica sobre un templete de madera dorada. El resto de la iglesia se encuentra decorada con pinturas al temple imitando cortinajes y otros motivos. En la actualidad presenta cuatro retablos laterales de poco interés y la capilla bautismal. En la sacristía se guardan piezas de orfebrería de gran valor.
Uno de los elementos diferenciadores y más originales de esta iglesia es la portada de los pies. Se trata de una capilla-tribuna cuadrangular, de dos cuerpos, construida casi enteramente de ladrillo. El primer cuerpo se sostiene sobre pilares de piedra unidos por tres arcos alabeados y rebajados, cubriéndose con bóveda de casquetes y nervios trilobulados. El superior lo forman pilastras de ladrillos con placas que apoyan arcos lobulados, donde continúa el alabeo de las formas, y tres balcones con balaustrada de hierro, rematando una pequeña cornisa sobre la que se dispone un tejado a tres aguas. La fachada se corona con frontón triangular y espadaña con pilastras y frontón curvo. Estas capillas tribuna se pueden relacionar con las "posas" de la arquitectura americana, cumpliendo idéntica misión, ya que en Semana Santa la cofradía hacía aquí parada. El resto de los muros exteriores utiliza el ladrillo mediante cadenas en las esquinas, cajones enfoscados y verdugadas de ladrillo, dentro de la más pura tradición mudéjar.

 



Se fundó este monasterio de Religiosas Mínimas, consagrado a Santa Eufemia, patrona de la ciudad, como eligió el entonces Ayuntamiento el 16 de septiembre del año 1410. La actual iglesia se levantó entre los años 1739 y 1763, trazada y comenzada por el maestro Cristóbal García. Exteriormente presenta un gracioso juego de volúmenes y tejados. Su planta octogonal tiene un gran desarrollo en altura, quedando oculta en sus cuerpos bajos de fachada, debido a los volúmenes adosados. En su exterior destacan como notas singularizadoras la espadaña y el camarín suspendido de la Santa titular. Su interior se configura como un gran espacio unitario y central, en donde la capilla y los coros alto y bajo en un mismo eje no logran romper. El alzado presenta un orden gigante de pilastras y cornisas de gran vuelo que se mezclan con elementos del dórico y del jónico. Los entrepaños cóncavos alternando con arcos de medio punto y escarzanos, provocan una articulación de líneas barrocas. La capilla mayor esta coronada con cupulita de yeserías rococó. En el camarín, sobre peana y templete dorados se encuentra la imagen titular, Santa Eufemia, obra de Andrés de Carvajal. El retablo mayor es verde oscuro, ribeteado en dorado y decoración rococó. Frontero al cancel de la calle, encontramos el bello retablo de la Virgen de los Dolores, de traza muy movida y estilo rococó. La imagen es una bella dolorosa de vestir del año 1745 y de procedencia sevillana. A un lado y otro de la capilla mayor hay dos retablos de nulo interés, en los que encontramos las imágenes de San Francisco de Paula del siglo XVII, y la Virgen del Rosario. Debajo de ambas esculturas, en pequeñas hornacinas, encontramos un diminuto San José del siglo XVIII, y un San Juan Bautizando de barro policromado.



Desde la plaza continuamos por la calle Belen donde a mitad de la misma y en su margen derecho nos encontramos con el edificio del Convento de Belen. Magnífico templo carmelita de principios del siglo diecisiete que desde 1859 es residencia de las Religiosas Clarisas.
Esta iglesia participa de dos momentos estilísticos diferentes a lo largo de los siglos XVII y XVIII que se engloban en lo que los historiadores del arte llaman movimiento barroco. Efectivamente, contrasta la austeridad de su exterior representada por su fachada del XVII, a la manera de la iglesia de la Encarnación de Madrid de 1612, debida a fray Alberto de la Madre de Dios, característica de muchos templos de la orden carmelita y continuadora del estilo herreriano, frente a un interior donde se desarrolla un programa decorativo densísimo propio del siglo XVIII.
Exteriormente es una iglesia de volúmenes contundentes, cuadrangulares, y que reflejan sin disimulo la distribución espacial interior de la que luego hablaremos. El principal material con el que se levanta es el ladrillo, muy utilizado en esta ciudad en el siglo XVIII tanto para construcciones religiosas como civiles, y que como aquí vemos ya era usado en la centuria anterior. La piedra enmarca, mediante sillares, cornisas y esquinas y otros elementos de la fachada. En los muros laterales de las naves, así como en el poderoso volumen que alberga la cúpula del crucero, el ladrillo se distribuye mediante verdugadas, a la manera mudéjar. Al templo se accede a través de un compás o patio previo, perimetrado por un hermoso muro de sillería con accesos adintelados, rejerías y remates con pirámides y bolas sobre machones. Igualmente destacamos la espadaña sobre el lado del Evangelio, de doble arco y hastial triangular.
Como hemos mencionado, la fachada responde a un esquema que se repite, con las lógicas variantes, en multitud de templos de la orden carmelita, a lo largo y ancho de nuestra geografía nacional. En la misma Antequera, ya hemos estudiado la iglesia y convento de San José, pero sobre todo la iglesia y convento de la Santísima Trinidad, cuyo desarrollo es en muchos aspectos idéntico al del conjunto que nos ocupa en esta ficha.
La fachada de la iglesia ofrece el característico desarrollo vertical y claramente tripartito, encajado entre pilastras, y remate con frontón triangular y gran óculo. Aquélla está compuesta por tres cuerpos separados con impostas y tres calles, éstas a su vez articuladas por pilastras de menores dimensiones. El cuerpo inferior, levantado íntegramente con sillares, se abre al interior mediante triple arquería, mayor la central. En los cuerpos superiores se disponen vanos ciegos con hornacinas y frontones en el intermedio, y cuadrangulares en el superior, a excepción del central que da luz al coro. En ambos extremos se despliega el cuerpo de las naves laterales, rematadas con tejado a un agua, abiertos mediante arquería, lo que permite extender la fachada, igualmente mediante sillares, y ofrecer una visión más horizontal y estable.



El interior del templo, trazado por el maestro alarife Tomás de Melgarejo en los años finales del siglo XVII se organiza mediante tres naves, más ancha y alta la central, es decir de planta basilical, separadas por pilares y pilastras, con capillas laterales ocupadas por retablos, articulados por arcos, que componen espacios casi independientes, y que se cubren con cúpulas de diverso tipo. La nave central se cierra mediante bóveda donde se disponen arcos fajones y lunetos que permiten la apertura de vanos, en la actualidad cegados. En el crucero, de igual anchura que la de las tres naves, se levanta una gran cúpula semiesférica de gajos con tambor que permite la entrada de luz. Al fondo se abre el presbiterio de testero plano. Por último, en los pies, podemos contemplar un magnífico coro de perfil curvo de clara inspiración dieciochesca.



Los elementos decorativos característicos del setecientos son en este templo especialmente ricos y diversos. Efectivamente, la decoración con motivos vegetales en yeso pintado adorna el interior con un estilo carnoso, equilibrado y majestuoso en la nave central, que nos recuerda en parte a la iglesia de Santiago de Málaga, y más recargados, diminutos y delicados en las cubiertas, arcos e intradós de las laterales. En cuanto a la autoría de estas obras de arte, sabemos a través de Jesús Romero Benítez y su imprescindible Antequera, ciudad monumental, que la decoración de yeserías fue realizada en 1704 por el maestro tallista Francisco Asensio Carrizo. En 1744 hubo actuaciones del carmelita descalzo Fray Manuel de la Cruz y hacia finales del siglo XVIII de Cristóbal García. En cuanto al patrimonio mueble destacan esculturas de los siglos XVI al XVIII, así como un magnífico conjunto de retablos barrocos.
En la capilla mayor, decorada de manera singular a base de elementos ilusionistas que se mezclan con reales, son destacables cuatro imágenes: San Miguel Arcángel, Santa Clara, Santa Bárbara, San Juan de la Cruz y San Braulio. Coronando este testero, se halla un enorme lienzo de La adoración de los pastores de mediados del siglo diecisiete.
En los retablos colaterales del crucero, típicos de la retablista rococó antequerana de finales del dieciocho, destaca el Jesús Caído en el Monte, obra de José Mora (cabeza, manos y pies) de antes de 1688 que posteriormente fue reformada y completada por Andrés de Carvajal. En el crucero, resultan curiosos dos grandes cuadros embutidos en yesería atribuidos a Manuel Farfán.
Otras obras destacables son: un Cristo atado a la columna de Andrés de Carvajal; el Lienzo de la Virgen del Consuelo, del siglo dieciocho; una escultura del Cristo de la Salud de 1624; el órgano del coro alto, de estilo seudoclasicista o la primitiva imagen de Santa Teresa de Jesús.
Finalmente, nos detendremos en la capilla de la Virgen de los Dolores donde destaca el camarín. De planta hexagonal y bóveda de complicada articulación su decoración, supone el último estado evolutivo al que llegaron los motivos ornamentales en yeso dentro del barroco antequerano. La bella imagen de vestir que preside la capilla es obra de Miguel Márquez García estando fechada en 1817 y que cuenta con un interesantísimo ajuar de orfebrería y bordado.







Una vez visitado el convento continuamos por la calle Belen para al final de la misma visitar la Puerta de Granada y los Jardines del Rey. La construcción de este arco se llevó a cabo el año 1748, dirigiendo las obras el maestro alarife Martín de Bogas. El aspecto actual del arco no se corresponde plenamente con el que ofrecía en el momento de su inauguración, ya que ha sufrido varias modificaciones. A excepción de su cuerpo principal, el ático fue notablemente rehecho. La hornacina central se hizo de medio punto, albergando en su interior la imagen de la Virgen del Rosario y los grandes aletones laterales, adoptaron una ligera curvatura.
En el Parque Juan Carlos I, junto a la Puerta de Granada, existe un mirador del mismo nombre en el que se contemplan unas bellas panorámicas de ciudad, en las que sobresalen la Real Colegiata de Santa María la Mayor y la Alcazaba, que presiden todo el conjunto de casitas blancas que completan la imagen. Este mirador, se encuentra en una zona de recreo de la ciudad, con algunas atracciones para los más pequeños y con asientos para quienes deseen hacer un alto en el camino. El Conjunto cuenta también con algunos árboles y plantas, además de una fuente central realizada en típica piedra roja de El Torcal de Antequera.




Volvemos de nuevo sobre nuestros pasos hacia la plaza de Santiago para desde esta callejear por las calle San Pedro y Codo hasta que finalmente llegamos a la Plaza de Fernandez Viegas donde vamos a visitar el edificio que alberga la Biblioteca Municipal San Zoilo. Se trata de Una plaza pensada para todos en el centro de la ciudad en cuyo centro se encuentra el monumento de Plácido Fernández Viagas, primer Presidente de la Junta de Andalucía. Este renovado espacio recibió en el año 2016 un galardón concedido por el prestigioso Club de Jardinería de la Costa del Sol que lleva más de 50 años reconociendo proyectos que destaquen por el fomento de la jardinería y el paisajismo, destacando de esta plaza además que albergue una gran biodiversidad, optimización y sostenibilidad de los consumos energéticos y exigencias de manejo cultural.


La Biblioteca Municipal de San Zoilo ocupa el antiguo Monasterio de San Zoilo. La inauguración de este nuevo servicio bibliotecario supuso por un lado la desaparición de la Biblioteca Pública Municipal de Antequera y, por otro, supone además englobar la Biblioteca Antequerana, propiedad de Unicaja, que transfirió a aquélla sus fondos y personal. La fusión de ambas bibliotecas aportó al nuevo servicio cerca de 60.000 volúmenes de partida.
La Biblioteca Pública Municipal de Antequera se fundó en 1960 a instancias de la administración estatal con una dotación de fondos nuevos en los bajos del Ayuntamiento. En 1978 se traslada a C/ Encarnación y en 1984 se aprueba el reparto de competencias de la administración estatal a la autonómica. A partir de ese momento tiene doble titularidad, municipal y autonómica.
Entre sus fondos se encuentra una donación perteneciente al Hospital de Antequera compuesta por libros sobre medicina del siglo XVII-XIX. Además posee otros libros de interés editados anteriormente al año 1900 y adquiridos a través de librerías de libros antiguos y subastas.
También cuenta con una importante hemeroteca de carácter local e histórico con títulos como Antequera en Fiestas. Y otros títulos como: El Sol de Antequera, El Heraldo de Antequera, Patria Chica, Antikaria, La Verdad, La Unión Patriótica, El Porvenir, El Guadalhorce, La Razón, El Antequerano, trasladada al Archivo Histórico Municipal para su mejor conservación.
Entre su colección de fondo histórico local resalta el Cancionero de Antequera, siglo XVI, que tiene una edición moderna bajo la dirección de Dámaso Alonso. Además posee una interesante colección de libros sobre arte que el antequerano José María Fernández donó a su ciudad.
En el edificio podemos encontrar su claustro, llamado de los Reyes Católicos, y que data de la época gótico-renacentista, el cual está considerado como una joya arquitectónica. Y en el centro se sitúa una fuente barroca del siglo dieciocho restaurada por los talleres del Centro Municipal de Patrimonio Histórico de la localidad.
En las obras realizadas para su adaptación como biblioteca se han aderezado dos galerías superiores de este claustro debido al deterioro que tenían las estructuras, así como se ha recuperado la escalera de acceso a estas galerías en su configuración original.
La entrada al edificio se efectúa por una puerta situada en el lateral del claustro y no por el centro, lo que se conoce como "invariante castizo", un elemento heredado de la tradición arquitectónica musulmana. En el refectorio se ha descubierto la solería original y se ha restaurado el artesonado. También se ha renovado completamente la cubierta así como restaurado la espadaña.





