CAÑETE (Cuenca)


 


CAÑETE


Cañete es un municipio de la provincia de Cuenca que cuenta con una poblacion de casi 800 habitantes y que pertenece a la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. Está situado en la comarca de la Serranía Baja, a unos 70 km de la capital provincial, cercado de montañas y profundos barrancos surcados por el Cabriel y sus afluentes. Su entorno natural brinda el relajo y la oportunidad de deleitarse con un paisaje poco frecuente de piedras talladas, cascadas y hoces que aún nos permiten descubrir por sus senderos rincones tan bellos como alejados de la premura y la civilización.
La villa conserva la unicidad de su sello árabe defensivo. Los restos del castillo vigilan desde la roca y desde allí despliega los brazos de su muralla que abrazan la población en un lazo perfecto, rotundo y secular. Ajustada al terreno y valiéndose de él cuenta en algunos tramos con el límite natural del río que le regala un foso de corrientes. Conserva las puertas de San Bartolomé y las Eras, para introducirnos en una localidad con sabor, que ha sabido conservar la tradición popular de calles, plazas y casas, rellenando los huecos de sus gloriosas joyas arquitectónicas.
Entre sus templos destacan, la iglesia de Santiago, la de San Julián o la ermita de la Virgen de la Zarza. De la mezcla de la arquitectura de culto, popular y civil, surge el conjunto de la Plaza Mayor, que se distingue por su antigüedad y solera de otras de la provincia, a la vez que reúne todos los elementos, y algunos más, que constituyen su categoría.
Mezcla de monumentalidad y naturaleza el Postigo es símbolo de Cañete y se extiende como una bisagra bajo la muralla, que pudiera abatir desde la urbe la huerta y la industria. La Picota, se separa de la roca del castillo merced a que el río Tinte en el capricho de su trazo corta la elevación regalando a Cañete un excepcional mirador natural, donde el viajero podrá detenerse junto a imagen del Sagrado Corazón a saborear la llegada a su encuentro o reposar la nostalgia de su partida.
Cañete y su comarca brindan todavía al viajero una posibilidad cada vez más remota: la de sentirse pionero, la de llegar a lugares donde la masificación y el típico turístico son completamente extraños, la de entrar en contacto con el medio humano y natural de manera total, de perderse y dejarse llevar por una comarca agreste, casi inalterada por la acción humana, que todavía guarda las muestras de un pasado de guerras y paces, de dichas y olvidos, de costumbres ancestrales y de una manera afable de vivir la vida-




La historia de Cañete y su comarca está condicionada por dos factores recurrentes: su carácter de zona montañosa y su naturaleza de tierra de paso y fronteriza que ha mantenido a lo largo de los siglos.
El origen de Cañete como núcleo de población es desconocido en la actualidad, y sólo se pueden aventurar hipótesis. La posición que ocupa la villa, en el centro de una cubeta feraz y bien irrigada y a los pies de una altura fácilmente fortificable, incitan a pensar en un poblamiento antiguo del cual apenas hay rastros.
Los orígenes de la presencia humana en el área de Cañete son muy lejanos. Al menos desde el Paleolítico Superior tenemos asentados en el territorio una serie de grupos de cazadores-recolectores, que dejaron muestras de su arte en los abrigos rupestres de Villar del Humo y Henarejos, o en los casi desaparecidos de Pajaroncillo y Boniches. La Edad del Bronce ya registra una ocupación relativamente densa de la zona, con una ordenación del territorio que sólo en la actualidad comienza a ser conocida. El Bronce Medio (siglos XVIII al XIII a.c.) parece ser el momento de datación predominante de estos pequeños yacimientos, que tienen como denominador común el pequeño tamaño, la pobreza de materiales y su situación en lugares excepcionalmente fuertes, al abrigo de fortificaciones de buen tamaño.
La Edad del Hierro es un periodo fundamental en el área. Con una cronología aproximada entre los siglos VI al I a.c., registra una nueva ordenación del territorio, en torno a enclaves fortificados muy abundantes, en algunos casos de un tamaño considerable. Este número de asentamientos está configurando una estructura política muy compacta en toda la Serranía Baja que probablemente se está correspondiendo con una relativamente elevada densidad de población. Aunque los datos arqueológicos son muy incompletos y la polémica entre especialistas aún no está del todo zanjada, los pobladores parecen ser claramente de etnia céltica, miembros de alguno de los grupos tribales considerados como celtíberos meridionales, llegados a la zona en el último gran movimiento migratorio a partir del siglo VI a.c, o quizás con anterioridad para contingentes muy concretos (posiblemente hasta el siglo VIII a.c. para parte del campo tumular de Pajaroncillo).
La fuerte celtización de toda la Serranía de Cuenca no sólo se está traduciendo en una presencia de castros ciertamente relevante, sino que son identificables centros de culto importantes hasta tal punto que han llegado como santuarios de profunda devoción popular hasta el día de hoy. Ejemplo de ello son las tres vírgenes de veneración en cavidades subterráneas, la de Altarejos (nombre significativo), la de la Cueva Santa de Mira y la Virgen de Tejeda, patrona de toda la antigua tierra moyana desde principios del siglo XIII. Que según su hagiografía la Virgen se mostrase en 1205 sobre un tejo, árbol deificado en la religión céltica y muy raro en la comarca, podría ser también un apunte en este sentido.


La época romana, por el contrario, debió registrar una densidad de población bastante débil. La desaparición de buena parte de la población indígena anterior en la larga guerra de sometimiento, lo áspero del clima, las muy escasas posibilidades agrícolas y el aislamiento eran factores disuasorios para la colonización romana. Los asentamientos romanos son pequeños y muy separados unos de otros, apenas reducidas villae encajonadas en las estrechas vegas, que se van haciendo más numerosas y prósperas hacia el sur de la comarca, conforme la Serranía pierde altura y fragosidad, y se dulcifica algo el clima.
Una serie de vías romanas de carácter secundario atraviesan la zona, aunque han quedado pocos restos. Un eje claro de comunicación romana atraviesa la comarca enlazando las poblaciones de Valeria, Monteagudo de las Salinas, Carboneras de Guadazaón, Cañete y Salvacañete, para saltar por Cañigral hacia la Sierra de Albarracín y Albarracín mismo. Todas estas poblaciones presentan vestigios romanos en forma de pequeños enclaves, ninguno de los cuales ha sido sistemáticamente excavado, aunque algunas catas en Salvacañete permitieron recuperar fragmentos de mosaicos geométricos del siglo IV, seguramente pertenecientes a una vieja mansio, o venta caminera. Al norte, otra vía romana secundaria pero bien conocida subía desde Valeria al entorno de Cuenca y algunos lugares alcarreños (con un maravilloso enclave en Noheda, recientemente excavado), para luego internarse en la sierra por Alcantud y Santa Cristina. Aquí y allá queda un pequeño puente salvado por puro capricho de los siglos, o incluso algún corto tramo empedrado, preservado por el aislamiento atroz de los lugares que los viejos romanos se empeñaron en comunicar. Uno de estos dos itinerarios descritos, acaso más el primero que el segundo, tiene que ser la vía XXXI del Itinerario de Antonino (Laminio-Zaragoza), con varias mansii descritas, alguna de las cuales tiene que ubicarse sobre la Serranía de Cuenca, quizás incluso sobre Cañete: Valebonga, Urbiaca, Albonica, Agiria…Otro itinerario, más al sur, entraba en la comarca desde Valencia por Santa Cruz de Moya para luego dirigirse al noroeste, también hacia Albarracín.
En los años 30, seguramente vinculado con alguno de estos asentamientos inmediatos, apareció el llamado Tesoro de Salvacañete, formado por unos 200 objetos de plaza conservados, entre piezas de orfebrería y numismática, y que se guarda en el Museo Arqueológico Nacional. Fue ocultado a principios del siglo I a.c, seguramente en relación a algún hecho violento en las postrimerías de la anexión romana del territorio.
Si la población fue escasa, ello no contó para la explotación de recursos mineros, que tuvo que ser exhaustiva. La mina de Cueva del Hierro se explotó con seguridad en época romana, y tuvo que serlo con alta probabilidad la mina de hierro de La Cierva, hoy cegada e inaccesible. En el área metalífera de Henarejos, Talayuelas y Garaballa hay indicios de explotación romana de cobre y hierro, aunque muy poco estudiada y muy desfigurada por las grandes labores mineras del siglo XIX. La sal fue otro recurso ampliamente explotado. La mina de sal gema de Minglanilla, ya en la vecina Manchuela, ha estado en explotación desde época romana hasta nuestros días. Más dudoso, pero probable, es la explotación de sal por cocederos, aprovechando los afloramientos salinos de las facies Keuper, tan frecuentes por toda la Serranía de Cuenca. Los dos enclaves salineros más importantes de la comarca, en Salinas del Manzano y Monteagudo de las Salinas, han funcionado hasta época contemporánea, aunque pequeñas explotaciones de sal por evaporación hubo en gran número a lo largo de las Sierras de Cuenca
No hay demasiada información sobre ordenación territorial de la Serranía de Cuenca en época romana, pero la hipótesis lógica apunta a una dependencia administrativa de Valeria, ciudad precisamente fundada hacia los años 85-82 a.c. por Cayo Valerio Flaco, cónsul en 93 a.c. y luego gobernador proconsular en Hispania.


Si la presencia humana es reducida durante la Romanidad, es fácil hacerse una idea del estado demográfico de la zona durante la etapa visigótica. Por lo demás, la carencia de fuentes documentales es casi absoluta. Algún autor habla de una resistencia de la población frente a los visigodos en el siglo VII. No obstante, estas fuentes no parecen demasiado sólidas, y no han sido contrastadas.
Lo que queda fuera de toda duda es que la presencia islámica debió ser considerable en la zona, con asentamientos comprobados en varios lugares. La anexión musulmana trae al territorio fuertes contingentes de origen bereber, fundamentalmente de las tribus Senhaya. Pastores seminómadas, los nuevos pobladores intentaron reproducir en la zona sus formas tradicionales de vida, dando lugar con el tiempo a puntos de población estables en toda la Serranía: Algarra, Alcalá (de la Vega), Walmu (Huélamo), Landit (Landete), Yémeda, Garaballa... entre los todavía poblados; Rubwa, Kelaza, Abendón, Benarruel, Abengámar, entre los extinguidos. Otros núcleos de población comarcanos portan nombres romances que aluden a la presencia islámica: Valdemoro, Valdemorillo, Valdemeca… De Alcalá de la Vega, junto al Cabriel y a escasa distancia de Cañete, surgirá la familia de los Banu Zennum (o Dhu-l-Nun en su forma arabizada), que en sucesivas generaciones llegó a apoderarse de Toledo y a gobernar la extensa cora de Santáver, cuya jurisdicción incluía buena parte del Centro peninsular. También empiezan a aparecer los primeros documentos escritos que hablan de la zona, referidos al paso hacia el norte de expediciones militares y punitivas de los califas cordobeses.
No obstante, las fuentes documentales sobre el periodo islámico en la comarca son exasperantemente escasas, máxime cuando en Cañete se erige entre los siglos IX y XI una alcazaba y un magnífico circuito de murallas (el mejor conjunto provincial actual) del cual no existe ningún tipo de documentación. A título de hipótesis, la construcción de las grandes fortificaciones de Cañete se ha puesto en relación con el control efectivo de la comarca por los califas de Córdoba a partir de Abderramán III al-Nasir (912-961), tras sofocar las endémicas revueltas de los bereberes montañeses acaudillados precisamente por la familia Banu Zennum.
Acaso la sumisión del adalid Yahya b. Musa banu Zennum (muerto en 937), que durante años se había enfrentado a Córdoba desde sus bases en la comarca, tenga bastante que ver con la construcción de las defensas cañeteras. De hecho, una obra de las dimensiones de la muralla y alcazaba de Cañete indica la presencia de un poder centralizado y unos enormes recursos financieros, ajenos a los régulos y cabecillas locales. No resulta descabellado pensar en la creación de un nuevo centro de poder fiel al Califato como punto de sostén en una comarca inestable, desdeñando quizás los viejos castillos, como Huélamo o Alcalá de la Vega, centros tradicionales del gobierno bereber. Así se reactivaría y ampliaría una pequeña fortaleza anterior y se la dotaría del amplio recinto fortificado, concebido para una gran población. Prueba de ello es que el Cañete histórico siempre ha cabido holgadamente en el espacio intramuros, y sólo en su expansión moderna ha saltado las viejas cercas califales.


