CALATAÑAZOR (Soria)

 



CALATAÑAZOR


Calatañazor es un municipio de la provincia de Soria dentro de la comunidad autónoma de Castilla y León ubicado en la comarca de las Tierras del Burgo cuenta con una población de poco mas de 40 habitantes y comprende las pedanías de Abioncillo de Calatañazor y Aldehuela de Calatañazor.
El relieve del municipio está definido por el valle del río Milanos, la sierra de Cabrejas al norte, y el conocido como páramo de Calatañazor en la zona central. Parte del municipio está integrado en la Reserva Natural Sabinar de Calatañazor. Entre los cauces del río Milanos y el río Sequillo se alza el puerto del Temeroso (1080 m), que es cruzado por la carretera nacional.
La llegada a Calatañazor por su parte alta depara una panorámica de la medieval ciudad que presenta por ese lado, el suroriental, el escarpe a cuyo pie discurre el río Milanos. La profundidad de la hoz torna innecesaria la utilización de murallas para la defensa de la población; su caserío se muestra por este frente formando una irregular fachada sobre cuyo perfil destaca la iglesia parroquial.
En su acceso por la zona baja, viniendo desde Muriel de la Fuente, las murallas que guarnecen la población por este flanco y las ruinas del castillo otorgan a la localidad ese peculiar aspecto de fortaleza que la caracteriza.
Todo en Calatañazor tiene sabor tradicional de remotas centurias y atestigua el paso de los siglos como si éstos lo hubieran hecho medrosos y de refilón, sin querer hacerse notar: calles empedradas con canto rodado, casas con desplomadas paredes de tapial de barro y paja o tosca mampostería de piedra, estructura y trabazón confiada a irregulares rollizos de enebro, puertas protegidas por postigos de media altura, cubiertas de teja sobre las que se alzan las genuinas chimeneas cónicas pinariegas.
Un conjunto prototípicamente medieval en su interior y no menos en su exterior, rodeado como está de recia muralla cuyos lienzos y cubos cubren todo su perímetro, con excepción del flanco oriental.
Cuenta además con abundantes restos de un señorial castillo, con dos iglesias (una de ellas románica) y con una tercera muy arruinada pero que todavía deja entrever su románica hechura. Tantos méritos le valieron a la villa de Calatañazor la declaración de conjunto histórico-artístico ademas de ser elegida por la revista National Geografic como uno de los pueblos medievales mas bonitos de España.