La biblioteca como hemos referido anteriormente ocupa el claustro del antiguo Monasterio de San Zoilo que tiene su fachada principal y de acceso por la Plaza de San Francisco. Los Reyes Católicos, por Real Cédula dada en Granada el 18 de Septiembre de 1500, concedían licencia a la ciudad para ceder terreno a los Franciscanos Observantes, para fundar monasterio y huerta. La iglesia, planteada dentro del estilo gótico tardío o Reyes Católicos, responde al esquema de templo franciscanista de la época, de nave cubierta con armadura de madera y capilla mayor con bóveda de crucería, aunque todo ello muy modificado con magníficas yeserías en el período manierista. La planta de la iglesia es irregular. En la nave del Evangelio, que tiene mayor desarrollo, presenta siete tramos, mientras la de la Epístola sólo tiene dos. De la primitiva obra gótica se conservan todavía algunas bóvedas en las naves laterales y la grande de la capilla mayor, así como la portada de la iglesia. Esta última es un ejemplo interesantísimo, realizado en piedra arenisca, que se compone de arco carpanel con arquivoltas, y finas columnillas en disminución de grosor hacia la luz de la puerta, todo ello decorado con el cordón franciscano anudado. A una época posterior a la fundación del monasterio pertenecen la tapia almenada del compás, con portada de fines del siglo XVI y las dos espadañas. La mayor de ellas fue costeada en parte por la ciudad en 1599; la otra, que es la de la capilla de la Sangre y Vera-Cruz, se construyó ya avanzado el siglo XVIII. En el interior del templo destaca, como elemento importante de cubrición, la armadura mudéjar de la nave central, en la que el habitual lazo se sustituye por una vistosa decoración polícroma, hoy bastante deteriorada. Un gran arco toral apuntado, en cuya clave se añadió una enorme y extraña cabeza, sostiene una cartela de formas protobarrocas, que da paso a la capilla mayor. En ésta, destaca su bóveda de crucería, redecorada con yeserías. El retablo mayor se componía, hasta finales del siglo XVIII, de catorce lienzos de Antonio Mohedano. El actual es obra del retablista antequerano Antonio Palomo. Su estilo general es de transición rococó-neoclásica. El camarín central lo ocupa la imagen de Nuestra Señora de la Vera-Cruz, bella dolorosa realizada por Jerónimo Brenes en 1614. A ambos lados del retablo mayor, en el presbiterio, cuelgan dos buenas copias de originales de Rubens. A los pies de la nave el Evangelio se encuentra la capilla de la antigua Cofradía de Flagelantes de la Sangre y Santa Vera-Cruz, recientemente restaurada. Destacan en ella la gran bóveda estrellada de crucería y el camarín barroco del Nazareno de la Sangre, construido en 1720 y posteriormente reformado. La imagen del Nazareno fue hallada por Diego de Vega hacia 1580. El Santo Cristo Verde es obra de Jerónimo Quijano. En el aspecto pictórico destacan dos interesantes lienzos, que encontramos antes de llegar al cancel: El Martirio de San Andrés y Los Mártires del Japón, muy curioso este último por su temática poco común.












Despues de visitar el monasterio hacemos una parada en nuestro viaje por esta maravillosa y monumental ciudad malagueña para probar su rica y variada gastronomia, de la que posteriormente daremos cuenta, en uno de los muchos locales de restauracion que ofrece la ciudad.
Reanudamos nuestro recorrido en la Plaza de San Francisco donde haciendo esquina con la calle Calzada nos encontramos con uno de los muchos y variados palacios, ejemplo del poder civil en la ciudad, como es la Casa del Baron de Sabasona, que en la actualidad es la sede del Colegio Publico Romero Robledo.
Perteneció este edificio a la familia de los Tejada, que tuvieron título de barones de Sabasona. Su construcción se remonta al primer tercio del siglo XVIII, siendo uno de los ejemplos más originales en el conjunto de las casas con “fachada-armazón”, tan característico de la ciudad.
La fachada de esta casa señorial es toda ella de ladrillo excepto la portada, en la que se alternan los sillares de piedra blanca y negra, apuntando ya al estilo manierista a pesar del momento de su construcción. También cabe destacar los herrajes del balconaje de la planta principal, que fueron renovados –excepto el del centro- en el siglo XIX, en sustitución de unas grandes rejas.
El patio, ligeramente desplazado hacia la izquierda en relación al eje de la puerta de la calle, es uno de los más acabados ejemplos de patio barroco antequerano. De planta cuadrada, desarrolla en cada uno de sus cuatro frentes una triple arcada sobre columnas toscanas, en las que se combinan la piedra roja y negra, lo que resulta un rasgo poco común en la arquitectura civil de Antequera. Los arcos y el cuerpo principal, en el que se abren balcones con barandas de hierro, son fábrica de ladrillo y se decoran con algunos detalles florales de barro cocido. La caja de la escalera, que se cubre con una cúpula elíptica decorada con yeserías en las pechinas, tiene como elemento más original las columnas pareadas que soportan los arcos del desembarco.



Continuamos por la calle Diego Ponce donde al principio de la misma y haciendo esquina con la calle Maderuelos vamos a visitar la Casa-Museo de los Colarte. La construcción de este palacio se inició en la primera década del siglo XVIII para residencia de don Juan Manuel de Colarte y Lila, caballero gaditano, prolongándose su construcción al menos durante la segunda década. Formalmente, como vamos a ir viendo, se corresponde con un período de transición para la arquitectura antequerana, entre el manierismo finisecular que se prolongó hasta bien entrado el siglo XVII, y un barroco de corte clasicista, además de la destacada utilización del ladrillo como elemento decorativo y definitorio de formas de procedencia mudéjar, que impregnaba aún esta arquitectura a principios del XVIII. Del palacio se conservan dos magníficas fachadas, la que da directamente a calle Maderuelos y la de calle Diego Ponce, situada tras un jardín.
Observando ambos paramentos pensaríamos en un primer momento que se trata de construcciones realizadas en distintos períodos artísticos, incluso del portón principal de la calle Maderuelos podríamos concluir lo mismo, a tenor de la diferencia de estilos, pero si atendemos a las dataciones contrastadas mencionadas más arriba, que afirman que aunque la construcción del palacio duró años se levantó de forma continuada, debemos inferir que se trata de un claro ejemplo de arquitectura de transición entre un poderoso estilo mudéjar, santo y seña de la arquitectura civil y religiosa española, y la introducción de elementos clásicos provenientes de dos tradiciones: la clásica más estricta como en los vanos de la fachada de calle Maderuelos y otra proveniente del Manierismo como el recercado almohadillado del vano situado por encima del acceso principal.
En la fachada de calle Maderuelos la entrada se sitúa a la derecha del paramento, fuera de toda axialidad. Consta de planta baja, principal y ático. El acceso es adintelado entre columnas toscanas exentas sobre basamento, y entablamento con escasa decoración: triglifos por encima de las columnas y en la clave, que sostiene un balcón de frente plano y rejería sobria en su decoración. El vano que da acceso a este, de tipo angular, desarrolla un recercado y dintel almohadillado, entre pilastras lisas, y un entablamento con triglifos y metopas, resultando un conjunto de proporciones menos esbeltas que el inferior, de corte manierista, que recuerda a la arquitectura americana. A la izquierda de esta estructura se abren los vanos: tres por cada nivel. Los dos primeros se recercan completamente con ladrillo y se rematan con frontón triangular, separados por línea de imposta del mismo material. El resultado, sobre todo en la planta baja, donde se destacan los encadenados y cajones lisos, está muy cerca de la tradición mudéjar a pesar del uso de elementos clásicos. Los cierres de los vanos se realizan mediante rejería plana, destacando la de la primera planta con cierre de jaula. Los del ático son de mucho menor tamaño, aunque regulares, como corresponde a la tradición dieciochesca.



La fachada que da al jardín de calle Diego Ponce es menos "moderna", si entendemos que ambas fueron levantadas durante el mismo proceso constructivo que dio origen al palacio. La utilización en todo el muro del ladrillo formando encadenados y de cajones de mampostería, y la inexistencia de elementos decorativos clásicos, la sitúan de lleno en la tradición mudéjar, que como vemos siguió desarrollándose casi intacta durante las primeras décadas del siglo XVIII. Solo la regular distribución de vanos en dos pisos nos acercan a la vivienda barroca. No debemos olvidar el fantástico muestrario de cierres de rejería de esta fachada. Desde balcones de frente plano a cierres de jaula, además del llamado de tipo preñado, tan característicos de nuestro barroco.


Al interior se accede a través de un amplio zaguán flanqueado por columnas, que da paso a un hermoso patio de clara tradición mudéjar y triple arquería de arcos rebajados en su lado noreste, con generosa profusión de ladrillos y demás elementos característicos de este estilo. Destaca adosada al muro suroeste una fuente de un solo caño con pileta rectangular y frontis plano con decoración de placa de piedra de formas curvas y mascarón en el centro, toda ella rodeada por un arco semicircular con frontón partido y pilastas íntegramente de ladrillo. En el centro del frontón se sitúa un escudo.





En el interior se han conservado un buen número de estancias, añadiéndose en un lateral una escalera, ascensor y otras secciones, pero respetando, creemos que en esencia, la distribución original con grandes habitaciones de altos techos y puertas en cada paramento. En cuanto a los elementos muebles no son muy numerosos, aunque se han conservado puertas y marcos de madera, estos último de tipo encadenado, así como chimeneas y alacenas. En algunos techos aún son observables vigas-jácenas de madera con sus respectivas zapatas. Los muros, atendiendo a las necesidades de la museografía, se han alisado y pintado de blanco.
El elemento más ricamente decorado es la caja de la escalera, claramente adscribible a la segunda mitad del siglo XVIII, con cúpula sobre pechinas ricamente decoradas con motivos de hojarasca y escudos nobiliarios, así como la imagen de la Virgen del Rosario igualmente decorada con un impresionante marco que combina los mismos motivos de hojarasca policromados, y molduraje rectílineo, curvi-líneo y placas.
En cuanto al museo, inaugurado hace pocos años, se trata de dar difusión a la rica colección de pinturas de la diputación de Málaga, que a lo largo de los siglos XIX y XX ha ido acumulando por diversos motivos, siempre consecuencia de su interés e iniciativa por dar visibilidad a los artistas malagueños. La consecuencia es este magnífico museo que esperemos gane en actividad y se convierta en un referente cultural tanto de Antequera como de la provincia, como ya lo viene siendo desde hace años el Museo de la Ciudad. La colección permanente va rotando, proponiéndose para cada ocasión un tema. Asimismo, dispone de salas de exposición temporal, que están dando a conocer a importantes artistas contemporáneos.







Una vez visitado el museo continuamos por la calle Maderuelos donde al final de la misma y haciendo esquina con la calle Tintes nos encontramos con la silueta de la iglesia de Nuestra Señora de Loreto. La iglesia comenzó a ser construida en 1693, por orden de los Jesuitas, a quienes pertenecía también el colegio que se alza junto a la misma. El edificio en su conjunto es conocido popularmente por el nombre de «Las Recoletas», debido a las Agustinas Recoletas, que se albergaron en él después de su abandono por los Jesuitas. En la actualidad, tanto la iglesia como el colegio pertenecen a las religiosas Filipenses de Nuestra Señora de Los Dolores. En esta iglesia nos encontramos con el ejemplar de fachada más monumental de todo el barroco antequerano, estando realizada íntegramente en piedra de sillería, como exigía el concepto de prestigio externo de los Jesuitas. En cualquier caso, las obras de la fachada no se concluyeron. El interior del templo está inacabado en su cabecera. Tiene una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón y cuenta con amplias tribunas comunicadas entre sí. Su decoración es a base de yeserías, de extraordinario efecto ornamental y riqueza. El retablo mayor, mezcla de estilo barroco y neoclásico, cuenta entre sus imágenes más destacadas con una Divina Pastora, del siglo XIX, y un Crucificado, de figura estilizada y composición inquieta, que debió de realizarse a comienzos del XVII. En una pequeña capilla de la iglesia también se puede apreciar una imagen de la Virgen del Tránsito, acostada en una magnífica cama de aparato, de estilo rococó. Cabe resaltar, por otra parte, en una hornacina situada en medio de una pilastra, un San Francisco de Borja, atribuido a Pedro de Mena. En el capítulo pictórico de esta iglesia, teniendo en cuenta que en su día perteneció a la Compañía de Jesús, la mayoría de los lienzos abordan temas relacionados con los Jesuitas.





Volvemos sobre nuestros hacia la Plaza de San Francisco para desde esta continuar por la calle Santa Clara donde vamos a contemplar el edificio que le da nombre como es el Convento de Santa Clara. El antiguo convento de Santa Clara de la Paz fue fundado por las monjas Clarisas Franciscanas el año 1603, si bien las obras de la actual iglesia no comenzaron hasta 1633 según proyecto del arquitecto Fernando de Oviedo. A esta época corresponde la zona de los coros alto y bajo y el llamado ‘Claustrillo de los jazmines’, dentro de un estilo manierista. La capilla mayor, añadida entre los años 1735 y 1757 bajo el patronazgo de la familia Eslava Almazán –propietarios entonces del Palacio de Nájera-, presenta un riquísimo programa de yeserías barrocas en las pechinas de su cúpula.
En el exterior destacan la espadaña del siglo XVII, levantada por el alarife Juan Muñoz Barrientos, y la portada almohadillada de ladrillo de mediados del siglo XVIII que se atribuye al alarife Nicolás Mejías, autor de la torre-mirador del Museo de Antequera.
El edificio, adquirido por el Ayuntamiento en 1997, es hoy sede del Centro Cultural Santa Clara, después de las importantísimas obras de rehabilitación y restauración llevadas a cabo por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía.
Como curiosidad, aparece su fundación contada en la Historia de Antequera de García de Yegros. Allí nos dice que fue Doña Francisca Osorio de Navarrete la que fundó el convento de Santa Clara de la Paz en 1601.
Con el dinero que ella dio se pudo comprar el sitio para la fundación en la calle de los Duranes y la que hoy llaman de Santa Clara y las primeras monjas del convento fueron: Francisca de Navarrete, María de Mendoza su hermana, Francisca de Céspedes, María de Guzmán, María de la Encarnación, Monjas de Santa Clara de Estepa.
Fundaron el convento de Santa Clara de la orden franciscana. La primera misa se dijo el 18 de diciembre de 1603. En el Siglo XVII-XVIII era uno de los conventos mejores y más grandes de la ciudad, pues daba a cuatro calles: Santa Clara, Merecillas, Azofeifo y Duranes. Dentro tenía 9 patios con su pozo cada uno. El segundo de los patios era grandísimo, tenía dos lienzos de corredores con sus columnas coloradas y en medio una fuente de piedra colorada, de donde procedía una alberca de agua y todo muy poblado de árboles y flores, que lo hacían muy vistoso y muy ameno. El refectorio era también una de las piezas más admirables.