El paso a manos castellanas de la zona de la Serranía de Cuenca va a ser un proceso largo y complicado que se va prolongar entre los años de 1150 y 1230 aproximadamente. Todavía hoy, un buen número de lagunas e incongruencias historiográficas dificultan el conocimiento del proceso conquistador y repoblador, del que si algo se puede destacar es sin duda este carácter de enorme complejidad. Complejidad propiciada por su escarpado relieve proclive a la defensa y, sobre todo, por la confluencia de un buen número de poderes: los reinos de Castilla y Aragón (más tarde el cristiano de Valencia) y los señoríos independientes de Albarracín y Molina de Aragón. Beteta y sus siete aldeas, próximas precisamente a Molina de Aragón, será la primera zona incorporada, en tanto que los pueblos de la tierra de Moya más orientales no lo serán hasta la década de 1220.
Aunque no se conoce por el momento ninguna documentación que haga referencia a la hipotética conquista o entrega de Cañete, es posible que la población esté en manos cristianas a finales de la década de 1170, quizás tomada y luego entregada a Castilla por gente de Albarracín, señorío independiente y montaraz controlado por la familia Azagra, de raíces navarras, que en 1175 se ha hecho ya con las fortalezas musulmanas de Huélamo y Monteagudillo (despoblado próximo a Uña), muy cercanas a Cañete. Pedro Ruiz de Azagra, el feroz señor de Albarracín, ha comenzado sus correrías por todo el Sistema Ibérico en 1172, ayudando en 1177 al ejército castellano-aragonés de Alfonso VIII y Alfonso II en la toma de Cuenca. Un dato significativo es que la primera alusión conocida de Moya (en la que se la menciona en poder islámico) sea de 1176, quizás cuando debido a la pérdida de Cañete se hiciera necesario reforzar un modesto enclave musulmán que hasta entonces había permanecido olvidado en la tranquila retaguardia.
En todo caso el cambio de manos se ha producido con seguridad hacia 1187-1190, fechas en las que aparecen los primeros documentos escritos que hablan de la población. De 1190 es un curioso documento en el que se declara que el obispo de Albarracín (diócesis Segobricense) tenía el control de las iglesias de Cañete y su jurisdicción (que no se precisa). En este año de 1190 entrega esta jurisdicción eclesiástica sobre Cañete al obispo de Cuenca, siempre con la autorización de su señor secular, Pedro Ruiz. Ello fortalece la hipótesis de una anexión muy cercana en el tiempo por tropas de Albarracín. Sin duda, junto con la donación eclesiástica debió producirse la civil, que dejó a Cañete definitivamente inclusa en la corona castellana, y que ya había tenido lugar en 1187. La razón declarada de la entrega apuntaba a que las iglesias de Cañete habrían de pertenecer por su situación geográfica a la antigua diócesis valeriense (y el obispo de Cuenca desde 1183 lo era Ercavicense y Valeriense). La razón real apunta a una "donación" de Cañete por Pedro Ruiz al rey Alfonso VIII de Castilla, buscando siempre la autonomía del pequeño señorío de Albarracín frente a las apetencias de Castilla y Aragón.
De estos años también se conservan donaciones de pertenencias en Cañete a la Orden de Calatrava. En una de ellas figura el señor de Molina de Aragón, Pedro de Molina, también señor autónomo y que quizás jugó algún papel en la toma de la villa. La Repoblación de la villa debió hacerse ya por elementos castellanos después de la cesión, procedentes de todo el reino y en especial de las extremaduras (fronteras) castellanas. Cañete se dividió en tres parroquias o colaciones: Santa María, San Andrés y Santiago. De ellas, sólo la última, Santiago, se ha conservado, habiendo desaparecido las otras dos.
Tras los años de la conquista, buena parte de la Sierra Alta pasará rápidamente a manos de grandes familias de la nobleza conquense, caso de los Albornoz y los Carrillo, que fundarán señoríos en Beteta y Tragacete englobando un buen número de poblaciones. El resto de la porción más elevada de la Sierra se englobará en la Comunidad de Villa y Tierra de Cuenca, por donación regia contemplada en el Fuero otorgado a la ciudad (hacia 1189).
Por el contrario, la Sierra Baja se estructuró en torno a la villa de Moya, hasta entonces de importancia secundaria. Corazón del territorio durante el periodo musulmán la fortaleza de Cañete, pese a su potencia y tamaño, vio tras la conquista y repoblación como era dejada de lado por razones políticas, perdiendo su preeminencia secular sobre la comarca. Una nueva población, Moya, mucho más cerca de la frontera, tomaba el testigo de Cañete en el proceso de reconquista, exponente del afán castellano de erigir un gran punto fuerte mucho más cerca de la raya valenciana desde el cual aprovechar los estertores del reino moro de Valencia a la vez que se presionaba territorialmente la reconquista aragonesa. Cañete, tras haber tenido tenentes regios propios (figura un Manrique de Lara en 1217) y arcedianato, pasó a ser en 1222 aldea de Moya. El arcedianato se trasladó en 1221 aproximadamente. Cañete recibió el Fuero de Moya, concedido a tipo de Cuenca en 1218.


No le debió ser muy grato a Cañete verse sujeta a su vecina del sur y reducida a la humillante condición de aldea. Se presionó a la Corte (tirando los tejos a Aragón, como era costumbre) y se creó de facto una situación de bicefalia en el territorio que hubo de ser incómoda para todos. Monarcas como Alfonso X El Sabio sin duda hubieron de enterarse muy bien dónde quedaba Cañete, puesto que incluso acabó inmortalizando a la quejumbrosa y pertinaz población en dos de sus Cantigas. Aun así el villazgo tardó seis décadas en llegar, aunque la ansiada emancipación de Moya vino emparejada con el señorío, del que Cañete no se zafó en toda su historia, en una sucesión de propietarios. En el Acta de Villa de 1285 (Sancho IV, Burgos), Cañete perdía además toda su antigua jurisdicción y quedaba con un término muy reducido (casi el actual) y sin otra población anexa que la diminuta aldea de La Huérguina, pequeña isla en el territorio de la tierra y alfoz de Moya, que abarcaba 34 poblaciones. La terrible carencia de espacio vital ha sido una tónica histórica, y la explotación intensiva que han sufrido los recursos del término a lo largo de los siglos explican la despoblación de gran parte de sus montes, sólo revertida en los últimos años. Los problemas ganaderos, de lindes y pastos, han sido consustanciales a Cañete desde que se tiene noticia, y las rencillas entre la comunal Moya y la señorial Cañete (y luego entre ambos marquesados) han sido moneda de cambio corriente a lo largo de los siglos.
Los años medievales registraron enfrentamientos y empresas bélicas casi constantes. La situación fronteriza de la tierra con los reinos de Valencia y Aragón la hacían blanco de una inestabilidad permanente, con su secuela cíclica de depredaciones y destrucción. Los problemas de indefinición de la raya fronteriza no fueron definitivamente resueltos hasta bien entrado el siglo XIV, y las grandes villas de todos los lados de la frontera (Moya y Cañete en Castilla, Albarracín en Aragón, Castielfabib, Ademuz y Alpuente en Valencia) mantuvieron inacabables pleitos por las eternas cuestiones de aprovechamiento forestal y de pastos, que en ocasiones llegaron a las armas. Así, utilizando quizás como excusa una disputa religiosa (en torno a la cual se han entretejido las leyendas en torno a la Virgen de la Zarza), Cañete y Castielfabib se enfrentaron a comienzos del siglo XIV por cuestiones de pastizal y ganados. La comarca se erizó de fortalezas y atalayas. Cuando estas cuestiones fueron por fin resueltas, la situación de hostilidad entre Castilla y la Corona de Aragón, declarada o larvada, mantuvo el ambiente de inestabilidad intermitente durante los siglos XIV y XV.
A finales del siglo XIV el más ilustre hijo de Cañete va a ver la luz: Don Álvaro de Luna. Nacido hacia 1388, hijo bastardo del señor homónimo de la villa, a los 18 años fue nombrado paje de Corte, consiguiendo al poco tiempo el favor del joven infante Juan (el futuro Juan II, 15 años menor que él), que llegará a segundo rey de tal nombre en Castilla. Don Álvaro consiguió ganarse de tal forma la confianza del débil monarca que durante más de treinta años fue su privado y valido indiscutible a pesar de las turbulencias de la política castellana de la época. Acumuló cargos y honores sin cuento, entre ellos el de Condestable de Castilla (1422), que comportaba la jefatura del ejército, y el de Maestre de Santiago (1430), amasando de la nada una riqueza exorbitante y desmesurada. La cúspide de su poder la alcanzó en 1431 en la Batalla de La Higueruela ganada a los moros granadinos, en la que se distinguió su hermanastro (éste legítimo, también natural de Cañete) Juan de Cerezuela, obispo de Plasencia y más tarde arzobispo toledano por gracia del nepotismo de Don Álvaro. Finalmente la oposición encarnizada de gran parte de la nobleza consiguió la caída del favorito. Don Álvaro de Luna fue ejecutado en Valladolid el 22 de junio de 1453.




No muchos años después del nacimiento de Don Álvaro, Cañete pasó a los Hurtado de Mendoza, rama de la gran familia castellana de solares vascongados. Señores y más tarde marqueses de Cañete, demostraron ser una línea de sangre excepcionalmente belicosa a lo largo de toda su historia. Sus vástagos se encuentran en un número insólito de campañas y campos de batalla desde el siglo XIV hasta el XVII: la fase final de la Reconquista (alguno incluso pereció luchando en la vega de Granada a la vista de la reina Isabel I), las campañas de África e Italia, la guerra contra el Turco... Hubo cuatro señores de Cañete y cinco marqueses, a partir de la conversión del Señorío en Marquesado de Cañete en 1490 por gracia de los Reyes Católicos. Con la muerte en 1654 del quinto marqués, Don Juan Andrés Hurtado de Mendoza, la línea directa de los marqueses se extinguió, pasando el título a la casa de los condes de Santa Coloma, en la que reside en la actualidad.
Las figuras descollantes del linaje fueron el segundo y cuatro marqueses, Don Andrés y Don García, padre e hijo, ambos virreyes del Perú, que dejaron memoria por sus hechos en las Américas. Fundadores de una larga lista de nuevas poblaciones, crearon las dos ciudades de Cañete en tierras americanas (Chile y Perú), en recuerdo de su lejana patria. Don García Hurtado de Mendoza pisó las conquistas sudamericanas dos veces, primero llevado por su padre el virrey y luego, años después, como virrey el mismo. Soldado correoso, experimentado y duro (y magnífico estratega) aplastó definitivamente la resistencia araucana en Chile venciendo a los caudillos Caupolicán y Lautaro, triunfadores a su vez sobre el desdichado Pedro de Valdivia. Tambiéndon García se apuntó con mérito discutible dos triunfos sobre corsarios ingleses (puesto que aparejó las flotas pero no estuvo en los combates): contra el corsario Richard Hawkins en aguas del Pácifico; y sobre sir Francis Drake en Portobelo, arruinando la escuadra de 28 barcos que el célebre pirata (héroe nacional en otras latitudes) tenía preparada para asolar las costas de la América Española. Apenas un puñado de naves consiguió retornar a Inglaterra. Hasta no hace muchos años, de los muros del panteón familiar de los marqueses en la Catedral de Cuenca colgaba la bandera que la reina Isabel I de Inglaterra había bordado con sus propias manos al célebre navegante, tercer circunvalador del mundo, y que le fue ganada en el combate. Y aunque mapuches y corsarios ingleses fueron formidables enemigos, el mayor logro por el que don García Hurtado de Mendoza fue alabado en los círculos de la Corte resultó ser el haber conseguido imponer el régimen fiscal castellano en el Perú, con su inacabable serie de tributos (alcabalas, almojarifazgo, gabelas...), para lo cual sufrió rebeliones y vio su vida pendiente de un hilo como nunca antes, pues no era cosa baladí bregar con dos generaciones de españoles ya establecidas allí, el que más y el que menos hacendado, fijodalgo y cristiano viejo, cuando no directamente uno de aquellos de La Entrada, gentes todas de natural levantisco y orgullo luciferino con las que contaba muy poco la vida de un virrey.