La etimología del actual topónimo de Calatañazor lo haría provenir del árabe Qal`at an-Nusur, que puede ser traducido por «Castillo de las Águilas». En atención al origen árabe de su denominación cabría pensar que también lo es el de la población, mas no, el poblado se remonta a unos diez siglos atrás, aunque no en su presente ubicación.
El primitivo asentamiento se corresponde con el de la ciudad arévaca de Voluce que, según estimaciones arqueológicas, podría emplazarse a un kilómetro de Calatañazor sobre un cerro lindante con el río Milanos que se conoce como Los Castejones. Allí habría permanecido Voluce desde el siglo III-II a. C. hasta los siglos IV-V de nuestra era, es decir, durante todo el periodo de presencia o dominación romana en la Península. Con las invasiones germánicas los habitantes de la antigua ciudad debieron encontrar mejor acomodo en el promontorio que ocupa la actual Calatañazor y trasladarse a él.
De la época visigótica pudieran ser las tumbas antropomorfas que aparecen excavadas en la roca en la base del castillo, visibles desde este y accesibles por la vega. En el siglo VIII se extendió por la península ibérica el dominio musulmán que alcanzó, por supuesto, a estas tierras en las que dejó perdurable huella. Precisamente en relación con las luchas que en ellas se libraron entre los cristianos del norte y los musulmanes del sur pudo producirse el acontecimiento que ha proporcionado más celebridad histórica a Calatañazor.
Era el verano del año 1002 Almanzor (Al-Mansur, esto es, «el victorioso»), general de los ejércitos del califa cordobés Hisham II y auténtico caudillo y soberano fáctico de Al-Ándalus, estragaba como cada estío durante las dos décadas anteriores las comarcas cristianas desde Santiago de Compostela hasta Barcelona.
La campaña militar de aquel año le había llevado por tierras riojanas a San Millán y Canales, de donde regresaba a sus cuarteles de invierno andaluces. Lo hacía victorioso pero enfermo. La ruta a seguir hacia Medinaceli le haría remontar el puerto de Santa Inés desde los Cameros y traspasar el portillo de Cabrejas, para salir a campo abierto frente al peñasco de Calatañazor. Hasta aquí la historia y en adelante la leyenda. Sancho García, a la sazón Conde de Castilla, que se había enfrentado a las huestes de Almanzor dos años antes en Peña Cervera, donde, si bien resultó derrotado como siempre, apreció quizá debilidades nunca antes advertidas en los ejércitos mahometanos, bien pudo calcular que había llegado el momento y la ocasión de rendir en combate a Almanzor, envejecido, enfermo y ahora en retirada.
Así pudo haber sucedido la batalla de Calatañazor, aunque documentalmente no sea dado asegurarlo ni desmentirlo. La tradición sostiene que «en la Calatañazor perdió Almanzor el tambor», que es tanto como decir que perdió su talismán de imbatible y que resultó derrotado. Como la imaginación no está sujeta al rigor histórico, contemplando desde el castillo la extensa llanura hoy llamada Valle de la Sangre, puede uno asistir a la carga de las mesnadas de Sancho García contra las tropas califales y a la huida de éstas por el camino de Bordecorex hacia Medinaceli. Sí parece seguro que Almanzor murió la noche del 10 al 11 de agosto de 1002 y que fue sepultado en Medinaceli.


En el curso de la Edad Media se vincula Calatañazor con diversos personajes de la realeza castellana como Alfonso X, Sancho IV o María de Padilla: los dos primeros porque honraron la villa con su presencia en alguna ocasión; María, esposa de Pedro I el Cruel, porque pertenecía al linaje de los Padilla, señores de Calatañazor. Esta familia, procedente de Padilla de Yuso (hoy Coruña del Conde, Burgos) obtuvo el señorío de su villa de origen y el de Calatañazor, y de ella formaron parte Juan Fernández de Padilla, notorio por sus enfrentamientos, incluso armados, con el obispado de Osma, su nieto Juan de Padilla, adelantado mayor de Castilla, el hijo de este, Pedro López de Padilla, también adelantado mayor de Castilla pero con título obtenido a perpetuidad de Enrique IV, Martín de Padilla, nacido en la propia villa de Calatañazor e interviniente en la batalla de Lepanto, al que Felipe II otorgó el cargo de capitán general de las galeras de España, y la ya citada María de Padilla, amante de Pedro I, quien, casado con Blanca de Borbón, declaró ante las Cortes convocadas en Sevilla (1362) haber contraído matrimonio con María antes que con Blanca, por lo que aquella fue reconocida como reina y sus hijos como herederos de Castilla.
Ya en el siglo XVII la plaza de Calatañazor pasó de manos de los Padilla a la casa de los duques de Medinaceli. A ésta perteneció hasta que, por fallecimiento sin descendencia de Luis Francisco de la Cerda, su noveno duque, heredó el patrimonio su hermana María y recayó, por enlace matrimonial de ésta con el marqués de Feria, en este linaje nobiliario un siglo después.
A la caída del Antiguo Régimen la localidad se constituye en municipio constitucional, entonces conocido como Calatañazor, en la región de Castilla la Vieja, partido de Almazán que en el censo de 1842 contaba con 57 hogares y 232 vecinos. A mediados del siglo XIX​ el término del municipio crece al incorporar las localidades de Abioncillo y Aldehuela de Calatañazor.