Al final de la calle Santa Clara llegamos a un cruce de calles donde comienza la Avenida de la Cruz Blanca donde podemos contemplar en una esquina de la misma la Capilla Tribuna de la Cruz Blanca. Situada al norte del núcleo histórico de Antequera, en el extremo sur de la calle Cruz Blanca, enfrente de la cual se levanta la iglesia y convento de la Trinidad, con la que forma parte de una composición urbana que desarrolla una clara intencionalidad barroca, convirtiendo el espacio público en decorado religioso.
Fue construida en 1774 por el alarife Martín de Bogas aprovechándose para su ubicación la conjunción en ángulo agudo de dos calles (Santa Clara y Lucena), y tomando como modelo la capilla-tribuna del Portichuelo. Como afirma María Dolores Aguilar, en su Málaga Mudéjar, estas dos capillas, junto con la de la iglesia de Santiago, "servían de capilla callejera y estación de penitencia para determinada cofradía de Semana Santa". Al mismo tiempo, "se deben relacionar con la cultura de posas de la arquitectura americana ya que cumplían idéntica misión".
La influencia de la capilla-tribuna del Portichuelo se plasma en su configuración tripartita, de planta semihexagonal y dos niveles de altura, utilizando el ladrillo para la mayor parte del diseño, excepto en los pilares de la planta baja, dentro de la más que asentada tradición antequerana de la llamada arquitectura barroca del ladrillo, de los que tan magníficos ejemplos aún podemos disfrutar tanto en la propia ciudad de Antequera como en Archidona.
La planta baja de la capilla se resuelve mediante tres arcos de medio punto y amplia luz, con peralte en los dos laterales, y las albanegas señaladas, sostenidos por los comentados pilares a los que les continúa un juego de pilastras quebradas en ladrillo, que son inicio de las del piso superior. Por encima de la clave del arco se desarrolla una amplia repisa o sostén de la panza del balcón superior, con motivos en voluta, en cuyo nivel corre un friso liso. El interior es cubierto por un techo plano sostenido por vigas.
La planta superior, que repite el esquema tripartito de la inferior, se cierra al exterior mediante arcos carpaneles entre estípites, con balcones de sencilla rejería, de perfil curvo o panzudos en su sección central. Aunque el trabajo con el ladrillo de la planta inferior es interesante, es realmente en este nivel superior donde el alarife Martín de Bogas desarrolló todo su potencial creativo, con un rico muestrario de elementos decorativos. Así, el intradós de los arcos continúa la decoración en faja de las jambas. Los estípites gozan de una detallada recreación rematándose con capitel corintio, corriendo una lisa cornisa por encima de todo ello, y por último, ya hemos mencionado la decorada repisa bajo el balcón. Destacar que el cierre interior de este nivel se realiza mediante bóveda de crucería entre arcos fajones.



Como hemos mencionado anteriormente enfrente de la capilla se situa la imponente silueta de la iglesia de la Santisima Trinidad. El complejo monumental formado por la iglesia y el adyacente convento de la Santísima Trinidad, es un ejemplo de la gran extensión urbana que estos conjuntos religiosos ocuparían dentro de las ciudades de la cristiandad, y que en el caso de España mantuvieron su expansión antes de las distintas desamortizaciones que afectaron al país durante los siglos XVIII y XIX, lo que supuso la apropiación de propiedades eclesiásticas, urbanas o no, por parte del Reino, y la posterior venta de estas, causando su desaparición total o parcial, y cuyos restos quedaron bajo los cimientos de las nuevas edificaciones que se fueron levantando sobre ellas a lo largo del siglo XIX y XX y que tanto han definido el aspecto urbano de muchas ciudades españolas.
Por tanto, el hecho de que este convento conserve tanta superficie (además de los edificios el conjunto se rodea con una gran cerca), no deja de ser un afortunado acontecer de la historia, que nos permite hoy en día disfrutar de toda su magnificencia. Quizá, encontrarse ubicado en el extremo norte del núcleo histórico de Antequera le permitió escapar de la especulación urbanística que durante el ochocientos afectó a las ciudades conventuales.
El templo, construido entre 1672 y 1683 por Fray Pedro del Espíritu Santo, destaca por sus grandes dimensiones, como por otra parte es característica de numerosas iglesias en Antequera, con una clara y contundente división externa de los espacios interiores, tanto nave y cúpula central como brazos del crucero. Las naves laterales son mucho más bajas y compensan su diferencia en altura mediante sendos aletones curvos que parten desde los laterales, a la altura del capitel de la gran fachada frontal. Sobre ambas naves se disponen rítmicamente mansardas y remates con pedestal y bolas. La espadaña se levanta sobre el muro del lado del Evangelio, como ya vimos en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria de Málaga, y consta de tres cuerpos. El convento desarrolla dos grandes fachadas al exterior, una orientada al este y otra al norte, ambas de una extraordinaria horizontalidad y verticalidad.


La amplia fachada es continuadora, en su sección central, del estilo de la iglesia de la Encarnación de Madrid, obra de Juan Gómez de Mora, modelo de las iglesias trinitarias, reproducido en numerosos templos de esta orden por toda España.
Levantada con sillares, se utilizan distintos tipos de piedra, lo que rompe con la monocromía clásica de estas fachadas, proporcionando un moderado efecto bicromático, al combinarse la piedra arenisca y la caliza roja. Además, en determinados momentos se utiliza un molduraje muy voluminoso, lo que procura un eficaz efecto de sombreado sobre la fachada que rompe la planitud decorativa y estructural de la misma. El resultado es una sección central de decidido desarrollo vertical, limitada por sendas pilastras planas y cerradas por un frontón triangular con óculo central. El interior de este espacio se compone de tres bloques o cuerpos.
El inferior con gran portón adintelado y molduraje mixtilíneo de cuarto bocel, característico del siglo XVII. A cada lado se disponen dos pilastras planas con pedestal y capitel de tipo toscano que sostienen un friso de metopas lisas y triglifos y una cornisa. Esta solución recuerda mucho a la que se adoptó años atrás para el Monasterio de El Escorial.
El segundo cuerpo se compone de dos hornacinas aveneradas en los extremos y un vano semicircular en el centro que apoyan directamente sobre la cornisa del nivel inferior. Los tres se enmarcan con el mismo tipo de pilastra y se cierran, las hornacinas con frontón circular y el vano con frontón circular partido. Estos a su vez con destacado relieve.
El que sería el tercer cuerpo, consta en su centro con un gran vano coral rectangular con ancho recercado plano, y a ambos lados un poderoso molduraje también rectangular y quebrado en sus esquinas superiores que albergan sendos escudos "trinitarios..., que están realizados en alabastro y responden en su diseño a un magnífico dibujo..
Por último, los cuerpos laterales se componen cada uno de portón adintelado y vano rectangular con rejería plana de celda, limitados por machones apilastrados, rematados con pedestal y bola, y aletones curvos, que compensan la diferencia de altura. El paramento se enfosca lo que contrasta con el cuerpo central de sillares.



El interior desarrolla una planta de cruz latina con naves laterales, estrechas y bajas, que en la práctica hacen la función de capillas. La altura de la nave central, crucero y altar es considerable, lo que unido a la sobriedad de la decoración, donde predomina un molduraje mixtilíneo, confiere a este espacio una gran magnificiencia, que se articula mediante arcos de medio punto entre pilastras cajeadas. Sobre cada arco se sitúa un gran lienzo, rematando un friso de triglifos y metopas. El cierre se realiza mediante bóveda semicircular con arcos fajones y lunetos con vanos. En las naves laterales la cubrición se hizo individualizada por cada capilla: con bóveda semiesféricas, de gajos y de arista, algunas con linternas. En el crucero, sus brazos y el altar, la decoración adquiere un mayor desarrollo, perimetrándose con un ancho entablamento de doble ménsula.
Así, el crucero se cubre con una gran cúpula semiesférica de ocho gajos separados por simuladas pilastras cajeadas sobre pedestal. Las pechinas se decoran con motivos heráldicos. En los testeros planos del crucero "destacan las dos espléndidas portadas de yeserías". El altar también posee testero plano y el retablo actual fue realizado, tras el incendio que sufrió la iglesia en 1935, por Francisco Palma García y realizado por sus hijos. En este incendio desaparecieron, no solo el retablo mayor, obra de 1783 y diseño de José Martín de Aldehuela, sino también los colaterales del crucero, además de esculturas, pinturas de gran valor y la caja del órgano.
Tanto en el lado del Evangelio como en el de la Epístola existen interesantes retablos barrocos dorados de una sola hornacina, conservándose en el conjunto del templo diversas esculturas de los siglos XVII, XVIII y XIX. A los pies del mismo se extiende un coro de gran superficie y balaustrada mixtilínea típicamente dieciochesca.
En cuanto al convento, ofrece al exterior dos grandes fachadas. Una al este y otra al norte. La primera es visiblemente más antigua, o al menos no ha sufrido tantas modificaciones como la otra, compuesta por tres pisos con grandes vanos de medio punto las dos primeras y rebajados en la tercera. Su construcción se hizo mediante la ancestral técnica mudéjar de cajones de tapial, entre encadenados y verdugadas de ladrillo, excepto el zócalo donde se utilizaron grandes sillares. El lado norte parece modificado, igualmente con tres niveles, pero con ventanas rectangulares y muros enfoscados.








Una vez visitada la iglesia volvemos sobre nuestros paso hacia la zona donde se encuentra la capilla anteriormente descrita para desviarnos un momento por la calle San Pedro para contemplar el edificio que le da nombre como es la iglesia parroquial de San Pedro. Templo que se comienza a construir en 1574 y que debido a la escasez de medios y lo ambicioso de la obra, no se concluye hasta 1731.
Pertenece al llamado grupo antequerano de iglesias columnarias renacentistas; sin embargo, presenta la variante de cubrirse con bóvedas de crucería gótica.
El salón del columnario resulta imponente en la magnitud de sus proporciones. Las naves presentan seis tramos con bastante menos altura en los dos primeros de las laterales. Los apoyos internos de las bóvedas son enormes pilares y altísimas columnas de fuste liso. Las bóvedas de cruceria están decoradas con yeserias de estilo barroco que se deben a un proyecto de remodelación inconcluso.
El retablo de la capilla mayor, a base de yeserías policromadas, se debe al siglo dieciocho y enmarca un total de trece lienzos sobre la venida del Espíritu Santo.
El cimborrio procedente de Santa María la Mayor y de estilo manierista aparece sobrepuesto sobre el citado retablo. Posiblemente sea obra de Mohedano y está inspirado en el que hiciera Siloé para la catedral granadina.
Entre las obras de arte repartidas en la iglesia, la mayoría barrocas, podemos destacar el lienzo de la Virgen del Silencio en la nave del Evangelio; la imagen de la Virgen del Consuelo y la capilla que la acoge; una magnífica Inmaculada de acento rococó situada en la hornacina-camarín del eje central; un Niño Jesús de fines del dieciocho o un lienzo de Cristo Difunto rodeado de ángeles de la escuela sevillana.
Desde el punto de vista arquitectónico es muy interesante la capilla de las Animas decorada con elegantes yeserias, obra de José Ignacio de Ortega que data de 1727.
En la nave de la Epístola, cobijada bajo dosel de damasco rojo, encontramos la escultura del Cristo de las Penas, Crucificado del siglo diecisiete de elaborada anatomía y brazos casi verticales.
Finalmente resulta interesante la sacristía, de planta rectangular, cubierta con bóveda de medio cañón y dividida en tres tramos por arcos fajones.


Volvemos de nuevo sobre nuestro pasos para continuar por la calle Lucena donde nos vamos a encontrar con la imponente silueta del Convento Madre de Dios de Monteagudo que debe su origen al establecimiento de la comunidad de religiosas agustinas en la ciudad en 1520. El edificio actual es en su mayor parte de mediados del siglo XVIII, cuando el incendio del anterior inmueble obligó a su reconstrucción.
El convento de las agustinas de Antequera se dedicó a la devoción de Nuestra Señora de Monteagudo a principios del siglo XVII cuando recibió la donación de una imagen de dicha advocación, originaria de Scherpenheuvel o Montaigu en los Países Bajos, difundida por la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de esos territorios, como símbolo del triunfo del cristianismo sobre el protestantismo.
Destruido en el incendio de 1745 buena parte del convento levantado en el siglo XVI, se llevó a cabo entre 1747 y 1761 la reestructuración del inmueble actual siguiendo el proyecto del arquitecto Cristóbal García.
La zona conventual, caracterizada por una gran sobriedad, contiene un jardín y un patio trasero y organiza sus dependencias en torno a un claustro. Puede considerarse preexistente a las reformas dieciochescas, aunque ciertamente dentro del perímetro histórico que interesa cautelar se han producido nuevas construcciones sin valores patrimoniales.
Al convento se entra traspasando una portada de ladrillo aplantillado con frontón roto, que alberga una vitrina de cristal en la que se dispone una pequeña imagen de Santa Rita. El espacio del compás constituye un ámbito de especial carácter, destacando el tratamiento de los paños murarios y el tramo cubierto que precede a la puerta de acceso a clausura, decorada con yeserías manieristas que enmarcan los lienzos de formato apaisado de Jesús Nazareno y la Virgen de Monteagudo con adorantes.
El claustro, centrado por una fuente barroca de caliza roja de El Torcal, presenta en sus cuatro frentes arquerías de rosca de ladrillo sobre columnas toscanas, también de caliza roja local. En la planta superior se desarrollan galerías abiertas con pilares ochavados de ladrillo aplantillado con arquitrabe de madera. Elemento singular es el acceso al coro alto de la iglesia, al que se llega por medio de una escalera, con peldaños de mamperlanes de madera y amplia huella, que parte de la galería superior.
La iglesia constituye un espléndido y rico ejemplar del barroco andaluz, desarrollando en su interior un singular programa tanto estructural como decorativo de progenie rococó. Posee una sola nave con coro alto y bajo a los pies, cuatro tramos y presbiterio cuadrangular junto al que se abre la sacristía. Los tramos, con muros cóncavos hacia el interior, se demarcan por pilastras toscanas cajeadas muy estilizadas, sobre las que voltean fajones de perfil trilobulado.
La capilla mayor está cubierta con cúpula gallonada sobre pechinas, en las que yeserías con motivos de rocalla y angelitos, enmarcan escudos con coronas. La cúpula-linterna se eleva en tres casquetes de tamaño decreciente con anillos mixtilíneos en los que se van intercalando claraboyas de diversos formatos con nervaduras, angelitos, macollas de hojarasca, placas recortadas, etc.
En el centro del testero del presbiterio se dispone el camarín de la imagen titular, la Virgen de Monteagudo. Es de pequeñas dimensiones y planta hexagonal y apreciable desde el exterior al quedar colgante sobre la calle. Sobre la puerta de comunicación con la sacristía hay una pequeña tribuna sobre placa decorada con un mascarón de estética rococó.
El arco triunfal, trilobulado al igual que los fajones, ostenta en la clave un gran escudo rodeado de yeserías vegetales. Adosado al pilar del arco triunfal está el púlpito, de hierro forjado con tornavoz de madera dorada y policromada, datable en el último tercio del siglo XVIII.
En el lado del Evangelio, junto al coro, hay una pequeña capilla-comulgatorio, de planta cuadrada y cubierta de cúpula sobre pechinas con decoración de yeserías. A su lado, se conforma un retablo a base de urnas de distintos tamaños en las que se albergan las esculturas de Santa Ana y la Virgen María, San Nicolás de Tolentino, San Antonio y la Virgen del Pilar.
En el segundo tramo de este lado de la iglesia abre la puerta que comunica con la calle que se protege por cancel. Siguiendo hacia el presbiterio se hallan el retablo de san Agustín, el de la Virgen de Valvanera y el de la Inmaculada.
En el lado de la Epístola, contiguo al coro, destaca el retablo de la Virgen del Rosario. Le siguen, en dirección al presbiterio, los retablos dedicados a Santa Rita de Casia, al Cristo de las Limpias y Dolorosa y a San José.
Al exterior sorprende la altura de los muros de ladrillo sobre los que aún emergen los volúmenes de la cubrición de la cúpula de la capilla mayor, de forma octogonal y coronamiento con chapitel a ocho vertientes de tejas curvas, y la torre que, situada a los pies de la nave del Evangelio, constituye un muy interesante ejemplar de torre barroca andaluza. De planta cuadrada, tiene cuatro cuerpos de los cuales los dos bajos, que alcanzan la altura del buque de la iglesia, sirven de basamento a los superiores en donde se alojan las campanas. Sobre una base estrangulada se elevan estos últimos cuerpos, produciendo el efecto óptico de que fuesen de mayor anchura en un desafío a las leyes de la gravedad. Se remata con un agudo chapitel de gran pendiente.
La portada, sobre el muro de ladrillo, destaca por la riqueza de sus mármoles polícromos. Fechada en 1751, se compone de arco de medio punto, entre dos pilastras cajeadas corintias con altos pedestales, con puntas de diamante en las enjutas y, sobre el entablamento, una gran cartela con el anagrama de la Orden envuelto en hojarasca. En el cuerpo superior, un frontón partido y enrollado flanquea el ático compuesto por una gran placa recortada que encierra un escudo agustiniano. A la izquierda de la portada se abre una hornacina de pared de carácter votivo en la que se guarda un lienzo del siglo XVIII con el tema de la Huida a Egipto.