Algunos otros acontecimientos menores salpicaron la Edad Moderna. La expulsión de los judíos en 1492 afectó a Cañete, que contaba con una pequeña aljama y una sinagoga modesta, de la que se ha conservado lo que posiblemente fue su portada. Del puñado de familias hebreas cañeteras que hubieron de mudar descollaría con el correr de los siglos la eminencia literaria de Elias Canetti, gloria de la diáspora sefardita. Por contra, desde 1589 se establecieron en la villa un pequeño grupo de familias moriscas expulsadas de Granada tras la revuelta de Las Alpujarras. Las dificultades de integración con la población local fueron considerables, con algunos incidentes sonados.
Durante los siglos XV y XVI la ganadería en toda la Sierra de Cuenca alcanza su mayor desarrollo, con casi un millón de ovejas. Algunos rebaños cuentan decenas de miles de cabezas. Tuvo Cañete su parte proporcional es este apogeo mesteño, como también la tuvo en la profunda crisis ganadera del siglo XVII, que trituró la economía serrana y, de rebote, la de la propia ciudad de Cuenca, que vivía de las lanas, batanes y textiles.
Los marqueses de Cañete, perfectos absentistas, poco o nada recalaron en Cañete a lo largo de cuatro siglos. A los trabajos en Ultramar de algunos de ellos se añadía la abúlica vida en la Corte de los más. Otros prefirieron Cuenca para residir, ciudad donde el linaje tenía palacio, capilla-panteón (la del Espíritu Santo de la Catedral conquense), grandes propiedades y cargos en la administración urbana. Con la extinción de la línea directa la situación se agudizó, hasta el punto que el pequeño palacio de los Hurtado en Cañete entró en decadencia hasta llegar a la completa ruina (hoy es un solar junto a la iglesia de Santiago). Hubo vecinos de Cañete que pudieron decir que habían pasado la vida sin ver a su señor, cuyas decisiones les llegaban a través del administrador encargado de los tributos. Suerte no muy distinta al palacio corría la gran fortaleza, a pesar de seguir contando con alcaide y una guarnición más o menos simbólica. Por el contrario, se edificaba el Colegio de Gramática, que daría un considerable impulso cultural a la villa.
Cañete capeó con poco o ningún quebranto la Guerra de Sucesión a comienzos del siglo XVIII, que tantos destrozos causó en la ciudad de Cuenca y en otros puntos de la provincia. Fue el XVIII un siglo de crecimiento demográfico y de una relativa prosperidad económica para toda la Serranía de Cuenca, del que la villa se vería muy beneficiada. En su área crecerán los pequeños pueblos y se colonizarán nuevos espacios agrícolas con la edificación de aldeas y rentos. La ganadería, tras la profundísima crisis del siglo XVII, toma un nuevo impulso que repercute en la población.



El siglo XIX comienza con una serie de acontecimientos dramáticos que golpearán gravemente el territorio. La Guerra de la Independencia abrió un periodo de gran inestabilidad que habría de prolongarse por toda la comarca hasta 1875.
El periodo de la Guerra de la Independencia en Cañete es muy mal conocido. Todo el Marquesado de Moya se levantó en armas contra el francés entre 1808 y 1812, dirigido por la propia villa moyana, que formó Junta, reclutó tropas y opuso a los napoleónicos una resistencia fanática, apoyada por la abrupta topografía. Se enviaron levas a unidades regulares y se dio cobertura a tropas irregulares y guerrillas.
Existe poca información real de lo que está ocurriendo en Cañete en este periodo, pero todo apunta a que se está colaborando decididamente contra el invasor. Cuando Moya fue por fin tomada por el francés, la resistencia continuó hasta el final de la guerra en los pueblos y las intrincadas serranías.
Cañete tuvo un activo papel durante la primera guerra carlista. La villa se alzó como baluarte del carlismo en la Sierra Baja frente a Moya que, como no podía ser menos, se erigió en resuelto bastión liberal, lo que le valió bombardeo, exacciones y saqueo, precipitando su ruina. En realidad, ni Cañete ni su área comulgaban en demasía con las ideas absolutistas, pero los hechos vinieron forzados por su proximidad a los nidos carlistas en Teruel y Chelva y por la poca energía con la que el régimen liberal defendió a sus zonas rurales. La población fue ocupada por Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo. El Castillo se abaluartó (con evidente estropicio de su aspecto medieval), las murallas se remozaron en lo posible y durante varios años (de 1834 a 1837) Cañete se mantuvo en manos de las facciones del Pretendiente, resistiendo varios intentos liberales de recuperación y protagonizando un buen número de pequeños combates y altercados por toda la Serranía de Cuenca que se prolongaron en el tiempo con suerte cambiante. Con la agonía del carlismo Cañete fue recuperado por las tropas de la reina, cerrando un periodo de inestabilidad y de penuria económica motivada por el cierre de las rutas, la pérdida de brazos y las contribuciones de guerra.



En los dos siguientes conflictos carlistas, Cañete tuvo poca o ninguna relevancia. Sólo en la tercera guerra, tras el dramático episodio de la toma de Cuenca, tuvo la villa una importancia relativa y efímera para a continuación ver alejarse para siempre los conflictos armados.
Durante la Guerra Civil fue guarnición republicana de retaguardia del cercano frente de Teruel, siendo pieza importante en la logística de las operaciones en torno a la ciudad. Aunque evitó la guerra por pocos kilómetros, toda la zona fue muy fortificada. Todavía hoy es posible recorrer centenares de metros de trincheras, búnqueres y nidos de ametralladoras (que nunca oyeron un tiro) a lo largo del eje de la N-420 en Salvacañete, en Salinas del Manzano, en Boniches…
No terminó el problema con el fin de la guerra, y toda la Sierra fue hervidero de una activa guerrilla antifranquistadependiente de la A.G.L.A. (Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón) que llegó a contar con efectivos considerables y líderes cuya fama ha quedado en la intrahistoria de los pueblos. Aún hoy son recordados los antiguos campamentos del maquis, en alturas apartadas y aisladas: Morro Gorrino, Cerro Moreno… Precisamente el combate de Cerro Moreno, el 7 de noviembre de 1949, rompió el espinazo militar del maquis de Cuenca. Los últimos combatientes, perseguidos y desprovistos de toda acción de conjunto, van a sobrevivir por los montes de Cuenca de forma absolutamente patética hasta el año 1958. Controvertidos, queridos y odiados, todavía en algún pueblo de la Sierra queda con vida algún maquis, aunque se cuenten con los dedos de la mano los que han sobrevivido a la vida en el monte, la prisión o el exilio, amén de los largos lustros transcurridos. Pronto ya no estarán sino en los libros de historia y en la memoria popular, que para bien o para mal nunca olvida.
Precisamente en estos años de posguerra se consuma la tragedia de Moya, quebrada por pobreza, guerras y emigración. Los últimos vecinos abandonan la villa a comienzos de los años 50, dejando atrás un fantasmal conjunto urbano donde muros ruinosos de parroquiales, palacios, conventos, viviendas y fortaleza se alzan hacia el cielo de forma dramática. Todavía hoy el tiempo los apea uno a uno, y la villa muerta se deshace piedra a piedra, como un viejo pecio naufragado encallado en su elevada meseta, descollando teatralmente sobre una comarca que durante ocho siglos se gobernó desde sus muros. La alternativa la tomó Cañete (vieja revancha de la jugada de 1222), que heredó partido judicial y administraciones civiles de toda la comarca, convirtiéndose a todos los efectos en el centro de servicios de toda la mitad meridional de la Serranía de Cuenca.
Tras la Guerra Civil, Cañete alcanza su máximo pico de población en la historia: 1.841 habitantes en 1940, cifra de población demasiado elevada para lo que la precaria economía de montaña podía proporcionar por entonces. La consecuencia es que la villa ya perdía habitantes antes de los años del desarrollismo, que sólo aceleraron una tendencia anterior. La máxima caída se produjo a finales de los años sesenta, donde a la crisis de las formas tradicionales de vida se unió el falso espejismo de los núcleos urbanos. Cañete perdió cuatrocientos habitantes en apenas diez años (1960-1970). La caída se moderó en los años 80 y se detuvo en la década siguiente, cuando ya del censo habían desaparecido casi un millar de personas.
En la actualidad, Cañete es una población dinámica que ha superado este drástico bajón demográfico y muestra una recuperación discreta pero constante, con bases muy diversificadas y una viva actividad comercial que la mantiene como centro de su comarca. La actividad turística se está consolidando como una de las posibilidades de desarrollo futuro con mayores expectativas. También en los últimos años se han promovido importantes actuaciones culturales, como la creación de La Alvarada o el hermanamiento con la ciudad de Cañete de Chile, superando un océano de olvidos.




La villa de Cañete, en plena Serrania de Cuenca, es una poblacion de obligada parada para el viajero puesto que ocupa un enclave estrategico entre Castilla, Aragon y Valencia, de ahi que el caracter de los cañeter@s sea recio, austero, noble y acogedor. Declarado Conjunto Historico Artistico, la villa tiene a gala haber sido aglutinante de las tres culturas, la arabe, la judia y cristiana que podemos contemplar en sus diferentes barrios. Su castillo de origen arabe preside la villa con fiereza asi como sus murallas trazadas en zig-zag adecuadas para defender la fortaleza donde se conservan algunas de su puertas. Tambien contemplar su arquitectura religiosa asi como sus casas solariegas o tipicamente serrans que adornan la fisionomia del pueblo. Su trazado es tipicamente medieval, siendo biena prueba de ello sus calle irregulares de trazado y su plaza mayor porticada. Ademas Cañete ofrece otros atractivos turisticos gracias a su privilegiado enclave natural com la zona del Postigo, el Monumento al Sagrado Corazon o la ruta de las esculturas al aire libre. Todo esto te lo vamos a enseñar mas detenidamente en nuestro recorrido por esta villa conquense.

Comenzamos despues de instalarnos en nuestro hotel en la cercana calle Isabel de Castilla donde nos encontramos el primero de los lugares que vamos a visitar como es la Puerta de las Eras. Esta fue el principal de los accesos musulmanes de Cañete. Abierta al oeste del perímetro fortificado daba paso a la vega del río Mayor y al viejo camino hacia Teruel y Albarracín, quizás antigua calzada romana y ruta medieval de primer orden. Puerta-torre de espectaculares dimensiones, muestra un complicado sistema de tránsito mediante codo y pasadizo con bóveda de cañón en el que se acumulaban arcos de herradura de diferente luz, dobles portones y rastrillo levadizo.
En el interior del pasadizo arranca también una empinada escalera embutida en el muro, cubierta por grandes y toscas losas de sillar, que daba acceso a la desaparecida sala de guardia superior. Desde ella, al igual que en la Puerta de San Bartolomé, se daría acceso a los adarves. Frente a la puerta, la muralla gira en un brusco quiebro, sobresaliendo y ofreciendo un ángulo óptimo para enfilar las espaldas del enemigo que se plantase ante el arco exterior. Todo el conjunto completo debía ofrecer una imagen soberbia.
Hoy en día, debido a los cambios urbanísticos, la torre está empotrada en edificios modernos. El acceso exterior es casi invisible y se ingresa hoy en el espacio intramuros por un simple boquete en la muralla. Así, se contempla el sistema defensivo de la puerta desde el interior, nunca como lo hicieron los viajeros que llegaban antaño a Cañete. Hace unos años fue parcialmente restaurada, rehaciendo alguno de los arcos de herradura.