Vamos a descubrir qué ver en Calatañazor. Un pueblo de Soria donde el tiempo se paró hace mucho, allá por la Edad Media, y sobre el que vuelan los buitres, dejando preciosas estampas. Calatañazor se encuentra sobre una colina, desde la que se divisa el campo soriano. Una vez que te adentras en la villa no querrás salir y desearás volver a caminar cada paso que diste.
Sin duda lo más sobresaliente y destacable de Calatañazor es su arquitectura y la forma en la que se conserva. Esas casas de paja y barro, esa arquitectura típica de la Edad Media, hace de Calatañazor uno de los pueblos más bonitos y con más encanto de Soria y de Castilla y León. Se conserva prácticamente igual que en el siglo X, por lo que os podéis imaginar el encanto que tiene y lo especial que es.
Apenas tiene una calle principal, la Calle Real, desde la que salen el resto, no muchas más como la calle Tirador. Las suficientes para darte cuenta de la belleza de esta villa soriana. Así que simplemente camina, observa cada fachada, cada metro de ese empedrado suelo, y disfruta. Una arquitectura típica medieval con callejuelas empedradas y edificios construidos de piedra, adobe y madera donde destacan las chimeneas cónicas fabricadas con la técnica del «encestado», algunos escudos, balconadas y soportales donde los lugareños se reunían protegidos de las inclemencias climatológicas y ponían a la venta los productos de la tierra y la manufactura. La calle principal, la calle Real, une la portada de acceso septentrional con el castillo, en el extremo opuesto, donde probablemente debería estar la otra puerta. La calle se prolonga paralela al lado de levante del triángulo urbano, sobre el tajo del río Milanos.
En la calle Real se ubican las edificaciones más antiguas y que ofrecen la imagen más medieval del conjunto. Por ella se pasean los turistas y es donde se encuentra la mayoría de tiendas de productos locales y artesanales y los restaurantes.
Las casas a lo largo de toda la calle forman un conjunto compacto lineal organizado en manzanas, con las edificaciones construidas entre medianeras. Las casas tienen dos plantas: la inferior construida con muros de piedra y la superior levantada mediante pies derechos de sabina unidos con entramado vegetal o muretes de adobe o tapial, todo ello enlucido de barro. El exterior decorado con blasones, balcones y aleros pronunciados. En el interior destaca la chimenea cónica que se adentra en la cocina, convirtiéndola en la estancia más importante de la vivienda.






Calatañazor está rodeado de dos murallas adaptadas al cerro donde se encuentra que se conservan casi intactas y que sólo permiten dos entradas de subida a la ciudad, en buena parte de época románica jalonada de torreones semicirculares. El amurallamiento del pueblo fue construido en el XII cuando fue repoblada por Alfonso el Batallador y en su día contaba con ocho torres de vigilancia, dos puertas y dos portillos, de los que solo se conserva el arco del postigo de la fuente. Con un grosor impresionante de hasta 18 metros en algunos tramos, esta muralla ofrece una muestra impresionante de la arquitectura defensiva de la época. Además, puedes apreciar tambores y una pequeña puerta que te transportarán a los tiempos de caballeros y princesas.