Continuamos por la calle Lucena donde nos encontramos varias casas señoriales entre las que destaca la del Palacio del Marques de Villadarias. Popularmente conocido como Casa de las Columnas, es uno de los ejemplos más representativos de la arquitectura civil y doméstica de Antequera del siglo XVIII. El palacio es un testimonio excepcional de la evolución tipológica, arquitectónica y ornamental de las casas palacios barrocas que se ha consagrado en varios ejemplos actualmente presentes en la ciudad. La construcción del palacio se remonta a la primera década del siglo XVIII debido a la voluntad de Francisco del Castillo y Fajardo, segundo Marqués de Villadarias, quien entre otros títulos ostentó el de Capitán General de los Ejércitos de su Majestad en Andalucía y Valencia. El edificio destaca por su monumental fachada que responde a unas proporciones inusuales en Antequera, la cual presenta una estructura formal exterior de tres plantas separadas por dobles líneas de imposta, con seis cuerpos laterales verticales asimétricos organizados por los vanos y en la que sobresale, ubicada en un eje no central, la portada principal. Presenta como innovación arquitectónica el hecho de tratar la última planta con las mismas características que la planta baja o la principal, no dándole tratamiento de ático como es lo tradicional. En los vanos abiertos a fachada alternan los de la planta baja, con rejería y sin jambas ni dinteles, de carácter popular y con cierros de maderas tradicionales, con los de las plantas altas, enmarcados por sobrias pilastras cajeadas con capitel y decoración de rocalla vegetal con cabezas antropomorfas en su centro. Los paramentos están realizados con piedra caliza del Torcal y del Cerro de la Cruz. En la fachada el elemento que más destaca es la portada, la cual se ha resuelto mediante un concepto muy barroco en su composición aunque es sobria y clasicista en sus elementos tectónicos. El primer cuerpo, que invade plenamente la calzada, dispone cuatro columnas toscanas con capiteles muy estilizados ubicadas sobre plintos en planos verticales distintos y fondeadas por pilastras cajeadas, sobre él se abre el amplio balcón del piso noble cuyo vano está guarnecido por pilastras cajeadas y por un sencillo entablamento sin apenas resalte que contrasta enormemente con el cuerpo inferior, se remata con un frontón curvo guarnecido de roleos y pirámides. El resto de la fachada, salvo la cornisa que recibe el tejado, fue remodelada en el siglo XIX. La decoración con escudos heráldicos convierten a esta significativa fachada en una arquitectura parlante, que pone en primer orden la importancia que en aquella época tenía la exposición pública de los blasones como distintivos de una alcurnia que se manifestaba de forma conclusiva a través de la exhibición de sus signos de poder y subraya la intencionalidad del propietario de demostrar la fidelidad del marquesado de Villadarias a la dinastía borbónica, además de resaltar su propio prestigio nobiliario. El interior del edificio es de una magnificencia acorde con su monumental portada. A través del zaguán, que conserva los escalones laterales para el paso de los carruajes, se accede al cuerpo principal de la casa mediante un bello cancel de hierro, sin parangón en Antequera, realizado a finales del XVIII o principios del siglo XIX, tras el que se encuentra el patio. El patio, de planta cuadrada y con proporciones mayores a lo habitual, se desarrolla en la planta baja mediante arcos de ladrillo que apoyan sobre doce columnas toscanas de piedra del Torcal, tres a cada lado, siguiendo la composición habitual de la arquitectura palaciega antequerana. Las galerías de las plantas altas se abren al patio mediante balcones enmarcados con arcos rebajados con pretiles de cerrajería, composición debida a la intervención efectuada en el siglo XIX. La escalera principal, ubicada en el lateral izquierdo, es de planta rectangular y está organizada en cuatro tramos, aunque el segundo y el cuarto se encuentran poco desarrollados; la recorre en toda su longitud una baranda de hierro forjado decorada en sus cuatro ángulos con bolas de mármol rojo y se cubre mediante cúpula elíptica sobre pechinas decorada con yeserías, de estilo más acorde al granadino que al antequerano, que la divide en ocho plementos con sus nervios resaltados y decorados con guirnaldas vegetales. En el muro del segundo tramo se encuentra un bello marco de yeserías con ornamentación barroca tardía en el que está inserto un lienzo de la Virgen de Guadalupe, obra del pintor mejicano Juan Correa. Es curioso el motivo que justifica la presencia de los cilindros de piedra y las cadenas que flanquean la puerta principal. Estos elementos son el signo indicativo de que el Rey residió en este edificio.




Dejamos la señorial calle Lucena para continuar con la no menos calle Cantareros, la cual esta repleta de edificios señoriales y modernistas. Se trata de una calle de gran riqueza y diversidad arquitectónica donde resaltar sus valores arquitectónicos, artísticos y patrimoniales. El primero que nos encontramos es con el que abarca la sede del banco Unicaja. Se trata de una construcción levantada entre 1932 y 1934 y concebida para ser sede central de la Caja de Ahorros de Antequera. Llama la atención que, siendo contemporánea y obra de los mismos arquitectos que el vecino Teatro-Cine Torcal, está enfocada de manera muy diferente mezclando elementos manieristas, barrocos y neoclásicos, junto a otros más modernos. Su planteamiento general es el de un edificio en esquina en el que se concentra toda la atención en su chaflán deseando conseguir un edificio representativo de la institución que iba a albergar.


Como hemos referido anteriormente junto al anterior edificio se encuentra adosado el Teatro-Cine Torcal. Se trata de un edificio racionalista construido entre 1933 y 1934 por el arquitecto Antonio Sánchez Esteve, aunque por su decoración de formas angulares y por su volumetría puede considerarse dentro de la estética art decó.
A principios de los años 1950 fue adquirido por una familia antequerana,los Molina,que administró el inmueble hasta pasar a manos públicas. El teatro es de propiedad municipal y en él se celebra, entre otros escenarios, el festival barroco de músicas y comedias.
En cuanto a su terminación interior, detallista cabe destacar en origen, que la base de esta decoración estaba dentro de la sala en la iluminación indirecta con cambio de colores, que proporcionaba combinaciones sugestivas y sorprendentes, las hornacinas con cactus estilizados situadas a los lados del escenario, sobre las puertas de salida, fueron consideradas en su momento como elementos originalísimos. Una línea de luz rodeaba la embocadura del escenario, que también fue dotado de una batería eléctrica para crear las condiciones necesarias para las escenografías y espectáculos teatrales. La sala se presenta como exenta sin ningún tipo de columna que impida la correcta visión del escenario, para lo que se ayuda además con una leve inclinación del terreno. La capacidad fue de 800 butacas. El edificio presenta un patio general y un anfiteatro, para localidades preferentes, que además presentaba la diferenciación de que las butacas de esta zona estaban tapizadas. Además al edificio se le dotó de dos bares de estilo americano, cuya decoración igualmente iba acorde con el resto del edificio. Además el edificio contaba con guardarropas, lavabos y retretes, con todas las más modernas condiciones higiénicas, habría que recordar que en esta época un elevado número de casas en Antequera, carecían de este servicio elemental, o era compartido por varias familias. Todo el cine contaba con un sistema de calefacción, y toda una serie de dependencias administrativas. Finalmente indicar que el material de proyección con el que se dotó fue una maquina Klangfilm, doble, con proyectores A.E.G. y su correspondiente equipo sonoro. La primera proyección se realizó el 21 de enero de 1934, y la inauguración oficial el 10 de febrero, con la emisión de la película “El hombre León”, una producción de la Paramount.


Una de esas casas señoriales que nos encontramos es con la del Conde de Colchado. Se trata de una casa de estilo barroco-neoclásico de finales del siglo dieciocho, con fachada de armazón con escudos a los lados. La primitiva estructura de fachada sintoniza con el modelo de "fachada-armazón". E igualmente antiguos son los magníficos escudos barrocos, labrados en caliza blanca, que se sitúan a ambos lados del balcón principal. La portada, resulta más barroca en su primer cuerpo; la ordenación tectónica del segundo responde ya a un concepto neoclásico, aunque se corona con frontón partido y centrado por un escudo de la Cruz de Jerusalén. El patio, muy bello y amplio, tiene en planta baja columnas toscanas de caliza roja sobre las que apoyan arcos de medio punto en ladrillo. En las claves de éstos podemos ver las típicas aplicaciones de barro cocido. Es muy interesante la caja de la escalera, que se cubre con bóveda de yeserías.





Cercano al anterior edificio pero ya en la calle Laguna podemos contemplar el edificio de la Casa de los Serrailler, actual sede de la agencia tributaria en Antequera. Casi toda la primera mitad del siglo XX supone dentro de la arquitectura sevillana una constante búsqueda de la propia entidad perdida. Con escasas e incomprendidas excepciones, vemos como todos los arquitectos optan por uno o varios estilos "históricos", creyendo descubrir el auténtico sevillano. Dentro de este movimiento -que se ha dado en llamar "Arquitectura del Regionalismo"-no cabe la menor duda de que la gran figura que alcanza mayor renombre es la de Aníbal González. Además fue éste al que se le adjudicaron los proyectos más ambiciosos del momento, la mayoría de los cuales nacen entorno a la I Exposición Iberoamericana. La casa Serrailler de Antequera, una de las últimas obras de Aníbal González, se inserta por tanto, dentro del foco sevillano y está , en cierta medida, ajena a la tradición arquitectónica antequerana.
Se concibe el edificio en 1.928 dentro del concepto tradicional de casa solariega, en la línea de las "casas principales" de los siglos anteriores, tan del gusto de la gran burguesía agraria andaluza del siglo XIX e incluso del XX. Hacia el exterior se desarrolla una gran fachada de ladrillo en limpio, organizada en cinco ejes verticales y tres plantas en disminución de altura hacia arriba. El eje central lo ocupa la portada, inspirada clarísimamente en modelos muy conocidos de la arquitectura sevillana del setecientos.. Como única referencia local -aunque relativa- debe consignarse el escudo de la orden de Jerusalén -indicativo de pertenecer la familia a la Cofradía de "Arriba"- que corona la portada, tan frecuente en las mansiones antequeranas del siglo XVIII. Los herrajes presentan un efecto abrumador en su abigarrado caracoleo. Desde el punto de vita estético, y dentro de la producción anibalista, esta fachada tiene el interés de mostrar la faceta neo-barroca del arquitecto, que en la mayoría de las ocasiones fue más neo-renacentista. Se trata por tanto, de un claro ejemplo de hacia donde iban las preferencias "historicistas" de Aníbal González en los años finales de su vida. Del interior del edificio destaca el patio, quintaesencia del sevillanismo inventado por el maestro; columnas corintias de mármol blanco -de un módulo muy característico-, molduración de ladrillo, azulejería trianera, etc.



Volvemos de nuevo a la calle Cantareros para contemplar otra de las casas señoriales de la ciudad como es la Casa de los Ramirez. En su conjunto, se trata de una mansión señorial de tipo medio en la que destaca, de manera muy especial, su interesantísima portada. En ella, su primer cuerpo, labrado en caliza roja, responde a un extraño diseño, mostrando curiosas formas de abanico en la intersección de pilastras y arquitrabe. El segundo cuerpo es, sin embargo, lo que concede auténtico carácter al edificio. Dobles pilastras toscanas cajeadas, en planos distintos de profundidad, sostienen un amplio entablamento y frontón partido. La decoración general añadida consiste en aplicaciones de barro cocido muy del gusto local.



Nos desviamos un momento hacia la calle Tercia donde vamos a contemplar el edificio de la Casa del Conde de Pinofiel. Este edificio es uno de los mejores conservados de Antequera. Obra del barroco civil antequerano que fue mandada construir por el primer Conde de Pinofiel, ministro de Carlos Tercero de quién recibe el título por los servicios prestados a la Corona. Es una de las pocas construcciones domésticas de la época de la que conocemos fecha y autor. Ambos datos rezan en la fachada: "Juan de Navarrete me fecit. Año de 1762". El edificio, muy bien conservado, está concebido como una mansión en escala menor.
En el exterior, responde al tipo antequerano de "fachada armazón" totalmente de ladrillo visto, excepto en la portada. Ésta, labrada en sus dos cuerpos en caliza blanca del Torcal, presenta en el primero unas pilastras muy originales coronadas con capiteles toscanos ovalados; en el segundo cuerpo, destacan dos espléndidos escudos enmarcados, según tradición mudéjar, en un recuadro quebrado de ladrillo.
Del interior del edificio destacamos el patio con tres galerías de columnas toscanas de caliza roja y, la caja de la escalera, ricamente decorada con yeserías barrocas.