Es conocida la especial atención que la poliorcética islámica medieval dedicaba a las puertas, puntos débiles de cualquier perímetro fortificado. A partir de antecedentes romanos, bizantinos y visigodos los musulmanes desarrollaron fórmulas de una gran complejidad técnica y arquitectónica que convirtieron la expugnación de puertas en algo casi inasequible para la tecnología ofensiva de la época. El trabajo en las puertas de Cañete es un ejemplo magnífico de defensa de accesos, sin duda el mejor exponente de toda la provincia de Cuenca y uno de los más destacables que han sobrevivido del periodo del Califato de Córdoba en toda la Península Ibérica. De hecho, las dos puertas mayores de Cañete ofrecen un refinamiento notable para la época, evidenciando la presencia de un maestro constructor de primer orden del que desgraciadamente nada sabemos. 
Las puertas de Cañete se ubican en el interior de grandes torres “albarranas”, construidas de forma independiente al lienzo de murallas, y que llegado el caso podían hacer una defensa autónoma, incluso si los muros vecinos eran superados por el enemigo. Aunque la parte superior de la torre de las Eras ha sido desmochada y es muy poco lo que puede decirse sobre ella, quizás tendría en sus orígenes una altura entre 16 y 20 metros (en la actualidad cuenta con algo más de 12) y contaría con sala de guardia y, sobre ella, el nivel de almenas. Con el paso del tiempo la estructura sufrió reformas funcionales, como la sustitución del arco interior (sin duda de herradura y más estrecho), por un arco rebajado de amplio vuelo. Perdida su función militar, la progresiva ruina, los expolios sufridos tradicionalmente para reaprovechamiento de sus materiales y el urbanismo agresivo de los dos últimos siglos han desvirtuado completamente lo que fue formidable bastión islámico.






Desde aqui nos dirigimos por la calle a la que da nombre la puerta hacia la Plaza Palacio del Marques donde vamos a contemplar la iglesia de Santiago y un ejemplo de construcciones serranas. La iglesia de Santiago es la única superviviente de las tres parroquias de Cañete, tras la extinción de las dedicadas a San Andrés y Santa María. Está ubicaba en el extremo sureste de la villa, junto a las murallas, y estuvo adosada al desaparecido palacio de los Hurtado de Mendoza, señores y luego marqueses de Cañete, que ocupaba la explanada junto a la iglesia. Erigida seguramente en los siglos XII o XIII, no se sabe nada de sus primeros años y estilo. Original o no, quizás tuvo fábrica gótica de la que quedan mínimos restos en el interior y en la portada, que ostenta un alfiz tardío hecho con elementos reaprovechados. No obstante, casi toda la obra actual es de los siglos XVII y XVIII, dentro de la masiva campaña de edificaciones de templos del barroco rural conquense.
Es una iglesia de buen tamaño, de tres naves, muy ancha y capaz, desproporcionada en relación a su altura, que finalmente no pudo ser mucha por escasez de medios. Está encaramada a la antigua muralla musulmana, teniendo como muros este y de sur dos lienzos de la misma, unidos en un cubo circular bien conservado. Al interior posee planta de iglesia salón cubierta por bóvedas de arista de ladrillo sobre robustos pilares cruciformes. La portada muestra arco dintel de gran anchura, con parteluz en el centro. La torre es de correcta traza, de apostura noble pero de altura no excesiva. El empuje de bóvedas en las naves no fue bien contrarrestado (o quizás se contaba con el sostén del viejo palacio desaparecido), por lo que el muro oeste ha cedido en toda su longitud y se encuentra visiblemente extraplomado en la actualidad.
En cuanto a la iglesia de Santiago, quedan por aclarar múltiples interrogantes sobre la secuencia de construcción cuyo resultado final vemos hoy en día. La iglesia está orientada de norte (hastial) a sur (presbiterio) hecho extraordinario en la edificación de templos, normalmente justificable por dificultades topográficas o urbanísticas. Otro punto con grandes lagunas es la relación con las estructuras vecinas: la muralla (a la que la iglesia no se pudo adosar hasta que ésta perdió la función militar) y el palacio de los Hurtado de Mendoza (del que apenas sabemos pero cuyas interacciones con la iglesia debieron ser importantes). A la espera de nuevas investigaciones sobre la evolución constructiva, cabe pensar en una sucesión al menos dos templos (gótico y barroco rural), con posibilidad de que existiese una fase anterior a la gótica. Lo que parece claro es que el último y actual edificio se concibió según un proyecto muy ambicioso para una población con una demografía precaria y una economía debilitada en el periodo 1600 a 1760. Todo en la obra (mala cimentación, escasa calidad de construcción, materiales reaprovechados, utilización de estructuras anexas… ) apunta a una empresa acometida con más entusiasmo que medios.



Cañete es uno de los conjuntos históricos de la provincia que mejor ha conservado su arquitectura tradicional. En todo el casco antiguo existen todavía un buen número de interesantes muestras de construcción popular, exponentes magníficos de la arquitectura tradicional de la Sierra de Cuenca.
El peculiar trazado urbano de Cañete, intrincado dédalo de callejuelas empinadas y estrechas, produce una bella simbiosis con las formas sencillas y encantadoras de la arquitectura popular local. Las viviendas se adaptan, se acoplan a la topografía y al plano incoherente legado por los musulmanes: pequeñas, compactas, salpicadas de irregularidades, pasadizos, voladizos, entramados de madera, muros desplomados, encalados desconchados, rancios portones de doble hoja y tejados vetustos, decoradas a veces por rosales y parras, por balconadas llenas de flores.
La arquitectura popular de la Serranía de Cuenca, de la que Cañete es muestra destacada, forma parte de una gran tradición constructiva que se extiende por todo el Sistema Ibérico, a lo largo de las provincias de Guadalajara, Teruel y Soria.
Se caracteriza por el empleo de los materiales que brinda en abundancia el entorno: la piedra y la madera. Ambos son los elementos casi exclusivos de cualquier casa serrana. Existen pequeñas variaciones acerca de cómo edificar: en la mayor parte de los pueblos, como ocurre en Cañete, se construye con entramado de madera en los muros de los pisos altos, en tanto que el bajo es de piedra maciza. El entramado de madera (compuesto por puntales, tirantes, soleras y zapatas) tiene la ventaja de brindar una gran robustez en la edificación con un peso reducido. En otros lugares es costumbre prolongar el muro de piedra en todos los pisos. Los aleros casi siempre están formados por la madera de la propia cubierta, aunque también aparece (raramente) el alero de teja. Son frecuentes balcones y voladizos de madera, de gran sabor popular. La altura es variable, siendo lo normal dos pisos además del bajo. Los encalados pueden ser o no característicos, según las zonas. También es normal en algunos lugares el enyesado o engobe. La piedra vista, sin embargo, es la solución más habitual en una comarca con un clima húmedo que hacía costoso el mantenimiento de los encalados. Cañete presenta estas tres formas: encalado, engobe y piedra vista.
En cuanto al tamaño, la casa serrana es por lo general muy pequeña, acorde con la escasez de medios de la zona. Sólo un pequeño número de viviendas presentan mayores superficies. A diferencia de la vivienda manchega, que contempla patio interior, la casa en la Sierra es una unidad compacta. Generalmente, en tanto el primer y sucesivos pisos se reservaban para residencia, el piso bajo era ocupado por los animales de cría y labor. De aquí algunos elementos característicos, como la puerta de doble batiente.







Desde la plaza continuamos por la calle La Virgen donde a mitad de la misma nos encontramos el Postigo que una vez cruzado nos da paso a una de las zonas naturales mas bellas de la localidad como es la del Postigo y la Cascada del Pozo de la Horca. En esta zona empezamos a encontrarnos las primeras muestras de Paisaje Ilustrado que podemos visualizar por las calles y zonas del pueblo.
El paraje de El Postigo es el área natural inmediata a Cañete, extendiéndose bajo las mismas murallas del casco viejo de la villa, de tal modo que forma parte inseparable de la población y siempre ha estado estrechamente unido a ella, como zona de cultivos huertanos y de antiguas actividades industriales (moliendas y quizás tintado de paños). El paraje toma su nombre de la estrecha poterna, de época indefinida, que ha servido desde siempre a las gentes de Cañete para acceder a los ingenios y huertas, así como para asegurarse el agua en momentos de necesidad. La empinada bajada al río desde la población es todavía hoy uno de los lugares de más rancio sabor popular de todo Cañete.
El Postigo engloba un tramo encajonado del cauce del río de la Virgen (o río Tinte), afluente del río Mayor que tiene origen en el manantial de Las Fuentes, a unos dos kilómetros de la población. Tras dar sus primeros pasos por vega abierta, el río desciende de pronto hacia el río Mayor ganando desnivel y salvando en cascada varios escalones calizos, de los cuales el más elevado es el conocido como Pozo de la Horca, de una decena de metros de altura, que constituye el punto más espectacular y recóndito del paraje de El Postigo, a los mismos pies de la ermita de la Virgen de la Zarza, patrona de la villa. Paradójicamente, este nombre siniestro (recuerdo acaso de la expeditiva justicia medieval) acoge a uno de los rincones más hermosos de Cañete.
La pequeña hoz de El Postigo se esculpe en materiales calizos del periodo Jurásico y supone un corte estratigráfico brusco entre el cerro del Castillo y el inmediato cerro de La Picota, que se alzan a ambos lados de forma muy abrupta. Todo el barranco muestra potentes formaciones de travertinos (piedra de toba), resultado de la intensa concreción de los carbonatos cálcicos presentes en el agua.
El lugar cuenta con numerosas especies vegetales autóctonas (sargas, saúcos, guillomos, trepadoras), a las que hay que añadir un buen número de herbáceas y el colorido de las huertas, pequeñas piezas de orfebrería agrícola. La muralla sobre el barranco es obra musulmana de mediados del siglo X, completamente transformada por las intrusiones de las viviendas adosadas al interior, resultando la porción del perímetro amurallado más afectada por modificaciones posteriores, audaces balconadas vecinales para abrir las casas al frescor y la umbría del río.
El acondicionamiento turístico de El Postigo se llevó a cabo en 1993, devolviendo al paraje toda su belleza natural y creando un atractivo lugar para el solaz y el sosiego. Una serie de sendas recientemente habilitadas permiten un cómodo y agradable itinerario de unos minutos por el paraje. Con un abundante número de especies vegetales, el frescor del río de la Virgen, la pequeña maravilla de la cascada del Pozo de la Horca y las perspectivas de la muralla meridional de la Cañete, donde los viejos bastiones islámicos han sido invadidos y superados por la arquitectura popular, el paraje de El Postigo es una reducida simbiosis de lo natural y lo humano que bien merece un corto paseo.









Como hemos mencionado anteriormente en esta zona de el Postigo podemos visualizar las primeras muestras del Paisaje Ilustrado que nos vamos a encontrar esparcidas por el pueblo y que nos ilustran el paisaje a traves de figuras humanas (la mayoría) a tamaño real de hombres, mujeres y niños que representan sobre todo escenas habituales en tantos pueblos de España y de Castilla a finales del pasado siglo XX. Realizadas por el pintor y escultor Luis Zafrilla en acero Corten y pintadas (en muchos casos por los dos lados) a base de pinturas de poliuretano. Debido a ese tamaño real, en muchos de esos conjuntos es inevitable resistirse a la tentación de añadirse a ellos, lo que aumenta su fotogenia y las ganas de visitarlos. 
El Paisaje Ilustrado es un proyecto de naturaleza artística, cultural y recreativa que está siendo implantado en la Serranía de Cuenca con el objetivo de incrementar los atractivos turísticos de la comarca. La idea central del proyecto es la unión de territorio y cultura. Lograr la creación de una obra en la que se integren y se sumen al medio natural la memoria de la tierra y la aportación de la obra artística. Construir un espacio cultural y recreativo, público y abierto, enraizado en la comarca, donde poner en valor la cultura local con su profundidad y riqueza, tratada con dignidad desde un enfoque contemporáneo. Se trata de una instalación con carácter permanente, al aire libre, de una colección de obras artísticas realizadas en materiales duraderos con la finalidad de crear un patrimonio cultural y lúdico, una obra original y única de la que no hay precedente en el panorama del arte contemporáneo. Un nuevo ingrediente que añadir a los productos turísticos de la Serranía.