Adosado a las murallas se encuentra el Castillo de los Padilla construido en el siglo XII aunque posteriormente reformado en el siglo XIV. Calatañazor era cabeza de la comunidad de villa y tierra de Calatañazor. Enrique II de Castilla concedió el señorío jurisdiccional de la villa de Calatañazor a Juan Fernández de Padilla quien era camarero real y este fijó en el castillo de Calatañazor la residencia solariega del linaje y la villa y su tierra el ámbito geográfico de referencia familiar. El castillo, junto a su señorío, perteneció a personajes dignos de mención como María de Molina, adelantada de Castilla; los Padilla (de quien toma el nombre) o los duques de Medinaceli hasta el siglo XIX.
El fortín se organiza en un recinto rectangular con torreones en los ángulos y una Torre del Homenaje en el lienzo oriental. La cerca protectora del bastión se defiende con torres circulares y cuadrangulares uniéndose con la muralla que protege la villa; un foso refuerza la defensa en la zona oriental junto a la población. La fábrica de la torre del homenaje, recientemente restaurada y accesible para la visita, es la mampostería y los sillares en los esquinales y recercado de vanos; uno de ellos es de tipología gótica nos habla de los tiempos históricos en los que el alcázar tenía función. El antiguo patio de armas se abre hoy al caserío en forma de plaza porticada, presidida por los restos de la torre del homenaje y el rollo jurisdiccional o picota, símbolo del poder real y señorial sobre la población. El Rollo es un elemento muy típico de los pueblos castellanos, aunque su función fue abolida por decreto en 1812. Muchos no fueron derribados y todavía pueden encontrarse docenas en los pueblos de las dos Castillas y Extremadura principalmente.
Cabe hacer mención al paisaje que se extiende a los pies del castillo, salpicado por la leyenda y escenario de refriegas entre musulmanes y cristianos, donde puede contemplarse el paraje conocido como Sabinar de Calatañazor, integrado en la red de espacios naturales de Castilla y León y considerada una auténtica reserva boscosa única en la península.





A los pies del imponente castillo medieval, se encuentra un tesoro histórico que te transportará a épocas pasadas: la necrópolis altomedieval. Fechada en el siglo X, estas tumbas excavadas en piedra caliza son un testimonio fascinante de la vida y la muerte en la alta Edad Media. Acceder a la necrópolis es sumamente fácil, ya que está debidamente señalizada y cuenta con paneles explicativos que te ayudarán a entender su importancia histórica. Las tumbas, datadas en los siglos XI y XII, formaron parte del antiguo cementerio exterior de la iglesia de Santa Coloma, una de las nueve parroquias que existían en Calatañazor en aquel entonces.
Al acercarte a las tumbas, podrás contemplar tres sepulturas excavadas en un bloque de piedra caliza. Dos de ellas presentan una forma antropomorfa, imitando el contorno del cuerpo humano con detalles que marcan los hombros y la cabeza. La tercera tumba tiene una forma más ovalada o de bañera, más simplificada pero igualmente intrigante.
Estas tres tumbas, coetáneas y pertenecientes al siglo X, formaban parte de un ritual religioso que buscaba orientar al difunto hacia el Este, en dirección a Tierra Santa. Aunque solo se ha mantenido su estructura, se cree que en el interior de las tumbas se colocaban los cuerpos envueltos en sudarios, cubiertos posteriormente por una o varias losas de piedra.
La necrópolis altomedieval de Calatañazor es un testimonio tangible de la vida y las creencias de la época. Estas tumbas, que se cree pertenecían a una misma familia, nos permiten adentrarnos en la historia y comprender mejor la forma en que se honraba a los difuntos en aquellos tiempos remotos.


Paseando por la calle Real, muy cerca de la iglesia, en una pequeña plazuela, nos encontramos con un busto de Almanzor, famoso cruel general moro que asoló durante muchos años las llanuras castellanas,  único vestigio de la época árabe, pero al que acompaña una leyenda muy famosa que dice: “En Calatañazor perdió Almanzor el tambor”. Se cuenta que en esta localidad, en el año 1002, los árabes, liderados por este caudillo, perdieron una importante batalla contra los cristianos, lo cual decantó la balanza hacia estos últimos, y que Almanzor falleció al poco tiempo en alguna localidad cercana a la que huyó herido.


Al final de la Calle Real llegamos a la Plaza Mayor de Calatañazor donde se situa el ayuntamiento moderno. Ésta tiene una peculiar forma triangular, y en ella podemos ver el Rollo jurisdiccional, una columna tallada en piedra, cuyo origen es del siglo XV, que incida que en esta villa tenían jurisdicción para imponer condenas a los presos, bien la pena capital, o para los casos más leves, exponerlos a vergüenza pública, lo que se conocía como estar en la «picota«. Justo al lado hay una piedra que llaman del Abanico, ya que al parecer es una huella fosilizada de una hoja de palmera.