Volvemos de nuevo a la calle Cantareros para seguir nuestro caminar por la ciudad y nos encontramos con un pequeño pero a la par bello rincon como es la Plazuelilla de la Virgen de los Remedios situada a espaldas del convento homonimo. Esta Plaza o "plazuelilla" está dedicada a la Patrona, y es uno de los numerosos sitios con encanto que tiene la ciudad de Antequera que merece la pena de ver y hacer un alto en tu recorrido. Ubicada en el centro de la plazuela podemos tambien contemplar una Fuente de un solo caño que derrama a una pileta que a su vez derrama al pilar octogonal a través de unas caras animalescas. 


Continuamos por la calle Cantareros para la final de la misma llegar a la Alameda de Andalucia donde en el inicio de la misma y ubicada en una rotonda podemos contemplar la majestuosa Puerta de Estepa. La puerta es una construcción realizada en 1749 por el alarife Martín de Bogas y posteriormente fue derribada en 1931 para facilitar el tráfico rodado, finalmente fue reconstruida, siguiendo el patrón original en 1998 con motivo de la conmemoración del 250º aniversario de la concesión de la Real Feria de Agosto por el monarca Fernando VI de España.
La Puerta de Estepa es una construcción latericia en la que se utiliza como material de fábrica, además del ladrillo, la caliza roja de El Torcal en los basamentos de los tres grandes pilares, y la caliza crema del mismo paraje en los emblemas heráldicos. El conjunto se completa en cuanto a elementos de significación, con la imagen en terracota de la Virgen del Rosario, de la hornacina central cara a la Alameda, imagen del escultor antequerano Eloy García, que ha sustituido a la que en su día realizara el imaginero Andrés de Carvajal. En la parte trasera del arco se ha colocado en la hornacina central un azulejo de Santa Eufemia, basado en un grabado de 1820 y realizado por los talleres de «Antonio González» de Mairena del Alcor. Los tres grandes arcos de medio punto son la base estructurante del monumento. El central cumplía la función de paso de caballerías y carruajes, y peatonal los dos laterales.




Enfrente de la puerta podemos contemplar la silueta de la Plaza de Toros de Antequera. Este coso fue construido por la Sociedad de la Plaza de Toros de Antequera, sociedad formada por ciudadanos aficionados que anhelaban poseer una estructura permanente para la Fiesta hasta entonces celebrada en plazas públicas dispuestas con tablados y talanqueras. En 1847 se adquieren los terrenos y comienzan las obras bajo la dirección de Manuel García del Alamo continuándolas Rafael Mitjana, autor de la Plaza de Toros Vieja de Málaga.
Por la premura que corría su apertura para la Feria de Agosto, los materiales utilizados en su construcción fueron mampostería de ripio de arenisca, ladrillo y madera, realizándose los tendidos, de forma provisional en madera que luego se mantuvieron hasta 1917. Así pudo inaugurarse el 21 de agosto de 1848.
Consta de dos pisos y ocho puertas de ingreso. Entre las dependencias para el servicio de las corridas figuran dos caballerizas, dos corrales para el ganado bravo y siete chiqueros, aparte de las estancias para administración y enfermería. Su aforo actual es de 8.268 localidades.
En 1980 el Ayuntamiento adquiere la propiedad e inicia en 1984 una profunda rehabilitación y remodelación bajo la dirección de Don Jesús Romero. En su fachada se construye una nueva puerta principal de sombra siguiendo el modelo antequerano de los alarifes del siglo dieciocho. En los tendidos altos se sustituyeron las cubiertas de madera por una alquería logiada de columnas toscanas de piedra caliza blanca y arcos de medio punto. Sobre esta alquería y el muro de la fachada, se dispuso una cubierta a dos aguas de teja árabe antigua. Los bajos del coso se rehabilitaron como museo taurino y restaurante.



En este mismo lugar junto a la puesta podemos contemplar y pasear por el Paseo Real, una alameda ajardinada constituyendo un espacio de recreo en esta localidad. El área central del Paseo es una explanada de aproximadamente 200 m de largo por unos 40 de ancho, con suelo de albero, bordeada por dos hileras de árboles, bajo los cuales hay numerosos bancos de descanso, de madera y piedra. Rodeando todo el conjunto hay una calzada empedrada que, antiguamente, podía ser accedida por vehículos. Actualmente solo se permite el tránsito peatonal.
Hacia la mitad de la explanada, a un lado, se encuentra un escenario, en el que hace unos años la Banda Municipal de Música de Antequera tocaba los domingos por la mañana. Más adelante, se encuentra la estatua del Capitán Moreno, dedicada a un héroe de la Guerra de Independencia muerto durante la misma, nacido en Antequera.
En este punto entramos a los jardines de la Negrita, fuente que es denominada así por la estatua de la que sale el agua de la fuente, una mujer con un cántaro inclinado del que mana el líquido, realizada en bronce oscuro (de ahí el nombre). Al final de los jardines se encuentra un parque infantil.
El Paseo Real ha sido el centro de las Ferias de Mayo y Agosto de Antequera hasta su ubicación en el Parque del Norte. En el Paseo se instalaban los escenarios de espectáculos y actuaciones que se celebran durante esos días, así como la caseta municipal.
También es el escenario de los mercadillos medievales que se organizan en la localidad, así como eventos tales como conciertos, reuniones, citas deportivas populares, etc.


Y finalmente podemos contemplar la Plaza de Castilla. Se trata de un ancho espacio antesala del Paseo Real, estamos ante la gran plaza de la ciudad. Se configura en el siglo XVIII, con la denominación de Plaza del Parador González, aludiendo a un establecimiento que posteriormente se convertirá en cuartel de infantería y luego en cuartel de la Guardia Civil.
En 1969, sufre una importante remodelación dotando al espacio de un ajardinamiento y una fuente monumental en el centro. Pero no será hasta 2004, cuando definitivamente se realice la intervención que la convierte en una amplia plaza y centro de encuentro, presidida por un conjunto escultórico y una fuente, su ubicación la convierten en nexo urbano entre el edificio de la Plaza de Toros, el Paseo Real y como antesala de la Puerta de Estepa.


Volvemos sobre nuestros pasos por la Alameda de Andalucia hasta llegar al inicio de la calle Infante Don Fernando donde en el cruce de las mismas podemos contemplar el edifico San Luis y el monumento al Capitan Moreno en la Plaza de San Luis, nuevo y atractivo espacio urbano remodelado en el año 2012 y presidido por la escultura del héroe nacional de la Guerra de la Independencia, el Capitán Moreno que fue construida por el escultor malagueño Francisco Palma, un monumento que fue inaugurado el 8 de diciembre de 1920 coincidiendo con la Fiesta de la Inmaculada. Esta emblemática entrada de la ciudad se configura con esta remodelación en un nuevo enclave turístico y monumental de interés para todos los antequeranos y visitantes. El proyecto de edificio es de 1878 y su diseño se corresponde a la propuesta del arquitecto Jerónimo Cuervo González. Su presupuesto fue de 102.211 pesetas, subvencionando el estado las obras en 80.000 pesetas. El inmueble se piensa para sede del colegio de segunda enseñanza San Luis Gonzaga. En un primer momento se encarga el proyecto al arquitecto Fernando de la Torriente, que no prosperó. Su obra concluye en 1880. El resultado final, es un edificio con tres fachadas de estilo dentro del historicismo eclético, de adscripción neoclásica.  



Continuamos nuestro caminar por la calle Infante Don Fernando donde vamos a contemplar y visitar varios monumentos de la ciudad como la iglesia de San Juan de Dios, la Casa de los Pardo y la iglesia-convento de los Remedios.
La Casa de los Pardos que se encuentra situada frente al Ayuntamiento, antaño perteneció a la familia Pardo, y es uno de los más bellos edificios civiles de la ciudad a la vez que ejemplar de fundamental importancia dentro del manierismo doméstico andaluz.
De su construcción primitiva sólo conserva la fachada que, concluida en 1636, fue espléndidamente restaurada en 1975. Dividida en tres plantas y tres ejes, concede una entidad más definida a la calle central en la que se inserta la portada aunque todos los elementos que la componen están estudiados para contribuir a una idea de conjunto, hecho reflejado incluso en el material utilizado, tratándose de piedra arenisca en su totalidad.



El Hospital e Iglesia de San Juan de Dios es otro de los ejemplos arquitectónicos de finales del siglo diecisiete (1696), según diseño y dirección de Melchor de Aguirre. El edificio recibió su bendición como iglesia en 1716, aunque el hospital y el convento no se completaron hasta finales del siglo dieciocho. En el exterior, la fachada de la Iglesia se compone de un rectángulo flanqueado de dos grandes pilastras toscanas y entablamento superior sobre el que se levanta la espadaña. La fachada se realizó con piedra arenisca procedente de las ruinas de la ciudad romana de Singilia Barba. La portada realizada en caliza roja del Torcal, es de composición manierista, está compuesta con un vano de medio punto entre pilastras y punta de diamantes en las enjutas, coronado con un frontón semicircular, partido y rematado con pirámides de bolas, que dan paso al segundo cuerpo compuesto de una hornacina central, avenerada, en cuyo interior alberga la imagen del santo titular, entre pilastras y frontón semicircular coro- nado con pináculos. En la zona superior se abren, a cada lado, dos vanos rectangulares y en el centro coronando la portada se ubica el escudo de la Orden delimitado por molduras mixtilíneas. La cúpula del crucero presenta al exterior el tambor octogonal en el que se abren arquillos bilobulados flanqueados por pilastras. Se cubre con teja de rueda curva sobre armadura de madera con lucernas abiertas en los faldones. La linterna, también octogonal, se compone de arcos de medio punto entre pilastras amensuladas, que sostienen un entablamento denticulado decorado con elementos vegetales. Se corona con tejadillo piramidal de cerámica rematado con un jarrón. La portada del Hospital presenta el modelo de fachada armazón. Se compone de un alzado de tres pisos siendo el tercero de menor altura. En cada planta se abren tres vanos adintelados cubiertos de reja los laterales y con antepecho, también de balaustres de hierro, el balcón del segundo piso y los tres de la planta tercera. La fachada se encuentra flanqueada con altas pilastras. Sus vanos están coronados con frontones de ladrillos, fruto de la restauración de 1986 en la que se le ha devuelto su diseño original. El acceso al interior está flanqueado por pilastras y un frontón partido.



La Iglesia tiene planta de cruz latina, cúpula en el crucero y cabecera plana. La nave, brazos del crucero y la capilla mayor se cubren con bóveda de medio cañón con fajones y lunetos decorados con rica yesería. En los muros perimetrales se abren vanos de medio punto, que albergan retablos, entre pilastras decoradas con macollas vegetales que envuelven querubines, de cuyos capiteles corintios surgen protomos de pegasos, y sobre los arcos se disponen diversas molduras de estuco acodilladas, que delimitan lienzos cuya iconografía representan pasajes de la vida de San Juan de Dios. En la zona superior de los muros muestra movido entablamento decorado con águilas y palmetas que alternan con cabezas de querubines. La cúpula del crucero descansa sobre tambor y pechinas decoradas con los escudos de los Díez de Tejada, patronos de la capilla mayor. El tambor presenta sólidos machones decorados que sirven de base a los ocho nervios de la bóveda, cuya finísima decoración forma un anillo de palmetas en el arranque del cupulino. El conjunto está decorado en las bóvedas y muros con blancas y movidas yeserías, de rizados estucos, fondeados y fileteados de azul, en los que predominan los motivos vegetales, así como ángeles y determinados temas de una fauna fantástica. La capilla mayor se encuentra a nivel más alto que la nave. La sacristía se comienza a construir en 1701, obra levantada por el maestro Tomás de Melgarejo. Tiene planta rectangular cubierta con bóveda de medio cañón, con lunetos, dividida en tres tramos por arcos fajones. El patio del Hospital realizado en la segunda mitad de siglo XVIII es de planta irregular porticado. Presenta en cada frente cuatro arcos de medio punto que apoyan en columnas toscanas sobre pedestales con placas recortadas. En la galería superior, muy reformada, se abren cuatro arcos de tipo carpanel sobre pilares. La escalera está realizada a fines del siglo XVIII. Se encuentra situada en el lado occidental del patio, es de tipo Imperial y está cubierta en los laterales con dos cuartos de esfera avenerados que dan paso a la bóveda central de gajos que se eleva sobre una cornisa mixtilínea. Las pechinas que la soportan se encuentran cubiertas de decoración de hojarasca que envuelven pequeños cuadros.








Como hemos mencionado anteriormente enfrente de la casa de los Pardo se situa la iglesia de Nuestra Señora de los Remedio y convento del mismo nombre que hoy en dia es la sede del Ayuntamiento de Antequera. El Convento de Nuestra Señora de los Remedios de Antequera fue fundado por fray Martín de las Cruces el 1 de noviembre de 1519. Inicialmente estaba situado lejos de la ciudad, en la antigua ermita de las Suertes. La advocación del convento se debe a que la ermita custodiaba una imagen de la Virgen de los Remedios, que se convirtió en patrona de Antequera en 1546. Debido a su lejanía de la ciudad, en 1607 los frailes se trasladaron sin autorización a la ermita de Belén, extramuros de Antequera, y poco después a la ermita de San Bartolomé, en la calle Estepa. Debido a ello tuvieron que sostener varios pleitos con las otras órdenes religiosas de la ciudad. Las obras de la iglesia se iniciaron en 1628 bajo la dirección de Fernando de Oviedo, Gonzalo Yáñez, Francisco y Pedro de Arévalo.
El convento vivía de la labranza de la tierra y la venta de vino. El número de frailes osciló entre un máximo de 67 en el siglo XVIII y un mínimo de 28 en sus últimos años. Se dedicaban principalmente a la oración, la predicación y la confesión. El convento disponía de casa de noviciado y de dos cátedras públicas de teología eclesiástica, un lector de teología moral y un lector de vísperas.
La Guerra de la Independencia (1808-1814) interrumpió la vida del convento. Los frailes se vieron obligados a entregar parte de sus alhajas de plata a la Junta Suprema Central para sus gastos bélicos y posteriormente tuvieron que abandonar el convento y vivir en casas particulares hasta que terminó el conflicto. El convento fue restaurado después de la guerra, aunque las obras de reparación exigieron la ayuda del Capítulo Provincial de la orden. Fue suprimido definitivamente por los decretos de exclaustración de 1835. La iglesia ha continuado abierta al culto hasta la actualidad.