Al final de esta pequeña ruta de senderismo por el Postigo salimos a las espaldas de la ermita de la Virgen de la Zarza y a uno de los rincones mas bonitos de Cañete donde podemos contemplar la Puerta de la Virgen, la Fuente del Chorro y uno de los lienzos de la muralla que rodeaba la villa medieval.
La ermita de la Virgen de la Zarza, Patrona de Cañete, se ubica extramuros de la población junto a la puerta del mismo nombre. Santuario de profundas devociones, es el epicentro religioso de la villa.
El origen del culto mariano en este lugar hay que buscarlo en los siglos XIII o XIV, según la tradición a raíz de la aparición en los alrededores de una imagen sobre un zarzal. Se construyó por entonces una primitiva ermita casi adosada a la muralla, de escaso tamaño y fábrica deleznable. Nada queda de aquel primer templo salvo la espadaña exenta, para cuya construcción se aprovechó un paredón de la muralla islámica. De rústica construcción y sin estilos identificables, la espadaña ha sobrevivido al paso del tiempo.
La ermita actual es el segundo edificio de esta función, reedificado en estilo barroco rural durante los siglos XVII y XVIII. Sin duda se buscaba una mayor capacidad y una mejor calidad constructiva acorde con el auge de los cultos. Tanto exterior como interiormente el edificio es de gran sencillez y sobriedad, aunque de dimensiones considerables. Presenta planta rectangular de una sola nave dividida en cuatro tramos más el camarín. La portada es de arco de medio punto, sin adornos. En el interior hay que destacar las vistosas zapatas del coro. La talla de la Virgen es obra románica de transición al gótico, muy reformada por policromías posteriores y vestida en los años barrocos.


La Puerta de la Virgen es, junto con la Puerta de las Eras y la Puerta de San Bartolomé, uno de los tres accesos mayores de la población abiertos en la muralla islámica. Obra musulmana del siglo X, tuvo varias reformas tras la anexión castellana de la población, acaso en el mismo siglo XII o comienzos del XIII. Toma su nombre de la inmediata ermita de la Virgen de la Zarza, situada junto al lugar en el que la tradición piadosa ubica la milagrosa aparición de la Patrona de Cañete en un momento impreciso a caballo entre los siglos XIII y XIV. Es la puerta sur de la muralla y facilitaba el acceso a las vegas del oeste de la población, al otro lado del cerro del Castillo, así como a los caminos montanos y veredas ganaderas que se dirigían a la cuenca alta del río Guadazaón.
A diferencia de las otras dos entradas principales, la Puerta de la Virgen presenta una complejidad técnica mucho menor. Mientras que los dos accesos restantes están dispuestos en codo cruzado y cobijados en el interior de grandes torres, la Puerta de la Virgen es de acceso directo, perforada directamente en el muro. La defensa de flanqueo se la proporcionan un marcado resalte de la muralla a la izquierda y un muro saledizo a la derecha, a la manera de cubo rudimentario. Sobre este muro, ya en decadencia la función militar, se edificó la espadaña de la primitiva ermita de la Virgen.
La puerta, de dimensiones modestas, se cerraba con dos portones de doble hoja, a exterior e interior, cuyas ranguas aún se conservan. El estado de conservación es deficiente por el arrancado de piezas en las jambas y arcos por expolios y para facilitar el tránsito rodado.
Parece claro que los primitivos constructores de la Puerta de la Virgen estimaron que la estrechez del lugar (bajo los agrios desniveles del cerro del Castillo y con la protección de la cortadura del río Tinte) no requería de una fortificación más compleja.
Precisamente por su simplicidad la datación de la Puerta de la Virgen ha suscitado tradicionalmente algunas dudas. En la actualidad parece claro que el vano fue obra islámica contemporánea de la obra de la muralla. Así lo prueban las defensas del flanqueo, sobre todo el muro a su derecha, que carecería de sentido de no proteger un acceso. Por otro lado, todas las calles de la mitad sur del casco urbano de Cañete confluyen de manera inequívoca hacia la Puerta, que es al menos tan antigua como el urbanismo actual de la villa. Es posible suponer que la Puerta del Virgen fue una pequeña poterna islámica comparable a la Puerta del Rey, con el escamoteo como principal virtud defensiva. Tras la repoblación cristiana sería ampliada dada la alta funcionalidad que presentaba, pues su uso significa ahorros muy considerables de tiempo con respecto a la Puerta de las Eras y otros accesos.
La reforma y posible ampliación supuso la desaparición parcial o total de jambas, arcos y decoración musulmana, sustituidos por un doble arco de medio punto (ha desaparecido el interior) con bóveda intermedia de cañón en el grosor del muro, todo ellos esculpido en la blanda piedra toba del lugar, con una calidad mediocre y quizás aprovechando piezas del acceso musulmán. El único motivo decorativo es la moldura sobre el trasdós del arco, que ha servido tradicionalmente para datar la puerta como románica, aunque el perfil del baquetón no responde a ninguno de los modelos característicos del románico de Cuenca (puntas de diamante, ovas, caireles…) y es demasiado simple para utilizarlo como único rasgo distintivo. La puerta ha conservado una inscripción casi ilegible en el sillar superior de la jamba derecha.




Cruzamos la puerta y nos adentramos en el casco urbano de la villa por la calle San Julian hasta que al final de la misma llegamos al epicentro de la vida social de Cañete como es su Plaza Mayor donde en un extremo de la misma se ubica el edificio del Ayuntamiento y la iglesia de San Julian.
Se trata de una Plaza Mayor porticada de trazado medieval que data acaso del siglo XIV, si no es anterior. Por su antigüedad es una de las de mayor solera de toda la provincia. Sufrió importantes reformas de alzado en el siglo XV (del que datan la mayor parte de los pilares pétreos) y diferentes cambios posteriores sin interrupción, como corresponde a un espacio urbano vivo en continua evolución. Su planta no parece haber sufrido cambios drásticos, y continúa siendo básicamente la misma rasgadura entre edificios, el mismo trapecio irregular que fuera abierto en la era medieval.
Centro de la vida de la población durante siglos, todavía hoy es el foro urbano indiscutido de Cañete, catalizador de todos los acontecimientos urbanos. Sólo dos edificios de apostura noble (Ayuntamiento e iglesia de San Julián, mitades del antiguo Colegio de Gramática) se asoman a este espacio, que por lo demás es contorneado por viviendas populares lanzadas atrevidamente sobre los soportales. Todavía se conservan varias viviendas de notable antigüedad y valor, aunque la Plaza ha sufrido el fenómeno de la renovación urbana.
En el centro de la Plaza, manteniendo desde siempre el suave sonido del agua, la fuente de Cañete fue y es un hito obligado en la vida cañetera, punto de referencia vital y festivo. También en lugar destacado de la Plaza, el monumento a Don Álvaro de Luna recuerda al que fue todopoderoso valido del rey Juan II de Castilla, y más ilustre cañetero de toda la historia.
Los espacios porticados como la Plaza Mayor de Cañete responden a la necesidad bajomedieval de establecer espacios adecuados para el intercambio comercial y para los festejos de la población. Las celebraciones medievales, al igual que ocurre en nuestros días, sintetizaban en uno las algarabías y el atractivo sobre las aldeas de los contornos, con importantes afluencias de espectadores que alimentaban la economía local. Por todo ello, y también por puro prestigio, la presencia de una Plaza era una necesidad evidente que justificaba los grandes gastos que normalmente suponía el derribo de manzanas de casas, el nivelado del terreno y la colocación de soportales, muy útiles para la actividad comercial en los días de climatología adversa.
En la Plaza de Cañete se ubicaban los establecimientos de mayor prestigio local y se celebraba el mercado semanal, al que concurrían gentes de todas las poblaciones de los contornos para compra y venta de productos. En ella se llamaba a la guerra tremolando el pendón del concejo, se ejecutaba la brutal justicia de la época (en el rollo o picota señorial, derribado en el siglo XIX) y se hacían los alardes de caballería y peones, exhibición del poder militar de la villa. A ella confluían procesiones y actos religiosos desde las cercanas parroquias de Santiago, Santa María y San Andrés (desaparecidas estas dos últimas). La Plaza, en fin, era mentidero local, espacio de expansión social, epicentro de mendigos y vagos, recinto taurino ocasional y tantas otras facetas de la existencia cotidiana.
Existe bien poca información documental sobre la Plaza Mayor de Cañete con anterioridad al siglo XVI. Su fisonomía actual es claramente bajomedieval, probablemente resultado de un plan unitario de ampliación y adecuación, acaso llevado a cabo por alguno de los sucesivos señores que tuvo la villa a lo largo de los siglos XIV y XV. Atribuirle un antecedente musulmán o castellano de los siglos XII o XIII es muy arriesgado, ya que apenas sabemos nada de la ordenación urbana de Cañete en estos periodos.








La Iglesia de San Julián surgió como capilla del Colegio-Seminario de la misma advocación, fundación benéfico-religiosa establecida en 1617 por dos hermanos, Miguel y Francisco Navarro Galve, naturales y vecinos de Cañete. La institución pía impartía enseñanzas de Gramática y Latinidad, además de procurar la instrucción religiosa. Como tal, fue la iniciativa cultural más importante emprendida en Cañete durante la Edad Moderna, destinada más adelante a la extinción por el mero devenir del tiempo.
Frente al carácter más discreto del cuerpo principal del edificio (utilizado en la actualidad como Ayuntamiento), la portada de la capilla fue concebida como un elemento grandilocuente y escenográfico, que multiplica sus volúmenes objetivos para conseguir el dominio del espacio urbano de la Plaza Mayor. El pequeño tamaño fue obviado mediante la utilización vigorosa de diversos elementos arquitectónicos. Así, la fachada muestra orden gigante con dos pilastrones dóricos que sustentan un frontón partido y que enmarcan un arco dosel de amplia luz. Tal distribución en orden gigante es extraña en la provincia de Cuenca, donde arraigaron poco las fórmulas del último renacimiento italiano. La portada se complementa con una imagen del titular (segundo obispo de Cuenca y santo patrón de toda la Diócesis desde el siglo XVI) y los escudos de los fundadores bajo el gran arco. La decoración es intencionadamente sobria, resaltando las líneas rotundas de la arquitectura.
Coronando el conjunto, un macizo cuerpo superior casi cúbico eleva la altura del conjunto. Sin embargo este último elemento no deja de resultar tosco, rompiendo decididamente el juego de proporciones de la fachada. Ello impulsa a pensar hasta qué punto su construcción fue prevista originalmente, o bien se trata de un añadido posterior.
Al interior muestra planta de cruz latina, de pequeño tamaño, con bóvedas de cañón y cúpula central, todo dentro de la más pura tendencia de la época para iglesias rurales. La superficie es muy reducida, aunque el espacio está perfectamente proporcionado.
La iglesia ha sufrido en los últimos años una restauración integral que le ha devuelto su mejor aspecto. Tal labor resulta en este caso especialmente positiva por el pésimo estado previo del edificio, devastado, aquejado de humedades y con un proceso de degradación acusado, relegado a la condición de almacén ocasional. Recuperado ya, San Julián se ha convertido en foro de actos culturales, con una muy corta pero ya significativa trayectoria.


Desde la plaza continuamos por la calle Estrella donde haciendo esquina con la calle Padre Munarriz nos encontramos con el Arco de la Sinagoga. Según una tradición no confirmada documentalmente pero muy arraigada en la villa, el arco que se conserva en un estrecho callejón ascendente sobre la Plaza Mayor fue la entrada de la sinagoga de la pequeña comunidad judía de Cañete, constatada desde el siglo XIII y que perduró hasta su expulsión definitiva a finales del XV. Se trata de un arco elegante y sencillo que da acceso a un reducido patio, casi un pasillo. Cualquier otro resto físico de la aljama o de la mera presencia hebrea en Cañete ha desaparecido, sepultada por los años. Los bezantes que ostenta el arco en sus impostas lo datan precisamente en el reinado de los Reyes Católicos.