Hay que recordar aquí que, cuando a finales del siglo XI y, sobre todo, durante el XII, estos territorios se pacificaron y quedaron en poder cristiano estable, Calatañazor pasó a ser cabeza de Comunidad de Villa y Tierra. Es por ello que contó con once iglesias parroquiales, muy posiblemente todas románicas, de las que permanecen tres aunque en muy diverso estado de conservación. A la entrada al pueblo, en la carretera que lleva a Muriel se encuentra la Ermita de la Soledad. Cerca de ella se encuentran las ruinas de San Juan Bautista y, por último, en el interior de la aldea, la iglesia parroquial de Santa María del Castillo.
La Ermita de la Soledad de origen romanico, restaurada a mitad de los 80, es una iglesia de una nave y austero ábside de magnífica sillería con dos columnas entregas y tres aspilleras rematadas por sendos guardapolvos semicirculares de bifolias carnosas, bezantes y puntas de diamante, muy similares a los vistos en San Bartolomé de Ucero. Los canecillos son un rico muestrario de cabezas humanas y animales. Bajo el alero, entre dos modillones se incrustó la figura de un músico sedente. La puerta de ingreso está abierta en el muro septentrional y aunque sencilla es elegante, con tres arquivoltas, una de ellas con voluminosa decoración vegetal a base de bifolias y otra de fino baquetón. Desgraciadamente ha perdido las columnas que probablemente servían de soporte. La nave se cubre con madera a dos aguas. El arco triunfal, de medio punto, deja paso al presbiterio que tiene bóveda de medio cañón apuntado y ábside con cuarto de esfera. Las aspilleras exteriores se corresponden con ventanales con arquivolta sobre columnillas encapiteladas con animales afrontados y plantas. La nave así como algunas reformas de la cabecera son del siglo XVII, como las puertas geminadas abiertas en el centro de su ábside para llevar a cabo ritos procesionales.



Enfrente de la ermita de la Soledad, al otro lado de la carretera se encuentra la Ermita de San Juan Bautista que es tambien de origen romanico y se trata hoy en dia de un edificio en ruinas del que queda la caja de muros con la portada y la espadaña. Se trataba de un edificio de una nave cubierta con madera y cabecera cuadrangular con bóveda de cañón. La portada consta de arco de ingreso de medio punto, dos arquivoltas separadas por una cenefa con roleos y un guardapolvo con bifolias. La edificación es a base de mampostería, a excepción de su portada y algunas de las zonas sensibles, como los chaflanes. Hoy sólo se mantienen en pie los muros perimetrales, con la portada abierta al mediodía y la espadaña sobre el hastial occidental.


La Iglesia de Nuestra Señora del Castillo, declarada bien de interes cultural, se construyó entre los siglos XII y XVI por lo que inicialmente era de estilo románico que se complementó con el gótico. De la fase románica se conservan, además de la base, la portada y tres arquivoltas. En los capiteles se observan animales y el edificio cuenta con tres ventanillas ciegas con el arco de la ventanilla central lobulado. En la fachada oeste encontramos la puerta de acceso que está formada por un arco de medio punto, ligeramente rebajado, rodeado por dos arquivoltas y un guardapolvo decorado con motivos vegetales. Todos estos elementos se apoyan en unas impostas vegetales.​
También es de época románica la mitad inferior del muro sur. Desgraciadamente la construcción de edificaciones posteriores, nos impiden contemplarlo desde la calle. Es un muro hecho con sillares perfectamente escuadrados, donde se abre una una puerta de arco de medio punto, que permitía el acceso al cementerio. Está decorada con un guardapolvo con bolas esculpidas.
Este muro, actualmente no cierra la nave, sino que sirve de cierre de la capilla del baptisterio, la sacristía y otra sala perpendicular a esta última y cubierta con una bóveda de crucería. Esta sala presenta una hilera de canecillos esculpidos en sus muros exterior, algunas de las cuales representan cabezas humanas.
En varias partes del edificio se incrustaron algunos relieves procedentes del primitivo templo. Lo más interesante lo encontramos en el actual baptisterio, donde bajo una ventana vemos tres arcos bajo los que están los personajes de la visita al Santo Sepulcro. Así pues, en el espacio de la izquierda vemos a las tres Marías, en el central está el ángel sobre el sepulcro y en el derecho están los soldados que lo custodiaban.
En el interior destaca el retablo policromado del siglo XVIII y de estilo manierista situado frente al ábside y rematado con una bóveda de estilo gótico. Tambien se se conservan dos pilas bautismales románicas, una de las cuales fue encontrada enterrada en el cementerio. Por este motivo está bastante deteriorada, pero aún se puede ver su decoración vegetal. Se cree que fue portada de la antigua iglesia de San Juan o de la iris, según un del documento del siglo XVIII. La otra pila es el original de este templo y presenta una decoración muy similar, pero en mejores condiciones de conservación.
También se conservan en el interior del templo tres capiteles vegetales, similares a los de la portada y algunas estelas funerarias. En la iglesia se encuentra un pequeño museo parroquial que cuenta con diferentes pinturas, obras de orfebrería y escultura, así como fondos del archivo histórico de la villa.