El que hoy es Ayuntamiento o Palacio Municipal fue hasta la Desamortización convento de Terceros Franciscanos, al cual pertenecía también la iglesia de los Remedios. Aunque la fachada se ha rehecho modernamente, aún se conservan en su interior importantes piezas del antiguo conjunto monástico, como el patio claustral y la suntuosa caja de la escalera principal.
El claustro se estaba levantando en 1679. Se trata de un patio claustral cuadrado de veinticinco metros de lado, de fábrica de ladrillo excepto las columnas toscanas, que son de caliza roja del Torcal. Las arquerías del primer cuerpo presentan molduración de progenie manierista, con ménsulas en las claves y quebrados triángulos resaltados en las enjutas. El cuerpo superior abre al exterior siete balcones en cada frente, guarnecidos de pilastras lisas con orejetas y frontones partidos. En el centro del patio se alza una bella fuente de mármol.
La caja de la escalera es la más monumental entre las barrocas antequeranas. Tiene planta rectangular y desarrolla tres tramos y dos descansos o rellanos. El pasamanos, el zócalo y el escalonamiento resultan verdaderamente palaciegos por la riqueza del material (mármoles pulimentados de distintos colores) y la belleza del diseño. La pieza se cubre con bóveda de media naranja sobre pechinas guarnecidas de yeserías. En los extremos dos cuartos de esfera en forma avenerada completan de cubrir su planta rectangular. En el año 1845 fue adquirido todo el edificio conventual para ser dedicado a Palacio Municipal. Se emprendieron entonces importantes obras de readaptación que afectaron, fundamentalmente, a la fachada y a diversas dependencias interiores. De entre éstas destaca el Salón de Sesiones, de carácter decimonónico, decorado con pinturas al temple en 1890, así como el salón de los Reyes. La fachada actual, iniciada en 1953, se concibió dentro de un estilo neobarroco inspirado en modelos locales.




La actual iglesia, cuyas obras estaban ya iniciadas en 1628, fue dirigida a partir del citado año por los maestros Gonzalo Yáñez y Fernando de Oviedo. La capilla mayor no estaría concluida, sin embargo, hasta 1697. El camarín del altar mayor corresponde a la primera década del siglo XVIII, y aún más tardío es el de la Virgen del Tránsito, situado en la nave del Evangelio. La planta es de cruz latina, con naves laterales y cabecera plana. La nave central, mucho más alta que las laterales, se cubre con bóveda de medio cañón con fajones y lunetos, al igual que los brazos y presbiterio; el crucero eleva bóveda de media naranja con linterna sobre pechinas lisas. Por otra parte, los tramos de las naves laterales se cubren con bóvedas vaídas y la de la reducida capilla del Sagrario con bóveda elíptica. El alzado de la cruz es de gran sobriedad-respondiendo a un diseño de manierismo desornamentado- con pilastras y entablamento dórico recorriendo todo el templo. Sin embargo, la abigarradísima decoración al temple, que cubre muros y bóvedas, hace de este interior un ejemplo fundamental del barroco andaluz. El camarín de la Virgen Patrona, ubicado tras el retablo mayor, tiene planta exagonal con pilastras corintias dobladas en los ángulos que voltean arcos de medio punto y entablamento; éste recibe las pechinas en las que apoya la bóveda semiesférica rematada en cupulino. Todo ello presenta una finísima decoración de yeserías que se distribuye de manera graciosa. El otro camarín, el de la Virgen del Tránsito se sitúa en la nave del evangelio, tiene planta circular y tanto en el módulo de sus pilastras como en la ornamentación de la bóveda evidencia su carácter tardío y rococó. El cuerpo bajo de la iglesia fue revestido de jaspe en la primera mitad del siglo XVIII, fechándose los pilares torales en 1736, el basamento del cancel en 1741 y más tarde, en 1761, se realizó el púlpito. El exterior de la iglesia presenta una disposición bastante original en su fachada de los pies, estando precedida de la tapia del compás en la que se abre una portada de pilastras almohadilladas que remata en hornacina con imagen titular en barro cocido. La fachada propiamente dicha es muy sencilla con acceso de arco de medio punto cobijado por un pórtico cuyo tejadillo apoya en tres arcos y estos en dos columnas toscanas sobre plintos en caliza roja del Torcal. La interesantísima espadaña, realizada en 1630 por el cantero Pedro de Arévalo, es totalmente de piedra y presenta dos cuerpos con dos y un claro respectivamente.







Con la visita a la iglesia terminamos el recorrido, pero no nuestro viaje, por esta maravillosa ciudad malagueña ya que ademas el viajero que se precie de conocer en profundidad el inmenso patrimonio que alberga, puede visitar la iglesia de San Miguel, el Convento de Capuchinos, el Museo de la Legion, el Museo del Trompo, la Ermita de la Vera Cruz o su importante patrimonio arqueologico donde destacan los conocidos Dolmenes de Antequera.

La iglesia de San Miguel se ubica en la calle del mismo nombre junto a una pequeña plazuela. Se trata de una construcción reedificada entre 1784 y 1785 por el maestro alarife Nicolás Mexías sobre una primera estructura del siglo dieciséis. En los años ochenta del siglo veinte, esta iglesia parroquial tuvo que volver a ser restaurada bajo la dirección de Francisco Espinosa quedando de la obra de Nicolás Mexías sólo la capilla mayor (con bóveda de media naranja con pechinas decoradas de yeserías barrocas), el camarín de ésta y la espadaña de ladrillo que en la actualidad constituye el elemento arquitectónico de mayor interés además de ser referencia emblemática del barrio de San Miguel, con dos cuerpos sobre el nivel del tejado, apeados sobre una especie de peana panzuda. El primero de ellos abre dos huecos con arcos de medio punto entre pilastras toscanas, esquema que se repite en el cuerpo superior que es de un solo hueco; jarrones de cerámica vidriada y el amplio vuelo de las cornisas contribuyen a definir su silueta.
El altar mayor está presidido por el Santo Cristo de las Penas de comienzos del diecisiete. El sagrario es una bella pieza de madera dorada al estilo manierista. La imagen titular de San Miguel, en la actualidad en el testero de la Epístola, es obra del siglo diecisiete que hasta 1954 presidía el camarín del retablo mayor en una peana de estilo rococó sobre la que hoy se expone una Inmaculada de la misma época.
Dentro del capítulo pictórico hay que señalar tres lienzos del siglo diecisiete situados en el muro de los pies: Jesús servido por los ángeles, Inmaculada y Flagelación de Cristo. En la sacristía reseñaremos una magnífica escultura de Cristo Crucificado del diecisiete.
Junto a la Iglesia del mismo nombre encontramos una fuente de piedra rosa con base octogonal, una taza con cuatro caños y un surtidor central. Se trata de una fuente ornamental, actualmente abastecida desde la red municipal de aguas. Históricamente a las fuentes del casco histórico de Antequera les llegaba el agua desde el manantial de la Magdalena



Cercana a la calle San Miguel, en plena Plaza de Capuchinos, podemos visitar el Convento de los Capuchinos y el Triunfo de la Inmaculada. En 1658 es consagrado este templo que fundado por los padres capuchinos y como era habitual en la orden, se construye con extremada sencillez.
En el siglo veinte, la fachada sufrió algunas remodelaciones subsistiendo, de la primera época, la portada del compás que se encuentra coronada con una hornacina de ladrillo donde se expone un San Francisco en caliza blanca del siglo dieciocho.
El interior del templo cuya decoración también responde a los programas decorativos de la orden capuchina, tiene planta de cruz latina, cubriéndose la nave, brazos del crucero y cabecera plana con bóvedas de medio cañón con lunetos y arcos fajones; la bóveda de media naranja del crucero descansa sobre pechinas decoradas con escudos guarnecidos de yeserías manieristas. El exterior sufrió algunas modificaciones el pasado siglo. De la primera época subsisten la portada del compás, que se corona con hornacina de ladrillo en la que se expone una escultura de San Francisco en piedra caliza blanca de El Torcal. La decoración interior responde a los modelos decorativos de la orden Capuchina.
En el lado izquierdo del pórtico de la iglesia se encuentra la capilla del Cristo del Perdón, obra originalmente de Andrés de Carvajal que habiendo sido destruida en la guerra civil, fue realizada en 1940 por Francisco Palma Burgos.



El Triunfo de la Inmaculada de Antequera se contrata el 4 de octubre de 1697 entre el escultor Antonio del Castillo y la comunidad de padres Capuchinos, para ocupar la explanada existente ante su convento. Este artista se comprometía a realizar solamente el pedestal, puesto que la escultura de la Inmaculada que había de rematarlo estaba ya en el convento desde 1681, año en el que fue traída por el padre Francisco de Luque y colocada sobre la puerta principal El Triunfo de Antequera es una importante pieza del barroco andaluz. Su esquema es el siguiente: paralelepípedos rectangulares superpuestos con estrechamiento entre ambos, y sobre ellos una columna con capitel corintio, peana de perfiles curvos y finalmente la escultura. La imagen de la Inmaculada, en alabastro, es obra anónima, pero de una gran fuerza y movimiento; su manto al viento adquiere todo su pleno sentido en este caso al estar colocada al aire libre y a gran altura.


En una de las partes más altas de la ciudad, desde donde se puede divisar toda ella y la Vega antequerana, se levantó en un estilo renacentista la Ermita de la Vera Cruz mezclado con elementos manieristas y pequeños detalles barrocos de yeserías en algunas capillas.
La ermita se levantó por una devota a la Santa Vera Cruz y con el tiempo, se convirtió en el lugar en el cual las cofradías antequeranas, y muy especialmente la Hermandad de la Vera Cruz y Sangre de Cristo hacían su estación de penitencia. Estas se sucederían hasta el siglo XIX. Desde este momento, la transformación y el escaso uso, así como su abandono, llevarían a los dueños a cederla al Ayuntamiento a finales de los años 70, deteriorándose poco a poco, encontrándose a finales de los años 80 casi destruida en su totalidad. En 1997, el templo se ha vuelto a levantar, basándose en la planta original, añadiéndosele nuevos cuerpos, que le permitan adoptar su nueva dedicación como museo y mesón.


La ciudad cuenta con varios espacios verdes en todo su trazado urbanístico. Pero quizás el núcleo más importante se encuentre en todo el espacio que rodea a la Plaza de Toros. En este lugar vamos a encontrar varias zonas claramente diferenciadas.
Atravesando la carretera, se encuentran los espacios ajardinados más amplios. En esta zona, hay varios lugares destacables: la glorieta de María Cristina, el lugar conocido como Corazón de María, y otro más arriba, conocido como Corazón de Jesús, que cuenta con una escultura monumental realizada por el escultor malagueño Paco Palma. Continuando por este espacio, podemos llegar, frente a la Estación de Autobuses, a un lago artificial que se conoce con el nombre de "Los patos". 



El conjunto que forman los dólmenes de Menga, Viera y El Romeral fueron declarados en 2016 Patrimonio Mundial de la UNESCO, siendo un espacio arqueológico de extraordinaria belleza y singularidad, así como uno de los mejores exponentes del Megalitismo europeo. Estas construcciones, como es habitual en los monumentos megalíticos, se caracterizan por el uso de grandes bloques de piedra que forman cámaras y espacios techados, y solían utilizarse con fines rituales y funerarios.
Los megalitos constituyen las primeras formas de arquitectura monumental de la Prehistoria de Europa, desarrollándose, de acuerdo con los datos actualmente disponibles, desde comienzos del V milenio antes de nuestra era (período Neolítico), es decir, hace unos 6500 años. Entre las primeras comunidades de agricultores y pastores de Europa occidental la arquitectura monumental megalítica sirve para fijar ideológicamente la presencia y arraigo de la sociedad en la tierra. En su función como cámaras mortuorias, algunos megalitos son verdaderos depósitos de identidad cultural y genealógica; en tanto que templos y espacios rituales, también sirven para la realización de ceremonias propiciatorias, a menudo relacionadas con la fertilidad de la naturaleza y los antepasados.
Los dólmenes de Menga y Viera se ubican en un mismo recinto, al que se puede acceder caminando desde el centro de Antequera, mientras que el sepulcro megalítico de El Romeral, aunque también forma parte del conjunto, se encuentra a unos 4 km de distancia, lo que hace necesario el desplazamiento en automóvil.
El Sitio de los dólmenes de Antequera es un bien cultural integrado por una serie de tres monumentos culturales (dolmen de Menga, dolmen de Viera y tholos de El Romeral)​ y dos monumentos naturales (La Peña de los Enamorados y El Torcal)..



El Dolmen de Menga se encuentra en el recinto primero junto al dolmen de Viera, en la zona monumental denominada Campo de los Túmulos. Se trata de un sepulcro de corredor, conforme a la tradición atlántica de dolmen de galería cubierta. Está construido con grandes piedras verticales (ortostatos) y horizontales (cobijas). En la planta se distinguen un atrio, un corredor y una gran cámara funeraria de 6 m de anchura y 3,5 m de altura. Sus dimensiones son colosales teniendo en cuenta que la longitud total del conjunto alcanza los 27,5 metros, que la cámara del fondo tiene 3’5 m de altura y 6 m de anchura, lo que supone que la última cobija llega a pesar unas ciento ochenta toneladas y la presencia de pilares intermedios, un recurso constructivo muy raro en el megalitismo europeo. Otra singularidad que no encuentra referentes en Europa es la presencia de un pozo profundo y estrecho en el fondo de la cámara. Presenta en el primer ortostato del corredor una serie de grabados antropomorfos en forma de cruz así como de estrella. La estructura del dolmen se cubre con un túmulo de 50 m de diámetro, como el dolmen de Viera.
Construido en el 3750-3650 a. C. aprox. (Neolítico),​ la primera referencia al dolmen de Menga aparece en una licencia del Obispo de Málaga en 1530, autorizando la construcción de un pequeño lugar de oración en una finca próxima a este bien. A lo largo de los siglos XVII y XVIII se menciona en numerosas publicaciones de carácter histórico-artístico aunque no es hasta 1847 cuando se redacta la primera monografía científica al respecto, la Memoria sobre el templo druida hallado en las cercanías de la ciudad de Antequera, del arquitecto malagueño Rafael Mitjana y Ardison. Las intervenciones de conservación y musealización in situ que se han venido realizando desde mediados del siglo XX no han modificado su estructura ni imagen, por lo que se mantiene auténtico en su integridad.
Su valor universal excepcional estriba en su monumentalidad y su orientación anómala a la Peña de los Enamorados. Esta singularidad es detectada por el arqueoastrónomo Michael Hoskin tras medir más de dos mil dólmenes por el Mediterráneo, quedando documentada en su obra “Tumbas, templos y sus orientaciones: una nueva perspectiva sobre la Prehistoria del Mediterráneo” (2001).
Su eje se interseca con la peña en un abrigo con pinturas rupestres, el abrigo de Matacabras. Junto al tholos de El Romeral, constituye un ejemplo único de monumentalización paisajística por el que los hitos naturales se perciben como monumentos y las construcciones se presentan bajo la apariencia de paisajes naturales.