Continuamos nuestro caminar por el entramado urbano de Cañete paseando por la calle San Bartolome hasta que al final de la misma llegamos al Huerto de Doña Julia donde vamos a contemplar la Puerta de San Bartolome y uno de los lienzos mas grandes de la muralla medieval de Cañete. El nucleo urbano de Cañete es un entramado de calles estrechas, silenciosas, llenas de recodos y rincones pintorescos que nos demuestran su antiquisimo origen arabe y medieval cristiano. 






La puerta de San Bartolomé es, junto con la Puerta de las Eras, una de las dos entradas acodadas a la villa, rigurosamente contemporánea de su vecina. En este caso, bajo sus arcos arrancaba el camino que partía hacia el norte, hacia los castillos de Huélamo, Beteta, Albarracín y todas las pequeñas poblaciones de la Serranía Alta. Como es típico en las grandes entradas musulmanas presenta codo sencillo, cerrado con dos puertas en los extremos y un rastrillo en el eje de simetría. Frente al arco de ingreso la muralla forma de nuevo, como en la Puerta de las Eras, un resalte muy marcado de tal forma que los defensores pudiesen batir con ventaja a todo aquel atacante que intentase aproximarse al acceso con máquinas de batir. Dentro del codo, una estrecha y empinada escalera permite el acceso a la sala de guardia (hoy casi completamente derruida), desde la cual se accionaba el mecanismo del rastrillo y se accedía al adarve de la muralla. Todo el esquema de la Puerta de San Bartolomé es muy similar al de Puerta de las Eras, aunque más simplificado y de menor tamaño. La fortaleza del conjunto, no obstante, es indiscutible.
La puerta hasta hace pocos años estaba en un estado lamentable, desaparecidos gran parte de sus sillares. La restauración le ha devuelto su primitiva fisonomía, aunque queda por recomponer el piso superior. El nombre (por supuesto muy posterior a la construcción) alude a la desaparecida ermita de San Bartolomé, que estaba inmediata a la puerta y que fue una de las seis ermitas con las que contó la villa (junto con San Antonio, San Roque, San Cristóbal, Santa Bárbara y la Virgen de la Zarza, todas desaparecidas excepto la última).






La muralla musulmana de Cañete es sin duda el recinto amurallado más notable de la provincia de Cuenca y uno de los mejores ejemplos de fortificación musulmana del conjunto nacional. Es también el monumento más emblemático de la villa, y sin duda la construcción que más ha condicionado su historia y su desarrollo. Se encuentra conservada en su completa totalidad, aunque en algunos lugares el crecimiento urbano la ha embutido dentro de otras edificaciones.
La muralla es obra islámica de mediados del siglo X, momento de apogeo del Califato de Córdoba. Fue construida de una sola vez y según un diseño unitario, por lo que ofrece una completa uniformidad. Parte de ambos extremos del castillo para descender el abrupto cerro de Cañete y abrazar a la población, aprovechando en lo posible los fuertes desniveles, los crestones rocosos y el cauce del río de la Virgen como elementos topográficos de refuerzo. Cuenta con dos accesos mayores (puertas de las Eras y de San Bartolomé) y tres postigos, todos ellos conservados. Es una obra magnífica, que delimita un espacio muy abultado. Prueba de ello es que el Cañete histórico siempre ha cabido holgadamente en el espacio intramuros, y sólo en su expansión moderna ha saltado las viejas cercas califales.
La muralla cuenta con unos cinco metros de altura y unos dos de grosor, con aparejo de mampostería bien cuidada. Ha perdido casi por completo el adarve y el pretil, que debía contar con almenas y merlones sencillos. Su rasgo más característico es su perfil quebrado, que permitía la defensa de flanqueo sin recurrir a cubos o torres, de los que la muralla carece. Sólo al final de cada lienzo, en cada giro brusco del muro, se levantan cubos circulares, que parecen adiciones cristianas posteriores a la conquista de la población.
La muralla, producto de una sola mente y ejecutada en un plazo seguramente muy breve, ofrece una fisonomía completamente islámica, aunque el trazado en línea quebrada no es demasiado frecuente en las tipologías castrenses musulmanas en la Península. En la provincia de Cuenca se la relaciona directamente con la muralla de Uclés, completamente contemporánea y tan parecida que se diría obra del mismo desconocido constructor, acaso un ingeniero experto en poliorcética a sueldo del califa Abderramán al-Nasir, tras la guerra atroz de sometimiento de los bereberes de la cora de Santáver. 








Cerca de la puerta de San Bartolome, y antes de ascender a visitar el castillo, podemos contemplar en el lienzo de muralla que baja del mismo el Postigo del Rey. La más pequeña de las puertas de Cañete no excede de ser una pequeña poterna, abierta en los gruesos muros en lo más agrio de los desniveles que ascienden hacia la fortaleza. Su uso sólo se justificaría para servicio del entorno de la alcazaba y para acceder a las defensas albarranas que se alzaban en la parte norte de la ceja rocosa del castillo.
En la actualidad se encuentra muy deteriorada. Todas sus jambas, e incluso algunas dovelas, fueron arrancadas de antiguo para su reutilización en otras construcciones. Su valor militar no era ni con mucho comparable a las entradas principales al recinto amurallado, pero lo dificultoso de su acceso y la cercana protección del castillo debían ser garantía suficiente para los constructores. De hecho, es la única puerta de Cañete que no tiene retranqueo de las murallas para su defensa de flanco. Su sencilla estructura quizás pudiera aportar información sobre el antecedente islámico de la actual Puerta de la Virgen, cuya estructura no debía ser muy diferente.




El castillo de Cañete alza sus ruinosos paredones a 1170 metros de altura, sobre la cumbre del áspero cerro que domina la población y a más de 80 metros de desnivel sobre la Plaza Mayor. Es un ejemplar exacto de castillo roquero, de planta topográfica adaptada al terreno aprovechando los estratos de caliza jurásica y buzamiento casi vertical que culminan la altura. Sus dimensiones son formidables: más de 200 metros de longitud por unos 20 de anchura máxima, lo que lo convierten en una de las fortalezas más grandes de la región y en el único gran recinto superviviente de época islámica en la provincia tras la pérdida de las alcazabas de Huete, Cuenca y Uclés. Se orienta de noroeste a sudeste, y su imagen asemeja la de un buque de aguzado perfil.
Por su ubicación, tamaño y capacidad defensiva es una estructura fortísima, capaz de sostener un largo asedio dando cobijo a una guarnición numerosa. El castillo muestra cuatro recintos sucesivos: una albacara o zona de refugio externa y tres recintos internos con diversas funciones residenciales, militares y de almacenamiento. Por el aspecto de algunas estructuras más primitivas se puede especular con un origen en torno al siglo IX (quizás incluso siglo VIII), aunque casi todo el conjunto fue edificado en el siglo X.
Los orígenes de la fortificación en el cerro del Castillo son imprecisos. Por el momento, a falta de prospecciones arqueológicas, no es posible retrotraer su origen más allá del periodo islámico, aunque su posición es muy ventajosa. También la actual fortaleza presenta grandes problemas para esclarecer su evolución constructiva, dado que no se conocen fuentes documentales musulmanas ni apenas castellanas posteriores, y que las sucesivas reformas y el avanzado estado de ruina introducen un fuerte factor de imprecisión. Por ello, y de nuevo a la espera del auxilio de la arqueología, no es posible superar el terreno de las hipótesis.
Como fortificación islámica corresponde a la tipología de alcazaba (al-qsaba, ciudadela de recintos múltiples, cabeza de distrito y asiento de autoridad militar). Parece claro que la fortaleza cañetera fue ampliándose a lo largo del periodo musulmán de norte a sur, siguiendo la ceja rocosa. El núcleo original (siglos VIII - IX) ocupaba una extensión indefinida en el extremo norte y no pasaría de ser un pequeño castillo (al-hisn) o incluso una torre o atalaya (al-burj, al-manara…), levantada por los contingentes bereberes locales durante el periodo emiral.
No obstante, la inmensa mayoría de los restos visibles datan básicamente de los años del Califato cordobés, quizás primera mitad del siglo X, aunque es posible que existan varias etapas escalonadas en rápida sucesión. Es obra bastante homogénea y contemporánea de la muralla de la población. Al igual que la muralla, está edificada con grandes medios y habilidad técnica, por lo que no sería descabellado ponerla en relación directamente con el poder cordobés ( Abderramán III ) y su toma de control efectiva de las posesiones de la familia Banu Zennum a partir del 937-38.
En los siglos XIV y XV, bajo los Hurtado de Mendoza, marqueses de Cañete, se recrecieron y reforzaron muros y se abrieron troneras y buzones para artillería y armas de fuego. La fortaleza estuvo en perfecto uso hasta muy avanzado el siglo XVI. Comenzó después un largo proceso de abandono interrumpido por el episodio de las guerras carlistas. Durante 1874, el ingeniero militar carlista Augusto Von Goeben efectuó una serie de profundas transformaciones para las que empleó a 800 hombres durante varios meses. El castillo perdió altura y se soterró, convirtiéndose en fuerte artillado. Tras el conflicto se reanudó el expolio de sus materiales por parte de los vecinos, convirtiendo al monumento en la inagotable cantera de la población y acelerando la ruina en la que ha llegado a nuestros días.







Despues de visitar el castillo hacemos una parada para probar la rica gastronomia conquense para coger fuerzas y continuar nuestro recorrido por la villa y su entorno. Despues de comer visitamos varios de sus parajes naturales y rutas de senderismo que se pueden realizar por la zona.
Ubicado en un edificio de nueva construcción, junto al río Tinte e inmediato a la travesía de la N-420,  se ubica el edificio del Museo de la Cultura Popular que cuenta con dos plantas con accesos independientes. La superior muestra contenidos referentes a la historia de la villa, con una decena de paneles informativos y algunos objetos significativos del devenir histórico cañetero. En la planta inferior se expone una impresionante colección de objetos tradicionales, abarcando campos como la labranza, la siega, el tratamiento del grano, el trabajo en el monte, el resinado, los medios de transporte tradicionales, los útiles del hogar y de la vida cotidiana... Un buen repertorio representativo de unas formas de vida en trance de desaparición, que se va incrementando poco a poco por aportaciones y donaciones de las gentes de la villa. Inaugurado en 1999, el Museo de la Cultura Popular de Cañete nace con la intención de conservar y divulgar las raíces populares de la localidad, su historia y los exponentes de su tradición y costumbres.



Junto al edificio del museo se encuentra el inicio de una senda denominada la Fuente del Colmenar. Se trata de una recorrido lineal de casi 2 km. totalmente llano salpicado de bancos y paralelo al cauce del rio Tinte entre una espesa arboleda donde podemos contemplar ademas las huertas de la vega baja de la villa. 






Desde el museo cogemos la carretera nacional 420 en direccion hacia la Hospederia del pueblo donde se inicia un sendero que nos lleva hacia la Picota donde vamos a contemplar el monumento al Sagrado Corazon. En el inicio del sendero junto a la hospederia podemos contemplar el parque del Capricho con su fuente, esculturas y bancos de madera.
La Picota es uno de los rincones cañeteros con algo especial. Es la cumbre de una abrupta cresta de roca, que formaría parte del espolón del castillo si el río Tinte contra toda aparente lógica geológica no las hubiera separado, introduciéndose como una cuña entre ambas elevaciones.
La Picota ostenta, visible desde todas partes, el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, de entrañable devoción en Cañete, y también la mejor panorámica inmediata de la población, extendida directamente a los pies. Un lugar con una tranquilidad perenne, ideal para meditar o desentenderse del bullicio de abajo.
Se accede tras una corta pero empinada subida por el camino posterior a la Hostería de Cañete. Aunque los vehículos en época seca podrían recorrer un primer tramo, se recomienda encarecidamente realizar toda la ascensión a pie. Los últimos metros requieren una cierta agilidad, ya que la senda salta de arista en arista.