Cuentan que el nombre de Calatañazor venía del árabe Qal`at an-Nusur, que vendría a significar algo así como “castillo de los buitres”. Curiosamente esa es una de las postales más características en esta bella localidad soriana de poco más de cuarenta habitantes que permanece arropada entre riscos de historia. Los muros y torres roídas de un viejo fortín medieval hacen repicar el sonido del vuelo raso de estas aves carroñeras de tal manera que regala la sensación de que sus plumas oscuras acarician tus oídos. En Calatañazor el tiempo dijo basta hace ya muchos siglos. Como si se hubiese obcecado en permanecer anclado en la Edad Media y no ver mancilladas de ninguna manera las fachadas de las casas con sus característicos entramados de madera de sabina, las chimeneas cónicas por las que respiraban las cocinas de antaño ni el empedrado de canto rodado que hace de alfombra. Las efigies mozárabes de las iglesias advierten a los visitantes del viaje a través del tiempo que están a punto de emprender. El aroma a asado que impregna cada recodo y cada pared se encarga de hacer el resto y lograr, por unos instantes, que no te quieras marchar nunca de allí.




En los alrededores de Calatañazor se encuentran el yacimiento arqueológico de Los Castejones, identificado como la antigua Voluce, mencionada por Ptolomeo y que el Itinerario de Antonino menciona como mansión entre Uxama y Numancia, que estuvo ocupado al menos durante los siglos III y I a.C. y muestra también ocupación tardo-romana (siglos IV-V) que esta cargado de historia y leyendas. Este sitio arqueológico es una visita obligada para aquellos interesados en la historia antigua de la región. 
Es un cerro escarpado de forma triangular, que está limitado al Norte, Este y Oeste por el foso natural del río Milanos, que corre a unos 80m por debajo de su cumbre, situada a 1.060m sobre el nivel del mar. Esta gran defensa, de 4,50m de altura y alcanzando el derrumbe de su caída 18m de espesor, se extiende por la zona sur del cerro que es la más accesible, desde el páramo. Esta realizada con sillarejo bien careado y regular. Se puede apreciar los restos de una escalera, realizada en la propia muralla, que desciende desde el interior del recinto al exterior. Se puede pensar en un doble recinto defensivo, ya que a 24m de la muralla se halló otro lienzo paralelo al anterior.