El Dolmen de Viera es el prototipo de sepulcro de corredor (vinculado a la tradición atlántica) construido con ortostatos y cobijas y orientado hacia el amanecer del sol en los equinoccios. Posee una cámara cuadrada (210 cm de altura y 180 cm de ancho), al final de los 21 metros de corredor (185 cm de altura y 120 cm de ancho). Algunos ortostatos del tramo norte exterior del corredor de Viera aparecen decorados por oquedades o “cazoletas” muy típicas del arte esquemático; en el interior se aprecian restos de pintura rojiza y óxido. La estructura del dolmen se cubre con un túmulo de 50 m de diámetro, como el dolmen de Menga.
Es el prototipo de dolmen de la península ibérica, orientado al amanecer del sol en los equinoccios de primavera y otoño, de modo que la luz del sol entra estos días hasta el fondo de la cámara. De este modo, queda marcado en piedra el centro de los recorridos extremos del sol entre los solsticios de verano e invierno, apareciendo las cuatro estaciones, tan importantes para las comunidades agrícolas del Neolítico de las tierras de Antequera, constructoras de estos megalitos.
Construido en el 3510-3020 a. C. aprox. (Neolítico),​ fue descubierto en febrero de 1903 por los hermanos José Viera Fuentes y Antonio Viera Fuentes, funcionarios del Ayuntamiento de Antequera, quienes lo llamaron inicialmente la Cueva Chica, en contraposición a la cueva de Menga, de mayores dimensiones; posteriormente el arqueólogo Manuel Gómez-Moreno Martínez la denominará “dolmen de Viera” en honor a estos hermanos.
La primera intervención de restauración documentada tiene lugar en 1941 de manos del arquitecto Francisco Prieto-Moreno y Pardo -Arquitecto Conservador de la Alhambra y Arquitecto de Zona de Bellas Artes del Ministerio de Educación-, consistente en la limpieza del corredor, la creación de tres escalones de bajada para facilitar el acceso, la reconstrucción de los taludes con piedras y el arreglo de la cancela para su cierre.
Su última intervención, de manos del arquitecto Ciro de la Torre Fragoso, data del año 2004 cuando, con objeto de resolver los problemas de conservación debido a las filtraciones por el túmulo, se consolidan las estructuras, mejoran los drenajes y se genera una nueva imagen exterior a partir del recrecido del túmulo y la formalización del atrio, que es la que se percibe actualmente.




El tholos de El Romeral, también llamado comúnmente dolmen de El Romeral o cueva de El Romeral,​ es un monumento megalítico que se encuentra en el recinto segundo, a menos de 2 km de los dólmenes de Menga y Viera, justo en el eje entre el dolmen de Menga y la Peña de los Enamorados. Es singular por su tipología de cúpula por aproximación de hiladas (vinculada a la tradición mediterránea) y atípico por su doble orientación hacia la sierra de El Torcal (vinculación geográfica) y los ortos solares en el mediodía del solsticio de invierno (vinculación astronómica). Está compuesto por un corredor adintelado de sección trapezoidal y 4 m de longitud, construido con grandes lajas y piedras pequeñas. Al fondo se encuentran dos cámaras circulares, la primera de mayor diámetro que la segunda, destinada a las ofrendas y con una piedra de altar; construidas con pequeñas piedras salientes en cada hilada respecto a la inferior, con lo que se consigue una sección abovedada aunque al final el sistema se complete en su clave con una cobija. El conjunto se cubre con un túmulo de 75 m de diámetro, rodeado por un perímetro de cipreses. Su valor universal excepcional estriba en su orientación anómala, apuntando hacia la sierra de El Torcal.
Construido en el 3000-2200 a. C. aprox. (Calcolítico), fue descubierto en agosto de 1904 por los hermanos José Viera Fuentes y Antonio Viera Fuentes, quienes lo llamaron inicialmente Sepulcro del Cerrillo Blanco; posteriormente el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco fija la denominación de El Romeral en referencia al nombre de la finca en la que apareció, propiedad del político antequerano Francisco Romero Robledo.
La primera intervención de restauración documentada tiene lugar en 1941 de manos del arquitecto Francisco Prieto-Moreno y Pardo y consistio en la limpieza del corredor, reposición de tres losas de cubierta con otras similares, reparación de huecos en corredor y cámara con lajas de piedra similares, instalación de luz eléctrica para facilitar la visita y mantenimiento, restauración del ara de ofrendas y la colocación de una inscripción conmemorativa en la entrada.
La última intervención data del año 2002, de manos del arquitecto Ciro de la Torre Fragoso. En esa ocasión, a efectos de conservación, se cosen cuatro losas de cubierta con varillas de acero inoxidable y se eliminan dos grafitis; a efectos de musealización in situ, se crea un nuevo pavimento del sepulcro con una capa de alpañata y se instala un nuevo sistema de iluminación interior.






La Peña de los Enamorados es un peñón calizo cuya altitud es de 874 metros y se sitúa próximo a la autovía A-92 y a la antigua N-342. Su superficie como paisaje de interés cultural abarca 117 hectáreas.​ Por su forma característica que se asemeja al perfil de la cara de una persona, también se le conoce como "el indio". Las características del yacimiento arqueológico de la Peña de los Enamorados vienen determinadas por su ubicación, por lo que las estructuras se adaptan perfectamente a la orografía del terreno y crean un paisaje singular. Este lugar se define además por la extensión de su ocupación. Los estudios han permitido documentar una amplia secuencia estratigráfica con niveles que arrancan desde época postpaleolítica y llegan en última instancia hasta el período romano y medieval. Este yacimiento constituye uno de los asentamientos más occidentales que se conocen dentro de la órbita de la Cultura del Argar. Supone además un enclave fundamental del Bronce Final en las tierras malagueñas del interior para el estudio del sustrato previo a la creación de los asentamientos fenicios de la costa.
La primera ocupación de la peña a nivel superficial se corresponde tradicionalmente con la Edad del Bronce en un horizonte Pleno, según los materiales cerámicos en los que predominan las facturas alisadas, espatuladas o bruñidas, en tipologías de cuencos y vasijas carenados, ollas grandes y orzas. Asimismo, la presencia de cistas realizadas mediante lajas de calizas adscribe este primer momento a un período argárico.
Durante los trabajos de prospección enmarcados en el primer Proyecto de Arqueometalurgia Prehistórica de la provincia de Málaga se constató la presencia en la falda oeste de la peña de elementos muy erosionados de un establecimiento ligeramente más antiguo, con abundante cerámica de estilo campaniforme asociados en superficie con los testimonios de una intensa actividad metalúrgica para el beneficio del cobre.
Tras un hiato del Bronce Tardío se reocupa la ladera durante el Bronce Final, contando con la presencia de cerámica típica de este momento, sobre todo fuentes carenadas con un buen tratamiento superficial. El hecho más característico del emplazamiento es su ubicación en un lugar de fácil defensa y que permite el control de caminos y accesos a la vega de Antequera. En cuanto a los enterramientos propios de este asentamiento se corresponden con inhumaciones en cistas que se localizan en el propio núcleo de hábitat.
La etapa romana se encuentra representada por material cerámico disperso así como restos estructurales. La necrópolis se ubica en un espacio cercano al río Guadalhorce y en relación con la vía que comunicaba Antikaria con Ilíberis, por lo que sigue el patrón tradicional de estos ámbitos. Las tumbas se caracterizan por su cubierta de tégulas a dos aguas, adscribiéndose por sus materiales a un amplio período, desde el siglo I al IV d.C. Posteriormente, y como parte ya del período medieval, se localiza en superficie material cerámico y constructivo, así como estructuras interpretadas tradicionalmente como defensivas.
Por último, ubicado al pie de la cara noroeste de la Peña de los Enamorados se encuentra el abrigo de Matacabras como testimonio e hito fundamental por su relación con el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, en especial con el dolmen de Menga, cuyo eje central apunta hacia éste. Este sepulcro se orienta hacia el noreste, al norte de la salida del sol en el solsticio de verano, considerada una orientación totalmente anómala en este contexto cultural. Las pinturas representan una serie de motivos en rojo, zoomorfos y antropomorfos, de cronología postpaleolítica.
La Peña de los Enamorados es un ejemplo de relieve constituido por una secuencia estratigráfica invertida, con las unidades más modernas (margas y margocalizas rosadas, Cretácico y Paleógeno) sobre las más antiguas (calizas nodulosas rojas, oolíticas y tableadas del Jurásico). Esta secuencia se eleva sobre materiales triásicos. Rodeando el relieve se depositan extensos coluviales y canchales compuestos de arcillas, bloques y cantos).
Tiene una morfología muy característica, ya que parece el rostro de una mujer tumbada. Recibe su nombre de una leyenda fronteriza tardomedieval, según la cual unos musulmanes ganaron una batalla contra los cristianos y apresaron al que parecía ser el comandante cristiano. Se le encerró en una celda y la hija del rey musulmán decidió visitar las celdas. Cuando vio al preso cristiano, se enamoraron mutuamente y acordaron escaparse juntos. El rey musulmán descubrió su fuga y los persiguió por la peña. Los enamorados llegaron al pico y al ver que no tenían escapatoria, se lanzaron al vacío en un último abrazo, buscando unirse en la eternidad. La trágica muerte de ambos jóvenes sirvió para que el jefe musulmán y el cristiano encontraran la paz después de tantas batallas.
En el pico de la peña hay una estatua de piedra de una joven y un hombre abrazados inclinados hacia el barranco, y se cuenta que cuando atardece y el sol da a la peña destellos rojizos, es por la sangre de ambos jóvenes.


Cerca del sitio de los dolmenes se encuentran la Termas romanas Rio de la Villa o tambien conocidas como el Ninfeo Romano de Carnicería de los Moros. Se tratan de los restos arqueológicos de un gran aljibe de época romana, y un muro con 15 arcos ciegos de medio punto, tratándose de una fuente monumental, o ninfeo, posiblemente perteneciente a unas termas de uso privado, datado entre los siglos I y II hasta el V d.C., que sin duda pertenecieron a una suntuosa villa romana, situada junto al curso del río de la Villa, y a unos dos kilómetros de distancia del antiguo "municipium".
Lo que mejor se conserva es la gran piscina de 53 metros en su lado mayor, cuyo muro de contención se decora con quince hornacinas que tienen una altura media de 2'80 metros. Estos nichos son todos de planta rectangular, y se cubren con bóveda de medio cañón, con excepción del situado en el centro, que es de planta semicircular y se cubre con un cuarto de esfera. La construcción es de mortero. Sin embargo, puede que originariamente se cubriese todo con otro tipo de material. Resulta asimismo muy curiosos el empleo, en los fondos de los nichos planos, de un tipo de aparejo muy interesante: se trata del llamado "opus espicatum" o "espina de pez", que denota una fecha bastante tardía, posiblemente a comienzos del siglo IV.


Otro de los yacimientos arqueologicos que podemos contemplar en la ciudad es la Villa Romana de la Estacion que se adscribe a la tipología denominada "de peristilo" y en concreto su origen se remonta a la segunda mitad del siglo I, detectándose su abandono a finales del siglo IV o principios del V. Se caracteriza en esencia por un suntuoso matiz residencial, reflejo de la ideología y capacidad adquisitiva de sus dueños, destacando la calidad de la estatuaria aparecida, principalmente, en el ámbito del peristilo y directamente relacionada con la decoración de fuentes y estanques.
La villa se encuentra en el límite norte de su casco urbano de Antequera, ocupando la ladera media y baja de un cerro. Su localización le confiere al yacimiento una situación inmejorable, dominando la vega antequerana y controlando las principales rutas de comunicación que existían en la Antigüedad, desde el interior hacia la costa malagueña. A las buenas comunicaciones y a la capacidad productiva del entorno hay que añadir el cumplimiento de los requisitos indispensables de la habitabilidad que los agrónomos latinos creían necesarios para la ubicación de una villa como salubridad y agradabilidad del paraje, amplio dominio visual y belleza del paisaje, orientación adecuada y abundancia de agua. De esta manera, resulta fácil comprender la elección de este enclave para la construcción de una villa de peristilo de carácter semiurbano nacida de la mano de un gran propietario, conjugando no sólo el hecho de ser un gran centro residencial, sino también un núcleo de explotación agrícola y, posiblemente, de control comercial.
Actualmente todos los espacios estudiados corresponden a la pars urbana de dicha villa, cuyo origen habría que remontarlo a la segunda mitad del siglo I d. C., continuando su actividad hasta finales del siglo IV o principios del V y sufriendo una importante remodelación a finales del siglo II o principios del III. También se han podido localizar las termas romanas en la zona noroccidental de la villa.
La zona residencial se articula en torno a un peristilo, cuyo pórtico se sustentaría en columnas de orden corintio y se pavimenta con un mosaico donde se desarrollan motivos geométricos y vegetales, rombos o cuadrados entre peltas afrontadas, nudos de Salomón, guiloches, cruces realzadas por rombos incrustados en sus ángulos entrantes, rombos concéntricos, peltas circunscritas en un círculo y rosetas tetrapétalas que encuadran cruces de Malta. En el centro del peristilo aparece parte de una estructura que se correspondería con una fontana de planta cuadrada revestida de opus signinum, en la que se sitúan al menos cuatro tazas de fuentes.
El peristilo conecta con una galería a través de otra estancia que cuenta con un pavimento musivario localizado en rampa. Hay que destacar por su singularidad esta galería, denominada estancia núm. 5, que en su origen estuvo porticada con columnas de orden jónico, según demuestran las intervenciones realizadas y cuya superficie está ocupada por un mosaico con un amplio repertorio vegetal, roleos, hojas de hiedra y flores de loto, combinados con círculos, esvásticas y nudos de Salomón entre otros motivos. Esta sala delimita el borde de un estanque de planta biabsidal realizado mediante un aparejo de opus incertum y revestimiento interior de opus signinum, que en su lado sur presenta una serie de hornacinas posiblemente destinadas a decoración escultórica.
Otra unidad relevante de esta villa es el oecus, donde se han registrado diferentes niveles de pavimentos y una fuente pequeña de planta semicircular. En esta ocasión el mosaico excavado tiene un diseño geométrico variado, siguiendo la clásica disposición de franja perimetral que acoge en su interior la repetición modular de motivos singulares. De esta forma se desarrolla una banda exterior mediante una doble línea de esvásticas entrelazadas formando un dibujo de T contrapuestas, alternando con cuadros policromos que enmarcan nudos de Salomón. El motivo central lo configuran una serie de paneles cuadrados con rosetas tetrapétalas, nudos de Salomón, cruces y circunferencias inscritas por nudos de Salomón.
El resto de las habitaciones detectadas mantienen las mismas características que las ya descritas en cuanto a la tipología de mosaicos, siendo éste un elemento representativo de primer orden. Dos excepciones resaltan sobre el repertorio musivario desarrollado en esta villa al tratarse de mosaicos figurativos, el primero de ellos forma parte de un pavimento donde aparecen dos erotes alados en pie, portando sus respectivos arcos, mientras que el segundo es una placa parietal de opus sectile en la que se representa un ave enmarcada en una serie de motivos vegetales, empleando una amplia variedad de mármoles como el verde antico, el de Afyon veteado, pasta vítrea para el pico y su contorno, así como mármol blanco para la vegetación. Este último mosaico, el único que no se encuentra in situ, puede considerarse uno de los signos más representativos de la riqueza de esta villa, junto a los materiales muebles que se exponen en el apartado siguiente y se encuentran depositados en el Museo Municipal de Antequera por considerarse el lugar más indicado para la conservación de las piezas.