Volvemos de nuevo hacia la hospederia para desde esta coger un sendero denominado de los Abrazos que nos lleva al final del mismo hacia el paraje donde se encuentra el Molino de San Roque. Es una senda fresca y llana que, trazada sobre el cauce entubado del agua de riego, nos permite escuchar en los dos tercios de su recorrido el rítmico canto del río. Entre pinos, chopos y algún cerezo, nos iremos deleitando con las imágenes que nos ofrece la vegetación. Es ésta una corta ruta que, sin emplear demasiado tiempo ni esfuerzo nos resultará agradable y reconfortante, tanto para el cuerpo como para el espíritu. 



Ademas de estas rutas que hemos realizado por las cercanias del pueblo se pueden realizar otras como la del Chorreadero y la del Puente del Royo. Tambien se pueden realizar otras rutas de mayor longitud como las Trincheras, la del Dolmen del Rodeno o la del Cabezuelo.

En la comarca de la Serranía Baja conquense encontramos Cañete, conjunto histórico-artístico donde la arquitectura más institucional y la cotidiana se alían para regalar enclaves llenos de encanto. Balconadas, callejones y puertas se mezclan en su trazado irregular y laberíntico que fue patria de Álvaro de Luna. Para el viajero amante del Medievo, Cañete es una parada obligatoria, un salto al pasado sin quitar el ojo a la naturaleza y la tranquilidad de la Serranía de Cuenca. Sus callejuelas le acercan al recinto amurallado árabe, que se despliega del castillo que vigila desde lo alto. Estamos en un punto de impresionantes vistas, como las que brinda La Picota en compañía de la imagen del Sagrado Corazón. La muralla discurre en algunos tramos junto al Paraje Natural de El Postigo, que llama al visitante con el sonido de sus cascadas.




GASTRONOMIA:

Tres adjetivos podrían aplicarse a la cocina local: sencilla, sobria, abundante. Se trata de una gastronomía funcional, de elaboración simple, que gira en torno a un puñado de ingredientes. Una cocina fuerte, para buenos estómagos, llena de calorías para el trabajo duro y contra los rigores del clima.
La carne es, por supuesto, el lugar común. Dentro de esta, el cordero es el rey, como no podía ser menos en una comarca ganadera, una de las antiguas cabezas mesteñas de Castilla. Le sigue el cerdo, en la zona todavía animal familiar, criado en cada casa a la espera de su San Martín. La matazón es una tradición aún viva en todos los pueblos de la zona, aunque en declive. Una tradición dura para los extraños, llevada a cabo por matarifes caseros en plena calle, pero que para los vecinos suponía garantía de vida de cara al largo invierno. Todavía hoy, los productos obtenidos de la matanza del cerdo son insustituibles en la dieta local.
La charcutería local, elaborada a partir del cerdo, es riquísima. Existe toda una variedad de chorizos y morcillas, cuya receta e ingredientes cambia de unos pueblos a otros. Se las hace con cebolla, con especias, con arroz en algunas casas... No es demasiado raro que especies de caza, como jabalí y ciervo, presentes en la comarca, acaben en estas sabrosas manufacturas.
La elaboración de la carne fluctúa entre el asado y el cocido, con una clara predilección por éste último, debido entre otros factores a que elimina menos las grasas. En esto se diferencia de La Mancha, donde la carne casi exclusivamente se asa. Entre los diferentes platos compuestos por el saber popular destaca la caldereta, comida de gala, que cuece la carne de cordero con aceite, vino, cebolla, ajos y tomate, aunque aquí las opiniones son de todos los gustos, y cada señá de Cañete y comarca tiene su receta al respecto, guardada bajo siete llaves.
El morteruelo también es el otro monumento culinario, presente en muchos pueblos de la comarca y la provincia conquense, aunque no en todos. Se trata de una mixtura caliente de carne de caza (fundamentalmente conejo, liebre y perdiz o codorniz) macerada con hígado, tocino y abundantes especias, con multitud de pequeñas variantes. El plato ha conservado en las sierras la pureza que ha perdido en la capital, donde se suele elaborar con carnes menos nobles, perdiendo su finura. Pero que nadie se llame a engaño: el morteruelo es un plato fuerte, cuyo ardor hay que apagar entre trago y trago de peleón de la tierra. Esto es así porque es el único recurso ideado por la gastronomía tradicional para conservar carnes muy delicadas. La trituración y la mezcla con especias se completaba con la pertinente inmersión en la orza, donde podía permanecer varios meses De aquí que el color original del morteruelo no sea el pardo actual, de producto recién elaborado, sino el gris oscuro. Todavía se puede degustar en contadísimos lugares esta variante primitiva, aunque para ello haya que acreditar ante la señá correspondiente una parentela en séptimo grado, de allá por los tiempos de Matusalén.
Pero también existen platos de carne menos nobles, pasando por toda una variedad de estofados y cocidos. En decadencia, casi desaparecidos, están los salones, plato rudísimo de pastores, de simplicidad absoluta: delgadas tiras de carne de cordero saladas, curadas y secadas a la sombra de las corralizas. El zarajo, aunque más propio de la capital y de la Alcarría, también aparece en Cañete donde se lo pida, aunque se trata más bien de una introducción reciente. El zarajo es un plato simple, sabroso, cuya receta conviene no revelar al neófito hasta después de comido, así que el lector de estas líneas nos disculpará por no faltar a tal peculiar uso y costumbre.
En lo referente a la gastronomía de componente vegetal, ésta es escasa y gira en torno a escasísimos materiales. Región cerrada y autárquica, la Sierra no ha podido contar tradicionalmente con otras legumbres y hortalizas que las producidas en los pequeños huertos, y son pocas las capaces de soportar el frío. Judías blancas, judías verdes y garbanzos copaban prácticamente el elenco de legumbres serranas salvo en los pueblos menos elevados de la Sierra Baja, donde era posible una mayor variedad. Patatas y tomates eran y son las hortalizas principales de una corta lista. Por su parte, los frutales sólo son abundantes en la Sierra Baja, en tanto que en las zonas más altas los labriegos debían limitarse a ciertas especies más resistentes al frío (manzanos básicamente), y a árboles de frutos secos, como el avellano y el nogal. Cañete es precisamente un punto de transición entre ambas zonas, la fría y la muy fría, aunque su vega siempre ha producido una buena variedad de cultivos, siempre dentro de un orden.
La escasez se suplió con ingenio, y las variedades de judías estofadas, ensaladas de judías, pistos, mojetes y diferentes garbanzás hablan de la capacidad de diversificación de generaciones de cocineras. Ingrediente ocasional de alguno de estos contundentes preparados era el bacalao salado, única variedad capaz de superar los largos trasiegos en carreta desde los lejanos litorales. Precisamente con bacalao y patatas, amén de algún otro detalle, se hace el ajo arriero, por más nombre atascaburras (no tan fino este último, ciertamente). Plato de pastores, se esparció por cientos de lugares a lo largo de las largas leguas de cañadas ganaderas, por lo que no es raro que se diputen su paternidad un buen número de poblaciones.
Otro plato muy comarcano son las gachas serranas, adjetivadas así para distinguirlas de la variedad manchega, que es muy parecida pero no igual, como muy bien saben los gourmets. El ingrediente básico e insustituible es la harina de almorta, hierba solanácea que produce una harina densa y amarillenta, usada en sustitución de la de trigo, tradicionalmente escasa en el territorio.
Para finalizar, un breve recorrido por el mundo de los dulces. La gastronomía tradicional sólo disponía de un edulcorante, por lo demás inmejorable: la miel, muy común en las tierra serranas, aunque sin llegar a la concentración de las alcarreñas. En Cañete y alrededores existe una variedad increíble de postres y dulces que giran en torno a la miel, cuyos nombres casi varían de casa en casa. Otras muchas recetas quedaban reservadas para un día festivo: San Blas, Santa Águeda...
Un referente común a toda la provincia es el alajú, torta de miel y almendras (o nueces), legado de los antiguos bereberes que durante siglos se enseñorearon de la comarca.


FIESTAS:

San Antonio Abad.

16 y 17 de enero. El día 16, por la noche, se prenden hogueras por todo Cañete. Cada uno de los barrios tiene la costumbre de encender su pira. Muebles y objetos viejos, junto con madera de cortas, son el combustible utilizado, al que se suele añadir los árboles de Navidad, guardados hasta este día. Se trata de un aspecto singular de moderno origen, pero que sigue la línea antropológica de la destrucción de lo viejo que impregna los fuegos festivos.
El día 17, por la mañana, se celebra los oficios religiosos y una pequeña y entrañable procesión con la imagen del santo. Después de los actos litúrgicos se organizaba hace años una carrera pedestre, habitual en toda la comarca: la Joya, en este caso de unos 2 kilómetros de longitud; también se hacían carreras de caballos, de mulas, de burros y de sacos para niños. Todavía hoy se conserva la tradición en el caso de los caballos, así como varios juegos para niños en la Plaza Mayor. Era costumbre también el Cerdo de San Antón, celebrado también en otros varios pueblos de la comarca.
Por la tarde se celebra la encantadora bendición de animales, de quienes San Antón es su santo patrón. También se subasta la Bandera de San Antón. El que más alto puja gana el privilegio de guardar el estandarte del santo hasta el año siguiente. La Cofradía de San Antón colabora activamente en la organización de la fiesta.

San Julián

28 de enero. Festividad tradicional de orígenes en el siglo XVI y raíces ancestrales, un tanto decaída pero todavía presente en el repertorio festivo cañetero. El día anterior, por la noche, se encienden hogueras por las calles de la localidad. En ellas, los vecinos queman enseres viejos y, entre ellos, las tradicionales cestas de desecho. Tal rasgo, peculiar en hogueras de ciclo hiemal, hace clara referencia a la tradición piadosa que pinta al santo medieval como asiduo tejedor de estos objetos en sus ratos de asueto y meditación, con cuya venta posterior engordaba las donaciones a sus pobres.
En las hogueras confraterniza alegremente la población, entre patatas y charcutería asada. Hasta no hace muchos años, se organizaban improvisadas interpretaciones musicales y danzas en torno a las hogueras, que ardían hasta muy avanzada la noche como indispensable antídoto de los recios fríos de enero.
A la mañana siguiente, día del santo, se hace misa y procesión por las calles de la localidad. Cañete ha sido a lo largo de siglos una población muy arraigada en los cultos a San Julián. Prueba de ello es que el santo conquense fue la advocación elegida para la capilla del Colegio de Gramática, fundada a principios del siglo XVII en plena efervescencia de la canonización juliana.

La Candelaria

2 de febrero. Casi perdida está esta curiosa fiesta de antiquísimos antecedentes, bajo la advocación cristiana de la Purificación de María. El Día del Alumbramiento, como se lo define en Cañete, era celebrado con una serie de ritos religiosos y regocijos profanos desaparecidos en casi su totalidad. Todavía en algunos hogares se enciende una vela durante esta jornada.

San Blas

3 de febrero. San Blas es el santo especializado en dolencias de garganta. Se celebra misa y se reparte la Caridad. Se hacían rolletes, rosquillas y galletas. Los ingredientes eran: huevos, azúcar y aceite, (leche y limón opcional). Los mantecaos tenían los mismos ingredientes pero añadiéndole manteca y harina.

Santa Águeda.