La villa de Calatañazor cuenta dentro de su termino municipal con sabinares de sabina albar único en su género que acoge a algunos de los ejemplares más longevos y elevados de esta especie de la península ibérica. El Sabinar de Calatañazor se encuentra situado en la parte noroccidental de la provincia de Soria, al sur de la sierra de Cabrejas, y muy cercano a Muriel de la Fuente. Ocupa una extensión de 30 hectáreas de las cuales 22 son de bosque sabinar. Fue declarado reserva natural el 11 de julio de 2000 y está integrado en la propuesta de lugar de importancia comunitaria Sabinares Sierra de Cabrejas.
Su declaración está encaminada a la conservación del espacio natural singular así como de los usos y costumbres que se han venido dando en el mismo a la vez que se persigue la difusión de sus valores naturales y etnológicos entre la población. El Sabinar de Calatañazor se complementa con el Monumento Natural de la Fuentona que se ubica pegado a él. Entre ambos espacios se encuentra el Centro de interpretación de los mismos. El palacio de Santa Coloma acoge las instalaciones de interpretación y administrativas de estos dos espacios naturales.
La sabina albar es el árbol que compone el corazón de este espacio natural. Es conocida por los sorianos como enebro. Es un árbol resinoso de hoja perenne que suele tener poca envergadura, puede alcanzar los 14 m de altura y 4 m de diámetro troncal, con tronco grueso y cilíndrico (cónico cuando es viejo) con corteza delgada de color pardo grisácea. Las hojas son pequeñas y muy imbricadas entre sí, de tipo cupresoide. Florece en primavera y su fruto madura en otoño-invierno pasando del color verde al pardo azulado. Es una especie considerada una reliquia del Terciario. Su madera es sumamente dura y resistente, y al quemarse desprende un olor que recuerda al incienso, cualidad que le ha valido el apellido de thurifera.
Las sabinas de Calatañazor destacan por su tamaño, hasta los 20 m de altura y 8 m de diámetro troncal. Esto tiene varias causas entre la que se encuentra que este espacio ha sido aprovechado como dehesa (espacio de pastoreo para el ganado), lo que ha impedido la entrada de matorral y de otras especies forestales y la fertilización del terreno, que se encuentra a pie de ladera en el fondo de un valle con suelos profundos.



GASTRONOMIA:

La cocina de Calatañazor refleja la riqueza de los productos locales y la tradición culinaria de la región, lo que la convierte en una experiencia gastronómica inolvidable. Comparte gastronomía tradicional con el resto de la provincia soriana, una comida contundente que calme el frío que arrecia durante el invierno. Son típicos los entrantes con setas, la sopa castellana, el queso o la morcilla dulce de Soria. Por su parte entre los platos principales los reyes son los asados castellanos, pueden ser de cordero o cochinillo, pero en cualquier caso son exquisitos. También es destacable la caldereta, las migas pastoriles o los platos de caza. Para maridar esta excelente comida, nada mejor que un vino con Denominación de Origen Ribera del Duero. Los postres típicos ponen el dulce broche final, como es el caso de las rosquillas, empiñonados o sobadillos.


FIESTAS:

Las fiestas patronales son en honor del Santo Cristo del Amparo, la segunda semana de septiembre.
Por su parte la patrona es Santa Isabel, cuyas fiestas se celebran alrededor del día 2 de julio.
Uno de los eventos más multitudinarios son las Jornadas de Música Medieval, cuando se puede vivir un auténtico viaje al pasado a través de la música. En la Iglesia de Nuestra Señora del Castillo y la Ermita de la Virgen de la Soledad se organizan conciertos de música medieval todos los sábados de agosto.
En noviembre son las Jornadas Mozárabes, todos los fines de semana de ese mes la villa recuerda su esplendoroso pasado musulmán. Es un evento organizado por tres casas rurales de la zona, esos días cambian el menú de sus restaurantes para aunar las tradiciones musulmanas y cristianas, mientras los comensales siguen el ritmo de la tradicional danza del vientre. Los participantes del evento son vestidos con trajes típicos árabes, para terminar dando un paseo por el pueblo iluminado por el fuego de las antorchas.