Tambien podemos visitar y alojarnos en el Hotel Convento de la Magdalena. Se trata de un antiguo convento franciscano que fue abandonado a mediados del siglo XIX. Pero en 2009, se le realizó una cuidada restauración y a día de hoy es un hotel de 5 estrellas donde quedan muchos de los elementos originales del convento de los franciscanos. Son elementos a destacar el claustro, que se basa en los restos del original, los frescos de las paredes basados en los antiguos escritos del convento y la bóveda de la antigua capilla del convento.
La historia del convento de la Magdalena se conoció gracias a la traducción de un manuscrito monacal del siglo XVIII.​ Se inicia en 1570 con la devoción de un comerciante arruinado, Ildefonso Álvarez, a su última posesión un retablo de la virgen de la Magdalena, este anteriormente rico comerciante se refugió en las cuevas de la zona y vivió en el lugar como un ermitaño, su ejemplo fue conocido y algunos lo siguieron. En los siguientes tres años, el eremita luchó para pagar sus deudas y finalmente atrajo la atención de la comunidad cristiana que lo ayudó, para que en 1585, empezase la construcción de una pequeña capilla en la zona, (algo alejada del núcleo de Antequera). La peste que asoló la zona en 1648, dio fama al lugar de milagroso gracias a la curación del padre Cárdenas, un párroco de Sevilla que había peregrinado a la pequeña iglesia. Esta fama y la entrada de abundantes limosnas, sembró la corrupción entre los ermitaños. En 1685, los ermitaños fueron expulsados por orden del obispado de Málaga. La orden de los franciscanos descalzos se hizo con la ordenación de la iglesia que en 1691 comenzó la construcción del nuevo convento.



Aqui ponemos nuestro final a la visita de varios dias que realizamos por esta maravillosa e impresionante ciudad malagueña. Posiblemente nos hayamos dejado cosas y lugares por visitar y descubrir, pero el inmenso patrimonio que atesora invita a volver a visitarla, de hecho nos dejamos sitios por visitar como el Torcal o el nacimiento del Rio de la Villa que seran objeto de una proxima visita y reportaje.

Antequera, la antigua antikaria romana, centro geografico de Andalucia y cruce de caminos es por su inmenso patrimonio monumental e historico, una de las ciudades mas bellas que se pueden visitar por tierras andaluzas. Pasear por Antequera es sumergirse en su pasado. Una gloriosa historia que le dejó en herencia palacetes, iglesias y conventos de los más variados estilos, junto a una fortaleza musulmana y un conjunto prehistórico declarado Patrimonio de la Humanidad. En la actualidad Antequera se presenta al visitante como una ciudad moderna, en la que la historia y el progreso se funden en su imagen y en la mentalidad de todos sus vecinos. Y es que es una de esas ciudades que invitan a caminar tranquilamente por sus bellas calles y plazas donde empaparse de su milenaria historia. La ciudad esconde otros tesoros que no suelen aparecer en las guías al uso y que sólo es posible encontrar con dedicación y sin prisas: sus patios. Herederos de la tradición romana y árabe al viejo impluvium deben su traza rectangular a los musulmanes. Y es que el amor al agua y a las plantas, cuyo riego es un pretexto más para esparcir con sabiduría el preciado líquido, los patios antequeranos han acabado por adquirir a lo largo de los siglos una personalidad propia.


GASTRONOMIA:

La gastronomía es un atractivo complementario de la oferta turística de Antequera. En su comarca, la gastronomía viene determinada por la geografía, por los productos que se cosechan en la Vega con predominio de los cereales, las hortalizas y el aceite de oliva y por la idiosincrasia de la gente. Uno de los platos más conocidos de la gastronomía antequerana es la porra, que se elabora fundamentalmente con pan, aceite, ajos y tomates. Otros primeros platos típicos son: el ajoblanco, el pimentón, el gazpachuelo, las migas y algunas ensaladas, siendo el pío antequerano una de las más propias. También son típicos otros productos como embutidos, el queso de cabra, el aceite de oliva o las conservas. En repostería encontramos alfajores, mantecados o angelorum, sobresaliendo en los postres el bienmesabe, un dulce realizado a base de almendra molida, bizcochos de soletilla y cabello de ángel, que los visitantes de la ciudad podrán adquirir en sus confiterías y conventos de clausura (como el Convento de Belén o el de San José). En vísperas y fechas navideñas, se ponen a la venta los mantecados, otro de los dulces típicos de la gastronomía de Antequera, representados en un antiquísimo fresco que decora el Salón de Plenos del Ayuntamiento. Sin olvidarnos tampoco de los pestiños, torrijas y roscos, propios de su Semana Santa.
Y no podemos cerrar este apartado sin hablar del mollete, que ha obtenido la Indicación Geográfica Protegida, y que es un tipo de pan árabe, de miga blanca y poco cocido, que se elabora de forma artesanal. El mollete se presta a múltiples acompañamientos: mantequilla, aceite, chicharrones, zurrapas de lomo, paté, embutido, etc. y, aunque es más típico del desayuno, sienta bien consumirlo a cualquier hora del día. Se vende en panaderías y supermercados, y puede degustarlo en cualquiera de los bares de la ciudad.

FIESTAS:

Entre las fiestas de carácter laico se pueden citar el Mercado de época, primer fin de semana del mes de octubre, ubicado en la Plaza de los Escribanos y el entorno del Arco de los Gigantes y ambientado en la Edad Media; el carnaval, y la feria de la artesanía. Pero las fiestas mayores son: la Real Feria de Agosto, que se divide en la “feria de día” y la “feria de noche” y cuenta con casetas, atracciones de feria y puestos de venta ambulante; y la Feria de mayo, también llamada Feria Agrícola y Ganadera de Antequera, dedicada principalmente a la compra venta de ganado y maquinaria agrícola.​
Existen un gran número de celebraciones de carácter religioso. La Procesión del Santísimo Cristo de la Salud y de las Aguas, celebrada el sábado siguiente al 18 del mes de mayo, está dedicada al patrón de la ciudad, después de celebrar dos novenarios. El 8 de septiembre tiene lugar la Procesión de Nuestra Señora de los Remedios, también fiesta patronal. Y el sábado previo al 16 de septiembre, la Procesión de Santa Eufemia, también llamada procesión de las candelas.​

Por su parte, la Semana Santa en Antequera está declarada de interés turístico nacional de Andalucía​ y en ella se desarrollan las siguientes procesiones: 
Domingo de Ramos: Cofradía de la Pollinica. Los niños vestidos de hebreos y con ramas de palmera, acompañan el paso de "La pollinica".
Lunes Santo: Cofradía de los Estudiantes. Cuenta con la imagen de Jesús más antigua: el Santo Cristo Verde, del siglo XVI. También recorren las calles Nuestro Padre Jesús, Nazareno de la Sangre, única bajo palio, y la Virgen de Vera Cruz
Martes Santo: Cofradía del Rescate. Sale en procesión Nuestro Padre Jesús del Rescate y la Virgen de la Piedad.
Miércoles Santo: Cofradía del Mayor Dolor. Recorren las calles de la ciudad el señor y la Virgen del Mayor Dolor. Cuenta con el acompañamiento de la Legión.
Jueves Santo: Cofradías del Consuelo y de los Dolores. El recorrido lo inicia la hermandad del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora del Consuelo. En la plaza de Santiago se encuentra con la Cofradía de María Santísima de los Dolores.
Viernes Santo: Cofradías de Abajo, de Arriba y de la Soledad. Prevalece de antaño una cierta rivalidad entre las dos cofradías que realizan su desfile por la tarde: la de Abajo y la de Arriba. Desde la iglesia del Carmen la cofradía de la Soledad, con la imagen de la dolorosa más antigua y urna rococó con el Cristo Yacente en su Santo Entierro.

Real Feria de Agosto de Antequera es declarada la Fiesta de Interés Turístico Nacional, esta feria se divide en la "Feria de día" y la "Feria de noche". La Feria de día consiste en visitar las casetas del casco urbano, y por la tarde se realizan corridas de toros y novilladas. La Feria de noche se traslada a las casetas, atracciones y actuaciones situadas en el Recinto Ferial. Allí se encuentran las Casetas Andaluzas, la de la Juventud y la Caseta Municipal junto con las atracciones y los puestos de venta ambulante.

Día de Jeva 2017 se realiza el 25 de diciembre por mañana, la cual consiste en que los vecinos de las pedanías de Antequera y de la propia ciudad se dan cita en la Ermita de Jeva, al sur del Paraje Natural de El Torcal, para adorar a la Virgen de la Purificación. El día empieza con un doble de campanas dando paso al tradicional “choque de pandas” de verdiales y a la entrada a la ermita. Hay una degustación de mantecados, café, tragos de aguardiente y buñuelos, y también cuentan con una de serie de actuaciones musicales, hasta que la Virgen es llevada en procesión a la era, donde se celebra una misa. Jeva se debe su nombre a la antigua ermita, en la cual se conserva una pintura de la Virgen de la Purificación. Los Reyes Católicos dieron permiso para levantar la ermita con las piedras de una torre atalaya cercas del lugar en 1496. La ermita se dedicó a San Miguel. En 1820 fue restaurada por un particular. La fiesta se recuperó en el año 1987.


FOLCLORE:

Antequera, por su situación geográfica, es cruce de caminos, lo que explica que por ella hayan pasado a lo largo de los siglos todo tipo de gentes y culturas. Sin embargo, a pesar de este trasiego, conserva intacto desde antaño un baile que define su folclore: el fandango antequerano.
Como sucede en la mayoría de los bailes populares, el fandango antequerano nació para favorecer el coqueteo entre hombres y mujeres, con la consiguiente conquista amorosa que siempre acaba en final feliz.
El fandango antequerano es un baile reposado y ceremonioso que, a pesar de su carácter popular, se asemeja más a un baile de salón. Suele bailarse en dos partes, de tres estrofas cada una, las cuales se componen a su vez de un paso de baile y de un paseíllo que se repite en todas ellas. Tanto la música como la letra y los instrumentos que acompañan a este baile también son populares. En este sentido, cabe destacar la utilización de un instrumento casero, el almirez, que va marcando el compás del fandango.
Los trajes con los que se baila el fandango antequerano son muy elegantes. La mujer viste un corpiño de terciopelo negro, con mangas cortas de seda del mismo color de la falda, la cual se adorna con una o dos tiras de encaje negro o beige. También luce enaguas, puchos y medias blancas, tejidas estas últimas a mano. Los zapatos son negros de tacón, con lazos que se atan a las piernas. La cabeza la llevan adornada con un tocado de encaje y claveles.
Por su parte, el hombre lleva camisa blanca con fajín rojo a la cintura y una chaquetilla de color discreto adornada con caireles y flores de lis confeccionadas en fieltro. El pantalón es del mismo paño que la chaqueta, ajustado y corto, y se acompaña de botos al tobillo y polainas. Completa el conjunto un pañuelo anudado a la cabeza, a modo de bandolero, y catite negro.
Aparte del fandango, la ciudad también tiene dos canciones que forman parte de su folclore: La Zapatilla, canción propia de reuniones familiares y celebraciones, principalmente de la Navidad; y El Feliciano, canción típica de excursiones y paseos de campo, que lleva aparejado un baile parecido a los pasacalles. Hay infinidad de canciones populares y de juegos para niños, recopilados por especialistas locales en la materia.
El Flamenco y la Copla en su brillante historia cuenta con una nómina de antequeranos y antequeranas que ensanchan la ya de por sí nutrida presencia andaluza.
Desde hace unos años se está desarrollando en Antequera un movimiento muy interesante en torno al Blues y al jazz. Todos los años, en el mes de Julio, se celebra el prestigioso y reconocido Festival de Blues, que inunda diferentes espacios de la ciudad en los envolventes y sugerentes ritmos de esta manifestación musical. Además, también en el mes de julio, se celebra un festival de jazz conocido como Najera Jazz, que cada vez está adquiriendo mayor auge en la ciudad.


ARTESANIA:

La comarca de Antequera ha gozado de una gran tradición artesana que, se combina además con una extraordinaria artesanía gastronómica expresada en los más conocidos: porra antequerana como plato estrella, molletes, mantecados, piquitos artesanos y otros postres de los denominados “conventuales” como el angelorum y el bienmesabe.
En la actualidad, los talleres artesanos más relevantes son los dedicados a la restauración de muebles de madera y obras de arte, a la fabricación artesana de faroles, a la forja artística y a la confección de trajes de flamenca. Es en la orfebrería donde destacan los excelentes maestros plateros actuales, con comercios de rango internacional.
Especial mención merecen también las escuelas-taller ubicadas en la comarca, por la labor que están desarrollando en la recuperación de los oficios artesanos y por su contribución a las tareas de rehabilitación de edificios de la ciudad.
La gran tradición antequerana es la relacionada con la orfebrería de la que el Museo de la Ciudad da testimonio inagotable de objetos relacionados con la religión y la Semana Santa antequerana.
En objetos de madera, por su ancestral tesoro en iglesias y palacios, destaca la restauración de muebles antiguos, que convierte a Antequera en sede de compra-venta de los mismos, que satisface a los más exigentes.
Otros productos artesanos son los relacionados con la forja artística, la manipulación de piedra mármol, destacando la gran tradición de Canteros que tiene su referente actual en torno al Centro Municipal de Patrimonio.
También existen diferentes centros dónde aprender determinadas artesanías y manualidades, sobre todo en materia belenista.





7 comentarios:

  1. Trabajazo!! Volver en cuanto podais a visitar El Torcal, quedaréis prendados

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  2. Magnífico documento de Antequera 👏👏🏿👏👏🏿👏👏🏿

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  3. Estupendo reportaje de Antequera. Es una ciudad bellísima !!!!!!

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  4. Muy buena exposición de Antequera

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  5. Un trabajo espectacular maravilloso muy interesante no había aprendido tanto de mi pueblo como he visto en este trabajo Gracias

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