5 de febrero. Festividad tradicional de los quintos, previa a la incorporación a filas. La fiesta conserva elementos arcaicos derivados de la cruda realidad de la conscripción militar, así como de las sucesivas sangrías que las guerras han supuesto a las generaciones de la villa.
La celebración dura tres días, que normalmente se hacen coincidir con viernes, sábado y domingo, por lo cual el día 5 es más una referencia (tendente a la primera semana de febrero) que una fecha inexcusable.
El primer día, viernes, se hace traca en la Plaza Mayor, tras la cual los mozos del reemplazo salen en parejas a pedir por las casas. Tal medida servía antaño para sufragar los gastos que los reclutas debían cubrir durante su servicio militar, dada la escasez de las soldadas y la penuria general de las familias de la villa. Hoy se dedica a pagar la verbena nocturna y las comidas durante los días de celebración. Por la tarde se hace baile en uno de los bares de la localidad, que se prolonga más tarde en la verbena. Hasta no hace demasiados años se hacía pasacalles contratando los servicios de un acordeonista u otro músico ambulante.
El sábado, por la tarde, se hacen las Tartas de los Quintos, dulces tradicionales específicos realizados por madres, novias y familiares de los mozos afectados. Tal rasgo festivo constituía una reafirmación de vínculos familiares y afectivos previa al largo periodo de separación forzada. A continuación siguen los bailes hasta la noche, donde se reparten y comparten las Tartas.
El domingo continúan las celebraciones y bailes. Por la noche, a las doce, repican las campanas. Con independencia de las celebraciones profanas, el día de Santa Águeda (sea cual sea) se hace misa por los nuevos quintos.
En la actualidad, esta alegre festividad está seriamente amenazada por la quiebra demográfica y el cambio de patrones culturales, amén del final del sistema de conscripción militar.

Carnaval

El Carnaval de Cañete es una celebración antiquísima, que contaba con rasgos etnológicos muy notables. Lamentablemente, la sucesión de prohibiciones y limitaciones establecidas a partir de la Guerra Civil han dado al traste con buena parte de estos elementos propios y originales, que en los últimos años se están sustituyendo por rasgos importados y estandarizados.
Las Carnestolendas en Cañete eran básicamente una mascarada grotesca, donde los vecinos se ataviaban de viejos harapos, retales de color e incluso elementos vegetales y pieles de animal, con ocasional acompañamiento de cencerros y otros idiófonos. La imaginación más desbordante se aplicaba a estos disfraces improvisados, cuyo peculiar diseño cambiaba de año en año. Algo más duraban las máscaras, de madera o cartón, de rasgos deformes y fuertes colores.
Se bailaba por las calles y se recurría a toda una serie de pequeños actos de subversión social (embadurnamiento de harina, inmersión en el pilón de la Plaza...), inherentes a las celebraciones carnavaleras. Las novias bordaban camisas blancas para los novios, que se estrenaban el Miércoles de Ceniza, como un signo de purificación de la Cuaresma recién comenzada. El caso es que no era inusual que los jóvenes acabasen con la flamante camisa en el inevitable pilón, que sin duda habrá sido cómplice de miles de forzadas inmersiones en su dilatada historia.
Existen indicios suficientes para pensar en la presencia de botargas hasta una fecha no demasiado lejana. En algún pueblo de la comarca, caso de Carboneras de Guadazaón, sí se ha conservado este curioso y arcaico rasgo carnavalesco, reflejo de las antiguas Lupercalias.
En la actualidad, todavía se conserva la costumbre de disfrazarse por la noche, a los sones de una orquesta y hasta altas horas de la madrugada. También se organiza por la tarde un carnaval infantil.

Semana Santa

Semana de la primera luna llena tras el equinoccio vernal. Todos los viernes de Cuaresma es costumbre rezar el Vía Crucis. Jueves y Viernes Santo cuentan con procesiones y diversos actos religiosos. El Viernes Santo se cantan los Dolores de la Santísima Virgen. El Sábado Santo se canta el Rosario de la Aurora en procesión. El Domingo de Resurrección tiene lugar la Procesión del Encuentro, donde las imágenes de Jesús y la Virgen se reúnen en las calles de Cañete. Es un momento especialmente emotivo, que sirve de colofón a la fiesta.

Los Mayos

30 de abril. A las 12 horas, desde el castillo, se cumple la antiquísima tradición de entonar el Mayo de Santiago sobre la villa, costumbre de raíces bélicas y medievales. El momento es fascinante, con los cantores, invisibles, apostados junto a los quebrados muros y los apagados sones del canto a capella descendiendo hacia el caserío, infiltrándose en ecos rotos por las callejas. Un silencio extraño se adueña de la población, mientras de la vieja alcazaba de la cumbre se descuelgan sonidos que se dirían de otra época.
A continuación, en la ermita, se canta el Mayo a la Virgen de la Zarza, homenaje de la población a su Patrona. El momento es emotivo, con un buen número de vecinos resistiendo el relente de la noche cerrada a pie firme bajo la portada del templo, mientras en completo silencio se desgranan las estrofas en romance, sencillas y profundas a un tiempo.
Finalizadas ambas citas ineludibles, la rondalla continúa por las calles de la villa entonando el alegre Mayo a las Mozas bajo las correspondientes ventanas (privilegio que desde siempre se ha ganado en enconada subasta). También se canta, ante su domicilio, el Mayo al hijo o hija del alcalde, que éste homenajea ofreciendo a los asistentes un refrigerio. La noche de los Mayos termina en chocolatada matinal.

San Isidro

No suele ser San Isidro, santo agrícola por excelencia, demasiado venerado en las Serranías de Cuenca, de economía tradicionalmente ganadera. No es el caso de Cañete. Ya una vieja cancioncilla serrana canta que “en Cañete, la vega grande”, y es que la villa sí que ha tenido siempre unas buenas posibilidades agrarias (por lo menos en comparación con los pueblos del entorno), lo que ha traído que San Isidro, en torno al 15 de mayo, sea otro hito del patrimonio festivo cañetero.
San Isidro consta de actos religiosos (misa, bendición y procesión), bailes, verbenas y otros actos relacionados con el campo y la labranza, como un concurso de arada, hoy a cargo de máquinas y tractores. Son los días del traje popular de serranos y serranas, de juegos populares que se resisten a desaparecer, de los rolletes y el chocolate de San Isidro elaborados a escote por el vecindario. Días de jolgorio y confraternización, en suma.

El Señor

Domingo siguiente al cómputo de sesenta días a partir del Domingo de Resurreccción. Por esta denominación popular conocen los cañeteros la festividad del Corpus Christi. Como tal es una de las celebraciones religiosas de mayor raigambre en la villa. Su fecha de celebración tradicional ha sido tradicionalmente en jueves, móvil a partir de la Semana Santa como tantas otras fiestas del calendario litúrgico. En la actualidad, como en la práctica totalidad de lugares, se han trasladado las celebraciones al domingo siguiente.
Una de las tradicionales cofradías de Cañete, la del Señor, es la encargada de organizar la fiesta. Tras la misa solemne, celebrada por la mañana, se lleva a cabo la procesión con el Santísimo por las calles de la localidad. Las callejuelas se adornan con mesas y alfombras de flores, y desde algunas casas se lanzan pétalos de rosa al paso de la comitiva. Tradicionalmente es el día de celebración de las primeras comuniones.

San Antonio de Padua

13 de junio. San Antonio es el Patrón de Cañete, aunque su festividad no puede compararse en pujanza a la de la Virgen de la Zarza. Se celebran oficios en la Parroquia de Santiago, seguidos de procesión con la imagen del santo y el estandarte por las calles del pueblo. La cofradía de San Antonio de Padua ha sido tradicionalmente la encargada de auxiliar a la parroquia en la organización de este festividad.

Virgen de la Zarza

Del 7 al 12 de septiembre. Fiestas mayores de Cañete. Las fiestas comienzan el día 7, cuando los miembros de la Cofradía de la Virgen de la Zarza, compuesta por unas doscientas personas, van a buscar al cura a su casa por la mañana temprano. Se pasa lista de asistencia a los cofrades. Por la tarde se hace un pasacalles con la banda de música por las calles del pueblo. Más tarde, se dice el Pregón de fiestas, continuando el jolgorio hasta la madrugada.
El día 8, tras la diana matinal en la que colaboran todas las peñas del pueblo, se celebra misa en la Iglesia de Santiago y se sale en solemne procesión hacia la cercana ermita de la Virgen de la Zarza. En Cañete, la Virgen es llevada tanto por hombres como por mujeres. Durante la procesión algunos participantes van descalzos en ofrenda a la Virgen. Es costumbre en Cañete, como en tantos otros lugares, ofrecer exvotos en agradecimiento por la curación de una enfermedad o la salvaguarda de un ser querido. En la ermita hay buena muestra de estos exponentes devocionales. En torno a la imagen de la Patrona continuarán los actos religiosos a lo largo de los días de la fiesta. Se le cantarán los Gozos, así como alegres seguidillas. Por la tarde hay suelta de vaquillas, seguida por una animada verbena nocturna.
Los días 9 y 10 se festejan encierros de toros por la tarde. Los animales son bajados desde diferentes pueblos de la Sierra Alta por veredas ganaderas, y a la llegada al pueblo tiene lugar un encierro espectacular y peligroso, con los astados atravesando a la carrera las estrechas calles de Cañete, precedidos por un buen golpe de mozos. Más tarde seguirá el festejo taurino, tradicionalmente muy concurrido.
Otros muchos actos culturales y festivos tienen lugar durante estas jornadas, caso de la Joya, popular carrera campestre, juegos infantiles. Particularmente animada es la Charlotada, en la que se disfrazan buen número de vecinos del pueblo... El día 12 se celebra la misa de los Cofrades, la más numerosa de las nueve cofradías con las que tradicionalmente ha contado la villa.

Día de los Difuntos

2 de noviembre. Como curiosidad, este día estaba totalmente prohibido cazar. Todavía hasta principios de este siglo permanecieron vivas muchas supersticiones: se pensaba que las liebres se transformaban en seres diabólicos, se veían aparecimientos, había un miedo generalizado y pocos se atrevían a salir al monte ese día.
Era costumbre escenificar la Fantasmada: la gente se disfrazaba de fantasmas con una sábana blanca y otros macabros aderezos. Con un palo en la mano recorrían las calles fingiéndose aparecidos. Esta costumbre se ha perdido.
Hoy en día, como en tantos otros lugares, la fecha es la ocasión anual para visitar y honrar a los difuntos de cada casa y familia.

Navidad

Además de las celebraciones propias de estas fechas, es Cañete es costumbre salir a pedir los aguinaldos. A cambio de entonar diferentes villancicos, rondallas de pequeños y mayores obtienen pequeños pagos en dinero o en especie. Es de destacar el gran repertorio que de diferente villancicos conserva Cañete, algunos de gran antigüedad y valor.


LA ALVARADA:

La Alvarada es sin duda el principal hito cultural y de divulgación histórica de la villa de Cañete a lo largo del año. La Alvarada es una celebración anual (habitualmente últimos días de julio y primeros de agosto) surgida en 1999 para conmemorar y mantener vivos en la memoria acontecimientos culturales y hechos históricos singulares de la villa de Cañete a lo largo de su historia. Después de un buen número de ediciones, la festividad está consolidada y en constante crecimiento.
El año 2000 recibío el Primer Premio de Turismo de Castilla-La Mancha. El año 2014 fue declarada de Interés Turístico Regional.
La Alvarada nace de la iniciativa de un grupo de personas, hijos y enamorados de la villa, que deciden y consiguen dar forma a una festividad que en definitiva es un reencuentro. Reencuentro con la historia, con la cultura de épocas pasadas, y también reencuentro entre las gentes, entre propios y extraños, en una celebración variada y multiforme ideada para unir y divertir, para divulgar y entretener, para sostener en el precario hilo de la memoria humana los hechos y glorias que fueron y que seguirán ahí en tanto sean recordados.
Cañete rememora con La Alvarada al más excelso personaje que la villa aportó a la historia, Don Álvaro de Luna. Conmemora también ese gran monumento literario y cultural medieval que son las Cantigas del rey Alfonso X, dos de las cuales se ambientan en Cañete. Recuerda, finalmente, una época desaparecida hace mucho tiempo y a unos hombre y mujeres anónimos que la vivieron, gentes de la villa para la paz y la guerra y la paz, para los oficios de taller y para la conquista de lejanas tierras, para la ancestral trashumancia y para la defensa de las fronteras, para el lento discurrir de los días o para la diáspora cañetera de todas las épocas.





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