BATALLA DE CALATAÑAZOR:

La batalla de Calatañazor fue una batalla que habría tenido lugar en esta localidad soriana en julio del año 1002, tildada de irreal desde el siglo XVIII debido a la no existencia de prueba alguna en las crónicas de la época. En ella parece que Almanzor se vio obligado a huir tras luchar contra los ejércitos cristianos coaligados de Castilla (conde Sancho García), León (Alfonso V) y Navarra (Sancho Garcés III de Pamplona).
De entre las fuentes cristianas, el cronista Lucas de Tuy fue el primero en narrar el encuentro de Calatañazor. Según él, después de una campaña contra Galicia, Almanzor se adentró en Castilla, saliendo a su encuentro el rey de León Alfonso V (y no Vermudo II, como apunta el cronista), aunque es algo muy difícil pues el rey leonés entonces tendría ocho años. Cuando el sol apuntaba un nuevo amanecer, el rey leonés ordenó a los suyos que atacasen el campamento amirí, pero los cordobeses habían desaparecido, y todo el botín que capturaron se reducía a las tiendas de campaña y diversos enseres de escaso valor. Añade el obispo historiador que en la persecución de los mahometanos jugó un papel significante el conde García Fernández de Castilla (que llevaba siete años muerto, y en realidad fue su hijo Sancho García).
El prelado incorpora además el germen de una mítica leyenda, señalando que, el día de la batalla, un extraño personaje, que identifica con un pescador, lloraba gimiendo, a veces en árabe, otras en lengua romance, diciendo: «En Calatañazor perdió Almanzor el tambor». Para el cronista, este espejismo era el diablo que lloraba la caída de los moros. En cualquier caso, Almanzor se negó a comer o beber, muriendo al llegar a la ciudad de Medinaceli. Rodrigo Jiménez de Rada y la Estoria de España de Alfonso X ofrecen una versión idéntica de los hechos, con la excepción del espectro que anuncia el próximo final de Almanzor se aparece en Córdoba.

Con respecto a las fuentes mahometanas, la versión más completa es la proporcionada por al-Maqqari, autor del siglo XVII que recopiló a numerosos historiadores medievales. Según este, a comienzos de 1002, Almanzor se preparó, siguiendo su costumbre anual, para romper la frontera cristiana, dirigiendo sus ataques hacia Castilla. El arabista Lévi-Provençal apunta como uno de sus objetivos el monasterio de San Millán de la Cogolla, que fue arrasado. Siempre según el cronista, Almanzor ordenó que se sumara a su hueste un considerable contingente de tropas norteafricanas con las que se encontró, según lo acordado, en Toledo partiendo hacia la ribera del Duero, en cuyas proximidades causó estragos y cuyas tierras devastó.
Desde allí, remontó el curso del río para penetrar ya directamente en los dominios del conde de Castilla. Mas un enorme ejército cristiano le sorprendió acampado cerca del castillo llamado de las Águilas (Calatañazor). Almanzor atacó esta hueste a la cabeza de sus propias tropas y fue derrotado, con grandes pérdidas.
De regreso de esta expedición, se sintió enfermo (quizá de una herida recibida en combate), pero continuó haciendo la guerra a los infieles y devastando su territorio hasta que la dolencia se complicó de tal manera que tuvo que ser transportado en una litera, sobre suaves cojines y cubierto por un baldaquino y cortinas que le protegían de la vista de su ejército. En tal estado llegó a Medinaceli. Allí los médicos analizaron la naturaleza de su mal, pero, incapaces de ponerse de acuerdo en un diagnóstico y menos en el tratamiento oportuno, la enfermedad se agravó lo suficiente para provocarle finalmente la muerte.
Sintiéndose morir, el caudillo de al-Ándalus pidió a su hijo Abd al-Malik y a algunos amigos íntimos que recibieran sus postreros consejos. Luego, a solas con Abd al-Malik, le repitió las instrucciones dadas unos momentos antes. Cuando su hijo y sucesor abandonó la tienda con el rostro arrasado en lágrimas, el agonizante Almanzor le reprochó su falta de valor con palabras que demostraron ser proféticas: Esta me parece la primera señal de la decadencia que aguarda al imperio. El caudillo amirí murió la noche del 10 al 11 de agosto de 1002.






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